Poéticas

‘Habitable’, de Pureza Canelo

Poesía y vida, vida y poesía imbricados en un quehacer riguroso y constante, en el que, se lo hemos oído decir muchas veces, «en creación todo lo que no suma resta»: Pureza Canelo sigue sumando dígitos en una de las indagaciones metapoéticas más exigentes de la actual poesía en lengua española.

Pureza Canelo: Habitable

/una reseña de Carlos Alcorta/

Pureza Canelo

El particular diseño de la colección de antologías de la editorial Renacimiento goza de un amplio consenso entre el público lector, pero no sólo ocurre con lo referido al diseño: también la nómina de autores que recopilan su obra en estas páginas goza de ese prestigio. Autores como —el presente volumen alcanza el número 108, por lo que resulta imposible citarlos todos— Ángeles Mora, Luis García Montero, Luis Alberto de Cuenca, Carlos Marzal, Karmelo Iribarren, Francisco Brines, Hilario Barrero o Antonio Colinas, por citar solo a autores españoles vivos. Esta privilegiada nómina se ve ahora incrementada con los poemas de Pureza Canelo (Moraleja, Cáceres, 1946), una selección que cuenta con un magnífico prólogo del profesor José Teruel en el que ha tratado de buscar «la representatividad cronológica y estilística», algo nada fácil, porque estamos hablando de una poeta que nunca ha cejado en su empeño de descifrar el acto poético, cuidando siempre, en palabras de Teruel, de «no traicionar el estado de conciencia que provocó lo ya escrito».

La selección, realizada al alimón entre el editor y la autora, recoge poemas de todos sus libros, desde los iniciales Celda verde (1971) y Lugar común (1971, Premio Adonáis) hasta el más reciente Retirada, publicado el pasado año, lo que permite rastrear las inflexiones que va sosteniendo la conciencia crítica de Pureza Canelo respecto de la función del poeta y del sentido, o el sinsentido, de la escritura en una época como ésta, tan ajena a la cultura en sus más variados registros: «Mi primer poema —escribe Canelo en un poema de su primer libro—/ lo dediqué al junco,/ a la veleta del horizonte,/ a mis perros que ya corrían para alcanzarme /y morder de mi gaviota», aunque el poema más explícito de este libro, en este aspecto, es el titulado «Verso», en el que se percibe ya un aliento metafísico que no abandonará nunca a nuestra autora: «El verso es un ojo/ pensado para ciegos,/ para mí,/ un caballo al fondo/ volver a casa/ y encender la lámpara del miedo,/ del miedo o la pregunta». Podríamos preguntarnos: ¿cómo esclarecer esa dicotomía? No sabemos si teme a esa emoción desconocida o a la perversión con la que el lenguaje la hace suya. Algunos versos de su segundo libro, Lugar común, nos brindan algunas pistas: «Ah, la palabra, qué miedo me da de su constancia en mí,/ de su alboroto que me llega y son lugares/ en su pompa de vida,/ lágrimas sueltas ahora mismo, en formación,/ creciéndome,/ grandes manchas de poemas y matarlos/ es morir más acá de la muerte misma/ sin destierro posible y sin ojos». Como es fácil observar, ya desde sus primeras tentativas poéticas, la voz de Pureza Canelo busca su expresión en un lenguaje autorreferencial y, por tanto, no siempre propenso a una inteligibilidad inmediata. Ella misma lo reconoce en unos versos de su siguiente libro, El barco de agua (1974): «Si escribo tan oscuro, tan dentro,/ será por esa duda/ en la cuesta/ del hombre que camina/ y otro tobogán reaparece». Conviene hacer notar que reflexiones como ésta, de tan hondo calado, son elaboradas por una poeta que aún no ha cumplido los treinta años. Su precoz grado de madurez estética es, por tanto, sorprendente, teniendo en cuenta, además, que sus ideas sobre el acto de escribir, en lo fundamental, apenas han variado a lo largo de los años. De hecho, Habitable, un libro que data de 1979, se subtitula Primera poética. «La poeta persistirá pidiéndole al poema, desde su primer título, que e aun espacio habitable donde poder vivir autónomamente, la existencia que se le irá revelando como un lugar sacudido por la desafección, la orfandad y la soledad», escribe José Teruel. Sí se perciben, sin embrago, algunos cambios de orden formal. Inicialmente, el verso de Pureza Canelo era conciso y tendía a la desnudez expresiva, a la esencialidad. Posteriormente, como queda de manifiesto en Tendido verso (1986), su segunda poética («¿Tendido verso? ¿Tendido verbo? Sólo líneas en el crepúsculo de la elección, el nacimiento de sus nombres»), ese verso se expande en lo que la autora llama «poema derramado», pero no se convierte nunca en prosa. Volvemos a José Teruel: «Lo poético estriba para Pureza Canelo, más que en ritmo pautado por el cómputo silábico, en uso del lenguaje autirreferencial e interreferencial y en un tratamiento elíptico del tiempo, que no admite la imagen de un orden lineal. Sino que se manifiesta en violentas discontinuidades y elipsis».

