06 Música

Nacho Vegas: la idea, la poesía y la canción

«En mi opinión, la poesía debe apelar directamente a cosas que nos afectan a todos. Debería formar parte, por derecho propio, de la cultura popular, y no adscribirse a un sistema cultural elitista»

Nacho Vegas: «En mi opinión, la poesía debe apelar directamente a cosas que nos afectan a todos. Debería formar parte, por derecho propio, de la cultura popular, y no adscribirse a un sistema cultural elitista»

Desde sus inicios como cantautor, en los albores del siglo, a Nacho Vegas se le ha considerado de manera unánime como uno de los músicos españoles que más y mejor cuida la vertiente literaria de sus composiciones. Nacido en Gijón, en 1974, ha venido desde entonces desarrollando una carrera pródiga en álbumes de larga y media duración en la que destacan un puñado de temas que ya forman parte indisoluble de la memoria sentimental de su propia generación.

Lector impenitente, acaba de sacar a la calle su segundo libro, Reanudación de las hostilidades (Espasa, 2017), que presenta este jueves, primer día de junio, en su ciudad natal. Nacho Vegas reúne en él poemas y relatos que remiten directamente al tono confesional de muchas de sus canciones a la vez que perfilan, modelan y completan el universo que orbita en torno a ellas. Nos citamos en la terraza de La Vida Alegre, un bar del centro de Gijón en el que ha establecido uno de sus cuarteles generales, para hablar de sus páginas y de todo lo que las rodea.


Miguel Barrero.— ¿Qué es un poema? ¿Qué es una canción? ¿Dónde se sitúa la frontera entre una y otra cosa?

Nacho Vegas.— Ésa es la gran pregunta. La urgencia que siento, a la hora de sentarme a escribir, es un poco la misma, pero hay un momento en el que te das cuenta de si lo que estás escribiendo tiene un ritmo propio sobre el papel o si necesita un tempo, una armonía, que le confieran ese ritmo. Como la materia prima es la misma, ambos lenguajes están interconectados de algún modo. En esta ocasión hice algo nuevo: reescribir una canción que ya existía, Las palabras mágicas, y que aparece en el libro como poema. El verso libre da otras posibilidades, pero impone otro ritmo. Nunca una canción es por sí misma un poema, pero sí hay elementos comunes.

M. B.— Es una cuestión que estuvo muy de moda hace unos meses, cuando Bob Dylan ganó el Nobel de literatura y el mundo se dividió entre quienes aplaudían a la Academia sueca por su acierto y su atrevimiento y quienes cuestionaban su decisión.

N. V.— En el caso de Bob Dylan, yo nunca he podido apreciar sus letras como poemas. Hay un elemento más, aparte del tempo y el ritmo, que es muy importante porque es el que realmente da vida a la canción. Me refiero a la interpretación. Creo que lo que hace memorables las canciones de Bob Dylan, lo que las sublima hasta conferirles el significado que tienen para nosotros, es su interpretación. Otros autores que me gustan mucho, como Leonard Cohen o Violeta Parra, sí funden con una naturalidad mayor ambos lenguajes. En concreto, Violeta Parra tenía una cosa que a mí me gusta mucho, que es esa facilidad tan tremenda para aunar lo culto y lo popular, para mezclar en una misma composición estructuras y formas muy literarios junto con elementos provenían directamente de la cultura tradicional.

M. B.— ¿Entonces la canción es un género literario?

N. V.— No. La canción es un lenguaje propio. Forma parte de la cultura popular y admite la influencia de la literatura, pero tampoco tiene por qué recogerla. Es un código en sí mismo, con sus propias exigencias y sus propias reglas.

M. B.— ¿Y cuándo sabes si estás ante una canción o ante un poema? ¿Hay premeditación o es el propio proceso el que lleva a uno u otro sitio?

N. V.— Es la idea la que te lleva. Hay una chispa, un primer fogonazo, que es al principio es muy parecida. Puedes conducirla, claro, pero a mí siempre me gusta que sea el texto el que mande, el que imponga la dirección por la que tengo que ir. En mis canciones es siempre la letra la que determina la melodía, y de hecho muchas veces he preferido supeditar la música a la letra, sacrificar determinadas necesidades compositivas para primar la parte literaria. Enseguida tengo claro si lo que he escrito es un poema o si terminará cobrando forma de canción.

M. B.— En 2004 publicaste el que fue tu primer libro, Política de hechos consumados, reeditado y ampliado en 2006. ¿De qué manera influyó aquella experiencia en ésta?

