Filosofía

De la muerte y sus reinvenciones

Rodolfo Elías reflexiona sobre las sucesivas formas por las que, en los tiempos modernos, el ser humano ha ido angustiándose por el fin de su existencia, desde el sida hasta el COVID-19.

/ por Rodolfo Elías /

Una noche a principios de junio estaba yo leyendo un texto de Italo Calvino, titulado «En memoria de Roland Barthes»; texto que habla de la muerte de Roland Barthes, en un accidente automovilístico que desfiguró totalmente su rostro, dejándolo irreconocible. Calvino pone su escrito en contexto con el último libro de Barthes, La chambre claire: note sur la photographie, acerca de la relación que tenemos con nuestra imagen y cómo la fotografía plasma nuestro rostro para la posteridad, fijándonos así (estatizándonos) y dándonos una especie de muerte en vida. A la mañana siguiente me notificaron que mi padre había muerto, y no pude evitar pensar en mi lectura del texto de Calvino. Ese día iba yo en cierta forma a reconocer —o conocer— el rostro de mi padre en su nuevo estado.

«Si la muerte pisa mi huerto, ¿quién firmará que he muerto de muerte natural?», dice la bella canción de Serrat. Debido a su edad, la muerte de mi padre puede ser considerada muerte natural. Pero mi padre fue una víctima indirecta de la llamada pandemia, que está azotando al mundo civilizado con su ola de muerte y burocracia extrema. Tenía el ánimo caído, hasta perder el deseo de vivir, a causa del aislamiento y aparente olvido al que lo sometimos algunos de los que lo amábamos. La muerte por la pandemia, afirmándose con daños colaterales. Yo no firmaría, pues, que mi padre murió de muerte natural; porque nada de lo que está pasando en estos días es natural.

Aunque siempre ha sido así con la muerte, que cada vez parece tener formas más sofisticadas de presentarse. Nada más basta revirar a los últimos cincuenta años, tal como consta en el capítulo 6 de Apocalipsis: «Tenía por nombre Muerte; y el infierno le seguía: y le fue dada potestad sobre la cuarta parte de la tierra, para matar con espada, con hambre, con mortandad, y con las bestias de la tierra».

Cuando la guerra de Vietnam aterrorizaba aquella parte remota del mundo, jóvenes americanos eran enviados al matadero a combatir enemigos que nunca habían visto, a quienes tenían que odiar sin conocer, para que su odio fuera más fuerte que su miedo. Ese miedo que paraliza, y al que debían vencer en cada paso que daban entre la maleza de la selva asiática. Al llegar a la zona de combate, muchachos de dieciocho años eran iniciados en el uso de la heroína y algunos eran inducidos a cometer actos inhumanos de barbarie con los indefensos nativos de la región. Miles de esos jóvenes regresaron a su país en un saco de muerto y muchos otros con sus extremidades amputadas, lisiados y traumatizados de por vida. De los que regresaron con vida, unos acabarían muertos en algún callejón, por sobredosis de heroína; o como suicidas, en un cuarto solo, cansados de padecer su infierno interior. Una guerra de lo más cruenta, cuyos daños colaterales —aparte de la muerte en la jungla asiática— fueron tantos y tan dolorosos. Porque así es con la muerte cuando tiene que cobrar su saldo; la muerte en el siglo XX.

En su crudeza externa, la guerra de Vietnam pudo ser ilustrada muy bien con dos imágenes icónicas: la fotografía de la niña desnuda por el napalm y el filme del prisionero de guerra, en Saigón, que es ejecutado con un tiro en la sien. Cuando el hombre cae al suelo, se eleva en el aire el chorro de sangre que sale del orificio producido por el proyectil.

