Filosofía

El triunfo de Schopenhauer: realidad a la carta y narrativa de las identidades

José Manuel Querol diserta sobre cómo «parece que finalmente se ha impuesto la desiderata de Schopenhauer, aquello de que el mundo fuera la voluntad y la representación del sujeto, y más allá, que el propio sujeto fuera modelado por el mismo principio, al margen de la naturaleza social».

/ por José Manuel Querol /

Parece que finalmente se ha impuesto la desiderata de Schopenhauer, aquello de que el mundo fuera la voluntad y la representación del sujeto, y más allá, que el propio sujeto fuera modelado por el mismo principio, al margen de la naturaleza social, hábitat en el que se desarrolla (la cultura) y desafiando incluso a la propia Naturaleza (esta sin adjetivar) de la cual forma parte. Nombrar un concepto es hacerlo aparecer, darle cuerpo, darle sentido: transhumano, posthumano, categorías de la posmodernidad trasnochada que afilan y moldean una identidad que quiere escaparse del mundo sublunar en el que habita el individuo.

La pregunta que quizás no se haga nunca el posthumanismo transhumanista, incorporando gadgets, biotecnología y hasta criptonita si se encontrara, tiene que ver, más que con las consecuencias de esa aceleración y evolución de la vida humana a través de la tecnología, con las causas de esa necesidad, que anda diluida en los procesos de construcción o reconstrucción acelerada y creativa de una identidad que se arrastra por el fango de la irrelevancia del individuo desde el comienzo de la modernidad y ha sido maltratada durante el siglo XX por todos los sistemas políticos (capitalismo, socialismo soviético y fascismo), además de aniquilada en los pogromos, guerras y holocaustos que hemos vivido.

Ser otro, diferente, ser más o ser único, recusar la realidad y la contingencia, alzar el vuelo para despegarse del barro que la masa genera apretándose en un mundo sin finalidad (ningún sistema tiene finalidad, salvo la de su perpetuación ad infinitum) y brillar, parece implicar el cuestionamiento de la propia naturaleza y de los rasgos definitorios de la identidad, una vez esta ha sido desgrasada, licuada, que diría Bauman, mostrando los espejismos de superación con los que Nietzsche, Baudrillard, Guattari, Focault o Latour construyeron su arte de birlibirloque. La idea de la construcción de la identidad mediante el ejercicio de la voluntad dio lugar en su momento a los modelos de interpretación de esta del nazismo alemán, y en su desarrollo imaginario e imaginativo (estético), al de una hierofanía fantástica de superhéroes, pero también de diferentes tipos de freak (no solo Superman o Batman: también vampiros, zombies, mutantes, etcétera). La estética freak, de hecho, es connatural al despropósito nazi en su realidad histórica, y se ha quedado entre nosotros banalizada, como el terror y el mal que fue explicado por Hannah Arendt.

Pero la noción de cuerpo como cartografía de la identidad resulta solo un modo superficial de transformación. La construcción de identidades alternativas argumenta en nuestro mundo un conjunto de actividades muy diversas que van desde las más frívolas, lúdicas y triviales (la construcción de identidades falsas, o secundarias, en las redes sociales o el cibersexo, por ejemplo) a modelos políticos y medioambientales que se intuyen en las distopías literarias y cinematográficas más comunes, para arribar a la necesidad de transformar la Naturaleza y dotarla de significados alternativos que sean aceptables para la incardinación en ellos de la voluntad del individuo por salir del agujero de la Historia y del aprisionamiento en el que las superestructuras lo mantienen, pero, sobre todo, de la irrelevancia del individuo en soledad.

