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Maldad, impíos y vías de resistencia

De cómo el mal imaginado por Lovecraft en 'El color que cayó del cielo se expandió' entre 'Políticos animales' pero puede conjurarse en «El Norte», la selección de lecturas de Eugenio Fuentes, con los recuerdos de infancia de Xiao Hong, las fotografías de Willy Ronis y una 'Historia ilustrada de los ovnis '.

/ El norte / Eugenio Fuentes /

Cinco volúmenes ilustrados le sirven a esta nueva entrega de El Norte para armar una especie de tragicomedia protagonizada por el mal. La acción se inicia con El color que cayó del cielo, un relato largo del mago de Providence, el adorado y detestado Lovecraft, en cuyas páginas se narra cómo la caída de un meteorito en una granja desencadena una espiral de malaventuras sin final conocido. El bonaerense Salvador Sanz es el responsable de convertir algunos de sus momentos estelares en imágenes de pesadilla. En Político animal, el segundo acto, todas las ilustraciones son una pesadilla. Su autor, Juan Pablo Díaz Chorne, ha seleccionado una veintena de joyitas humanas, les ha partido en tres la cara, dibujada por David de las Heras, e invita a los lectores a componer decenas de monstruos malignos con los fragmentos.

El tercer y cuarto acto tienen una voluntad lenitiva: si te duele, protégete. Fue lo que hizo la china Hulan Le, quien se refugió en la nostalgia de la infancia para calmar el intenso dolor que era su vida. El resultado fueron los Recuerdos de Hulan He, su título más apreciado, que ahora se traduce al castellano con ilustraciones concebidas muchas décadas después por Hou Guoliang. En cambio, el fotógrafo francés Willy Ronis nunca llegó a verse tan acosado por la desgracia. Desde muy joven, tuvo la suerte de conocer un truco para congelar el tiempo: concentrarse en su labor sin fisuras. Testimonio del éxito de su empresa es el volumen Aquel día, una selección de sus mejores fotografías, acompañada de textos en los que explica su circunstancia. En fin, si esas dos recetas, o cualesquiera otras formas de resistencia, no dan el resultado apetecido, cabe la posibilidad de estudiar, a modo de epílogo, un discreto abandono del planeta. La Historia ilustrada de los ovnis, del inglés Adam Allsuch Boardman, puede ser un magnífico punto de partida. Conviene, con todo, no olvidar que el mal ataca desde fuera pero solo doblega si se ha hecho fuerte dentro. Arriba el telón.

Acto I. La llegada del veneno

Un mediodía de junio de 1882, relataría cuarenta y cuatro años después el narrador de El color que cayó del cielo, una enorme roca se abrió paso entre las nubes para estrellarse en las profundidades boscosas de un valle situado no muy lejos de Arkham, en Nueva Inglaterra. El meteorito, que impactó junto al pozo de una próspera granja, pareció insólito a varios profesores de la Universidad local de Miskatonic: además de ser blando, de una blandura elástica, presentaba irisaciones de un color que a duras penas podía ser llamado así, ya que se diría ajeno al espectro electromagnético visible. Y, sobre todo, encogía. Perdía tanta masa que, al cabo de unos días, desapareció. En los meses siguientes, plantas y animales sufrieron extrañas mutaciones que las acabaron volviendo grises, deformes y quebradizas. Los habitantes de la granja, enloquecidos, fueron sucumbiendo de modo atroz uno tras otro. Aseguraban que el color se había instalado en el pozo y, pese a su húmeda frialdad, les quemaba y les chupaba la vida. Sus vecinos, espantados pero aún cuerdos, abandonaron el valle. Aquellos momentos, explica el narrador, quedaron en las memorias como los días extraños y el escenario de las tragedias fue bautizado como el páramo maldito.

Howard Phillips Lovecraft (1890-1937) escribió y publicó El color que cayó del cielo (The Colour Out of Space) en 1927, más o menos a la vez que la novela El caso de Charles Dexter Ward y poco antes que algunas de sus mejores piezas de escalofríos y desazón cósmica: El horror de Dunwich (1928), El que susurra en la oscuridad (1930), En las montañas de la locura (1931) o La sombra sobre Innsmouth (1931). Sin embargo, a diferencia de estas últimas narraciones, donde se cobijan algunas de las espantosas criaturas que vertebran los Mitos de Cthulhu, El color… está regido por una fuerza innominada e incorpórea cuya acción invisible resulta letal. No pocos críticos y editores han caído en la tentación de llamar criatura a esa fuerza, llegada como el resto de los engendros cthulhianos desde las profundidades de un espacio abisal regido por escalas temporales y conflictos que harían enloquecer al humano común. El color se integraría así mejor en el panteón lovecraftiano. Sin embargo, en su abstracción, el color representa del modo más acabado la esencia misma del mal, concebido como principio destructor de vida. Y ya que, según sospecha el narrador del relato, el páramo maldito sigue creciendo algunos centímetros cada año, no cabe descartar que sea el influjo del color lo que anime los nocivos y preocupantes comportamientos —impíos, diría con razón Lovecraft— de sujetos como los protagonistas de Político animal.


