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En torno a Cataluña

Hay una palabra —y, con ella, un concepto— que no se emplea mucho al hablar del asunto catalán y que considero fundamental, por todo lo que para mal implica y porque creo que es la que mejor resume lo ocurrido en estos últimos años. Me refiero a la irresponsabilidad, que se ha dado con profusión en las instancias gubernamentales a ambos lados del Ebro.

Yo que, como José Emilio Pacheco, me veo incapaz de concebir la patria si no es como una construcción personal, íntima e intransferible, que cada cual levanta consigo mismo y con las circunstancias que elige de entre todas las que le rodean, he venido observando con curiosidad y estupor crecientes la escalada de estas últimas semanas en Cataluña. La curiosidad era natural: ajeno como soy a la épica de las banderas, no deja de fascinarme el espectáculo de quienes aprovechan el menor resquicio para envolverse en ellas y lanzar sus ardorosas proclamas en defensa de los valores más insospechados; el estupor creo que está justificado: uno siempre espera que, traspasados ciertos límites, pisen el pedal de freno aquellos que lo tienen a su alcance; cuando no es así y el coche se desboca, el espectador forzoso sólo puede dar curso a su asombro y esperar que, cuando llegue la colisión, ésta no provoque mayores daños.

Hay una palabra —y, con ella, un concepto— que no se emplea mucho al hablar del asunto catalán y que considero fundamental, por todo lo que para mal implica y porque creo que es la que mejor resume lo ocurrido en estos últimos años. Me refiero a la irresponsabilidad, que se ha dado con profusión en las instancias gubernamentales a ambos lados del Ebro. Fue irresponsable el Partido Popular cuando emprendió su absurda campaña contra el nuevo Estatut de Catalunya —aprobado en el Parlament y en el Congreso, y ratificado en referéndum— y fue irresponsable Artur Mas cuando convirtió aquella ofensiva en la coartada de la súbita e inverosímil pulsión independentista que le asaltó, ya es casualidad, cuando su partido se vio salpicado por los casos de corrupción del tres por ciento y el Palau. Fue irresponsable Mariano Rajoy cuando, ante la evidencia del conflicto, prefirió seguir en su línea de dejar pasar el tren, a ver si éste descarrilaba por sus medios, y fueron irresponsables Puigdemont, Junqueras y los diputados de la CUP al no entender que la legitimidad de sus aspiraciones quedaría invalidada en cuanto les sirvieran de excusa para saltarse a la torera las legislaciones estatal y autonómica. Son irresponsables todos, en suma, por primar su beneficio político o electoral —nadie duda que ambos bloques, PP e independentismo, son ahora mismo los destinatarios del triste saldo a favor que pueda arrojar este procés— sin pensar ni por un momento en las desdichadas consecuencias que podría tener para la sociedad cuyo devenir, según dicen, gestionan. No vale que desde un lado se lamenten de la falta de voluntad cuando no ha habido ni valor ni ganas para ponerle acicates. Tampoco que, desde el otro, se escandalicen al constatar que el Estado vela por el cumplimiento de las leyes, sobre todo si los sorprendidos llevan meses jactándose de su firme vocación de quebrantarlas. Las banderas, una vez más, erigidas en envoltorio siniestro de intereses oscuros. Lo dejó escrito Antonio Machado, a quien seguramente Rajoy no ha leído y que tan poco gusta a cierto historiador de Sabadell: «En los trances duros, los señoritos invocan a la patria y la venden; el pueblo no la nombra siquiera, pero la compra con su sangre.»

Se podrá dar por bueno todo esto, y soy consciente de que decir tal cosa supone incurrir en un arrebato de excéntrico optimismo, si al final de este camino lleno de baches aguarda la posibilidad de enfrentarnos a nuestra gran asignatura pendiente. No me encuentro entre quienes cuestionan la sinceridad de la Transición o la definen, con gran simpleza, como la continuidad del franquismo por otras sendas. Sí soy de los que piensan que, con resultar modélica por todo lo que la rodeaba, por haber dado salida a una solución extremadamente compleja en un tiempo relativamente breve y por haber instaurado un régimen de libertades como nunca antes hubo en este iracundo país nuestro, no ató todos los cabos sueltos ni debió ser objeto de la sacralización acrítica que propiciaron sus propios protagonistas. La Constitución no es un papel mojado, pero tampoco la palabra de Dios revelada a los mortales, y ni el problema territorial es cosa de ahora ni se ciñe sólo a los confines catalanes. Limitar la cuestión a si los distintos territorios deben tener derecho a autodeterminarse o no me parece simplificarla demasiado.  Posiblemente sea éste un buen momento para hacerse —sin prisas, pero tampoco sin aplazamientos estériles y, como estamos viendo, traumáticos— una pregunta que acaso sean tres y cuya respuesta no es fácil, pero resulta imprescindible: ¿qué es España?, ¿qué creemos que es España?, ¿qué queremos que sea España? A estas alturas de la película, creo que tenemos claro que España no es una unidad de destino en lo universal, pero tal vez descubramos que puede ser un buen punto de encuentro desde el que caminar, todos juntos, en dirección a un progreso común. Abordarlo requiere calma, mesura y generosidad. También de unas miras que trasciendan la frontera de las próximas elecciones. Entre el «Espanya ens roba» y el «A por ellos, » puede haber un terreno ancho y fértil del que obtener grandes cosechas. Para labrarlo hacen falta voluntad y talento. Quizá sea mucho pedir.

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