/ una reseña de M.ª Carmen Ruiz Guerrero /
Ada Soriano y yo nos conocimos en torno a 1998, cuando José Luis Zerón y Manuel García Pérez pusieron en marcha el espectáculo audiovisual Esquirlas de luna, en homenaje a Federico García Lorca, sin embargo, la descubrí realmente mucho después, en 2023, cuando presentó en la Lonja de Orihuela Línea continua. Aunque un poco tarde, quizás, se quedó conmigo su poesía. Agradezco el impulso que me llevó hasta allí aquel 1 de junio y la oportunidad de haberla acompañado en la presentación de su último libro de poemas, Abrazar el vuelo, publicado por la editorial catalana La Garúa, editorial que compartimos y a la que me siento ligada en lo poético, evidentemente, pero, sobre todo, en lo afectivo. Ada sabe bien por qué Joan de la Vega consigue este resultado, tanta belleza.
Abrazar el vuelo es un libro-homenaje: a su padre, a su hermano —a quienes lo dedica—, a la poesía, a la vida:
A mi hermano y a mi padre,
ahora lluvia que me empapa
o cosquilleo de mariposa
en el dorso de la mano.
Lo recorren una sensibilidad y un lirismo conmovedores. El dolor por la pérdida se transfigura en poesía, el duelo da paso a la confianza en la memoria que nace de la verdad. La poesía es el camino, el lugar en el que conjurar el olvido que acecha con su capacidad destructora. Nos enfrentamos al vuelo de los que dejan de estar a nuestro lado y, aun así, lo abrazamos; intentamos entenderlo e integrarlo en nuestra vida, que continúa. Dice la cita inicial, de Auden: «Nosotros, condenados a morir, / imploramos un milagro».
Abrazar el vuelo es también un libro-súplica.
Dividido en cinco partes sin título, cada una de ellas está encabezada por un número romano:
La primera parte comienza con «Epifanía» (pp. 11-12), un poema En recuerdo a Marta Agudo, poeta fallecida también en aquel abril de 2023. Destaco dos versos: «¿Y si Poesía y Dios / fuesen lo mismo?». Esta idea va a vertebrar todo el poemario. La voz poética se dirige a Dios, un Dios entre maldito y misericordioso; su silencio, su mirada sobre el ser humano —desde su pupila blanca— es insolente (un adjetivo que podría en el poema atribuirse tanto a la mirada del propio Dios como a la mirada humana al enfrentarse a él).
Otros poemas parten asimismo del sentimiento religioso expresado en lo cotidiano. El espacio sagrado se convierte en lugar de encuentro y evocación, se identifica al hermano que falta con el Hijo, con mayúsculas, en su ascensión («Ascensión», página 13).
En «Junto a la cama de mi padre» (página 14), la primavera florece ajena a la muerte y, a pesar de ello, los objetos «sienten» la pérdida. A ella se enfrenta con serenidad en «Partida» (página 15), con la naturaleza, ahora sí, como compañía, naturaleza en la que se producirá la metempsicosis/transmigración. Tras la muerte, somos en los árboles, en los pájaros, en las flores.
El dolor se muestra a través de las repeticiones, del paralelismo, de la derivación, de la epífora, de la anadiplosis y la epanadiplosis. La repetición se convierte en balanceo doliente. No hay un ritmo violento sacudido por el dolor, sino un ritmo insistente pero en calma, meditativo, ¿de asunción?
En «Desarraigo» (página 17), el diálogo se entabla con el padre y el hermano, se suceden las preguntas en busca del sentido («Como el halcón, / ¿os habéis cubierto de plumas? / Como el halcón, / ¿qué dirección tomasteis?». La naturaleza vuelve a estar presente porque forma parte de lo vivo y se convierte en símbolo.
El poema «Ruego» (página 19) me lleva a su poemario Cruzar el cielo. La Luna, como en aquel, se convierte en interlocutora y en cómplice. A ella le pregunta por sus seres amados.
La relación con la naturaleza, el diálogo, evocan a san Juan de la Cruz, la Amada en busca del Amado en el Cántico espiritual, la poesía mística como resonancia.