La operación de construcción del nuevo yo entraña por descontado un discurso disidente sobre la ontología humana. La conversión en divergente, además, puede realizarse a través de dos modelos de aplicación del problema que planteaba Lacan, y que se resuelve en los caminos de salida del laberinto que va de lo Simbólico a lo Real. La pérdida de la noción de Realidad entraña, para el fuerte, soportar el juicio de la locura, la conversión en Don Quijote (si bien el hidalgo manchego acaba encontrando al final el camino de vuelta a la Realidad aquejado de melancolía), que puede resolverse con el modelo del outsider, del desplazado, o con el del yo enfrentado al mundo (el modelo heroico). En este mundo despoblado ya de dioses, semidioses y héroes que es nuestra modernidad, el camino del divergente heroico solo puede sostenerse en los modelos estéticos (la apariencia, lo fenoménico), que, por otra parte, parecen haberse convertido en metafísicos por obra del pensamiento romántico. El otro camino de la divergencia es la aplicación soberbia del principio de prevalencia del yo sobre la realidad, esto es, el mundo no es sino en la medida en que es mi voluntad y mi representación (el otro es el divergente) y, sobre todo, construyendo la idea de la omnipotencia de ese yo.

Para que el yo no encuentre en su examen la melancolía de su irrelevancia, de la verdadera dimensión que tiene el ser humano en el caos en el que vive, cuando además la soberbia le impide reconocerse pequeño, incompleto, vacilante, y sobre todo cuando puede percibirse recusado en su actitud vital o en sus costumbres, en sus apetencias o en su imagen de sí y de su entorno (vital, cultural, social), entonces el mundo debe cambiar, debemos organizar un nuevo modelaje de la realidad (histórica, económica, sexual, política), de modo que la nueva imagen emanada del yo se pliegue a la voluntad del individuo y le de la razón en sus demandas y caprichos.

Pero el mundo no cambia por más que nosotros lo vistamos con el disfraz de nuestra singularidad: el mundo es, aunque esto me acuse de materialista histórico o de fundamentalista occidental. La transformación de las realidades sociales, morales, estéticas, políticas, económicas o de cualquier tipo solo pasa por la acción sobre esas estructuras y, sobre todo, por la colaboración y el entendimiento de la naturaleza de las cosas y de los procesos, y no por la definición de estos en un universo paralelo que nos sea benigno. Esta segunda actitud, aunque parezca lo contrario a algunos, no es otra que un modelo de ontología neoliberal, ontología a la carta, que entraña gravísimos riesgos y una mentira fundamental que impide precisamente el cambio social a través de un mecanismo de compensación psicológica de aura empobrecida, que diría Benjamin, y que nos condena a una virtualización de nuestra existencia, una vida en un universo Matrix, triste por lo demás, pero muy soberbio, y permite al sistema neoliberal continuar ad infinitum su existencia, galopando entre ciudadanos-consumidores contentos de que el mundo simule virtualmente una armonía perfecta con sus deseos, sus anhelos o sus gustos.

La Historia no existe, es un género literario; bien, pero sí existen los documentos legislativos (diáfanos, como, por ejemplo, las leyes raciales de Núremberg), las ruinas de Auschwitz, sí queda el testimonio de aquellos que vivieron los horrores a los que los sometieron; de esa sucesión caótica de crueldades que el tiempo histórico va acumulando. Queda constancia también en el arte, en la literatura, en la arquitectura, y el negacionismo. Salvo con dinamita y educación dirigida, no puede eliminar todas las pruebas. En estos días, el Gobierno polaco juzga a un par de historiadores que han escrito sobre la necesaria colaboración de la población polaca en el Holocausto nazi, y han sido condenados a retractarse. El mundo puede ser perfecto, eppur si muove. Podemos negar la existencia del virus que está matando a tanta gente en los días en que vivimos, podemos negarlo, y meter la cabeza como el avestruz debajo de la tierra o en una fiesta vitalista para no morirnos de miedo, pero no podemos hacer desaparecer tan fácilmente la materialidad diáfana de los ataúdes y el neón de las UCI.

A veces necesitamos brillar, no sentir que hemos sido dominados, explotados, sentirnos dueños de nuestra historia y nuestro destino (incluso en la retorcida simulación victimaria), y para ello, en vez de tomar ese destino en nuestras manos y salir, hacer la revolución, o escribir, pintar, esculpir, investigar, producir, preferimos —es más fácil— cambiar el relato, la narrativa de nuestros orígenes, de nuestra historia, enarbolar mitos sobre edenes indigenistas inexistentes, destruir otros, pero sin reparar dónde nos lleva todo esto (la tristeza que produce es infinita, como cuando acabamos constatando que el grito de los indignados del 15-M, al final, solo era el llanto adolescente de quienes se sentían excluidos del Estado de bienestar capitalista en el que habían vivido sus padres).

