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En los días grandes de la traición

Sólo los cómplices de la crueldad están de celebración. Lo hacen en el secreto de su hipocresía o bajo el disfraz de un academicismo fraudulento. Los herederos de los antropofagia con hoz y martillo se camuflan, pero Vladimir Putin y demás conmilitones del neobolchevismo están ahí instalados en su cinismo criminal.

/ por César Iglesias /

La crueldad de los calendarios es bien conocida. Aunque T. S. Eliot acuñó que abril era el más cruel (April is the cruellest month…), ninguno de los otros once meses se libra del calificativo. La ferocidad de la vida no sabe de relojes ni de almanaques. Se presenta despiadada, implacable… pero no traidora, porque bien sabemos que vivir es, sobre todo, asumir las condiciones del más acá, como nos enseñó Epicuro. Todos las jornadas, todas las semanas, todos los meses nos aguardan crueles, pero octubre tiene en sus días cortos y noches largas, en sus amontonadas “feuilles mortes” de Prevert, en la turbiedad del “airón de les castañes” un algo especial, un algo turbio que pide cuentas.

Se fue ya este octubre de 2017. Pero su aroma otoñal se extiende, como siempre, a noviembre, con esa vida menguante en la que la noche impone el frío y sus amenazas. Y este último 7 de noviembre, por azares de los calendarios (juliano y gregoriano), es también 25 de octubre. Una fecha que en ese Este de desfiles de acero y humo, tundras donde se suicida la vida, alcoholes asesinos y lubiankas de tortura gris… hace cien años el mal se enfundó el gabán leninista y la ushanka de aquel seminarista georgiano, el cavador de fosas que hizo de la barbarie una forma de entender el mundo. Y desde entonces, el sueño de los siervos se convirtió en pesadilla, en cúmulo de tumbas. “Ante tanta desgracia las montañas se inclinan”, escribió Anna Ajmátova en la libreta clandestina mientras hacía cola en busca de noticias de su hijo ante los portones de la cárcel de la entonces Leningrado.

Sólo los cómplices de la crueldad están de celebración. Lo hacen en el secreto de su hipocresía o bajo el disfraz de un academicismo fraudulento. Los herederos de la antropofagia con hoz y martillo se camuflan, pero Vladimir Putin y demás conmilitones del neobolchevismo están ahí instalados en su cinismo criminal. Entre la estatua de Stalin, inaugurada el setiembre último en la Avenida de los Dirigentes junto con otros seis bustos de líderes comunistas, y el monumento dedicado a las víctimas de la satrapía soviética median dos kilómetros por un barrio de Moscú saturado de historia y terror. Los verdugos comparten lugar con sus mártires. Nada nuevo en la historia: en el osario de Cuelgamuros el mismo lecho acoge el esqueleto del asesino ferrolano y los restos de centenares de republicanos y demócratas españoles.

El examen de aquel octubre hecho noviembre nos conduce a una historia de la traición. La tiranía zarista había acumulado suficientes cadáveres y sufrimiento para que los siervos dijesen basta. Lo hicieron en febrero de 1917. Esa fue la Revolución Rusa, con mayúsculas. Lo que ocurrió diez meses después, lo que perpetraron  Lenin, Trostky y Stalin, no fue otra cosa que una traición a la democracia recién estrenada, con aquel Kerensky, convencido de que era posible que la democracia y la justicia social viajasen en el mismo vagón. Los bolcheviques dieron un golpe de estado con letras mayúsculas para instaurar una dictadura, llamada del proletariado, que competiría con el nazismo y las otras formas de fascismo en abrir cárceles y excavar fosas comunes.

Nos lo cuenta con detalle y pulso José María Faraldo en La Revolución rusa: Historia y memoria (Alianza Editorial), en una narración en la que los grandes acontecimientos se acompañan de los nombres propios de los asesinos y sus víctimas, acreditada por el examen detallado de los archivos oficiales a los que puso luz Mijaíl Gorbachov y que, ahora, Putin ha retornado a los pabellones del silencio. Faraldo no es un sospechoso revisionista ni un socialfascista, como gritarían los custodios de la agit prop. Es un historiador, no un falsificador de lo ocurrido, y un tipo que se declara “de izquierdas, pero no comunista”. Y que escribe: “La Revolución rusa de febrero, una transformación política de índole progresista, abrió camino a un cambio social libertario cuando la sociedad tomó su destino en sus propias manos. Febrero no pudo sobrevivir al intento de Octubre de poner entre paréntesis la libertad y encauzar el progreso social por medio de la jerarquía y la coacción. Lo que siguió, la construcción del régimen estalinista de modernización desde arriba, con su ingeniería violenta y totalitaria, es, desde luego, otra historia”.

Difícil se hace recordar esto en la Europa occidental, especialmente en España, donde los comunistas fueron el bastión de la resistencia frente a las diferentes rostros de la barbarie fascista. Cierto que algunos fueron cómplices de la crueldad leninista, pero también que sacrificaron sus vidas y las de los suyos para recuperar las libertades, que hicieron acto de constricción de sus pecados ideológicos, que fueron los primeros en hablar de reconciliación cuando el franquismo seguía fusilando y encarcelando y que también demostraron su valentía y compromiso con la democracia cuando tuvieron que negociar, incluso con sus propios torturadores, para abrir las puertas a la democracia, tullida, pero democracia al fín y al cabo. Ese mismo régimen democrático de 1978, estigmatizado hoy por los legionarios del enredo y la falacia.

“Eran los días grandes de la traición”, escribió Antonio Gamonedavíctima de aquellos años de frío, mendrugos y desapariciones. También resistente en su derrota. Pero sus palabras, más allá del dolor particular infringido por nuestra satrapía de cuatro décadas, cobran un valor universal. El mal está insertado en todas las formas de absolutos que ha soportado la humanidad. Los cadáveres están alineados en los campos de batalla de las guerras santas, en los sótanos inquisitoriales de los palacios arzobispales, en las cunetas de barro y sangre, en los campos de gas y exterminio, en los paredones descascarillados por las balas, en los trenes detonados por los fanatismos… ¡Tanto son los escenarios y los tiempos de la crueldad que el relato universal de la infamia sigue sin descanso escribiendo nuevos capítulos!

 ¿Hay lugar para un calendario sin crueldad? Sin necesidad de despeñarnos por las laderas del sueño y las utopías, habrá que seguir explorando nuevos territorios para la esperanza, de nuevos octubres o noviembres con “suave fuga de árboles y abismos” de los que nos habló aquel siciliano de Modica Salvatore Quasimodo, en busca de otra promesa porque tenemos la certeza de que “larga es la noche que no encuentra día”.

 

 

 

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