Acto II. Galería de seres impíos

Cuando los infectados por el mal adquieren una fuerza aplastante solo cabe huir. Y luego, tal vez reír. Reírse de sus deformidades, cinceladas en rostros y ademanes por la putrefacción. O de la miseria espiritual que delatan sus gustos y recreos. O de su mezquindad y torpeza al acometer las tareas destructivas. Eso sí, cuanto menos se ciñan esas burlas al mero defecto más se acercarán a las cumbres de la sátira. En consecuencia, mayor será su capacidad para desatar sorpresas e incitar preguntas que tal vez se comporten como grietas en un muro.

Este matiz es sin duda bien conocido por Juan Pablo Díaz Chorne, autor junto al ilustrador David de las Heras de un gozoso artefacto titulado Político animal. En sus páginas, y al amparo de su aristotélico título, se exhiben en una peculiar picota los rostros de una veintena de poderosos. No todos son políticos stricto sensu, pero todos ejercen una maléfica influencia en la polis, ya que su función es proclamar que no hay vida fuera del estado de cosas de la ideología dominante. Que, insisten ellos, no es ideología sino la voluntad de servicio precisa para regir un mundo donde las cosas, en la mejor tradición aristotélica, son como son. Y, si no, pues entonces no son. O ellos o nada.

Trump, Abascal, Cristiano Ronaldo, Merkel, Juan Carlos, Francisco, Rajoy, Boris Johnson, Kim Kardashian, Putin, Bolsonaro, Weinstein, Lagarde, Zuckerberg, Pedro Sánchez y otros tantos se ofrecen en este volumen con los rostros segmentados en tres bandas. Observen, por ejemplo, el del Borbón emérito junto a estas líneas y se darán cuenta de que solo el crucial fragmento medio (ojos, nariz, orejas) corresponde al sucesor de Franco. Pelo y frente son de Trump, mientras boca y mentón se han tomado del banquero Botín. Dado que el libro está encuadernado en gusanillo, se pueden componer decenas de puzles muy sorprendentes, con la esperanza, eso sí, de no verse reflejado en alguno. Como, además, el reverso de los retratos está ocupado por una breve semblanza y tres citas atribuidas al retratado, las combinaciones se disparan. Así, el simple hecho de ponerle una boca de Merkel a Juan Carlos le adjudica al inquietante engendro la siguiente perla: «No acarreo ningún trauma infantil. Todo ese asunto de las bicicletas —y fueron tres las que me robaron— lo llevo bastante bien». ¿Había también una trama alemana en La Zarzuela?


Acto III. El refugio de la memoria

La narradora china Xiao Hong murió a los 31 años tras una vida solitaria y dolorosa rematada por una negligencia médica. Poco afortunada en la elección de sus amores, opiómana, pobre y exiliada, Xiao (1911-1942) se volvió terreno fértil para la acción destructiva del mal. Sin embargo, a los 23 años, y teniendo como mentor al Lu Xun de Diario de un loco, había alcanzado reconocimiento con su primera novela (Campos de vida y muerte). Pero en los años siguientes la escritura de obras celebradas convivió con el afilamiento de su desdicha. Entre esos textos sobresalen los Recuerdos de Hulan He (1940), ahora publicados en castellano en una respetuosa adaptación que se enriquece con un nutrido conjunto de finísimas ilustraciones de Hou Guoliang.

Recuerdos de Hulan He vio la luz a contrapelo, ya que sus críticos retratos de tipos populares, atravesados por la denuncia de la condición femenina, fueron considerados antipatrióticos. Eran años, explica Shao Baoqing en su esclarecedora introducción, en los que las páginas de los literatos chinos se movilizaban frente al invasor nipón con un cerrado elogio realista del país y sus gentes. Décadas después, ha sido precisamente esa fidelidad al recuerdo de los personajes zafios y supersticiosos que poblaron su infancia la que ha protegido la obra de Xiao de la cabeza borradora del tiempo. Una lealtad, teñida de un lirismo nostálgico, en la que reina una ironía sustentada en no juzgar comportamientos. Vistos con ojos de niña, los actos ajenos que acompañaron aquellos primeros años no pueden ser ni defendidos ni atacados. Tan solo relatados con la falsa inocencia de quien, habiéndola perdido, tiene que reconstruirla. Para escribir y para sobrevivir. Porque el refugio en el recuerdo, la construcción de un castillo de la memoria, es uno de los mecanismos de huida al que cabe recurrir para protegerse del mal.