Es difícil construir la identidad. En el caso de algunas identidades, lo es aún más, porque se diseña un pasado que no puede ceñirse a los vestigios probados de los acontecimientos. De eso hablaban muchas veces Octavio Paz y Carlos Fuentes pensando en la identidad mexicana, repasando el mito de la Malinche, aquella identidad chingada, violada, traicionada, que precisa de un empoderamiento que la historia oficial parece no conceder, como la de otros muchos desheredados de la historiografía occidental, el Black Power, los pueblos indígenas originarios, las mujeres y todos los grupos proletarizados de nuestro mundo. El problema es que el camino de estas reivindicaciones, de esta necesidad de identidad sólida, saldar cuentas con los acontecimientos, utiliza los instrumentos simbólicos, y no los de transformación, reparación y construcción de un sistema de igualdad y respeto hic et nunc, aquí y ahora. Son homilías evangelizadoras, y no acciones reales. Además, el modelo simbólico entraña muchas trampas que componen los relatos reparadores de las injusticias porque sustituye unos relatos falsos por otros, pero de nuevo solo relatos, y además provoca otras injusticias que se suman al hecho de que nada real se ha consumado, salvo en la virtualidad de las conciencias que pueden sentirse tranquilas una vez se ha escupido contra todo y contra todos sin darse cuenta de que el hecho en sí de escupir simbólicamente alivia al sistema de tener que reorganizar y diseñar un cambio real que de verdad les afecte.

Sí, somos seres simbólicos, pero ¿de qué sirve derribar una estatua de Cervantes o de Colón en California? ¿Cambia eso la realidad de los oprimidos que viven en este momento histórico? Además, el nuevo relato comete más injusticias: Cervantes fue esclavo, él conocía muy bien qué significaba la libertad, y dejó por escrito uno de los mejores testimonios que puede tener la humanidad para entender eso de la libertad del ser humano (claro que, para eso, hay que leerse a Cervantes). Por otra parte, la aplicación sociológica de los modelos de la estética de la recepción supone un despropósito que va mucho más allá de la mera interpretación histórica de los acontecimientos, y es que la figura necesita de un paisaje (como bien advierte Talmy y toda la neurolingüística y la neuropoética contemporánea), esto es, nuestro mundo no es el de hace quinientos años, ni siquiera el de hace cien años, todo es cambiante, evoluciona, está vivo, porque la sociedad es un organismo vivo, y es imposible aplicar un modelo de interpretación ética desde el presente a contextos sociales muy diferentes a los nuestros (¿debemos dejar de leer a Quevedo por misógino? ¿A Lope, a Calderón? ¿Debemos leer solo a las bondadosas almas cándidas que se visten de hada madrina para deshistorizarnos, desenraizarnos, convertirnos en seres sin contexto, sin historia sobre la que avanzar? ¿Hemos llegado así, como quería Fukuyama, al fin de la historia?). La culpa de todo este embrollo, además de la perversidad de los modelos educativos en Occidente, que parecen estar diseñados para concluir la cancelación de la historia (a través de la cancelación también de los instrumentos de comprensión de la evolución social) es de la expansión del modelo moralista puritano (de origen luterano) que, por otra parte, echando tierra sobre los ojos de los humillados y ofendidos, especialmente además por la extensión política y económica del constructo moral que sostiene (y no hay más que leer a Defoe para establecer los cimientos de esta), cubre de forma programática con un velo de culpabilidad modelos muy distintos y diferenciados, aunque humanos y, por tanto, imperfectos (la naturaleza humana es asesina en casi todo momento, y el pecado de la avaricia lleva a otros muchos). Pero, además, eufemiza la rabia, desplazando al verdadero culpable en el tiempo histórico o en la identidad social, y haciendo así realidad tenebrosa la teología política de Carl Schmitt, dejando libre de culpas al sistema desarrollado por esta que nos deja ser lo que queramos ser, pero sólo virtualmente y sólo si el relato puritano y capitalista permanece.

