De rerum natura

Los gilipollas (galería ilustrada)

Pedro Luis Menéndez escribe sobre nuevas y refinadas formas de gilipollismo digital.

De rerum natura

Los gilipollas (galería ilustrada)

/por Pedro Luis Menéndez/

El insulto es sin duda una de las bellas artes cuando va acompañado del tino necesario y la precisión adecuada, aunque no es mi intención utilizar como tal el término gilipollas en este momento, sino aprovecharlo como etiqueta de algunas situaciones que resulta difícil describir. Y si bien la RAE lo considera como una palabra vulgar, me parece muy idóneo para señalar a los protagonistas de acciones que mis contemporáneos tienen a bien exponer con cierta profusión en los medios. A buen seguro que podría utilizar otras palabras más clásicas como bobo o tonto o la riojana bobochorra o la asturiana babayu, pero temo que algún colectivo de los miles de colectivos que pululan por el planeta se sientan ofendidos por alguna de ellas, a lo que añado que además no tienen la rotundidad del gilipollas ni de su excelso sustantivo gilipollez. Porque de gilipolleces vamos a hablar en esta ocasión, a manera de relato ilustrado.

La primera de nuestras historias tiene lugar en la Ciudad de la Justicia de Barcelona. En ella, un joven youtuber de 21 años declara haber abandonado el instituto «para dedicarme a este trabajo. Lo estaba haciendo bien. Y luego pasó esto. La prensa me ha jodido». ¿A qué se dedicaba este joven emprendedor para que la prensa (es decir, el mensajero) le haya hundido la vida, con lo necesitados que estamos de su talento generacional? Pues a algo bastante común: dar a probar (en uno de los retos que se convertían en sus vídeos más populares) a un mendigo unas galletas rellenas de pasta de dientes. Sometido ahora a un proceso en que el fiscal pide dos años de cárcel, el susodicho youtuber se defiende alegando que «todo era en plan de coña», y matiza: «Mi intención no era ofender. Vosotros vais muy a tope con la ley». En una reflexión posterior también señala: «Esto me ha hundido bastante. Mis vídeos generaban publicidad y con eso ganaba dinero. Mi cuenta ahora no vale nada». Para información del lector, su cuenta de YouTube tenía más de un millón de seguidores.

La segunda historia nos traslada al hermoso parque Dolinka Szwajcarska de la también hermosa ciudad de Varsovia. El parque data del siglo XVIII y aloja, como tantos parques, una colección de estatuas más o menos artísticas. Pues bien, una influencer y modelo polaca de 17 años golpeó repetidamente la nariz de la estatua de un ángel hasta lograr romperla, acción grabada en un vídeo que uno de sus amigos publicó de inmediato en Instagram ante las risas de los colegas comunes a ambos, espectadores del asunto. Parece que en este momento la chica se enfrenta a un mínimo de seis meses de prisión y ya ha perdido al menos dos contratos sustanciosos para su carrera de modelo. Eso sí, la influencer pide disculpas en los siguientes términos: «No diré lo que me impulsó a hacerlo, es un asunto privado, pero quería disculparme con todos». Según las malas lenguas, que tanto abundan, pretendía aumentar su número de seguidores en Instagram.

El tercero de nuestros relatos nos conduce de nuevo a nuestro sur de Europa, en esta ocasión a Italia, a la bella Piacenza. A su estación de tren acudió un reportero gráfico del diario Libertà para cubrir el accidente de una mujer gravemente herida entre las vías: una canadiense de 83 años, profesora de literatura jubilada e integrante de un coro de gira por Italia. El periodista, Giorgio Lambri, narra así la escena: «Cuando llegué, la mujer [que ha perdido una de sus piernas tras lo ocurrido] estaba ya rodeada de doctores. Al poco, vi a un joven de entre 20 y 25 años hacerse un selfi mientras reproducía la V de la victoria con sus dedos y capturé de forma instintiva el momento con un par de fotos. Cuando una agente de policía se dio cuenta de lo que el chico estaba haciendo, le pidió que le entregara el smartphone y que borrara los selfis». Parece ser que el joven, convencido del borrado de las fotos, no hizo nada ilegal. Punto. Nada ilegal.

Para la cuarta de nuestras historias no necesitamos desplazarnos más que unos 260 kilómetros hasta llegar a Venecia. Desde el 11 de mayo hasta el 24 de noviembre tiene lugar la 58.ª Exposición Internacional de Arte, la Biennale di Venezia. Entre los 79 artistas convocados para esta edición se encuentra el suizo-islandés Christoph Büchel, quien, como parte de su proyecto, exhibe un barco que naufragó en 2015 en el Mediterráneo con unos 800 inmigrantes en su bodega, de los que sólo sobrevivieron 28. El barco se encuentra emplazado junto a unas de las áreas de picnic de la Bienal, lo que produce que algunos de los visitantes se hagan selfis ante él. Como comenta el periodista italiano Lorenzo Tondo, «Me imagino a una multitud de personas —bien vestidas, bebiendo spritz— frente a un barco que, para mí, es un ataúd con capacidad para 700 personas. Me imagino su mirada fija en la pintura descolorida del barco, del mismo tono que el cielo veneciano. Pienso en los 28 sobrevivientes del naufragio, y en lo que habrían dado por solo un segundo de esa atención».

He dejado para la quinta y última de las historias una más reciente y que puede llegar casi a encabezar la clasificación de los despropósitos de esta galería ilustrada: la de la madre que da de fumar a su niño de once meses, lo graba en vídeo mientras se ríe y lo comparte en Instagram con emoticonos de corazones y carcajadas. Claro que con la escandalera más o menos hipócrita que se ha montado, ha eliminado el vídeo y ha publicado una nota de disculpa en estos términos: «Me equivoqué, y estoy súper arrepentida y asustada por todo lo que se está liando. Soy una madre que da la vida por su hijo y no quiero que se me juzgue por un error que he cometido. Lo siento de corazón. Un saludo y espero que me perdonen».

Mientras tanto, yo me pregunto sin respuesta qué provecho habrían sacado de estas historias gentes como Fernando Fernán Gómez, Luis García Berlanga o Rafael Azcona, aunque no deja de venirme a la mente —sin tener muy claro el porqué— la galería de poetas modernistas que acompaña a Dorio de Gadex en Luces de bohemia, y que tanto se me asemeja a esta turba gilipollas de nativos digitales.

PD- Dejo para mejor ocasión la imagen de los alpinistas haciendo cola (y muriendo en algunos casos) para alcanzar la cima del Everest. Juegan en otra liga.


Pedro Luis Menéndez (Gijón [Asturias], 1958) es licenciado en filología hispánica y profesor. Ha publicado los poemarios Horas sobre el río (1978), Escritura del sacrificio (1983), «Pasión del laberinto» en Libro del bosque (1984), «Navegación indemne» en Poesía en Asturias 2 (1984), Canto de los sacerdotes de Noega (1985), «La conciencia del fuego» en TetrAgonía (1986), Cuatro Cantos (2016) y la novela Más allá hay dragones (2016). Recientemente acaba de publicar en una edición no venal Postales desde el balcón (2018).

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