En octubre de 1973, un año y medio antes de darse por terminada oficialmente la guerra de Vietnam, vino la guerra de Yom Kippur; sostenida por una coalición de países árabes (liderados por Egipto y Siria) contra Israel. Y unos años después vendrían las guerras tozudas de Yasser Arafat en Líbano, con sus crudas imágenes desfilando en todos los noticieros del mundo. Ahí se pusieron de moda los atentados terroristas —que hicieron un arte del auto bomba—, patrocinados por la Organización para la Liberación Palestina (OLP) y perpetrados por los adeptos de Arafat en partes claves del hemisferio, que cobraría víctimas por montones. Otra vez: daños colaterales.

Luego fueron las guerras modernas del Medio Oriente, que verían su manifestación temprana con la guerra del golfo Pérsico, a principios de 1990. George H. W. Bush contra Sadam Huseín, en una saga —cuyos daños colaterales más impresionantes y traumáticos serían los avionazos en la ciudad de Nueva York, aquel fatídico 11 de septiembre del 2001— que fuera concluida doce o trece años más tarde por su hijo George W. Bush, con la consabida invasión de Iraq. Huseín, siendo reducido a un paria en la fuga, fue aprehendido cuando se ocultaba dentro de una alcantarilla y ejecutado en el cadalso, no mucho tiempo después de su captura. Lo más curioso —o quizá no tanto— es que la guerra de Afganistán sigue en pie, y a pesar de todo lo que dijeron Obama y Trump, parece no tener fin. En los hospitales de veteranos americanos todavía se ven las desgarradoras imágenes de amputados. Pero con una variante muy marcada de lo que pasó en Vietnam, ya que ahora se añade otro tipo de heridos de guerra: las mujeres soldado, característica aún más cruel de las guerras modernas. Nunca olvidaré la imagen de aquella hermosa joven en un pequeño pueblo del estado de Washington, que caminaba por la banqueta en muletas. Llevaba el pantalón recogido en la pierna derecha y tenía amputada la parte alta de la rodilla hacia abajo. Este tipo de horrores que, aunque de una forma un tanto exagerada, están muy bien descritos en la novela Johnny cogió su fusil, de Dalton Trumbo. Cuyo protagonista regresa de la guerra, lo hace hecho un pedazo de carne: sin piernas, sin brazos, ciego, sordo y mudo. Por motivos muy personales, de índole filosófica, no menciono las guerras de guerrillas que han asolado países claves de Centroamérica; ni la guerra de los carteles, que ha hecho de México uno de los países más violentos del mundo por los últimos doce años.

Escena de Johnny cogió su fusil

Ahora, sabemos que la mortandad colectiva no ha sido exclusividad de las guerras, sino que se ha alternado con todo tipo de desastres naturales, virus —motivo de mi diatriba— y un sin fin de calamidades masivas, que se han hecho presentes de formas alternadamente diversas. Evocativo todo ello de unos versos sensibles de Jaime Sabines en su esplendido poema «Sigue la muerte»:

Acude, sombra, al sitio en que la muerte
nos espera.
Asiste, llanto, visitante negro.
Agujas en los ojos, dedos en la garganta,
brazos de pesadumbre sofocando el pecho.
La desgracia ha barrido el lugar
y ha cercado el lamento.
Coros de ruinas organiza el viento.
Viudos pasan y huérfanos,
y mujeres sin hombre,
y madres arrancadas, con la raíz al aire,
y todos en silencio.

Notorios son los huracanes y tormentas de temporada en el trópico americano, que arrasan con todo a su paso. Dos de los llamados desastres naturales más impactantes de los últimos veinte años, notables en extremo por sus dimensiones, fueron los tsunamis causados por el que es considerado el tercer más grande terremoto (desde la invención del sismógrafo) de la historia, que azotó el océano índico en 2004; y el huracán Katrina un año más tarde, que destruyó gran parte de la ciudad de Nueva Orleáns, dejando una estela húmeda de muerte a su paso. Y por si eso fuera poco, las cosas se agravaron terriblemente por la falla de unos diques, a causa del desinterés negligente de los funcionarios de la ciudad; dejando como resultado una lista de muertes —daños colaterales— injustificadas.

