Diarios de cuarentena

Náufrago de interior

Álvaro Valverde reseña un libro que se gestó en las páginas de EL CUADERNO: el diario de cuarentena de Jordi Doce, publicado por Fórcola con el título 'Una vida en suspenso'.

/ una reseña de Álvaro Valverde /

Se puede decir casi todo acerca del confinamiento a que nos ha obligado la pandemia propiciada por el maldito coronavirus, la ya inolvidable enfermedad infecciosa COVID-19, menos que no haya sido una desagradable sorpresa. Reacciones ante ese hecho hay tantas como personas lo hemos sufrido. Cada encierro lo ha sido a su manera. El del poeta Jordi Doce (Gijón, 1967) ha quedado, por suerte, reflejado en forma de libro. Un libro, cabe añadir, que se ha editado en un tiempo récord. Se ve que su editor, Javier Fórcola (por el nombre de su elegante editorial), es un tipo avispado. O un lector concienzudo. No creo que uno sea el único que vio desde el principio que este diario, publicado por entregas en El Cuaderno (otro gesto de loable coherencia), iba a terminar impreso en un volumen. Diré más: lo leí siempre en oblicuo, digamos, con el convencimiento de que lo acabaría haciendo, como es debido y prefiero, en papel. Así ha sido. Con una llamativa cubierta, por cierto, de un cuadro de Haritz Guisasola al que se refiere Doce en su bitácora y que le acompaña en su estudio. 

El título es elocuente: La vida en suspenso. «Todo está en suspenso, como esperando algo que no termina de llegar», escribe Doce. Y más adelante: «Esta vida en suspenso, a la expectativa…». El subtítulo, aún más: Diario del confinamiento (marzo-mayo de 2020).

Que está escrito a vuela pluma, aunque no lo parezca, lo demuestra el hecho de que use términos como impresiones o apuntes para referirse a sus entradas. «Son mi modo de agarrarme lo real», precisa. Sí, porque todo es fruto de la extrañeza (que es como el agua, «siempre encuentra el modo de filtrase y seguir caminando»), la perplejidad o el asombro que produce en él cuanto le rodea. «Este girar del tiempo sobre sí mismo». Por eso escribe: «para ordenar la cabeza» y «sosegarla». Ha sido una forma de «vadear estas semanas». «Cada cual pasa el encierro como puede, que no es poco».

Por más que reconozca que, a diferencia de otros, él sí ha podido escribir durante la cuarentena (he seguido distintos diarios, tanto en prensa como en Internet), nunca tiene todas consigo. Al fin y al cabo, esta es «la confesión de una impotencia», «qué otra cosa podemos hacer». En otra parte leemos: «estas notas, que nadie me ha pedido, pero que han ido cobrando vida propia». Las considera una labor «no esencial», no tanto como la del personal sanitario, por ejemplo, pero no por eso, a ojos del lector, son menos necesarias. Siempre estamos a falta de un relato que nos explique lo que nos asusta y desconcierta, como hace al caso.

Jordi Doce

Hablando de un juego que practica, el Scrabble, fija su propia «técnica poética»: «brevedad y condensación, síntesis y buena puntería». Y, en efecto, Doce procede aquí como poeta y, en rigor, como poemas han de leerse estas prosas que tanto en común tienen, por su tono, que en un escritor lo es todo, con las de, pongo por caso, Perros en la playa. La poesía manda. O prima. Sin querer o queriendo. ¡Cuánto en tan poco! Es el don de síntesis en que se basa el decir poético. ¿No es, acaso, esa «actitud de espera, alerta, activamente pasiva» la que caracteriza al poeta? Tal vez porque, si bien «mirar es poseer» (cita Doce a Sánchez Rosillo), «en mi caso, no basta con mirar, debo llevar la mirada hacia dentro, entrañarla». Y sigue: «y no basta con pensar, debo llevar ese pensamiento hacia fuera, extrañarlo y hacer que se roce -se manche- con el pensar de los demás». Estos dos movimientos, hacia dentro (yo) y hacia fuera (los otros), fundamentan este diario. «Mi forma de cuidar la escritura es salirme de ella y pensar desde lejos», afirma. O: «Me hago cargo de que estas páginas son puro escapismo», pero «hacia dentro».  Basadas en «el principio de realidad» («la pura irrealidad de lo real») y no, como en algunos colegas, para «darse pisto». «Tomo partido por lo menudo, por lo trivial; lo que percibo en el estrecho radio de mi experiencia».