Cuatro poéticas recoge, además de las citadas, la tercera y la cuarta poéticas, Tiempo y espacio de emoción (1994) y No escribir (1999), respectivamente. En este último libro se recoge el excelente poema «Una mujer escribe su primer libro de versos y me lo envía», un emotivo ¿autorretrato?: «Abro tu libro de juventud/ y me pierdo en la enorme ola/ de antiguo suspiros liricos/ que viví inefables/ como el animal mojado/ que se echaba en tierra blanda/ para hacerse notar e otro color entre los suyos». Si hay algún consejo que dar a la joven poeta, no se manifiesta de forma didáctica, sino lírica. Más que normas de obligado cumplimiento, Pureza Canelo habla del sacrificio autoimpuesto, de la escritura como lugar de revelación y misterio, de la soledad habitada por los muchos yoes que habitan en cada uno de nosotros.

La antología finaliza con los dos últimos libros publicados por la autora, A todo lo no amado (2011) y Retirada (2018), una presunta renuncia, este último título, a seguir escribiendo que, afortunadamente, los poemas inéditos que cierran el volumen, desmiente, como demuestra el poema final de la selección, del que extraemos estos versos: «Escribir sin mano, también fulminada pero sigue moviéndose como rabo de lagartija en ele espasmo que deja sin orientación a lo que somos». Poesía y vida, vida y poesía imbricados en un quehacer riguroso y constante, en el que, se lo hemos oído decir muchas veces, «en creación todo lo que no suma resta». Pureza Canelo sigue sumando dígitos en una de las indagaciones metapoéticas más exigentes de la actual poesía en lengua española.


Selección de poemas

Como octubre disponga

No más refugio
que la faz de mis brazos
si nos entra el otoño
desgajando
lo que al viento apetece
en su alfombra de bosque
y cuerpo a tierra.

Mírame.
Otoño aún no somos en años
pero cuando él se nos acerca
hay que extender la batalla real
de los buenos amantes
en el recuento las hojas
de infinitos sabores ocres.

Mírame, y
hagamos la abundancia
a ras de nuestro suelo.
La variedad de un amor
es sepultar la inteligencia
entre los cuerpos.
No conozco otro refugio
ni mejor temperatura.

Sólo que estoy adivinando
cómo será el Otoño
nuestras vidas
de verdad calzadas en su estación
y otra vez
el nacimiento de amarse
la pasión inédita
que alumbrará mis versos.

Debo callar.
Ahora vámonos
a lo único
que del lento mudar
es ocre, ocres
como la alfombra disponga
tú y yo
obligando a trabajar
un viento revelación
lo más humano
para empujar las lumbres
bien cernida la noche.

(De Pasión inédita).