N. V.— La verdad es que ese libro sembró, sobre todo, dudas. Con el tiempo no hacía más que verle fallos, errores de juventud. A partir de la publicación de Política de hechos consumados, cada vez que escribía algo lo guardaba, no me planteaba pasarlo a libro. No quería repetir una cosa tan caótica. Pero en el fondo sí que tienen algo que ver estos dos libros. Es de las dudas y de los conflictos de donde nacen las canciones y los poemas, así que las dudas que surgieron tras la publicación de aquel primer libro también han llevado, de algún modo, a que surgiera éste.

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M. B.— Se dice que Reanudación de las hostilidades es un poemario, pero en realidad es más bien una miscelánea. De las tres partes del libro, la central está conformada exclusivamente por relatos. Es casi un tabique de separación entre dos grupos de poemas.

N. V.— En Política de hechos consumados sí que había una línea más fina entre la poesía y la prosa, porque estaba muy inspirado en los primeros libros de Sam Shepard, que tienen ese carácter híbrido en el que puede tener cabida cualquier tipo de texto y que a mí siempre me ha interesado mucho. Cuando salió aquel libro y yo seguí escribiendo cosas, vi que había ideas que podían irse hacia relatos más vertebrados, más vinculados a los códigos estrictamente narrativos, pero todo surgía del mismo modo del que surgen las canciones y los poemas. Decidí colocarlos en la parte central de Reanudación de las hostilidades porque las otras dos partes del libro están escritas desde una primera persona muy confesional y quería dar un respiro, permitir que el lector cogiera aire, evitar que el conjunto del libro resultara demasiado asfixiante.

M. B.— En los relatos hay reminiscencias muy claras del llamado realismo sucio.

N. V.— Uno de mis autores favoritos es Raymond Carver, pero fíjate, a mí lo que más me interesa de Carver es la poesía, en realidad es lo que más releo siempre que vuelvo a él. Puede que tenga que ver con que la poesía se preste más a la relectura que la prosa, pero en el fondo la poesía de Carver no deja de ser una esencialización de sus cuentos. Me interesa mucho su forma de narrar, esa búsqueda de un lenguaje depurado, a veces cortante, que persiga lo esencial. De ahí que me pareciera natural que los relatos de Reanudación de las hostilidades estuviesen incluidos en el libro.

M. B.— Me decías antes que es la idea la que determina el género y que, en un primer momento, no sabes si estás ante un poema o una canción. Supongo que hay una excepción en «Poema», que es un texto que hasta cierto punto sí respeta las convenciones más  clásicas de la lírica.

N. V.— Es más: la idea original era escribir un soneto, pero al desarrollar ese propósito, que no dejaba de ser una especie de juego, me pareció que tenía sentido terminar estropeándolo [risas]. Cuando escribo canciones soy muy consciente de la rima y del esquema estrófico, incluso a veces he diseñado ese esquema antes de ponerme a escribir la canción propiamente dicha, pero en los poemas utilizo el verso libre, precisamente para huir de esas limitaciones de las que te hablaba antes. En este caso, quise ceñirme a las reglas de la poesía más canónica para llevar a cabo este juego de metapoesía. Es un poema que se pregunta para qué sirve escribir poemas. Es la misma reflexión en la que entro cuando escribo canciones acerca del propio proceso de escribir canciones, que es algo que he hecho muchas veces. En realidad, lo que hago en ese texto es dudar de que escribir poesía, o escribir canciones, sirva para algo.

M. B.— Sí hay en este libro una definición clara de los contornos de eso que podríamos llamar tu universo personal.

N. V.— A diferencia de Política de hechos consumados, cuyos textos habían sido escritos en un periodo relativamente corto de tiempo, en Reanudación de las hostilidades reúno poemas que son bastante antiguos con otros muy recientes, escritos hace apenas unos meses. Cuando me puse a preparar el libro, rechacé presentarlos siguiendo un orden cronológico porque preferí que el conjunto tuviera un valor testimonial, que más que mostrar la línea de un determinado recorrido perfilara una determinada imaginería que también está presente en mis canciones.

 M. B.— Comentabas antes que uno de los poemas del libro fue antes una canción. ¿Te ha ocurrido alguna vez lo contrario? ¿Hubo canciones que tuvieran su origen en poemas?