Con todo, «un diario, por bueno que sea, también está hecho de todo lo que queda fuera». Me da la impresión de que poco se ha desperdiciado en esta «hibernación en pleno comienzo de la primavera», en «nuestra pequeña película de ciencia-ficción», en estas «semanas de encierro que terminarán pareciendo un sueño». Así, los paseos con Layla, su perra, excusa perfecta, en lo más duro, para poder salir de casa. Las tareas domésticas (el horno, la cocina, en convivencia con su compañera Marta y su hija Paula). Las tareas profesionales: correcciones de libros a punto de aparecer (como los de Saint-John Perse y César Vallejo), una conversación con la poeta Ana Blandiana para la revista Turia, los poemas de Plath… La observación de pájaros (he descubierto a un auténtico ornitólogo) desde balcones y ventanas e incluso a pie de tierra, por calles y parques cercanos. La lectura («mi quitamiedos más efectivo es seguir leyendo»): de Los cuadernos pálidos de Tomás Sánchez Santiago, de las cartas del editor Jaime Salinas o los aforismos de Cioran. Y la traducción de un puñado de poemas que ayudan a vivir, como «Todo va a salir bien», de Derek Mahon («Habrá muerte, habrá muerte,/ pero no hablemos de eso ahora»), o el 314 de Emily Dickinson  («que algo sabía de encierros y confinamientos») u otros de Yeats o McGrath. No faltan la música («A cada día sus músicas») ni los merodeos en torno a los patios interiores, tejados con gatos y por el vecindario que componen páginas intensas que, a debida distancia, me recuerdan las más urbanas y madrileñas de los diarios de Trapiello, llenas de personajes atrabiliarios y curiosos. Y ya que lo menciono, me gusta esa variación sobre Max Aub, lo de que a partir de ahora se podrá decir que uno es de donde ha pasado el confinamiento. En su caso, Madrid, donde vive desde hace muchos años. A su Gijón natal se refiere al recordar a su madre, allí encerrada, tan lejos y tan cerca del mar, obligada a aplazar sus paseos a paso marcial por el Muro. Se trata de «no perder la mirada de largo alcance. No abdicar de la profundidad de campo». No olvida tampoco a su padre, tan realista, que murió el verano pasado, y que le inspira esta frase memorable: «Cuando uno pierde la imaginación, la vida se vuelve incomprensible». 

Tampoco falta el miedo. A la enfermedad ante todo. A lo que sucede y a lo por venir, tan incierto: «A cada tiempo sus neurosis». «Convivimos con el misterio», dice citando a Mark Strand. Ni la compasión. Él se considera uno más de la masa de afligidos que intenta sobreponerse a la catástrofe. No es posible la impasibilidad ante lo que uno ve en los ojos que te miran por encima de las mascarillas. «Náufrago de interior» dice que pudo titularse este diario. 

Las horas pasan entre lo que narro y otras aficiones como ver documentales (sobre Lledó, por ejemplo), películas de Hitchcock y de catástrofes, anuncios pandémicos, notificaciones del Idealista, leer una entrevista con el poeta y médico intensivista Basilio Sánchez, comunicarse con los amigos… Y todo en medio de «este desvelo», «ese trasiego», «esta incertidumbre» (que «es ley»). 

Califica Muñoz Molina el diario como «el mapa inmenso y meticuloso del presente». Porque «la mesa de trabajo es mi rompeolas», Jordi Doce ha hecho bien en rescatar para siempre estos días que, si bien no olvidaremos, ya dije, conviene fijar en la memoria no de cualquier manera. Por lo que tienen de «ensayo general, una prueba de resistencia».

Aludía Vila-Matas, con desdén, a la «bitácora-tostón de nuestro confinamiento» y puede que en algún caso así sea. No en La vida en suspenso, que no se limita, ni con mucho, al mero desahogo. Eloy Tizón ha escrito: «Este libro, al igual que el resto de su producción literaria, reúne todas las virtudes de su escritura: calidad de presencia, atención reflexiva, lucidez relajada». No miente. Estamos, en fin, ante uno de los testimonios más singulares y logrados de este extraño sueño que ha acabado convirtiéndose, para varias generaciones, en penosa pesadilla. 


La vida en suspenso
Jordi Doce
Fórcola, 2020
160 páginas
15,50€

Álvaro Valverde (Plasencia, 1959) es autor de libros de poesía como Las aguas detenidas, Una oculta razón (Premio Loewe), A debida distancia, Ensayando círculos, Mecánica terrestre, Desde fuera, Más allá, Tánger y El cuarto del siroco (los cinco últimos en la colección Nuevos Textos Sagrados, de Tusquets) o Plasencias (De la Luna Libros). Sus poemas están incluidos en numerosas antologías y han sido traducidos a distintos idiomas. También es autor de dos novelas: Las murallas del mundo y Alguien que no existe; un libro de artículos, El lector invisible, y otro de viajes, Lejos de aquí. La editorial La Isla de Siltolá publicó, en edición de Jordi Doce, la antología Un centro fugitivo; y la Editora Regional de Extremadura, Álvaro Valverde. Poemas (1985-2015), con dibujos de Esteban Navarro.

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