En el poema siguiente (página 20) continúa la voz poética intentando hallar una respuesta. Sus preguntas van ahora dirigidas al «Tiempo» (título del poema). Las repeticiones continúan, continúa el balanceo y la oración y la súplica:
Tiempo,
dame una amplitud de miras,
una perspectiva aérea,
otra luz,
otra luz…
lejana luz que nos acerque.
Se cierra esta primera parte con «Genealogías» (página 23). Vuelve la referencia a la naturaleza, el árbol como símbolo y la incomprensión, la contradicción que supone la llegada de la muerte en primavera, la plegaria:
Cómo huyó de tu paso en pleno abril
aquel verde tan puro
hacia otro estadio,
y cómo huyó tu paso en pleno mayo
hacia otro estadio.
Ay, corazón,
aun sabiendo que el único destino
es el olvido,
recuérdalos,
recuérdalos…
La segunda parte está compuesta por tres poemas dedicados al padre, donde la voz poética le habla en segunda persona. Son poemas de evocación, de recuperación de la memoria, del silencio, de la voz y la música. Se comparte la vivencia de lo cotidiano, de la observación del padre y la distancia, pero también de la ternura que culmina en la palabra papá, con la que se cierra el último poema.
Tengo debilidad por la intimidad con el arte que se despliega en la tercera parte del libro. Pintura —pasión que comparte con su hermano Teodomiro (Manuel Soriano)— y poesía, pintores y poetas, a los que llama por su nombre de pila, acompañan a la poeta en su duelo. Con ellos dialoga, no desde el elitismo intelectual y la distancia, sino desde la cercanía de lo familiar. Le ofrecen los elementos para transitar el dolor, para pronunciar/formular las preguntas necesarias, tal vez para encontrar algunas respuestas:
Solo un artista va más allá,
más allá…
Solo un artista se bate en duelo
con el horizonte,
ese rozar el cielo con los dedos.
«Mujer y toro (En torno a El rapto de Europa, de Guillermo Bellod)» (página 34)
Seamos entonces en el canto del bosque.
Seamos en el azul de los enebros
y en los lirios altos,
que tanto gustan del sol
y aman la claridad de los arroyos.
Seamos en el vuelo de un ave que pasa
y apenas deja en el aire un indicio
de hierba.
«Buenos días a medianoche» (página 36)
Esta tercera sección del libro me lleva también a otro libro de Ada, Dondequiera que vague el día. Al poema «Alumbramiento», por ejemplo, en torno a la pintura de Vladímir Kush.
En «Vivir», vuelve a la idea con la que empezaba el poemario. Su única fe es la poesía, a la que relaciona con la naturaleza, la verdadera vida:
Sí,
Henry,
una naturaleza arbórea
donde un ciprés vigoroso
me permita tallar los nombres
de quienes amo
bajo la inspección de una ardilla
o una lechuza
en un firmamento sin dioses,
pues es mi única fe la poesía
y a ella me confío.
Ven, estréchame la mano,
roce inviable.
Desde tu celda,
susúrrame con sensibilidad intacta
y pensamiento hondo,
y prométeme, querido Rainer,
que la vida tiene razón en todo caso.
«Intemporal» (página 41)
La cuarta parte está compuesta por tres poemas. Si antes se dirigía al «Tiempo», ahora lo hace a la eternidad en el poema «Destellos». Las repeticiones insisten en la pérdida: «No puedo rescataros, / no puedo rescataros…». El dolor se hace más agudo: «El tiempo es la crueldad de Dios. / La recepción de un túnel sin ecos / me vuelve subterránea». La salvación es la naturaleza: el jardín, las rosas, los pájaros: «En el jardín abandonado / el canto de dos petirrojos me cautiva. / Que nadie les ponga una mordaza» (página 46).
En «Viento de Poniente», la rotundidad con la que afirma el primer verso «Jamás volveré a veros» se contrapone a la esperanza que ofrece la ternura de dos hojas al caer y que conduce delicadamente a la posibilidad de ese encuentro tras la invocación. Vuelve abril en «Viento de Poniente» y vuelve en «La verja», poema con el que termina esta sección, vuelve la naturaleza con sus flores y sus pájaros. Quizás en la eternidad esté la respuesta.