N. V.— No, eso no. Alguna vez sí que utilicé versos de poemas en canciones, pero creo que nunca he terminado convirtiendo un poema en canción. Bueno, espera, puede que haya un caso de eso que dices. En «El ángel Simón» si utilicé varias tipologías textuales. El origen de esa canción estuvo en un poema que se titulaba «El colchón» y del que me serví luego para escribir la letra. Y una vez escrita la canción, escribí un relato que llevaba ese mismo título. [Tanto el poema «El colchón» como el relato «El ángel Simón», inspirado en la canción homónima, están incluidos en Política de hechos consumados.]

M. B.— También se percibe ese paso de lo individual a lo colectivo, de lo existencial a lo social, que se ha venido haciendo patente a medida que ibas sacando nuevos discos.

N. V.— Es algo que en realidad no supone un cambio de mirada, sino dos tipos de mirada que me gusta que coexistan. De hecho, cuando pienso en mis autores favoritos, veo que también ellos combinaban esas dos ópticas. Los grandes autores siempre han hablado de su intimidad, pero es una intimidad, pero era una intimidad condicionada o supeditada a un determinado sentimiento colectivo, relacionada de una manera muy estrecha con todo lo que sucedía alrededor. Varía el punto de partida, pero al final pretendes llegar al mismo sitio.

M. B.— Tras el 15 de mayo de 2011, y sobre todo a partir del nacimiento de Podemos, te has implicado muy activamente en la vida pública. ¿En qué medida influye la implicación política en ese tránsito?

N. V.— El acto de escribir no es inocente. Implica posicionarse respecto a la realidad. Procuro huir de los romanticismos y los idealismos, porque lo que me interesa es la vertiente más dura de la realidad. En relación a eso que dices, a mí me parece muy interesante lo que empezó a ocurrir en España a partir del 15-M. En ese momento la política salió tomó las calles. Salías de casa y te encontrabas con que, por primera vez en mucho tiempo, la gente era muy consciente de que la política no era algo que hacía un grupo de señores entrajetados en un despacho, sino que formaba parte de sus propias vidas. Es más, creo que a partir de entonces la política ha estado presente en ámbitos en los que antes apenas se la tenía en cuenta. Por ejemplo, creo que incluso ha llegado a entrar en las relaciones afectivas, sobre todo a partir de ese concepto de «ética de los cuidados» que empezó a entrar en boga entonces. Yo conozco personas cuyas relaciones se modificaron a partir de esa percepción sobre la que no habían reflexionado nunca antes.

M. B.— No sé si has leído un artículo reciente de Javier Cercas en el que decía que su generación se había desentendido de los asuntos públicos y por eso a la nuestra le estaba tocando retomarlos.

N. V.— Estoy de acuerdo con Cercas, aunque no sé si totalmente, porque yo creo que donde más claramente se percibió ese desinterés hacia la vida pública fue precisamente en nuestra generación. Fuimos nosotros los que abandonamos de una manera muy rotunda la vida pública, empujados por ese mantra hiperindividualista que impuso el liberalismo y según el cual la cultura no era una herramienta para empatizar, sino para distinguirnos. Es una cuestión que yo viví muy claramente con el nacimiento de la escena indie, en la década de 1990, en la que la política no sólo no ocupaba un lugar, sino que era una cosa de la que la gran mayoría optaba por desentenderse. Creo que el 15-M nació en parte como una reacción contra ese exceso de individualismo.

M. B.— Estuve el otro día en un acto literario. Al terminar, una mujer del público pidió la palabra y preguntó: «¿Por qué ahora la poesía no se entiende?»

Hay una especie de tendencia al cripticismo que es un poco patológica. La poesía es un género minoritario y el mercado tiene poco interés en ella, algo de lo que entiendo que debería aprovecharse, porque no deja de ser una suerte. Dentro de ese carácter minoritario, que se relaciona habitualmente con lo culto, se ha intentado muchas veces hacer una poesía que pareciera aún más culta. En mi opinión, la poesía debe apelar directamente a cosas que nos afectan a todos. Debería formar parte, por derecho propio, de la cultura popular, y no adscribirse a un sistema cultural elitista. Yo estoy siguiendo con mucha atención el surgimiento de poetas jóvenes, sobre todo en Latinoamérica, que emplean un lenguaje distinto, el de la calle, que tiene más puntos de conexión con la cumbia villera que con la poesía, digamos, oficial. Al final la poesía que trasciende es la que apela a las cosas de todos los días con un lenguaje en el que logra reconocerse un grupo amplio de lectores.


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