El runrún interior

El runrún interior (53)

Pablo Batalla Cueto registra en su dietario pensamientos propios y notas de libros leídos y cosas vistas en Internet, escribiendo sobre la imagen de tres ancianos en una fiesta o la lectura de 'El físico y el filósofo', de Jimena Canales.

/ por Pablo Batalla Cueto /

El runrún interior (52)

Martes, 31/5/2022. Hay una imagen sobre la que no escribí en su momento, pero que ha vuelto ahora a mi cabeza. Por San Isidro, en el pueblo, se hace un pinchoteo en uno de los dos bares de la localidad, que se van turnando año a año para organizarlo. Una mesa larga con manteles de papel, empanadas, huevos cocidos, vino, etcétera. Todos los habitantes del pueblo están invitados. Recién instalados aquí, este es el primer año que nosotros vamos. Hay gente de todas las edades alrededor de la mesa, charlando animada, ruidosamente. Y en el fondo, tres ancianos sentados, serenamente agarrados a su bastón. Dos hombres y una mujer. Serios. No hablan con nadie ni entre sí; miran la escena con impávido hieratismo de faraones. Los he visto otras veces. No a ellos, sino a otros ancianos en situaciones similares; bodas, singularmente. El zurriburri de gente que conversa, se carcajea, come, bebe, se emborracha, grita «vivan los novios» y «que se besen» y, en una esquina, la grave majestad sedente de los parientes octogenarios, agarrados a su bastón, estando sin estar. Han ido porque tenían que ir, a veces porque los han convencido, pero evidencian la incomodidad de quien sabe que ya no es una pieza del puzle que se compone allá afuera. En la antesala de la muerte, miran el mundo y sus afanes con el moroso desinterés con que se hojea una revista del Colegio de Odontólogos en la sala de espera de un dentista. Sus rostros transmiten, al tiempo, una suerte de confusión y una suerte de extrema lucidez, paradoja que se resuelve imaginándonos en una cumbre. Desde una cima, perdemos nitidez ganando amplitud; vemos la extensión toda de los bosques que alfombran los cordales; vemos todas las aldeas del valle sin apenas diferenciar sus construcciones, desleídas en una masa única; más aún, aprehendemos en toda su extensión la interrelación compleja de los bosques, las aldeas y los cordales. La ancianidad es, también ella, una cumbre: «Aposentat al cim dels anys, contemplo el mar de mi mateix», escribía Martí i Pol. Y desde ella vemos la vida (la nuestra personal, la vida colectiva de los otros) como se aprecian las vistas desde lo alto de una montaña. Si nos empeñamos en distinguir un detalle entrecerramos los ojos, pero si aceptamos que los detalles no nos son dados desde aquí, los abrimos; dejamos que se inunden de la luz completa del paisaje. Comprendemos y nos solazamos en la danza prima de todo lo que existe y nos sentamos a contemplarla con calma, procurando no interrumpirla, o entendiendo que nuestra manera de participar de ella es exactamente esta: sentarnos en silencio a observarla.

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En Grantham han inaugurado una estatua de Margaret Thatcher y, casi al mismo tiempo, a su lado, un joven emprendedor se ha puesto a vender huevos para tirarle. La oferta reaccionando a la demanda; la exultante creatividad del sector privado colmatando los nichos de mercado en cuanto se abren. Maggie estaría orgullosa.

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Rocío Monasterio: «No puede ser que los niños no sepan quién es Adolfo Suárez y sean especialistas en fetichismo con los pies». Pues no: no puede ser. Y, como no puede ser, España optó por una solución intermedia: enseñar a los niños el fetichismo de Adolfo Suárez.

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Termino Globalistas, de Quinn Slobodian, libro que argumenta convincentemente, remitiéndose a textos de los padres intelectuales de la cosa (los Hayek o Röpke), que el neoliberalismo no es un sistema económico, sino una teoría del Estado. Hoy subrayo esta cita de Röpke que lo resume bien: «Si queremos un mercado libre, el marco de condiciones, normas e instituciones debe ser más fuerte y más inflexible. Política de no intervención, sí, pero dentro de un marco establecido por una policía del mercado permanente y perspicaz». El laissez faire debe ser planificado, y sus enemigos castigados.

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Leemos hoy que un juez español ofrece a la familia de un periodista secuestrado querellarse contra Gustavo Petro, el candidato de la izquierda colombiana en las trascendentales elecciones de este año. Justo ahora, qué casualidad. No sé nada del asunto, pero es imposible no pensar en una nueva muestra de eso que en inglés llaman lawfare, y aquí se traduce como guerra judicial: magistrados integrados en la gran trama de la revolución ultraderechista prestándose a validar infundios que, finalmente, no prosperarán, pero de los que, como de la mentira según Goebbels, siempre quedará algo, y cuando se sueltan en medio de una campaña electoral pueden determinarla. Escuadristas togados: un problemón de nuestro tiempo.

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En Oviedo, se debate sobre la Ronda Norte y un proyecto que indigna a los ecologistas y a cualquier persona de bien. La cosa va de horadar el Naranco y que la autopista se vea y se escuche desde los monumentos prerrománicos, que necesariamente se verán perjudicados tal como es notorio que lo está la iglesia de Santullano, contigua a otra autopista (lo que significa ruido, contaminación, temblores) y cuyos valiosísimos frescos ya están gravemente dañados. Marinetti, que soñaba con colmatar de hormigón los canales de Venecia, se sentiría orgulloso del Gobierno municipal de Oviedo, el Principado y el Ministerio de Transportes.