El problema de fondo quizás reside, sin embargo, en ese pensamiento que hemos intentado describir en los primeros párrafos y en el título que tienen estas líneas; la necesidad de que el mundo exprese la voluntad y la representación que el sujeto requiere que tenga para que sea armónico con sus sueños, sus anhelos y deseos más íntimos. Esto, en sí, no es un problema, salvo que confunda la ontología con la libertad. Es evidente que el reino de la libertad debe afectar absolutamente a la actividad humana, a los sentimientos individuales, apetencias sexuales, modelos íntimos de identidad, religiosos (incluyendo los de los ateos) y que, además, los estados deben propiciar los instrumentos para que estas identidades (todas) puedan desarrollarse plenamente. Sin embargo, debemos vigilar que una determinada noción de la identidad se imponga, se organice como narrativa alternativa y se convierta en hegemónica (la disidencia de las nuevas narrativas es un instrumento necesario para no perdernos en el laberinto y para sujetarnos a la fisis social), esto es, que los sueños de un individuo o un colectivo no acaben con los sueños, la justicia que merecen o la identidad de los otros; que no sean en el fondo, conscientemente o no, instrumentos del cierre de las expectativas de cambio real en manos del neoliberalismo identitario. El peligro de una visión concreta y unificada de la identidad es el de la dictadura que ya describiera Orwell y que se ha hecho realidad tosca muchas veces, incluso desde mucho antes de que se publicara 1984.

Esto, por ejemplo, se ha revelado en la polémica entre parte del feminismo (de raíz marxista) y la nueva ley trans de nuestra nueva izquierda de salón. Es evidente, o eso nos parece a nosotros, y creo que también a ese conjunto de mujeres feministas antiguas, que la ley, que se construye a partir del presupuesto sesentayochista (periclitado ya) ajeno a la biología y a la tradición de la lucha feminista desde el siglo XIX, diluye el problema económico y de injusticia social que sufren las mujeres en un totum revolutum que tiene que ver con la identidad. Se obvia en ella la definición de la mujer como proletariado moderno y se discute sobre pequeñas pseudoteologías que tienen que ver, además, con una estetización de la identidad; una estetización formal que espanta a la biología y crea un fango conceptual del que se vale el modelo neoliberal que encuentra nichos de mercado en cualquier disidencia: sexo duro y género fluido, otro modelo del mundo como voluntad y representación, otro modelo castrante que impide en el fondo la lucha de las mujeres y su concepción como sujetos de derecho.

No creemos que siquiera las redactoras de esta ley sean conscientes del juego que hacen al sistema; un sistema que puede asimilar estos elementos porque en nuestro mundo ya no son mercancías (objetos liberales) las cosas, sino nosotros mismos. El nuevo capitalismo ha convertido en mercancías nuestras vidas, nuestra intimidad, nuestros deseos y la propia visión de lo que somos (ofreciendo todas las posibilidades de ser), pero lo cierto es que la lucha de las mujeres, como la de los negros, como la de los indígenas americanos (los que quedan, siempre al sur de Río Bravo) queda desactivada por un relato de agravios que autoexculpan a los verdaderos actores actuales de la discriminación y por un sueño de libertad falso que nos permite a cada uno ser (más bien soñar que se es) lo que uno quiera ser (esto no tiene nada que ver con los actos, con la libertad de expresión del yo y con la decisión de amar y ser amado como a uno le de la gana) e, incluso, convertirnos en seres cambiantes, fluidos, lo que nos libera falsamente de la responsabilidad de actuar y de reivindicar las injusticias y abusos reales que sufren muchos colectivos. Esta disolución de la carga histórica que aún sufren las mujeres en un asunto relativo a cómo me siento hoy o cómo me sentiré mañana, además de desactivar la lucha por los derechos civiles, es una infantilización, una virtualización de la existencia que en otros contextos lo mismo me permite decir las barbaridades que quiera en las redes sociales, como criminalizar a todos aquellos que se oponen a mi voluntad y representación del mundo pero que, de facto, es solo una actividad simbólica, no tiene correlato en la transformación social, y si lo tiene, es a favor del sistema neoliberal, que nos quiere en un mundo imaginado y nos vende el humo de nuestros sueños.

