Mirar al retrovisor

Tiempos de mentiras piadosas

Joan Santacana escribe sobre cómo la guerra vuelve a nuestras puertas, y deja de suceder que siempre se mueren los otros.

/ Mirar el retrovisor / Joan Santacana /

Yo nací en la posguerra. Cuando yo nací, todavía estaba humeando el búnker de Hitler en Berlín, e Hiroshima aún olía a carne quemada. Sin embargo, pertenezco a una generación afortunada. Ni yo ni mi familia pasamos hambre; no me he tenido que esconder en ningún refugio por causa de bombardeos; y a pesar de la férrea dictadura en la que crecí, tampoco he tenido miedo de que me ametrallaran por la calle. Pertenezco a una generación que no ha sufrido la guerra en su propia tierra. Pero sí que he visto nacer guerras en muchos otros lugares del mundo; la guerra de Corea, la de Argelia, la del Congo ex-belga, las guerras del Oriente Próximo, la de la descomposición de la ex Yugoeslavia y un sinfín de conflictos que sumaban más muertos que los habidos en la Segunda Guerra Mundial. Y a todo este tiempo le han llamado época de la Guerra Fría. Nosotros, sin embargo, teníamos la sensación de que vivíamos en tiempos de paz. La guerra, como la muerte, era una cosa que ocurría siempre a los demás.

En esta etapa de nuestras vidas, creímos haber contribuido a que en nuestro país hubiera un sistema de cobertura sanitaria casi universal; hemos conseguido la escolarización casi completa de nuestros niños y adolescentes; la gente ha podido gozar por primera vez en la historia de vacaciones pagadas; incluso hemos accedido a la Unión Europea, el club de los países ricos, en donde reina una sociedad de consumo que nuestros abuelos hubieran creído que tan solo era alcanzable para los ricos. 

Y en todo este tiempo nos hemos convencido de que nuestros hijos y nietos tendrían un futuro garantizado de paz y de felicidad. Pero ahora, casi de golpe, han coincido los estertores de una profunda crisis económica con los golpes mortales de una pandemia, un endeudamiento público brutal de los Estados, una inflación galopante que amenaza nuestros ahorros, y finalmente nos vemos envueltos en una guerra con un país europeo lejano, al que habíamos aprendido a admirar por sus artistas, músicos y científicos. Y por primera vez en nuestra historia, nos sentimos amenazados, inseguros, casi atemorizados.

¿Qué nos está pasando? ¿De dónde emergen estos temores? Todo surge del hecho de que, de golpe, nos damos cuenta de que nuestro mundo sigue siendo inestable y de que nuestra seguridad aparente fue un espejismo provocado por sistemas de información manipulados. La guerra de Ucrania nos afecta más que las otras guerras porque sus víctimas son personas como nosotros, que vivían hasta hace pocos días en un sistema idéntico al nuestro, con sus tarjetas de crédito, sus canales de televisión con películas y series, pagando letras para financiar el piso o el coche y preocupados por encontrar unas buenas escuelas para sus retoños. No eran pobres africanos, bombardeados en sus aldeas de juncos y barro. Tampoco se trataba de los martirizados habitantes del Próximo Oriente, que emigraban huyendo de las guerras y se agolpaban en las fronteras de la Unión Europea, erizadas de alambres de espino. Se trata de mujeres jóvenes, bien equipadas de ropa, con sus hijos rubios y bien alimentados. Es decir, hemos visto nuestro retrato.

Y ahora nos damos cuenta de que, cuando finalmente se firme el fin de las hostilidades, habrá un ciclo histórico nuevo, imprevisible, con un nuevo Telón de Acero que irá desde el Báltico al mar Negro. Y allí habitarán los malos, y probablemente renacerán los halcones de la guerra, que estaban escondidos, y nos pedirán de nuevo un esfuerzo para financiar la seguridad, y nos olvidaremos de problemas cuotidianos porque tendremos que fijar nuestra atención en vencer el miedo, el temor a un futuro incierto que ha comenzado ya. Y quizás entonces comprenderemos a nuestros padres y abuelos, que vivieron en un terror semejante; que se despertaban con noticias de posibles enfrentamientos nucleares. Yo he visitado en Berlín, debajo de unos céntricos locales comerciales de la Kdam, uno de los grandes refugios atómicos con los que se tranquilizaba a la población en caso de guerra nuclear; pero cuando hoy se visitan estos refugios de la Guerra Fría nos damos cuenta de que no era cierto lo que les decían. En caso de conflicto nuclear no habrían sobrevivido; su refugio era tan solo para tranquilizarles; una mentira piadosa. ¿Viviremos también nosotros arropados a partir de ahora con las mentiras piadosas?


Joan Santacana Mestre (Calafell, 1948) es arqueólogo, especialista en museografía y patrimonio y una referencia fundamental en el campo de la museografía didáctica e interactiva. Fue miembro fundador del grupo Historia 13-16 de investigación sobre didáctica de la historia, y su obra científica y divulgativa comprende más de seiscientas publicaciones. Entre sus trabajos como arqueólogo destacan los llevados a cabo en el yacimiento fenicio de Aldovesta y la ciudadela ibérica y el castillo de la Santa Cruz de Calafell. En el campo de la museología, es responsable de numerosos proyectos de intervención a museos, centros de interpretación, conjuntos patrimoniales y yacimientos arqueológicos. Entre ellos destaca el proyecto museológico del Museo de Historia de Cataluña, que fue considerado un ejemplo paradigmático de museología didáctica.

Acerca de El Cuaderno

Desde El Cuaderno se atiende al más amplio abanico de propuestas culturales (literatura, géneros de no ficción, artes plásticas, fotografía, música, cine, teatro, cómic), combinado la cobertura del ámbito asturiano con la del universal, tanto hispánico como de otras culturas: un planteamiento ecléctico atento a la calidad y por encima de las tendencias estéticas.

1 comment on “Tiempos de mentiras piadosas

  1. NÚRIA

    Ai Joan !!! quanta raó que tens… i quina tristesa que l’home, com a mínim el que deien «europeu» o el que vulguis dir-li… sigui tan fràgil per un cantó i tan inútil per l’altra. No sé què dir… intento fer el que puc, que mai és res !!!… però jo també voldria canviar la vida de tots aquests que han de marxar sense saber on acabaran… de moment faig el que puc amb persones d’Ucraïna -i també de Rússia- que han arribat a Sant Feliu i intentem facilitar-los un mínim- miserable per elles i ells – aixopluc !. Estic molt decebuda de tot plegat !!

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