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Liderazgo y adecuación: Joe Biden, el hombre del momento

Cristina González, catedrática emérita española de la Universidad de California, escribe sobre los liderazgos improbables en tiempos de convulsiones, comparando al Joe Biden que triunfa frente a Trump careciendo del carisma de algunos predecesores con el Winston Churchill que lideró el esfuerzo británico contra Hitler.

/ por Cristina González /

Uno de los seminarios de postgrado que más he disfrutado impartiendo versaba sobre liderazgo en la educación superior. En Estados Unidos, el rector de la universidad tiene mucho poder y de la calidad de su gestión depende en gran medida el éxito de la institución. Podría decirse que detrás de toda gran universidad hay un gran rector que le dio forma en un momento decisivo de su historia. Por esta razón, hay una bibliografía muy extensa sobre liderazgo académico y los propios rectores, conscientes de la importancia de su papel, escriben con frecuencia sus memorias al acabar su mandato. En mi seminario, explicaba que una de las claves del éxito era la adecuación o fit del tipo de líder al tipo de situación a la que se enfrenta. Para ilustrar este punto, usaba ejemplos sacados de la historia. Uno de ellos era la llegada de Winston Churchill al poder en 1940, cuando el Gobierno le ofreció el puesto de primer ministro.

Churchill hacía tiempo que venía advirtiendo del peligro que Adolf Hitler suponía para el país, instando al Gobierno a adoptar una posición agresiva, pero sus comentarios no fueron bien recibidos. El gobierno pensaba que podía controlar a Hitler mediante el apaciguamiento. Cuando esos métodos fracasaron y empezó la guerra, el gobierno pidió a Churchill que tomase las riendas de la nación. Este famoso episodio muestra la importancia de la adecuación del tipo de líder al tipo de situación. Un líder que no es apropiado en una situación puede ser perfecto en otra. Churchill, hombre de gran visión y fuerte personalidad, fue percibido como demasiado extremista durante los años anteriores a la guerra, pero, al empezar ésta, las características que antes se habían visto como un defecto de repente se contemplaron como una virtud. Lo que este líder ofrecía era lo que el país más necesitaba en aquella crisis y Churchill se convirtió en el hombre del momento.

Los Estados Unidos acaban de elegir como presidente a un hombre que no es tan joven, tan carismático ni tan brillante como lo eran Barack Obama y Bill Clinton, pero que parece ser lo que los ciudadanos desean en esta ocasión, cuando el país se encuentra sumido en una doble crisis, política y sanitaria. Por una parte, Donald Trump ha minado las instituciones democráticas y creado profundas divisiones en el país. Por otra, la enfermedad de COVID-19 se ha cobrado ya más de 238.000 vidas y su virulencia sigue aumentando sin que el Gobierno haga nada por contenerla. Se trata de una situación insostenible y los ciudadanos así lo han entendido, asistiendo a las urnas en números históricos y votando a favor del cambio representado por Joe Biden, un candidato que perdió las elecciones presidenciales dos veces anteriormente, pero que esta vez ha resultado ser la mejor opción. 

Joe Biden, que cumplirá 78 años antes de jurar el cargo, lo que le convierte en el presidente más viejo de Estados Unidos, ha tenido una larga carrera, que empezó en 1972, cuando ganó las elecciones para el Senado por el estado de Delaware sin casi ninguna experiencia política previa. Debido a su gran sentido común y considerable inteligencia emocional, que le permiten mantenerse conectado con los votantes, Biden fue reelegido con facilidad para su escaño en el Senado, disfrutando de seis mandatos consecutivos. A pesar de su actitud personal humilde y modesta, Biden tuvo siempre gran confianza en sí mismo, considerando que tenía algo que ofrecer al país. Por esa razón, se presentó a las elecciones presidenciales de 1988 y 2008. Su candidatura no llegó demasiado lejos, aunque en 2008 tuvo más éxito que en 1988 y fue nombrado vicepresidente. Biden pensó en presentarse a las elecciones presidenciales de 2016, pero, entre que se acababa de morir su hijo mayor y que el sentir del partido demócrata era que Hillary Clinton sería una candidata más fuerte, no lo hizo, decisión que luego lamentó, porque es muy probable que él hubiese podido derrotar a Trump entonces. Este episodio le hizo decidir volver a la carga.

Convencido de que, con su conocimiento de la clase trabajadora, de la que procede, podría atraer a algunos votantes de Trump, cuyo núcleo duro son las personas sin estudios universitarios, Biden decidió presentarse a las elecciones presidenciales. Su idea era muy sencilla: recuperar los tres Estados de la muralla azul o bloque demócrata, que Trump había ganado en 2016 por muy pocos votos, a saber Wisconsin, Michigan y Pensilvania. Con recuperar esos tres estados del cinturón industrial y mantener los Estados que había ganado Clinton en 2016, llegaría a la presidencia. Biden pensaba que tenía más probabilidades que otros candidatos demócratas de recuperar esos tres Estados por ser natural de Pensilvania y tener buena reputación y muchos contactos en el cinturón industrial. Quizás no fuese tan joven, tan carismático o tan brillante como otros candidatos, pero comprendía a la clase trabajadora, la cual lo tenía por uno de los suyos.

Su campaña electoral, una de las mejor planeadas y ejecutadas de la historia reciente, fue extremadamente disciplinada, enfocándose en Wisconsin, Michigan y Pensilvania, sin distraerse ni desviarse. El punto fuerte de Biden, su personalidad cálida y bondadosa, tan distinta a la falta de sentimientos de Trump, le llevaron a la victoria no solamente en Wisconsin, Michigan y Pensilvania y los Estados que apoyaron a Clinton en 2016, sino también en otros que hasta ahora habían sido bastiones republicanos, como Arizona y Georgia. Biden resultó ser exactamente lo que el país necesitaba en este momento y ganó las elecciones.  

Biden es un ejemplo de adecuación del líder a la situación, lo mismo que Churchill. De no haber sido por la guerra, probablemente Churchill nunca habría llegado a ser primer ministro. Lo mismo puede decirse de Biden, quien, sin la profunda crisis causada por la deriva autoritaria de Trump y su total falta de empatía y decencia, lo más seguro es que nunca hubiese llegado a la Casa Blanca. Si algún día doy otra vez mi seminario sobre liderazgo en la educación superior, añadiré a Biden a mi lista de ejemplos, ya que encaja perfectamente en el papel de líder improbable que, debido a circunstancias extraordinarias, se convierte en el hombre del momento.


Cristina González (Gijón, 1951), licenciada en filología románica por la Universidad de Oviedo y doctora en literatura española por la Universidad de Indiana-Bloomington, es catedrática emérita de la Universidad de California-Davis. Es experta en literatura castellana medieval y de la primera modernidad, en la cultura hispana contemporánea en Estados Unidos y en historia de la educación superior, con énfasis particular en temas de diversidad y liderazgo académico.

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