Y no hay que olvidarnos del cáncer, el mal latente de los tiempos modernos, que acecha pacientemente en las penumbras de la adversidad; ese enemigo ya no tan sutil, que le añade un sentido de fatalidad inherente a la edad madura, a pesar de lo avanzado de la tecnología y la ciencia (con la excepción de la medicina, que se antoja retrógrada y contraproducente en muchos casos; y que sigue dejando resultados funestos a causa de malas prácticas) en general. Al igual que los males ya mencionados, el cáncer no conoce distinciones, y lo mismo lo detectan en viejos que en niños; o en el más negligente e insalubre de los humanos que en la persona con hábitos más saludables, como pasó con Linda McCartney, esposa del ex beatle, que llevaba un ejemplar régimen alimenticio, sano (alimentos orgánicos y nada de carne) en extremo, lo que no pudo evitarle sucumbir ante el mal de los tiempos. He ahí el miedo recalcitrante que sentimos después de los cuarenta por cualquier chequeo de rutina.

Pero hablemos de los virus, esos agentes infecciosos transportados en el aire y en los fluidos corporales, invasores de los organismos que son expuestos a su contagio; infecciones que van desde una simple gripe o influenza hasta una enfermedad potencialmente mortal como el sida; y ahora el COVID-19; afectando las rutinas y vidas de los contagiados, y que en ocasiones no muy raras traen como consecuencia la muerte. En 1985 el mundo del espectáculo se cimbró con la muerte de la estrella de cine Rock Hudson a causa del sida o Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida; el mal, relativamente nuevo, que afectaba principalmente a homosexuales (a través del acto sexual sin protección) y personas que consumían drogas por vías intravenosas. Después vendrían los contagios en masa —daños colaterales— por transfusiones de sangre contaminada. Un par de años después de la muerte de Hudson, el sida ya había alcanzado un índice alarmante de mortandad, como una epidemia de proporciones bíblicas. Y la muerte de Freddie Mercury, cantante de la popular banda de rock inglesa Queen, acabó de resonar en los oídos de muchos escépticos. Era el año 1991 y se confirmaba que el este mal no discriminaba, ya que lo mismo se contraía en un lecho con mancilla, o un callejón de mala muerte, que en una cama con sabanas de seda.

En su libro El sida y sus metáforas, Susan Sontag habla de la forma —irónica— en que la medicina usa la metáfora militar para ilustrar la manera en que las diversas enfermedades se producen en el organismo: una invasión de organismos externos a la que el cuerpo responde con sus propias operaciones militares, movilizando las defensas inmunológicas (que es lo que ataca más directamente el virus del sida). La medicina es la forma agresiva de combatir al enemigo, como en el caso de la quimioterapia en los pacientes de cáncer.

A finales del año pasado se empezó a hablar de un virus, el coronavirus, que iba cobrando preeminencia por la forma alarmantemente rápida en que se iba propagando en el mundo civilizado (más que nada, países del llamado primer mundo), desde sus orígenes obscuros en China. En un principio se decían todo tipo de cosas chistosas y se gastaban bromas a costillas del tal coronavirus, que algunos desahogados reclamaban como parte de su afición por la cerveza Corona. Pero ¿quién iba pensar que todo iba a llegar hasta donde ha llegado, y la pesadilla en que se ha convertido? Y su fin no parece estar cerca, ni mucho menos. En siete meses, aparte de la mortandad y desintegración social que ha causado, el virus ha llegado al punto de destruir economías enteras —daños colaterales— de países capitalistas del primer mundo, con las prácticas burocráticas letales ejercidas por las diferentes entidades de salud de los respectivos países. Lo peor de todo es que, como ya dije, esto no parece tener fin; al menos en un futuro próximo. Tenemos virus para rato y no sabemos cuándo nos toque, o si con él se nos apagaría la vela de la vida. Claro que, con virus o sin virus, todos tenemos un destino final.

