Poéticas

Un aliento detenido: caminos hacia Celan

José Luis Gómez Toré reseña conjuntamente dos libros de reciente publicación sobre el gran poeta judío: 'Lecturas de Cristal de aliento', de Jean Bollack y Arnau Pons, y 'Voces de Extremadura: el camino de Paul Celan hacia su Shibboleth español', de Mario Martín Gijón.

/ por José Luis Gómez Toré /

Si la pandemia no hubiera alterado todas nuestras expectativas y rituales más o menos laicos, muy probablemente estaríamos celebrando el centenario del nacimiento de Paul Celan (que coincide, asimismo, con los cincuenta años de su muerte). Es cierto que, en Alemania, son muchas las publicaciones que este año evocan su figura y su obra, lo que no deja de resultar paradójico, habida cuenta de la relación harto compleja, y a menudo conflictiva, que el gran escritor judío mantuvo con el país de «poetas y pensadores» (Dichter und Denker) que, en expresión de Karl Kraus, un día se convirtió en un país de «jueces y verdugos» (Richter und Henker). Tampoco faltan, afortunadamente, los libros dedicados a Celan en español, como los que ahora comentamos.

Podría parecer ahora inoportuno insistir en efemérides y homenajes. Alguien, incluso, se dejará tentar por la boutade o el chiste fácil para plantear si es posible escribir poesía después del coronavirus (a Celan, que rechazaba la frase de Adorno, probablemente le interesaba mucho más el antes de Auschwitz: preguntarse qué discursos abrieron el camino a la barbarie nazi). Y, sin embargo, hay que olvidar que, frente a las lecturas pseudomísticas y estetizantes de su obra (contra las que se manifiestan con justicia Bollack y Pons), la escritura de Celan es un constante esfuerzo por habitar las ruinas, atravesando los infiernos de la violencia y de la barbarie más absoluta (que no ha terminado, por cierto, en Auschwitz). De ahí que, sin ser la suya una poesía autobiográfica, su escritura nunca pierda pie, pese a que parezca lo contrario, en la experiencia. Lo que ocurre es que dicha experiencia se ve transformada, llevada al límite de su propia extrañeza. Creo que en ese sentido hay que entender la interrogación que aparece en el célebre texto de «El meridiano», que se leyó en el acto de recepción del Premio Büchner, «¿hemos de pensar, digamos, ante todo, a Mallarmé hasta las últimas consecuencias?». En un texto preparatorio de dicho discurso, el escritor afirma que el poema «no está —o ya no está—, hecho, por mucho que le pese a Mallarmé, con palabras o con simples palabras acopladas […] El poema es la lengua de un individuo que deviene forma» (Bollack/Pons, 126-127). Así, el escritor lleva a su extremo la radicalidad de Mallarmé invirtiendo en gran parte su sentido: la autonomía de la obra no es autonomía de la vida, sino más bien empeño en reconstruir la existencia, la vida dañada. La autonomía como resistencia, en un sentido no del todo ajeno a Adorno, por más que el poeta no sintiera sino suspicacia ante el autor de Minima moralia, y por más también que este no acabara de entender la ambición del proyecto de Celan. El trabajo de este sobre la lengua alemana, y aún más sobre el idiolecto que construye (no en vano Bollack ha afirmado que le costó años aprender el celaniano), se constituye en buena medida como una respuesta ética y política al mundo que hizo posible Auschwitz y que puede seguir haciéndolo posible.

