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‘La pasión de Rafael Alconétar’ o el vuelo de las marioplumas

Marcos Eymar reseña 'La pasión de Rafael Alconétar', una novela «original, ambiciosa, desafiante y creativa», que se vende como un 'novelaberinto'. Su autor, Mario Martín Gijón, «ha dejado de ser un escritor revelación para transformarse en un escritor revolución».

/ una reseña de Marcos Eymar /

Desearía que Mario Martín Gijón y yo no nos hubiésemos conocido hace quince años en un congreso de traducción en Oxford, como dos aburridos personajes de una novela de Javier Marías, preferiría que no hubiéramos mantenido intacto el contacto desde entonces. Si el autor fuera para mí un (des)perfecto desconocido, el lector tendría alguna razón para creerme cuando afirmo que La pasión de Rafael Alconétar es la novela más original, ambiciosa, viciosa, desafiante y creativa de nuestra (de)generación. Sé que es inútil y que estas observaciones se interpretarán como ditirambos, o más bien ditirrambos con los que el amigo de turno debe salir al campo de batalla literario para defender textos que no dan la talla. ¿Cómo con-vencer sin-derrota de que no se trata aquí de saldar al soldado Mario, ni de caminar por la delgada cuerda floja que separa los compromisos con el compañero de los apaños con la conciencia, sino de decir la pu(r/t)a verdad?

A lo largo de la última década he leído todos los libros de poesía y narrativa que ha ido publicando el autor. De ese alterne entre lírica y narrativa, de ese proxenetismo genérico, se desprendía una impresión curiosa. Los poemas eran experimentales; los relatos, sentimentales. Los primeros desmenuzaban el texto; los segundos, el sexo. ¿Dónde estaba Mario? ¿En los poemarios? ¿O en los arrebatos de sus relatos? Como la luz, que se manifiesta como onda o como partícula según el medio que atraviesa, su talento parecía esc(i/o)ndido hasta que este vasto pero no casto experimento literario los ha reunido en una deslumbrante exploficción. ¿Un salto cuántico? Más bien cántico, porque Mario narrador sigue siendo poeta, o poetarra, pues no solo narra, sino que como un terrorista, dinamita y dinamiza los códigos novelescos. Resulta revelador que algunas de las más importantes novelas de este siglo, como 2666 de Bolaño o Solenoide de Cartarescu, hayan sido escritas por poetas. Frente a los arte-sanos de la literatura, enfermos de todo menos de arte, que fabrican historias eficaces en serie de Netflix, y utilizan el lenguaje como mero y somero instrumento, los mejores narradores poetas per(a)manecen fieles a la misión de revoludiccionar el idioma.

Ningún libro que haya leído en las últimas décadas malbarata el caspellano o casteplano como esta novelaberinto. A pesar de sus memorables diatribas contra la tribu de los carcadémicos que perpetran y perpetuan comentiras de texto y mil y una tonteorías, Mario, como su personaje Rafael Alconétar, es un inaudito erudito del idioma. Ni filogagá ni filogogó, pero también algo más que un filólogo: un erólogo. La pasión a la que hace referencia el título de la obra no se refiere únicamente a la crucificción del escristor Alconétar por parte de la sociedad rencorosa y mediocre de Cáceres o Cárceres, sino a la pasión erótica y errática que siente el indecente docente Alconétar por la lengua. Nunca antes, que yo sepa, se había llevado tan lejos la obsexión sextual, la erelección de literadura, la fusión de la página y la vágina, del conocimiento y el coñocimiento, del libro y la libido. El gran referente de esta novedosa novela, partidaria del fragmento antes que del fragmiento, es, por supuesto, Rayuela. De Cortázar Mario posee sin pose la eneorgía adolescente y la cultura iconoclasta, que no iconoplasta. La pasión de Rafael Alconétar puede leerse como una vertilibidinosa expansión del célebre gíglico del capítulo 68 donde Horacio amala el noema de la Maga, igual que Mario nos narra el poema de una saga de discípulos o discíputos letraheridos. «¡Evohé! ¡Evohé! Volposados en la cresta del murelio, se sentía balparamar, perlinos y márulos. Temblaba el troc, se vencían las marioplumas…». ¿No estaba la pluma de Mario des(a)tinada a continuar, gracias al azar y a Cortázar, este experimento y a llevarlo hasta el límite mismo de las gunfias?

