Cozy room with vintage furniture, family photographs on wallpapered walls, a glowing lamp, and an antique radio
Escuchar y no callar

El alzhéimer y los sentidos

Miguel de la Guardia escribe sobre una enfermedad terrible y sus consejos sobre cómo preparar el terreno por si al lector le toca sufrirla, ya como paciente, ya como cuidador (con una crítica dura de la película 'Yo no moriré de amor').

/ Escuchar y no callar / Miguel de la Guardia /

Decía Rafael Alberti, hablando de la enfermedad de María Teresa León, que no había peor mal para un escritor que el  olvido de lo que había leído, y lo cierto es que la enfermedad de Alzheimer es una experiencia muy dura tanto para quien la padece en sí mismo como para quienes le quieren.

El olvido va borrando el rastro del presente y deja apenas, rescoldos del pasado. Por eso es imprescindible remover las brasas de la memoria para no perderse en el silencio del no recuerdo. Siempre he defendido la necesidad de guardar las fotos de aquellos a quienes queremos para, en algún momento, recordar ese tiempo pasado y esas personas con las que compartimos el tiempo. Además, resulta imprescindible guardar aquellas músicas que alguien gustó y que, de alguna manera, constituyen la banda sonora de su vida. Vista y oído vendrían así a reforzar la memoria y a eso habría que añadir las recetas de nuestros platos favoritos, que reforzarían el recuerdo a través del gusto, y los aromas de la niñez y la juventud, que afianzan a través del olfato el paso del tiempo y de las gentes.

En cuanto a las fotografías y la música, sostengo que deberían constituir la base de lo que llamo la caja de primeros auxilios para fijar el recuerdo, y en la actualidad la posibilidad de guardar las imágenes en un pendrive y la música en una playlist facilitan la posibilidad de su conexión a las pantallas de televisor, lo que permite su reproducción automática para aquellas personas que han visto mermar sus capacidades cognitivas por la enfermedad.

Los aromas familiares no solo estimulan el recuerdo y, como ha comprobado mi buen amigo Juanma Madariaga, de la Universidad del País Vasco, su empleo en ambientadores de hospitales contribuye a acelerar la recuperación de los enfermos. Otro tanto habría que decir de ofrecer a las personas mayores las recetas del tiempo pasado y ya he comentado en alguna ocasión que la incorporación de comino a cualquier receta creaba en mi madre una sensación de bienestar al recordar sus años en Marruecos, en los que fue inmensamente feliz.

No crea el lector que me olvido del tacto, puesto que el contacto físico, las caricias, son el bálsamo de cualquier persona que se siente mal y, en el caso de los enfermos de Alzheimer, es particularmente importante ese contacto de piel a piel. Por esa razón me permitirán que desahogue mi malestar y mi frustración ante la película Yo no moriré de amor, ese engendro dirigido por la señora Matute, pésimamente interpretado, a pesar de los premios recibidos en el festival de Málaga. La película, un pretendido relato del impacto de la enfermedad de la madre sobre el ánimo del esposo y las hijas, se podía calificar como la ausencia completa de ternura en las relaciones humanas. En ninguna escena los personajes acarician o proyectan afecto sobre la enferma, la única interpretación que merece tal nombre, y, al contrario, sorprende la interpretación catatónica del marido y que la hija menor esté más preocupada por sus escarceos amorosos que por la calidad de vida de su madre enferma. Me dirán que cojo el rábano por las hojas, pero me atrevo a afirmar que ni la directora ni los intérpretes tienen la menor idea del sufrimiento de los enfermos y carecen del menor atisbo de ternura y empatía con ellos y sus cuidadores reales, aunque se indique que la idea surgió de la propia experiencia de la directora. Lo cierto es que todavía me dura el malestar de haber soportado la película de Matute y sostengo que tanto la directora como el festival que premió el engendro me deben el importe de la entrada. Lástima de tiempo perdido contemplando una narración hueca y deshumanizada, a pesar del intento de dotarla de actualidad por el hecho de que la hija pequeña tenga relaciones lésbicas. No, no me creo el menor detalle de la historia y les aconsejo fehacientemente que no malgasten su tiempo ni su dinero soportando ese bodrio.

Disculpe el lector mi desahogo anterior y, volviendo al tema de la enfermedad de Alzheimer, no dejen de preparar el terreno por si les toca sufrir el tema como pacientes o cuidadores. Al final los sentidos son lo que queda de nuestra experiencia humana y a ellos vale la pena encomendarse para atrapar los buenos momentos y atesorar el tiempo en nuestra memoria.


Miguel de la Guardia es catedrático de química analítica en la Universitat de València desde 1991 y en la actualidad profesor emérito en activo. Tiene un índice H de 92 según Google Scholar y ha publicado más de 987 trabajos con más de 40.000 citas, 5 patentes españolas, 4 libros sobre green analytical chemistry (Elsevier, RSC y Wiley), un libro sobre calidad del aire (Elsevier), dos libros sobre análisis de alimentos (Elsevier and Wiley), un libro en dos volúmenes sobre smart materials en química analítica (Wiley) y otro sobre NPSs (Elsevier) y está preparando un libro sobre Human biomonitoring in Food safety assurance para RSC. Además ha dirigido 35 tesis doctorales y es editor jefe de Microchemical Journal (Elsevier), miembro del consejo editorial de Spectroscopy Letters (Estados Unidos), Ciencia (Venezuela), J. Braz. Chem. Soc. (Brasil), Journal of Analytical Methods in Chemistry and Chemical Speciation & Bioavailability (Reino Unido), SOP Transactionson Nano-technology (Estados Unidos), SOP Transactions on Analytical Chemistry (Estados Unidos) y Bioimpacts (Irán). Condecorado como Chevallier dans l’ordre des Palmes Académiques por el Consejo de Ministros de Francia, Premio de la RSC (España) y condecorado por la Policía Local de Burjassot.  


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