Si no me equivoco, los muertos (más que la muerte como concepto abstracto), la imposibilidad de hablar con ellos o en su nombre, ocupan un lugar central, aunque a menudo invisible, en una voz que, sin embargo, rara vez resulta elegíaca. Así, a riesgo de forzar la analogía, la célebre imagen de «una tumba en el aire» (más literal que metafórica, pues no otra tumba tuvieron los cuerpos quemados en los crematorios), en estos días de duelos quebrados y velatorios vacíos, tal vez no les resultará del todo ajena a quienes, como ahora, como entonces —aunque por razones tan distintas—, no han podido despedirse de los suyos. Volver hoy a Celan no parece, por tanto, un empeño inútil, sino quizá una ocasión para encontrarnos con una obra sobre la que abundan los tópicos y las interpretaciones superficiales. Aun a riesgo de caer en otro tópico, quizá no esté de más recordar una vez más que el mejor homenaje que puede hacerse a un escritor es la lectura, que debe convertirse en relectura, piedra de toque de toda obra sólida. Precisamente a esa necesaria relectura de la lírica celaniana puede ayudarnos la reciente publicación en español de estas dos obras que, desde perspectivas muy distintas, ofrecen nuevas aproximaciones a una escritura de no poca complejidad.

Hay que recordar, con todo, que lo complejo no es sinónimo necesariamente de opacidad. Conviene insistir en ello, puesto que la recepción de Celan en nuestro panorama cultural se ha visto enturbiada por batallas literarias internas, en las que la figura del autor de «Fuga de muerte» ha servido como arma arrojadiza entre tendencias, escuelas y poéticas, ya para elogiarlo (pero haciendo de él una lectura sesgada), ya para denostarlo como el representante de un vacío hermetismo (en ese sentido, Pons recuerda en su prólogo unos versos del último Premio Cervantes, más inspirados por los prejuicios que por las Musas, como ejemplo de esa tendencia descalificadora). Lecturas de Cristal de aliento, en la línea de otros trabajos de Bollack (y de Arnau Pons), insiste en la inteligibilidad de la poesía de Celan. En ese sentido, aunque estamos ante dos libros muy diferentes, tanto el estudio de Martín Gijón como el de Bollack/Pons coinciden en su aproximación filológica (si bien, mientras el primero lo hace desde una perspectiva comparativista, el segundo se centra en la interpretación de los textos, aunque sin renunciar a señalar las rutas que enlazan los distintos poemas, no solo del autor, sino de la tradición literaria, una tradición que es asumida y combatida al mismo tiempo).

Sospecho que la mención a la filología puede alejar a más de un lector, propenso quizá a asociar lo filológico con la acumulación de datos eruditos y un enfoque en exceso formalista (tal vez porque la filología, en nuestros lares, ha estado demasiado escorada hacia la historiografía y el formalismo). Pero aquí lo filológico es sinónimo de rigor y, a la vez, en el sentido etimológico del término, de amor a la palabra. O más bien de fascinación ante las palabras de un poeta concreto. En general, en torno a la escritura celaniana ha primado una lectura filosófica, antes que filológica. Es cierto que la filosofía goza de más glamour (fuera del gremio de los filólogos), pero, sin el suelo de una comprensión de la escritura y de su juego intertextual, es fácil convertir la poesía (y más cuando se trata de una escritura de muchas capas, como la de Celan) en una ejemplificación forzada de las propias tesis, a menudo con ejemplos sacados de contexto. De ello se ha acusado, por ejemplo, a Derrida, al cual, sin embargo, Martín Gijón reivindica en parte. Con todo, fue Heidegger el gran pionero de esa utilización un tanto ad hoc de la lírica, sobre todo en sus comentarios sobre Hölderlin, por más que el filósofo de la Selva Negra haya abierto caminos difícilmente renunciables en la comprensión moderna de lo poético. No deja de resultar inquietante, con todo, que algunas de esas reflexiones se escribieran en la misma época en la que el pensador ostentaba con orgullo la cruz gamada sobre su ropa. No es lugar ahora para profundizar en ello, pero quizá habría que leer con menos entusiasmo los textos heideggerianos, y sobre todo, no aislarlos de las circunstancias de las que surgieron. Ahí la sospecha de Celan ante lo heredado cobra todo su sentido.

