Poéticas

La casa de mi padre

Álvaro Valverde reseña 'Aire de lugar y gente', de José Carlos Díaz, un poemario sobre los caprichos de la memoria y la posibilidad, que apuntaba Margarit, de vivir en una herida.

/ una reseña de Álvaro Valverde /

José Carlos Díaz (Gijón, 1962) licenciado en filología hispánica por la Universidad de Oviedo, fundó en 1984, junto a Juan Ignacio (Nacho) González, el Grupo Poético Cálamo y formó parte del equipo de los cuadernos Heracles y Nosotros. Desde 2006, mantiene el blog Los Diarios de Rayuela. Es autor de los libros de poesía Velar la arena (1986), La ciudad y las islas (1992), Contra la oscuridad (con el citado Juan Ignacio González, 2004), Convalecencia en Remior (2015) y Cantata de los días tasados (2017, Premio Ramón de Campoamor). Como narrador, ha publicado las novelas Letras canallas (Premio Ciudad de Noega), Aunque Blanche no me acompañe (Premio Salvador Aguilar) y Vísperas de nada (Premio Castillo Puche). Su última entrega poética, Aire de lugar y gente, ve la luz en una editorial —gijonesa, como él— visible y bien distribuida. Forma parte del catálogo de una colección acreditada.

En un «apunte al margen» (a modo de nota final), Díaz afirma: «El despojo alentó este libro. No de otra manera se siente la muerte». La del padre, en este caso, muerto a principios de 2018. Estos poemas, confiesa, «fueron una manera prolongada de duelo». El libro tiene una trama narrativa. O, como se dice tanto ahora, incluye un relato. El de un hijo que va a enterrar las cenizas de su padre al lado de la casa donde éste nació. Allí, dos infancias se encuentran. Y otras circunstancias familiares.

La casa aparece en la cubierta. Está en Villanova (Boal). Todo es concreto aquí. O real. Aunque es una fotografía, parece un cuadro de Miguel Galano (al que se cita dos veces en estas páginas), una de esas casas que «pinta a menudo diluidas en la niebla».

La obra se abre con un poema titulado como el libro que va precedido de una cita de Ángel Campos Pámpano (de aires hernandianos): «Volver a casa/ por los altos andamios/ de la memoria,/ y respirar su aire/ de infancia humedecido». Leemos: «Dibujar en la niebla/ […]/ la forma de una casa». Y «la sombra de quien la habitó un día», que «da noticia/ de que la vida quizás ha vuelto». «Y dibujar además un aire/ […]/ que sea el del lugar y el de su gente».

Por seguir con ese orden narrativo a que aludía, en «Hacia» se agrupa una serie de poemas que tienen al río como protagonista. Ya nos advierte Díaz en el «apunte» que evoca «Un lugar al que se llega remontando un río. Como siempre se llega a la memoria». No es el Tajo del famoso poema de Caeiro/Pessoa, «el río que corre por mi pueblo» (versos que copia Díaz como epígrafe), sino el Navia. Ahí, «la labial cartografía de mi infancia/ en la que ahora duelo».

El tono, desde el principio, es melancólico. Por el motivo del viaje (y lo que este conlleva) y porque, como señala César Iglesias en la contracubierta (quien «me persuadiese de procurarle imprenta», anota el autor), la suya es «una sentimentalidad de la herida, a la manera del «bem que se padece e mal de que se gosta» de Manuel de Melo. Sentimentalidad con nombre propio en la lengua asturleonesa, el idioma de sus mayores: «la señardá», el decir emocional que el autor comparte con otros creadores, todos pobladores de la geografía afectiva del noroeste ibérico y otros parajes artúricos». Se lee a las claras en «Islas» o en «La renuncia»: «Así era la vida».

La segunda parte es «Flashback». En una cita de Menéndez Salmón (otro gijonés), se insta a «aceptar que pavor y fiereza no tienen patria y que anida en todos los corazones por igual».

