Diarios de cuarentena

El coronavirus como declaración de guerra

«Si la movilización se despliega como una guerra contra la población es porque su único objetivo consiste en salvar el algoritmo de la vida, lo que, por supuesto, no tiene nada que ver con nuestras vidas personales e irreductibles, que importan bien poco», escribe Santiago López Petit.

El coronavirus como declaración de guerra

/por Santiago López Petit/

Por la mañana me lavo concienzudamente las manos. Así consigo olvidar los ojos arrancados por la policía en Chile, en Francia o en Iraq. Antes de comer me vuelvo a lavar las manos con un buen desinfectante para olvidar los migrantes que son amontonados en Lesbos. Y, por la noche, me lavo nuevamente las manos para olvidar que en el Yemen cada diez minutos muere un niño a causa de los bombardeos y del hambre. Así puedo conciliar el sueño. Lo que me pasa es que no recuerdo por qué me lavo tan a menudo las manos, ni cuando empecé a hacerlo. La radio y la televisión insisten en que se trata de una medida de autoprotección. Protegiéndome a mí mismo, protejo a los demás. Por la ventana entra el silencio de la calle desierta. Todo aquello que parecía imposible e inimaginable está teniendo lugar en estos momentos. Escuelas cerradas, prohibición de salir de casa sin una razón justificada, países enteros aislados. La vida cotidiana ha saltado completamente por los aires y solo queda el tiempo de la espera. Fue hermoso oír ayer por la noche los aplausos que la gente desde los balcones dedicaba al personal sanitario.

Permanecemos encerrados en el interior de una gran ficción cuyo objetivo es salvarnos la vida. Se llama movilización total, y paradójicamente, su forma extrema es el confinamiento. «La mayor contribución que pueden hacer es esa: no se reúnan, no causen caos», afirmaba un importante dirigente del Partido Comunista Chino. Y un mosso que vigilaba en Igualada añadía: «Recuerde que si entra a la ciudad ya no podrá volver a salir», mientras le comentaba a su compañero que «el miedo consigue lo que no logra nadie más». Pero la gente muere, ¿no? Sí, claro. Ocurre, sin embargo, que la naturalización actual de la muerte cancela el pensamiento crítico. Algunos ilusos hasta creen en el nosotros invocado por el mismo poder que ha declarado el estado de alarma: «Este virus lo pararemos unidos». Pero solo van a trabajar y se exponen en el metro aquellos que necesitan imperiosamente el dinero.

Cada sociedad tiene sus propias enfermedades, y esas enfermedades dicen la verdad de esta sociedad. Se conoce demasiado bien la interrelación entre la agroindustria capitalista y la etiología de las recientes epidemias: el capitalismo desbocado produce el virus que él mismo reutiliza después para controlarnos. Los efectos colaterales (despolitización, restructuraciones, despidos, muertes, etcétera) son esenciales para imponer un estado de excepción normalizado. El capitalismo es asesino y esa afirmación no es consecuencia de ninguna teoría conspiranoíca. Se trata simplemente de su lógica de funcionamiento. Drones y controles policiales en las calles. El lenguaje militarizado recuerda el de los manuales de la contrainsurgencia: «En la guerra moderna el enemigo es difícil de definir. El límite entre amigos y enemigos está en el seno mismo de la noción, en una misma ciudad, y algunas veces dentro de la misma familia» (Biblioteca del Ejército de Colombia, Bogotá, 1963). Recuerden: la mejor vacuna es uno mismo. Esta coincidencia no es de extrañar, puesto que la movilización total es sobre todo una guerra, y la mejor guerra —porque permanece invisible— es aquella que se hace en nombre de la vida. Y aquí está el engaño.

Si la movilización se despliega como una guerra contra la población es porque su único objetivo consiste en salvar el algoritmo de la vida, lo que, por supuesto, no tiene nada que ver con nuestras vidas personales e irreductibles, que importan bien poco. La mano invisible del mercado ponía cada cosa en su sitio: asignaba recursos, determinaba precios y beneficios. Humillaba. Ahora es la Vida, pero la Vida entendida como un algoritmo formado por secuencias ordenadas de pasos lógicos la que se encarga de organizar la sociedad. Las habilidades necesarias para trabajar, aprender y ser un buen ciudadano se han unificado; este es el auténtico confinamiento en el que estamos recluidos. Somos terminales del algoritmo de la Vida que organiza el mundo. Este confinamiento hace factible el Gran Confinamiento de las poblaciones que ya está teniendo lugar en China, en Italia, etcétera, y que poco a poco se convertirá en práctica habitual a causa de una naturaleza incontrolable. El Gobierno se reestataliza y la decisión política vuelve a un primer plano. El neoliberalismo se pone descaradamente el vestido del Estado-guerra. El capital tiene miedo. La incertidumbre y la inseguridad impugnan la necesidad del propio Estado. La vida oscura y paroxística, lo incalculable en su ambivalencia, escapa al algoritmo.


Santiago López Petit (Barcelona, 1950) es químico y filósofo. En los años sesenta, trabajó en una empresa de vidrio recuperada por sus trabajadores al mismo tiempo que militaba en sectores del movimiento autónomo. Después del fracaso del movimiento, se dedicó a la filosofía crítica, recibiendo influencia tanto de los postestructuralistas franceses Michel Foucault y Gilles Deleuze como de los marxistas italianos Toni Negri, Raniero Panzieri y Mario Tronti. Después, ha trabajado como profesor de filosofía contemporánea en la Universidad de Barcelona y ha impulsado iniciativas como Espai en Blanc. Ha publicado una quincena de títulos, y entre ellos, Una estrategia socialista (1975), Entre el Ser y el Poder: una apuesta por el querer vivir (1994), El Estado-guerra (2003) o La movilización global: breve tratado para atacar la realidad (2009).

Acerca de El Cuaderno

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2 comments on “El coronavirus como declaración de guerra

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