Tenemos solo un poema en la quinta y última parte de Abrazar el vuelo, «Epílogo» (página 51). Está compuesto por una serie de deseos a modo de plegaria introducidos por la conjunción que; deseos henchidos de luz. Quienes faltan, el padre y el hermano, son los interlocutores: «Que el viento sople para vosotros / y una arremetida de sol relumbre / en los contenedores del sueño. / Que la energía que separa los esplendores / del abismo provoque una profusión de afectos / y construya un palacio vegetal».
Que un claro de luna se pose
delicadamente en mis hombros,
delicadamente en mi rostro,
delicadamente en mis ojos,
y sostenga que importa la tristeza
tras el duelo
porque el duelo no es un trámite
sino un rememorar
a los perdidos en la senda.
Recordamos ahora la cita inicial de Auden, el deseo de que ese milagro exista.


Ada Soriano
La Garúa, 2026
56 páginas
14 €
Entrevista
Abrazar el vuelo es un homenaje a dos personas que faltan. Es un libro cuya publicación debía ser necesariamente en el mes de abril. El poema «Junto a la cama de mi padre» (p. 14) nos lleva a ese sinsentido que une primavera y muerte. En «Partida» (página 15), a diferencia de lo que sucedía en el poema anterior, los elementos de la naturaleza, el brazal del río, acompañan en la pérdida, la acompañan conscientes. ¿Favorece la primavera la esperanza?
Recientemente estoy leyendo, entre otros libros, Vida y muerte de un jardín de papel, muy buena obra de Menchu Gutiérrez. Dice la autora: «Más que nunca el libro es un jardín de papel… Sobre todo es el espacio en el que tu madre aparece». En mi caso aparecen mi hermano y mi padre. Me apetecía hacer este comentario. Y sí, es cierto que la primavera, a pesar de la fatiga que provoca (astenia primaveral) es resurgimiento, ese volver a salir desde abajo, ese renacimiento… (disculpa la rima). Ah, y los colores que recobra nuevamente, esos verdes tan puros y llamativos, ese deslumbre… Todo esto es símbolo de vida y, por tanto, de creación, por lo que se supone hay esperanza. Ah, y el olor. Es como un milagro, a pesar de que mi admirado Rainer (Rilke) le dice a Kappus en Cartas a un joven poeta, en un momento en el que reflexiona acerca de la soledad: «…porque su crecimiento es doloroso como el del niño y triste como el principio de la primavera». Claro, es que él nos habla del «principio», y tú me preguntas acerca de la primavera en su plenitud, por lo que siendo así cuesta concebir el derrumbe.
Dios se identifica desde el primer poema con la poesía, pero también es el Dios de los hombres, quien los mira desde las alturas ajeno a su dolor, ciego y mudo. ¿Cómo se conjugan ambas figuras? («Epifanía»: páginas 11-12). El espacio sagrado es un lugar de encuentro, de evocación. Lo religioso se rechaza y se asume. ¿Qué importancia tiene el hecho religioso en el poemario? ¿O qué importancia va perdiendo?
Me cuesta un poco responder debidamente a esta pregunta porque el «Dios» de los hombres me resulta muy extraño, más en este Vuelo, a pesar de que aparece en el primer poema y en alguno más. Quizá lo nombro porque no estoy convencida de su existencia, o porque tanto mi hermano como mi padre profesaban la fe católica, doctrina en la que fui educada y de la que me aparté a la edad de dieciséis años, cuando empecé a cuestionarme algunas cosillas. Quién sabe. Lo mismo es una torpeza mía. A ver, es que yo solo puedo identificar a «Dios» mediante símbolos, de forma puramente poética, porque la poesía es mi fe, lo único que considero realmente perdurable. Para mí es Luna (lo oculto, el paso del tiempo…), Tiempo (memoria, fugacidad de la vida…), Árbol (unión, arraigo…). Por eso solo concibo a «Dios» así, inmerso en la esencia de la naturaleza, formando parte de ella, no como creador de ella. Y no olvidemos que la naturaleza es impía. Siendo así, «Dios» también sería impío. De ahí que aparezcan ciertas imprecaciones a pesar de que el «Dios» de los hombres no tiene para mí trascendencia alguna. No siento protección alguna. De hecho, cuando digo: «¿Y si Poesía y Dios / fuesen lo mismo…?», en realidad aludo a mi fe en la poesía, tampoco exenta, por cierto, de crueldad. Pienso que en mi poemario hay un trato más bien espiritual. A mí me atrae el misterio, y este, a mi parecer, queda lejos de los miramientos de la iglesia. Siento que el catolicismo limita, aunque comprendo que se ha de respetar a quienes profesan la fe católica siempre y cuando sus acciones sean para el bien de la humanidad.