Porque la memoria es caprichosa, «quizás nada de lo que cuente sea exacto», escribe en «A modo de venganza» (abundan, por cierto, los quizás en este libro), donde se refiere al «pasado de los míos». Más explícito es aún en «La mentira», que empieza: «Toda familia se defiende/ con mentiras urdidas/ en el rencor o por vergüenza». También la suya, «una carta olvidada/ en el cajón de ese enser en desuso». Los abuelos, los padres… La muerte. Y la guerra, el odio y el silencio. «Nuestra mentira fue/ proclamar que nos fluye/ por las venas coraje,/ a la vez que rumiamos,/ en silencio y por dentro,/ el ácimo pan del reproche».

«Causa general» lleva una cita de Chaves Nogales que termina: «Es el miedo el que da la medida de la crueldad». El poema concluye: «Hubo que desterrarse/ para empezar desde la nada y el despojo./ Sin padre, sin tierra, sin lengua.// Al escribir siempre se exhuman/ los huesos que nos yacen bajo olvido».

«Lugar (y gente)», se titula la tercera parte. «El lugar», precisamente, se titula el poema inicial, inspirado en un cuadro de Galano. Casas, aldeas, «los aislados».

En «Nada tengo»: «Nada tengo allí», «Nada me queda allí», «Nada me espera allí».

«La nostalgia es una suerte menor del miedo», dijo Sergio del Molino y a partir de esas palabras Díaz construye un poema logrado: «Interpretación de la nostalgia».

«Raíces» es otro poema importante en la estructura del volumen; unitario, ya se dijo, donde cada pieza obra a favor del relato autobiográfico que pretende transmitirse. Leemos: «Todo era distinto cuando en la casa había vida». Y en «Abandono»: «La hierba ha ido borrando/ el sendero que subía hasta la casa».

En «Lavadero», la ropa y las mujeres. Al frente, un verso de María Victoria Atencia: «Públicamente expongo al agua mis razones». En «La noche», el miedo. En «Lareira»: «Así era la brega de los días». Cuánta penuria. Salvo «en los días dorados de luz».

En «Nolugar» leemos: «En toda demolición se expía/ un rastro edificado de soberbia».

«Road movie» habla de la imaginación. El precioso «Ciruelas amarillas», de la vida de Andrés García Bermúdez, que prefería los árboles a las ruinas de la mina de wolframio.

«Y leerás a la luz del sol entonces» dice en «Primavera». «Esa perplejidad era el paisaje», afirma en «Las manos».

«El árbol» es un emotivo poema que habla de raíces y cenizas, y de un cedro que desafía a la intemperie. Como el que «crece y habla» en la página siguiente.

«René, mon père», la cuarta parte de Aire de lugar y gente, es tan extensa como la anterior (las dos más sustanciosas del libro) y con varios poemas en prosa.No vamos a descubrir ahora la importancia que el tema de la muerte del padre ha tenido y tiene en la literatura, aunque no todos los poetas que lo han abordado estuvieran a la altura del reto. Podría citar ejemplos cercanos, pero prefiero callarme.

Sí, el padre de Díaz tenía ese nombre afrancesado. En «Recuerdo» dice: «El olvido es una renuncia/ que vuelve la vida fácil».

René Díaz

Estamos ante un conjunto de gran transparencia, tanto en lo formal (esta es una poesía de línea clara) como, digamos, en su materia. Dan cuenta del baño de los sábados, de los mareantes viajes al pueblo por carreteras secundarias, del tráiler que conducía René, de las películas caseras, de las fiestas y las bodas… Y de las fotos antiguas: «Las fotos que nos tomaron cuando éramos dioses/ y a pesar de que no lo sabíamos,/ actuábamos como inmortales». «Las fotos crueles que nos dan noticia/ de que la vida fue posible también sin miedo». También de la enfermedad, la «lenta despedida», la incineración y las cenizas…

«Viviremos por un tiempo en la herida», leemos, un verso que tiene relación con otro de Joan Margarit: «una herida es también un lugar donde vivir».