Centrándonos ya en las publicaciones que estamos comentando, hay que señalar que los textos (prólogo y anexos) que introduce Pons en el libro de Bollack convierten este en un nuevo libro, sin traicionar el propósito inicial: así, el análisis detallado de los poemas de Cristal de aliento apunta, asimismo, en la línea que acabamos de señalar, a una defensa de esa lectura filológica frente, sobre todo, a la hermeneútica gadameriana, y sus seguidores más o menos confesos. Desde la perspectiva de Bollack/Pons, dicha hermenéutica no solo resulta especialmente desorientadora a la hora de interpretar determinados poemas e imágenes, sino que lleva a cabo una práctica mucho más dañina: la de deshistorizar la poesía celaniana, lo que implica también despolitizarla. Y ello, en el contexto alemán (y más en el de un discípulo de Heidegger como es Gadamer), supone desactivar el potencial crítico de una práctica poética, que tiene como uno de sus motores esenciales la puesta en cuestión de un discurso cómplice con la cultura que llevó a los campos de exterminio. Bordeando de nuevo el terreno del tópico, me atrevería a decir que las lecturas gadamerianas parecen sentir cierta predilección por las brumas germánicas, puesto que «todo lo que Gadamer puede en definitiva hacer con esa oscuridad que lo incomoda es suponer que invita a una relación incierta y aproximada, como incierta y aproximada es toda relación humana con la divinidad» (Bollack/Pons, 37). Esa analogía con visiones más o menos místicas acaba por alejarnos del poema en sí, puesto que la oscuridad de Celan no es, como presupone Gadamer, el producto de una universalización abstracta de la experiencia (por la cual el yo del poeta somos todos, aunque ese todos teja una falsa hermandad entre víctimas y verdugos), sino, por el contrario, de una radical individualización de la lengua.

Por supuesto, no cabe filología sin la práctica de la traducción, y de una traducción rigurosa. Uno de los atractivos, no menores, del libro publicado por Herder es poder leer a un Celan cuidadosamente vertido al castellano, de la mano de quien ha traducido antes al catalán toda la obra del autor. Es una pena que ello se limite a unos pocos poemas (los que conforman la breve entrega de Cristal de aliento, más algunas citas), puesto que, tras cada versión, se adivina una reflexión previa que no siempre se deja traslucir en las traducciones españolas que pasan por canónicas. No descubrimos nada si afirmamos que la traducción de poesía necesita no solo conocimiento del idioma, sino también del idiolecto al que antes nos referíamos (y todo ello, desde una mirada más amplia, que reconoce en cada texto un cruce de imágenes, de obsesiones, de discursos propios y ajenos, que cristalizan, y nunca mejor dicho, en unas determinadas elecciones lingüísticas).

Casa natal de Paul Celan

Los textos de Cristal de aliento surgen en diálogo, pero también en conflicto (según sugieren las lecturas de Pons y Bollack), con los grabados de Gisèle Celan-Lestrange. Creo que todavía queda mucho por decir sobre esa relación, a la vez personal y artística, con quien fuera la mujer del poeta. Y precisamente su nombre asoma con fuerza en el libro de Martín Gijón, puesto que este nos demuestra que fue Gisèle Lestrange, antes que Celan, quien mostró verdadero interés por la cultura hispánica. Martín Gijón nos ofrece, al respecto, una investigación rigurosa de fondos documentales, pero sin renunciar por ello a la lectura atenta de los textos poéticos ni al tono ensayístico. El volumen se ve completado por un interesantísimo anexo que recoge la biblioteca española de Paul Celan y Gisèle Lestrange, en la que encontramos a autores como García Lorca, Miguel Hernández, Neruda, Darío, Ortega y Gasset, Unamuno o Vallejo, ya traducidos, ya en su lengua original. Nos referíamos antes a la conciencia filológica de estas aproximaciones, y este es especialmente visible aquí: aunque es fácil dejarse llevar por el entusiasmo, Martín Gijón enfría las expectativas y nos recuerda, con sabia advertencia, que tener un libro en los estantes no significa haberlo leído, ni mucho menos haberlo hecho con atención e interés. El autor de Voces de Extremadura no confunde sus deseos con la realidad, y acaba constatando que en general la lírica hispánica (tanto española como hispanoamericana) despertó poco entusiasmo en un poeta que sorprende por la amplitud y diversidad de sus traducciones. Es sabido que renunció a traducir unos poemas de Jorge Guillén, amparándose en el hecho de que desconocía la lengua de partida. Algo esperable, dicho sea de paso, más allá de la razón apuntada, pues cuesta imaginar a dos poetas tan distintos entre sí.