Renovarse o morir, dicen. La muerte nunca muere: al contrario, se sigue reinventando. Y en el proceso parece hacerse más diestra, chapucera y oportunista. Y al hacerse presente, no tiene que ser una muerte aparatosa, trágica o dramática en extremo. Puede ser una muerte vulgar, producida por algún golpe en la cabeza, a causa de un simple tropezón o caída de la cama; un asalto a mano armada, en que al asaltante se le pase la mano por falta de experiencia; o al recibir una bala perdida, por pasar cerca de una balacera mientras camina uno por la calle de un lugar como Ciudad Juárez. Por otro lado, podemos ser extremadamente cautos en nuestra forma de vivir, de alimentarnos, de ejercitarnos físicamente y de estar en armonía con nuestro prójimo y el medio ambiente. Habremos sobrevivido a todo tipo de adversidades y vencido adicciones; quizá hasta hayamos regresado de la guerra o salido de algún accidente aparatoso sanos y salvos. Y todo lo anterior nos puede hacer pensar que ya vivimos lo peor. Que nos podemos dormir en nuestros laureles, esperando la vejez plácidamente y gozando de las cosas por las que tan arduamente trabajamos. Pero la muerte tiene que ocuparse en algo.

Como en la película El séptimo sello, de Ingmar Bergman, cuya trama se desarrolla durante el azote de la llamada peste negra. Un caballero medieval, veterano de las Cruzadas, tiene un encuentro con la muerte. Esta se le presenta con apariencia de hombre sombrío, y lo ha buscado para hablarle de la cercanía de su final. El caballero, que es diestro en el juego de ajedrez, le pide que juegue una partida con él y que lo deje vivir por el tiempo que pueda mantenerse jugando; y si gana la partida, que lo deje ir. Hay una escena donde el caballero está en la parroquia, confesándose. Durante el ejercicio de su sacramento, el caballero habla de su partida de ajedrez. Refiriéndose a la muerte, dice: «Es un estratega diestro y difícil. Pero hasta ahora no he cedido ninguna pieza». El confesor le pregunta cómo podría doblegar a la muerte en su juego. «Estoy jugando una combinación de alfil y caballo, en la que aun él no ha reparado», responde el caballero. Y añade con orgullo: «Pondré al descubierto su flanco». El confesor le contesta: «Recordaré eso», al tiempo que revela su identidad. Entonces, el caballero descubre que estaba hablando con la muerte misma. «Eres un traidor y me has hecho trampa. Pero nos veremos otra vez y encontrare la forma», espeta el caballero, airado e impotente.

El común denominador en la experiencia existencial de todo ser viviente es la muerte; nacer, crecer, reproducirse (aunque no en todos los casos) y morir. Lo que ocurre entre el nacimiento y la muerte es lo que llaman vida. En esta ecuación el elemento principal no es quién muere o como se muere, sino el hecho de que la muerte es el hecho más cierto, definitivo y concreto de nuestra vida; y que todos la vamos a encontrar a su debido tiempo. Si sucede durante la llamada pandemia (o como parte de sus daños colaterales), en tiempo de frio o calor, o en la placidez de nuestro sueño, eso es meramente circunstancial y secundario. Y al escribir esto quizá yo esté tratando de exorcizar la conciencia de tan irrevocable hecho. Porque nadie se le escapa a la muerte, ya que ésta hará todo lo que esté a su mano para atraparlo a uno. Y para eso está bien ejercitada.

I’ve seen the nations rise and fall
I’ve heard their stories, heard them all
But love’s the only engine of survival
Your servant here, he has been told
To say it clear, to say it cold
It’s over, it ain’t going
Any further

(The future, de Leonard Cohen)

[EN PORTADA: Escena de El séptimo sello, de Ingmar Bergman]


Rodolfo Elías, escritor en ciernes nacido en Ciudad Juárez y criado en ambos lados de la frontera, colaboraba con la revista bilingüe digital, hoy extinta, El Diablito, del área de Seattle. Sus textos han sido publicados en la revista SLAM (una de las revistas literarias universitarias más prominentes de Estados Unidos), La Linterna Mágica Ombligo. En la actualidad trabaja en dos novelas, una en inglés y otra en español.

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