Como buen gijonés, René siempre quiso «volver a Benidorm», como relata en uno de los poemas más gratos del conjunto. Todo lo contrario que «Rendición», donde se expresa una áspera verdad: «Y si no hay consuelo/ a este trance indigno,/ ¿por qué debe lucharse?». «También su padecimiento fue dócil». «Para qué luchar cuando de nada sirve».

Es en estos poemas centrales donde encontramos nítidamente la sencillez y la humildad con la que este libro está concebido. Donde mejor alienta su pequeña verdad. Una verdad transferible que cualquier lector puede hacer suya. El dolor del que trata es, por desgracia, un sentimiento universal.

«Después», la última sección, es una respuesta a la desolación, a esas preguntas retóricas que cada cual sabrá (o podrá) responder a su modo. Por la risa del hijo.

«Derrabe a cielo abierto» es otro poema clave: «La vida en marcha,/ y la muerte inmóvil».

«La luz juntos» un perfecto broche que afianzará en el lector el poso amargo de esta travesía hacia el pasado, río arriba, hacia la casa del padre, donde uno, como en la vieja canción de José Antonio Labordeta, también ha regresado.


Selección de poemas

Aire de lugar y gente

Dibujar en la niebla,
como un niño,
con sus mismos trazos elementales,
la forma de una casa.

Y dibujar a su lado luego
la sombra de quien la habitó un día
y la reconstruye ahora
llenando los vacíos de ese esbozo
con muros sólidos que fueron,
con ventanas abiertas hacia el río
y bajo el humo de una leña que arde
y da noticia
de que la vida quizás ha vuelto.

Y dibujar además un aire
—si acaso el aire se dibuja—
que sea el del lugar y el de su gente.

Remontando el Navia

Siempre se cierran en falso las llagas
que van dejando los días al paso,
siempre se cierran con una sutura tan frágil
que apenas vale de nada río arriba,
cuando me llevo de nuevo a la boca
los nombres quizás más hermosos
que nadie jamás le haya puesto
a las orillas de un mundo perdido:

Porto, Sabariz, Trelles y Sequeiro;
Vivedro, Serandinas
y Las Viñas,
Los Mazos y en Armal, acantiladas,
la casa y la añoranza de Torrente.

Labial cartografía de mi infancia
en la que ahora duelo y voy nombrando
los puntos cardinales de una diáspora
obstinada en su saña de vacío.

Remontando el Navia

El lugar

Sobre un cuadro de Miguel Galano

Todas estas casas,
en la distancia,
son como una composición de enseres.
La utilidad acogedora
de las piedras y de la cal,
del castaño y de la pizarra.
El asilo de la miseria oscura
y el conjuro de las llamas en fuego.
La umbría intimidad
donde mucho tiempo antes
se multiplicaron las vidas;
donde mucho tiempo después
se atrincheró la muerte.

En los vientres de todas estas casas
alentaron los belfos de los bueyes
la calidez de los establos.
Y sobre el lomo de esas bestias nobles,
igual que sobre un suelo firme,
se asentó el destino sin queja
de una aldea que sólo conocía
la lengua universal y avergonzada
de todos los aislados.

Lareira

La penuria levanta altares
sobre un fuego de caldo aguado y humo.
La penumbra se cierne sobre el puchero
igual que en los templos se cierne sobre los dioses.

Así era la brega de los días:
masticar el frío y pisar la nieve,
maldecir el quejido de los huesos,
mendigar trabajos y hasta comida,
rastrillar el fruto podre caído al camino,
dejarse a los hijos en los nidos de otros,
olvidarse de la vida por matar el hambre,
quemar la leña en el lar oscuro como un triunfo
y poner encima la caliente y rala comunión
de la supervivencia.

Un árbol crece y habla

«…y crecerán los muertos y los vivos,
unos dentro de otros
hasta formar un solo árbol que llenará completamente el mundo,
cuando llegue la noche».

Luis Rosales

Debe de ser la inútil pretensión
de levantar sobre la tierra,
y a las espaldas de los árboles,
una vida última e imposible,
una sombra donde hablar,
otra vez, igual que antes,
cuando el río del tiempo
era una costumbre de pájaros
cantando cerca y volando al lado.