Has elegido, en la tercera parte, dirigirte a los y las poetas con su nombre de pila: Elizabeth (Barrett Browning), Emily (Dickinson), Edith (Södergran), en «Buenos días a medianoche»; Henry (Thoreau), Waldo (Emerson), en «Vivir» (página 38); Rainer (María Rilke), en «Intemporal» (página 40). ¿Qué supone en este trance la poesía? ¿Por qué son precisamente estos los poetas elegidos? ¿Y por qué es importante la pintura en el proceso de duelo?
En este trance la poesía supone complicidad, hermanamiento… Conforme descubrí a los poetas que aquí aparecen comencé a amarlos. Los he leído y releído con intensidad, y lo sigo haciendo, puesto que me han acompañado durante mis noches de insomnio, que son muchas, y muy especialmente desde aquel derrumbe en primavera de 2023. Es cierto que me atraen como un imán los escritores del siglo XIX. No sé… Esa calidez, esas reflexiones, ese misterio… Mira, si no, las inigualables Elegías de Duino de mi querido Rainer: visible invisibilidad. Ah, y los maravillosos escondrijos en los poemas de Emily. A todos los que nombro los admiro profundamente, sin menospreciar, ni mucho menos, a autores de otras épocas y de la actualidad. La pintura significa mucho aquí porque mi hermano pintaba, y resulta que murió en su mejor momento vital y creativo. Me pongo muy mal cuando lo pienso. Ya ves, «el tiempo es la crueldad de Dios».
No sé si es una percepción mía, pero los poemas en los que aparecen los ojos, desde el poema que abre el libro, son los poemas más duros. ¿Crees que estoy en lo cierto? ¿Hay una razón para ello?: «Epifanía» (página 11), «Écfrasis de la tristeza» (página 33), «Destellos» (página 45).
La verdad es que tú me has abierto los ojos. No había reparado en ello, pero ahora que lo comentas me da que llevas toda la razón. Claro, por ejemplo, en el titulado «Junto a la cama de mi padre», o el que le precede, es decir, «Ascensión», aparte de los que me nombras. Sí, importa la mirada, y los poemas surgieron así. No fue un hecho premeditado, aunque estoy segura de que siempre hay una razón. Los ojos dicen mucho, ¿verdad? Los ojos, la forma de mirar, el cruce de miradas… En el poema «Écfrasis de la tristeza», aunque no lleva dedicatoria, estoy hablándole a mi hija Ada.
Los elementos que poco a poco se van desplegando en el poema —lo veíamos antes con la relación entre poesía y fe— van cobrando intensidad y reafirmándose conforme avanzan los poemas. La naturaleza, ajena al dolor en el primer poema, se convierte en el lugar de encuentro. Háblanos de esa naturaleza que nos hace confiar en que es posible evitar el olvido.
Sí, es verdad. Conforme se suceden los poemas la naturaleza cobra una relevancia vital, la luz se va imponiendo, y, según me dice José Luis Zerón, las imágenes se vuelven más visionarias. Aun así, opino que el único destino del hombre es el olvido. Pero también creo que cuando morimos seguimos estando ahí de alguna manera. Nos transformamos: somos hueso, polvo, ceniza… Seguimos formando parte de la naturaleza. Hay una renovación. Te nombro al respecto una reflexión de Mi primer verano en la sierra, de John Muir (en traducción de Alberto Chessa), que tengo muy presente. De hecho, hay ecos de Muir en uno de mis poemas. Dice, mucho mejor que yo podría expresarlo: «Fundidos con la naturaleza ya no somos jóvenes ni viejos, sanos o enfermos: simplemente inmortales». Y, en consonancia, nombro asimismo dos versos de Joan de la Vega que verdaderamente me llaman la atención. Nos dice en su obra Hijas de un sol naciente: «Todo te pertenece ya, / paisaje».