Acto IV. La suspensión del tiempo

Cualquier persona dotada de una mínima capacidad reflexiva lo sabe. La concentración en una tarea suspende el tiempo. Y esa es otra de las vías posibles para esquivar andanadas maléficas. El fotógrafo francés Willy Ronis fue un experto en esa lid, tanto que su vida se prolongó hasta los 99 años (1910-2009). Ronis, incluido junto a Cartier-Bresson, Brassaï, Robert Doisneau e Izis en el grupo de los fotógrafos humanistas, comenzó su andadura haciéndose cargo, hacia 1930, del estudio que su padre, caído enfermo, tenía en Montmartre. En cuanto pudo, echó el cierre y se tiró a las calles. Allí, lejos de los hieráticos posados de interior, bullía lo que a él le apasionaba: la vida cotidiana de la gente corriente. Observarla hasta capturar el destello de lo extraordinario en lo banal sería en adelante el objetivo de su cámara.

Aquel día, un cuidado volumen de pequeño formato, resulta magno por dos motivos. En primer lugar, claro, por la cincuentena de fotografías que cobija. Bailes populares, niños en el río, mercadillos de posguerra, travesuras infantiles en un palacio imperial, el desnudo de una humilde modelo… Cada imagen seleccionada por Ronis para esta antología es un dardo en la diana y deja la mente del lector en suspenso. Navegando por regiones donde no hay ni un antes ni un después, tan solo un instante atemporal, eterno. Pero es que, además, a sus 96 años, el fotógrafo fue capaz de reconstruir las circunstancias de cada disparo en unos textos que, al desvelar la génesis del destello, amplifican en la mente su influjo benéfico. Tomen, por ejemplo, la foto que acompaña a estas líneas. Un día de lluvia en la parisina place Vendôme, un charco, el reflejo de la columna erigida por Napoleón para celebrar Austerlitz. Hay que fotografiar esa imprevista alianza de lo efímero y lo inmortal. Y, de repente, una mujer salta el charco. ¿Foto arruinada por la intromisión de lo inesperado? ¿Foto mejorada por un relámpago de sensualidad en movimiento? Ronis lo vio claro. Esa era su grandeza.


Epílogo. Cuando nada funciona, la salida es marcharse

Está bien, no nos engañemos. Han debido de ser muchos los colores caídos del cielo a lo largo de eones, porque sobran motivos para pensar que el mal, principio destructor de vida, gana terreno hora tras hora. Si las esperanzas o la capacidad de lucha y resistencia del lector flaquean, puede que le convenga ir estudiando la posibilidad de largarse del planeta. Y dado que la tecnología terráquea está aún en mantillas, lo recomendable es que busque alguna ayuda exterior. Ese tipo de arriesgadas iniciativas exigen informarse, así que una lectura detallada de la Historia ilustrada de los OVNIS, del inglés Adam Allsuch Boardman, puede ser una espléndida rampa de despegue.

El libro del inglés lo tiene todo para conocer el fenómeno. Boardman lo ha rastreado desde los tiempos de los ancestrales Anunnaki mesopotámicos hasta estos días nuestros en los que los servicios de inteligencia de EE UU admiten tener más de un centenar de avistamientos sin explicar. Si el lector es escéptico, se beneficiará al menos de la extraordinaria capacidad de Boardman para resumir toneladas de datos y narraciones en apenas un centenar de páginas de atractivos grafismos. Si, por el contrario, no cree que la vida en la Tierra sea una singularidad cósmica, la bibliografía que le propone el autor le será de gran utilidad para seguir viaje. Una advertencia: desconfíese siempre, si se opta por la huida, de la buena voluntad de los extraterrestres. El mal tiene las zarpas muy largas y muy curvas.


Eugenio Fuentes nació en Londres, en el hospital de St. Mary Abbot’s, donde doce años después fallecería  el legendario guitarrista Jimi Hendrix. Licenciado en historia y especializado en relaciones internacionales contemporáneas, ejerció la docencia y la investigación en la Universidad de Rennes 2 Alta Bretaña durante cuatro años. En 1988 se integró en la redacción del diario La Nueva España, del que durante casi tres décadas fue responsable de información internacional, analista político, columnista y crítico literario. Fruto de una insana pasión por los libros mantuvo durante 31 años en el suplemento Cultura la sección de novedades «La brújula», alimentada sobre todo por volúmenes huidizos publicados por pequeñas editoriales. Entre 2000 y 2004 quedó embrujado por el pintor Luis Fernández, a quien dedicó numerosos artículos y el documental Los mundos de Luis Fernández.

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