Debe de ser la inútil pretensión
de que en el árbol brote
una voz de hojas sonando a lluvia
una palabra de agua bendecida
para los pájaros con sed, si vuelven.

La herida

Però una ferida tamen es un lloc on viure.

Joan Margarit

Viviremos por un tiempo en la herida
como en una calle estrecha y mal iluminada
como en los éxodos avergonzados
de cuantos cruzan sin papeles
las fronteras del mar o de la noche.

Qué difícil es imaginar la indulgencia
en el recelo de quien se oculta,
de quien incurre en la esperanza
igual que si pecase
—a solas y en lo oscuro—,
de quien sospecha aun así
que sólo ella podría envenenarnos
poco a poco la sangre
de un olvido tenaz y suficiente.

Ciruelas amarillas

A Andrés García Bermúdez

La última vez que caminamos juntos,
se ayudó de un bastón en el paseo.
Tenía además ya mal oído
y había que levantarle la voz a la mirada.
Quizás por eso al escucharnos
se asustaron los pájaros
secretos de los árboles.
Por eso volaron acaso
enseguida aquella tarde.
Por eso o porque el sol fundía
como un imán candente
en cielo y luz las horas.

Llegamos a las ruinas de la mina,
desprendió allí un cuarzo de la arena,
reparó en unos pocos recuerdos sin nostalgia,
y me urgió a dejar muy pronto a solas
aquel descampado ocre
veteado hacia dentro de wolframio.

Prefería los árboles.
Se perdía en sus nudos.
Remontaba con el tacto el cauce de la savia
y más allá viajaba,
en la imaginación después,
a través de túneles verdes y oscuros
que afluían a la luz de las ramas en lo alto.

La última vez que caminamos juntos
se rio de mi miedo cuando una víbora
nos silbó al paso entre las sombras.
Brillaba por encima del sendero
una constelación de ciruelas amarillas
en la que sus ojos orbitaron
alegres como siempre
y muy lejos de cuanto en la tierra se arrastraba,
ya fueran minerales o demonios.

Benidorm

Mi padre no leía libros. No era un hombre ni culto ni curioso. Sus aspiraciones eran muy simples, pero no por ello muy distintas, en lo elemental, a las de cualquiera: que los suyos estuvieran atendidos, que no faltara nada imprescindible en la casa y poder darse algún capricho de vez en cuando. Algo, en fin, más parecido al confort que a los lujos. Estrenaba coche cada seis o siete años y procuraba irse a la playa en vacaciones.

Cuando la enfermedad le obligó a delegar en los demás el gobierno sobre su vida y sobre casi todos sus actos, sabíamos que albergaba, pese a las limitaciones de esa dependencia, una ilusión remota a la que no renunciaba: volver a Benidorm.

Hace sólo unos días, releyendo a Margarit, me encontré con unos versos que definen lo que ese deseo imposible de un hombre finalmente enfermo despertaba en el ánimo de cuantos le querían:

«Cuando el tiempo se acaba
es tan desolador atreverse a soñar».


Aire de lugar y gente
José Carlos Díaz
Trea, 2021
114 páginas
14 €

Álvaro Valverde (Plasencia, 1959) es autor de libros de poesía como Las aguas detenidas, Una oculta razón (Premio Loewe), A debida distancia, Ensayando círculos, Mecánica terrestre, Desde fuera, Más allá, Tánger y El cuarto del siroco (los cinco últimos en la colección Nuevos Textos Sagrados, de Tusquets) o Plasencias (De la Luna Libros). Sus poemas están incluidos en numerosas antologías y han sido traducidos a distintos idiomas. También es autor de dos novelas: Las murallas del mundo y Alguien que no existe; un libro de artículos, El lector invisible, y otro de viajes, Lejos de aquí. La editorial La Isla de Siltolá publicó, en edición de Jordi Doce, la antología Un centro fugitivo; y la Editora Regional de Extremadura, Álvaro Valverde. Poemas (1985-2015), con dibujos de Esteban Navarro.


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