En todo el libro las repeticiones son una constante: anáforas, epanadiplosis y anadiplosis, paralelismos, derivación, reduplicación de un verso. He hablado de balanceo, de trance o de oración. ¿Puedes explicarnos cuál es su propósito en los poemas?
Sí, por pura necesidad aparecen anáforas, reduplicaciones… Y esto de repetir es porque aludo a mi padre y a mi hermano constantemente. No siempre soy consciente de las figuras retóricas que aparecen en mis obras. Más de una vez me las han descubierto quienes me leen. En este caso no he podido evitar el dos, aunque es verdad que rindo homenaje a otros poetas, y pintores. Y quiero decirte que me gusta la musicalidad; eso sí, exenta de rimas consonantes. Necesito leer el poema en voz alta y sentir cómo me llega esa música. No siempre lo consigo.
Y ya que estamos con la forma, ¿te gustaría comentar la forma métrica elegida, la libertad del verso?
Honestamente he de decirte que nunca mido los versos. En más de una ocasión algún lector se ha percatado de versos medidos en varios de mis poemas, pero puedo asegurarte que no es algo que haga adrede. Como te he comentado, me importa el ritmo y la musicalidad. Ah, y el cuidado de las imágenes. Necesito que los versos reposen y sean libres, y de vez en cuando me asomo y agarro la lima con el deseo de lograr un equilibrio entre razón y emoción aunque les reste un poco de libertad.
El diseño de la cubierta es especial en este libro, así como la fecha de publicación. ¿Nos cuentas por qué?
Claro. Tú misma le comentaste a Joan que mi hermano era pintor, y yo te lo agradezco profundamente. Por ese motivo, en la franja de la portada, que es un distintivo de la propia editorial, es decir, «La Garúa», podemos apreciar una de las obras de mi hermano. Queda, por tanto, muy de corazón. Respecto a la fecha de publicación tuve la suerte de poder contar contigo, con Joan de la Vega y con Aitor Larrrabide. De esta manera se cumplió un deseo que yo tenía y que veía muy difícil que se llevara a cabo. Justo esta primavera se cumplieron tres años de la muerte de mi hermano y de mi padre. Hablamos de una experiencia triste a la vez que emotiva.
Y, aunque parezca un poco desordenado, terminamos por el principio. Qué título tan bello Abrazar el vuelo. ¿Qué significa para ti?
Abrazar el vuelo es para mí abrazar una despedida dolorosa porque no hay retorno posible.

Mª Carmen Ruiz Guerrero (Murcia, 1976), profesora de Lengua castellana y Literatura, es autora de los libros de poesía Solo esto (Poesía en des-orden) (2019); Brocal y voraz (2023) y Palabras sedimentarias (2025). Algunos de sus poemas han aparecido en los fanzines Carne para el Perro (Letras de Contestania) y Manifiesto Azul (Colectivo Iletrados) y en revistas como El Papagayo Verde o Poder Popular. Ha colaborado en el número 5 de Àlbums de Versàlia, titulado Por / Poder. Fue una de las poetas seleccionadas por Isabelle G. Molina para Poesía en femenino: antología de autoras murcianas, publicada por la Universidad de Murcia en marzo de 2025 y, en la misma fecha, participó en el libro digital colectivo Prou!, iniciativa de las poetas Carolina Otero y Begonya Pozo como denuncia de la violencia contra las mujeres. Forma parte de 146 voces para que nunca nadie, antología de textos contra la violencia machista editada por la Universidad de Murcia en marzo de 2026 y dirigida por la profesora Rosario Guarino Ortega, así como de la necesaria publicación Poemas habitables: 95 poetas, sobre el problema de la vivienda, a cargo de la poeta Edurne Batanero y editada por La Imprenta en mayo de 2026.
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