Especialmente llamativo puede resultar el desinterés por Lorca. Como bien apunta Martín Gijón, esto se explica en parte por la mala calidad de las primeras traducciones al alemán del autor del Romancero gitano, o al menos de la que se consideró por mucho tiempo la traducción canónica de Enrique Beck (una vez más se constata lo peligroso que es fijar cánones y traductores oficiales, sobre todo cuando estos ejercen una suerte de monopolio que impide que otras versiones puedan llegar al lector). Resulta difícil, por otra parte, que Celan se sintiera atraído por el Lorca más cercano al neopopularismo (dentro, además, de una tradición que le era desconocida y en la que, por tanto, no podía apreciar el grado de fidelidad y de ruptura a esas fuentes folclóricas). Significativamente, no está en la biblioteca Poeta en Nueva York, que tal vez (pero quién sabe) le habría interesado más. Realmente el único poeta del ámbito peninsular que pareció ejercer una fascinación importante en el autor de Rosa de nadie no fue español, sino portugués: Fernando Pessoa, al que sí tradujo. Y no solo lo tradujo, sino que su escritura dejó cierta huella en algunos textos celanianos, que Martín Gijón se encarga de rastrear.

Si en efecto Celan no compartió la pasión por la cultura hispánica que sí tuvo su esposa, España fue para él —y a ello dedica Martín Gijón su capítulo final— un símbolo sobre todo de la lucha antifascista. Ya en su juventud había ayudado a recoger fondos para ayudar a los combatientes republicanos durante nuestra guerra civil. Pero fueron sobre todo las dolorosas experiencias posteriores las que le llevaron a mirar con especial simpatía la resistencia contra el franquismo, que en su imaginación se ve asociada a la insurrección en Viena de 1934. Así se aprecia en el poema «Shibboleth», en el que el lema antifranquista —y antifascista— «No pasarán» aparece sin traducir, en español. Voces de Extremadura (título tomado de los versos que cierran «Shibboleth») nos recuerda asimismo la huella que dejó en el escritor la figura de un pastor, Daniel Abadías, exiliado republicano: el anciano de Huesca, como le llama su poema «Todo en uno», «ejemplifica perfectamente la ética personal que mantuvo Celan toda su vida y que asociaba al verbo stehen (permanecer, estar de pie, resistir)» (Martín Gijón, 115). Ahí volvemos a esa necesidad, también sugerida por Pons, de colocar la escritura de Celan en un horizonte histórico, que no anula su originalidad ni la radicalidad de su propuesta. Ambos libros contribuyen a ello.

Lecturas de Cristal de aliento (Atemkristall) de Paul Celan
Jean Bollack y Arnau Pons
Herder, 2020
288 páginas
19,80€
Voces de Extremadura: el camino de Paul Celan hacia su Shibboleth español
Mario Martín Gijón
Libros de la Resistencia, 2019
128 páginas
11€

José Luis Gómez Toré (Madrid, 1973) es poeta, dramaturgo y ensayista. Su obra crítica y ensayística está integrada por varios títulos, entre los que destacan La mirada elegíaca: el espacio y la memoria en la poesía de Francisco Brines (2002), Pedro Salinas (2009), El roble de Goethe en Buchenwald (2015), Extramuros (2018) y María Zambrano: el centro oscuro de la llama (2020). Ha publicado los poemarios Se oyen pájaros (2003), He heredado la noche (2003), Fragmentos de un cantar de gesta (2007), Claroscuro del bosque (2011, en colaboración con la artista Marta Azparren), Un corte que no sangra (2015), Hotel Europa (2017) y la antología Llamarse nadie (2019).  

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