El marcapáginas

El boticario y el loro

Colgué la mencionada fotografía en mi cuenta de Instagram y, no mucho después, recibí un enigmático mensaje de un buen amigo, el editor Ximo Espinosa, en el que anunciaba que tenía una historia que contarme. Lo hizo al cabo de unos días para dar fe de los rumbos insospechados del azar, y también de que no todo es bulla o maledicencia en las redes sociales.

Estuve en Pontevedra y le saqué, sin ningún propósito especial, una foto a la escultura de Ravachol. Unos días antes del viaje, buscando aquí y allá documentación y curiosidades sobre los lugares por los que íbamos a andar, había encontrado vagas referencias sobre aquel loro de revolucionario nombre —François Ravachol fue un reputado anarquista francés que en alguna ocasión tiró de dinamita para dar más contundencia a sus reivindicaciones— que, según dicen algunos, fue descendiente directo de alguna de las aves exóticas que los barcos españoles desembarcaron en Vigo, allá por 1702, a su regreso de una expedición transoceánica. Lo que es seguro es que en 1891 el director de la banda militar del regimiento de infantería de Guillarei-Tui, Martín Fayes, se lo llevó como regalo a Perfecto Feijoo, un boticario que tenía abierta su farmacia en pleno centro de la capital pontevedresa.

Colgué la mencionada fotografía en mi cuenta de Instagram y, no mucho después, recibí un enigmático mensaje de un buen amigo, el editor Ximo Espinosa, en el que anunciaba que tenía una historia que contarme. Lo hizo al cabo de unos días para dar fe de los rumbos insospechados del azar, y también de que no todo es bulla o maledicencia en las redes sociales. Me contaba Ximo que el tal Ravachol había sido algo pariente suyo, ya que Perfecto Feijoo fue su tatarabuelo. Se trataba este último de un tipo peculiar. Su descendiente lo define como «un señor muy cachondo con un ímpetu regionalista como pocos», y las hemerotecas y los testimonios que han quedado de su paso por el mundo no hacen más que corroborar su descripción. Fue un gran defensor de la música tradicional de su tierra y en 1883 formó, junto a algunos amigos de los muchos que acudían a las tertulias concurridísimas e informales que celebraba en su farmacia, la agrupación Aires da terra, el primer conjunto vocal que se fundó en Galicia. Aún no andaba por allí el loro, pero su llegada caló hondo en la pequeña capital de provincia. Hablaba en un gallego de libro y poseía una inteligencia tan dotada que era capaz de entablar pequeños diálogos con sentido y fundamento. Cuando alguien osaba contravenirle, empleaba la frase con la que tantas veces le reñía su dueño: «Se collo a vara…»; si el señor Feijoo estaba en la rebotica y algún cliente entraba en la farmacia, él avisaba: «Don Perfeuto, parroquia»; si el recién llegado tenía mal aspecto, advertía: «Aquí non se fía»; si quien cruzaba la puerta era un sacerdote, se limitaba a graznar como un cuervo. Hasta cuentan que en 1900, por los carnavales, le dieron un papel en una pequeña obra teatral. No he podido averiguar cómo fue aquello, pero parece que terminó como el rosario de la aurora. Ravachol murió el 26 de enero de 1913, a causa de una indigestión de bizcochos remojados en vino, y la ciudad sintió una verdadera conmoción ante el deceso de aquel animal que había alcanzado, según los periódicos, una «notable nombradía». Cuentan que llegaron telegramas de pésame desde toda España y que el velatorio, multitudinario, se celebró en la Sociedad de Artesanos. Sus funerales fueron tan desenfadados —en pleno Miércoles de Ceniza, con faroles en lo alto y el personal disfrazado— que habrían hecho las delicias de su destinatario.

Pontevedra se precia de ser una ciudad muy literaria. Por sus calles paseaba con frecuencia Valle-Inclán —y paseando sigue, en una escultura que le inmortaliza en el corazón del casco viejo— y en su trazado que se va ovillando en torno al río se inspiró Gonzalo Torrente Ballester para crear su Castroforte del Baralla. Perfecto Feijoo, desde su botica, no sólo vivió en primera persona todo el esplendor de unos años en que las Rías Bajas gozaban de una gran efervescencia cultural. También contribuyó, en la medida de sus posibilidades, a agitarla y abrir nuevos caminos. En su establecimiento se podía ver con cierta asiduidad a Eugenio Montero Ríos, Pablo Iglesias Posse, Práxedes Mateo Sagasta, Diego Pazos Espés, el propio Ramón María del Valle-Inclán o Emilia Pardo Bazán, a la que parece ser que Ravachol insultó en cierta ocasión, ya se sabe que los niños acostumbran a repetir aquello que oyen en casa. También pasó por allí don Miguel de Unamuno, que se refirió en un escrito a su anfitrión Feijoo como «un perfecto gallego, farmacéutico en Pontevedra, y que administra a su nativa terriña la medicina confortativa de los aires musicales de la tierra». El boticario no sólo cautivaba a los foráneos, sino que también los suyos valoraron convenientemente su legado, dando así la razón al viejo rector de Salamanca. En el Museo Provincial de Pontevedra se conservan algunos objetos cotidianos, documentos y libros que permiten calibrar la importancia de su huella. Ya no queda nada de su farmacia, aunque el emplazamiento que ocupó, frente a la iglesia de La Peregrina, es el mismo en el que atiende hoy a los turistas el inmortalizado loro Ravachol. Si pasan por allí, entonen mentalmente un alalá por don Perfecto y no olviden llevarle un bizcocho a su mascota. No cometan, eso sí, la imprudencia de remojarlo en vino, que ya hay un precedente al respecto y es bueno evitar los disgustos.


 

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