Hay que asumir los acontecimientos, la historia, y la historia no es un relato de bondad, es sólo el excremento de todos los pecados de la humanidad, y avanzar por ella para corregir todo aquello que podamos para alcanzar finalmente el sueño revolucionario de la libertad, la igualdad y la fraternidad (sobre todo la maltrecha fraternidad, verdadera enemiga del sistema, porque, en soledad, el individuo no es nada), y conocer lo que fue y lo que es, tener los pies en la tierra (más Aristóteles, menos Platón), porque así un padre podrá leer los cuentos folclóricos a sus hijos y decirles cómo era el mundo hace tiempo y cómo debe ser en el futuro, y no pasa nada tampoco porque haya nuevos cuentos que representen nuestras ideas contemporáneas (si lo importante es que los niños lean, aprendan y tengan un criterio claro de la ética y de la justicia). Nada pasa, es verdad, porque los viejos cuentos infantiles queden modificados (ya lo hicieron los Grimm, autocensurándose cuando ellos entendían que el relato original de Caperucita o de Blancanieves era terrible y cruel, ya lo hizo Antoine Galland con los relatos de Las mil y una noches, expurgándolos de sexo y violencia a comienzos del siglo XVIII), pero esquivando, a ser posible, los riesgos de generar un mundo idealizado y falso que luego nos impida actuar sobre él, no vaya a ser (menos mal que los niños son mucho más inteligentes que toda esta caterva de nuevos pensadores de lo políticamente correcto) que, perdidos en el bosque un hijo y su padre o su madre, encontrándose con un lobo, deba el niño explicarle al adulto que no le de una hoja de lechuga al animal, no vaya a ser que la identidad del lobo sea de carnívoro y además cisheteropatriarcal.

[EN PORTADA: Narciso y Eco, de John William Waterhouse (1903)]


José Manuel Querol (Madrid, 1963) es doctor en filología hispánica por la Universidad Autónoma de Madrid. Ha publicado diversos artículos en revistas nacionales e internacionales y monografías diversas, entre las que pueden destacarse Cruzadas y literatura: el Caballero del Cisne y la leyenda genealógica de Godofredo de Bouillon (Madrid: UAM, 2000), La mirada del Otro (Madrid: La Muralla, 2008) y La imagen de la Antigüedad en tiempos de la Revolución francesa (Gijón: Trea, 2017). Ha editado además diferentes textos medievales. Entre sus intereses destacan la teoría de la literatura y la literatura comparada. El ámbito de aplicación de sus estudios se centra fundamentalmente en la Edad Media y el Romanticismo, si bien también ha dedicado su trabajo a la literatura colonial y poscolonial, con especial interés científico en el ámbito cultural oriental islámico y las relaciones entre Oriente y Occidente.

1 comment on “El triunfo de Schopenhauer: realidad a la carta y narrativa de las identidades

  1. Antonio Costa Gómez

    Este hombre no tiene ni idea.
    Schopenhauer habla de la voluntad de la naturaleza en general, no de la voluntad de un sujeto (leer «Sobre la voluntad en la naturaleza»)
    Dice, basándose en Kant, que el mundo es voluntad en su esencia y representación en sus manifestaciones, y que la esencia del mundo se comprende sobre todo con la musica (leer «El mundo como voluntad y representación»).
    Dice, al contrario, que los individuos particulares están determinados, no tienen voluntad propia (leer «Parerga y Paralipomena»).
    Ahora se da cualquier significado a cualquier autor, se manosea todo, hacen lo que les da la gana con los autores.

    ANTONIO COSTA GÓMEZ, ESCRITOR

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