Hablando de pluma, algunos reprocharán a este texto nada etéreo ser demasiado hetero y celebrar en la figura de Rafael Alconétar, auténtico asaltamontes de Venus, un cierto modelo del seductor agresivo que hoy está en horas pajas, digo bajas. Es cierto que este líbrido no reivindica el Me Too, sino el mito, pero eso no significa que sea retrógrado ni machista. Aquí el donjuán es también una donjuana (de Arco verbal que siempre da en el blanco), cuyo sacrificio por la libertad libertina está contado o cuntado por mujeres y hombres que no son objetos sino sujetos, en una especie de co(l/ñ)osal homenaje a tres, cuatro, cinco o los que se tercien. No cabe acusar a Mario de utilizar el sexo como carnaza o añagaza para meterse al lector salido en el bolsillo. Es imposible leer este libro con una sola mano, no solo por el peso de sus setecientas cincuenta páginas, sino, sobre todo, porque aquí lo erótico, más que pornovisión es cosmovisión. El sexo es donde todo converga y converge: lo político, lo social, lo mítico y lo místico.

La pasión de Rafael Alconétar es una novela total y tonal, con infinitas desvaríos y variaciones sobre un mismo tema, y su autor, un auténtico Anibal-lector que canibanaliza todo: no solo a la pobre Clarice (Lispector, y no Jode Foster), sino también a Garcilacio de la Verga, a Shakesprick, a Luis de Gong-Gore, a Vilas-Matas de Aburrimiento y a tantos y tantras otros. Eso sin hablar de cuando el narrador se pone las botas de siete lenguas y afirma que l’ordre est une ordure, que leer es enfrentarse al vacío en alemán o, en un fabuloso yeux de mots, «we wanted all the weak to be satyrday», el día de los sátiros. A tiros con el tópico, todo lo que se pone a tiro de piedra esta novela se lo pasa por la ídem o himen. Rafael Alcónetar, como todo buen profesor, busca crear nómadas y no manadas, ser espuela y no escuela, escoger y no encoger; su pasión es tan contagiosa como su retórica, por una vez verdaderamente reto y verdaderamente rica. Esta breve reseña, más que un vano resumen del numen de un lihíbrido poliédrico y polígamo, pandémico y pantextista, vale como el textimonio de una inficción aguda que, estoy seguro, no será la última. Este libro de bulto está llamado a convertirse en una obra de culto, del mismo modo que Mario, como su alter(adísimo) ego Rafael Alconétar, ha dejado de ser un escritor revelación para transformarse en un escritor revolución, excelso en su mismo exceso.


La Pasión de Rafael Alconétar: novelaberinto
Mario Martín Gijón
KRK, 2021
747 páginas
39,95 €

Marcos Eymar (Madrid, 1979) es licenciado en Filología Hispánica y Teoría de la literatura por la Universidad Complutense de Madrid y doctor en literatura comparada por la universidad Paris-III Sorbona. Radicado en Francia desde 2004, trabaja actualmente como profesor titular de literatura y cultura hispánicas en la Universidad de Orléans. Es autor de dos libros de relatos: Objetos encontrados (Castalia, 2007), que ganó el XVII Premio Tiflos al mejor libro de cuentos, y Llaves en mano (Xorki, 2013), así como del ensayo en francés La langue plurielle: le bilinguisme franco-espagnol dans la littérature hispano-américaine (L’Harmattan, 2011) y la novela bilingüe para jóvenes Eva et los fantasmas de Madrid (Syros, 2018). Su primera novela Hendaya fue galardonada con el XVI Premio Vargas Llosa de novela y fue publicada por Siruela en España y por Océano en América Latina y traducida al francés en la editorial Actes Sud (2015). Su segunda novela, El último libro (Pre-textos, 2020) obtuvo el XXVII Premio Blasco Ibáñez de narrativa convocado por el ayuntamiento de Valencia. Ha colaborado con numerosas revistas culturales y publicado una veintena de artículos académicos relacionados con la traducción, el bilingüismo y las relaciones literarias entre Francia, España y América Latina.  

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