Él es un tronco sobre el río

Él es un tronco sobre el río.
Ahí va esa roca dulce que al correr de las aguas
organiza su blandura y soledad. Ese lugar soy mirando
próxima arpillera del mundo con exquisitez
del instante que sufre miedo en la jaula hinchada.
A las doce del mediodía rozo las comas y los verbos
a salto de naturaleza verdeante bajo el sol.
No importa entonces el color del valle,
ni la travesía a despertar sedienta, que ahí
me prenderá la legitimidad del acto
que ya organiza salvación.
Más adelante vendrá el insecto no caído, a verme,
que el número no mata a nadie: si viene,
y transparenta.
Puede que os esté ocultando ahí el bien y el mal
de la temperatura, la vibración no pensada,
el vaso líquido de la materia al Cuerpo, pues del vocablo voy
a la rosa, de la mismísima suerte al adjetivo simplón,
de lo invertebrado a la insistencia de un poema
que dice de pronto: pronto a originar velocidad
de día, pronto el artículo tendrá que entenderse
con el amor y la cabeza hechos flotadores de paso…
(No oigo ruidos fláccidos en el horizonte,
pero algunas ramas quieren localizar a esta sombra
poniéndole un alto en el camino.)
Cuidado con la palabra competidora entonces,
cuidado con el arrastre y el destino de la boca
que se llena de agua dulce abierta de aquello
tan bien tronchado.
Por si acaso no deseo tomar el verso que brille,
ni el salvajismo, ni los duendes al por mayor, y parche.
Triunfo de un desasosiego es mejor, abundancia
del pensamiento y alabarderos no comparativos,
ese martillo que trotador se agranda a unas credibilidades
que en cada momento tuvieron su sustancia.
Y luego, en el castillo que se es inferior,
y aún lo que seguirá faltando, irá el lagarto antiguo
a la cruz y a la sandalia.
(Ah, tuve un día otro ritmo vertical más hermoso
que también fue socorro y desobediencia.)
Pero será mejor que brote ahora otra pasión, Amistad,
contigo, testigo de la plenitud, de la calentura
en zarza, amoratada y fija, en mis debilidades.
Así procuro que una molécula dormida silbe,
se haga cordura sufriendo suelta de brazos,
amiga de la reflexión, por terca que me apriete
en su pecho alcoholizada la reflexión misma.
Duplex, sacadme a flote de estas lagunas animales.
La poética es un nombre (vuelta a empezar) y baste.
Nada creo, pero estos campos quieren revivir
el sábado de frutas que trabajan por atender
a sus carnes.

(De Habitable).

Mira si es verdad mi hombro

La soledad es, como siempre,
quien más me hace recordar tu nombre.
Pero cuidado, también el mediodía, y el gazpacho,
y la zapatilla mal atada en el segundo botón,
y las gotas de agua bajo la ducha,
y la fiebre que no invento en la siesta
y las ganas de no dormir para leer
y el beso que te doy a las siete de la tarde,
y el volcán en Italia que no vuelve a sonar,
y las cabras que pasan ahora por mi casa
como novios buenos y otra vez la lucha de ángeles,
y la noche otra vez,
y la mañana idéntica por su triunfo,
y el salto del langosto ahora mismo,
y la hierba mal regada bajo mi bañador,
y el higo trasnochado en la nevera,
y el perro lamiéndome los pies cuando salgo del río
y yo le huelo más que él a mí,
y el amor, y tu nombre,
y el vestido que me pongo,
y mi cuerpo interior como yo misma,
y el recuento de tu voz,
y otra vez el río,
y la cerveza y el panchito que te dejo,
y el verde tristón de este verano que es rojo,
y éste y único para tu nombre,
para decir que tengo tu frasco de ahora mismo,
y tu sentido, y tu olfato,
y el garabato que sale de tu lengua.
Yo soy todo lo que tú eres en este julio del demonio,
frita como los pájaros al mediodía
y cansada como un perro a las cuatro de la tarde.
Escribirte esta carta es escribirla,
y así lo hago;
letras que me salen de esta forma aparatosa y santa
y sólo para tu armario donde me guardas el surco.
El balcón se ha abierto para mí, estoy en mi casa.
Me entra la luz, lo que dura la tarde,
lo que quiero atar de corazón y simiente
si no vacío mi rincón y la sal.

Un periódico se ha hecho amigo del aire
y viaja, y viene, sin descanso.
¿Dónde está la cigüeña de que me hablaban?
¿Quién comunica el calor al rostro?
Ceras al lado del altar,
bellotas en la encina para la tarde,
viaja todo, no baja el avión,
mi blusa abierta como una ventana,
rezo por el olvido, por el olvido no rezo,
una nube en vez de ese trozo azul,
mi vestido, mi recuerdo,
esta compasión para seguir mi calle.
Qué bien, ya el carro que regresa por Moraleja,
el ovillo de los hilos está guardando porque rodó;
la vocación de cubrir, de adorar lo que se escapa,
Moraleja abierta, dormida en su sal poco astuta,
porque ella no se ve, no monta tanto,
el tiempo está en una hora más que su alianza.

Así va julio.
Nombre de hombre cerca de mi ternura tuya, no me estoy equivocando.
Cabecea la campana a las ocho,
oración para cuatro, para mí y somos cinco;
la caja rodando,
mi balcón abierto, mi blusa, mi ventana;
cuando me toque ir a dormir lo haré
abriéndome de nuevo nuestro rostro que comparto;
los lazos, yo no tengo lazos,
y bebo el agua desde mi puente,
arriba un quiosco nuevo, legiones de cerezas perdidas,
mi lágrima que no se pierde.
Rezo por el olvido,
por el olvido no rezo,
la higuera es de verdad, verde, hojas desde abajo
para dorar las fuentes,
abuelo de su casa a la mía
y se recogen los besos
en cualquier mirada.
Tu nombre, me he olvidado de tu nombre,
te sigo escribiendo, perdona el lapsus,
sigo en tu baúl, amor escondido aquí
y en la otra tierra donde tú vives.

Y tu nombre
no lo digo.

(De Lugar común).

Poema antes de cerrar los ojos

¿Quién me rondará esta noche,
si vivo como siempre he vivido
en este pueblo de ventanas y puertas
que se abren al perro, a los haces cortados,
y al rostro interior que lleva el hombre?
Nadie. Yo soy menos, mucho menos
que lo acontecido en la calle
cuando desde mi balcón admiro
las posibilidades hondas de las sombras
como si el reloj de la torre
fuera el espacio mejor movido de lo humano.
Nadie ronda mi casa ni tira la luz
de la linterna a por los pájaros que duermen
en mi hiedra.
Nadie, pero yo sí rondo y caigo
en la palabra silbando el insomnio de los versos pobres,
de los versos malos si no hay dique
que contenga el hermano sentir
en este trozo de la Extremadura presente,
con categoría de flotación sobre los demás mundos.

Me levanto y ando hasta el dormitorio
de nuevas sombras. Entro a por descanso,
ya seguir esta ronda ondulada
en la cercanía del abismo antes de cerrar los ojos.
Así espero morir un día, con esta música sin aire,
bajo el esplendor agotado de la teirra mirando
el firmamento de la mejor huida.

(De El habitable).

Que no se estudie a un espíritu vivo

¿Qué lana, qué madeja suave
entre dedos quieres?
¿Qué lana, qué madeja,
qué rincón de sal,
qué hilo, qué hoyo de mí a tu ser
se parezca tanto a lo presente?

Y estoy llenando espacios
gota a gota de agua en la cuchara,
y fijo mis oídos atravesándote
sin cambiar dos telas,
la pieza de costal con el marfil:
madeja y lana despacísimo.

Brazos fuertes, amor,
que se repite la palabra, amor,
que yo he sentido la era de tu madre,
y la cama cerebral del mundo;
que mi humanidad lo es con el cartón
ese poquito mejor de alma ciega,
que yo aguanto tu castillo cerrado
si estás dentro,
que no estudies a un espíritu vivo,
que seas conmigo y te lo lleves, que llueve,
que esta lengua no vale para crear,
que creas
y sólo la vida ahí tendrá su alivio
para su envidia.

(De El barco de agua).


Habitable
Pureza Canelo
Renacimiento, 2019
168 páginas
11,31€


Carlos Alcorta (Torrelavega [Cantabria], 1959) es poeta y crítico. Ha publicado, entre otros, los libros Condiciones de vida (1992), Cuestiones personales (1997), Compás de espera (2001), Trama (2003), Corriente subterránea (2003), Sutura (2007), Sol de resurrección (2009), Vistas y panoramas(2013) y la antología Ejes cardinales: poemas escogidos, 1997-2012 (2014). Ha sido galardonado con premios como el Ángel González o Hermanos Argensola, así como el accésit del premio Fray Luis de León o el del premio Ciudad de Salamanca. Ejerce la crítica literaria y artística en diferentes revistas, como ClarínArte y ParteTuriaParaíso o Vallejo&Co. Ha colaborado con textos para catálogos de artistas como Juan Manuel PuenteMarcelo FuentesRafael Cidoncha o Chema Madoz. Actualmente es corresponsable de las actividades del Aula Poética José Luis Hidalgo y de las Veladas Poéticas de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo de Santander. Mantiene un blog de traducción y crítica: carlosalcorta.wordpress.com.

2 comments on “‘Habitable’, de Pureza Canelo

  1. Pingback: PUREZA CANELO. HABITABLE (ANTOLOGÍA POÉTICA)* | carlosalcorta

  2. Magnífica entrada sobre Pureza Canelo, y gran reseña de Carlos Alcorta. Muchas gracias.

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