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Estampas de los tiempos. El País: «LOS VAMPIROS DEL OPIO: UN TEMERARIO TURISMO POR LOS PUEBLOS DE ESPAÑA EN BUSCA DE MORFINA. Viajeros llegados de Europa recorren estos días la ribera del Tajo en busca de las amapolas blancas de la adormidera, una planta medicinal cuyo peligroso jugo ha matado a dos personas».


Miércoles, 1/6/2022. Leo que, en 2000, el diseñador John Galliano organizó este desfile en torno a la estética del mendigo, pretendido homenaje a la «ingeniosidad que desprenden los desheredados a la hora de vestirse». Criticado por ello, respondió: «Son unos burgueses, unos condescendientes».

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Conocemos hoy las imágenes de una compañía del Ejército que acudió al Valle de los Caídos para ser bendecida por orden de su capitán. Estampas de la hungarización rampante que nos asuela. Como comenta Juan Álvarez, «a ver si nos bombardea Rusia, porque por batallones Azov no será».


Jueves, 2/6/2022. En Estados Unidos, tres tiroteos simultáneos: en un hospital en Tulsa (Oklahoma), en un Walmart en Pittson (Pensilvania) y en un instituto de Los Ángeles. He aquí un Estado fallido, pasto, al certero decir de Jónatham Moriche, de «una guerra civil molecular que el culto de odio y muerte conocido como Partido Republicano alimenta blindando la libre circulación de armas y bombeando paranoia racista, machista y fascista sobre la psique colectiva del país». En el hospital de Tulsa hay al menos cinco muertos y varios heridos. Supongo que la solución de los pirados de las pistolitas sea armar a los médicos y que los hospitales solo tengan una puerta, y que lo defenderán sin ponerse ni medio colorados.

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Una cosa de la que soy un entusiasta y un nostálgico: las traducciones al castellano de los títulos de las canciones en los viejos vinilos. «Puente sobre aguas turbulentas», «Noches de blanco satén», «¿Qué han hecho a la lluvia?»… Xandru me comenta su preferida: «Nunca te cases con un ferrocarrilero». Me gusta el punto medio entre la autarquía y la globalización que aquella costumbre, hoy desaparecida, viene a expresar. Estar en el mundo y abiertos a él, a sus intercambios, pero imponiendo a las importaciones culturales el arancel de la adaptación en lugar de deglutirlas en crudo.

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«Los alcaldes de Don Benito y Villanueva, escoltados por la Policía tras conocer los vecinos los nombres elegidos para la fusión: Concordia del Guadiana o Mestas del Guadiana». Grandes momentos del surrealismo costumbrista español. José Luis Cuerda no hacía películas: hacía documentales.

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«La consejera de Educación de Murcia que formó parte de Vox quiere revisar los libros de texto para asegurar su “neutralidad ideológica”». La misma «neutralidad ideológica» de los que, en Estados Unidos, insisten en contar «las dos versiones» del Holocausto, presumo sin miedo a equivocarme.


Viernes, 3/6/2022. Recupera Moriche un viejo tuit en el que apuntaba un paralelismo entre nuestro tiempo y la España de hace dos siglos: «un período de ensanchamiento democrático (Trienio Liberal, gobierno socialcomunista), contra el que se revuelve un aparato de Estado liberal-conservador autoritario de obediencia borbónica (Fernando, Felipe), con una tropa de choque ultrarreaccionaria (Voluntarios Realistas, Vox)». La historia no se repite, pero rima. Yo apunto que es interesante recordar también que el Trienio Liberal acabó dominado por moderados y miedosos que pisaron muchísimo el freno, creyendo y argumentando que, así, las fuerzas reaccionarias del continente respetarían la revolución española.

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Apunta Alejandro Kaufman una definición sintética y certerísima del fascismo: el goce de la muerte.

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Suecia vive toda una crisis nacional iniciada en Twitter. La cosa se inició cuando alguien colgó un mapa de Europa en el que se mostraba la incidencia continental de la costumbre de ofrecer comida a quienes vienen a casa. Al parecer, cuando uno va a casa de otro, puede estar seguro de que le ofrecerá comida en el sur de Europa, no puede estarlo en la Europa central y puede estar seguro de que no se la ofrecerán en Suecia. La cosa se hizo internacionalmente viral y se ha llegado al punto de que en la tele sueca se ponga a debatir sobre el asunto, convertido en una cuestión de honor nacional, a antropólogos, sociólogos, expertos en «seguridad alimentaria»…

Hay quien ha corrido a echar filípicas gustavo-buenianas contra el egoísmo luterano y arrebatadas jaculatorias enalteciendo el comunitarismo mediterráneo, pero la cosa, bien analizada, tiene su miga y se conecta con el Lagom, la filosofía de vida característica de los suecos, consistente en no destacar, no entrometerse, no molestar, no intervenir sin permiso en las vidas, cuerpos y decisiones de otros, y que considera invasivo suponer que la comida concreta que uno ofrezca sin consultarle gustará al invitado. En un país que es, por un lado, líder internacional en acogida de refugiados, y dispone de una población musulmana numerosa, y por otro, como en todos los nórdicos, alberga un contingente también grande de vegetarianos, los tabúes alimentarios están más a la orden del día que aquí y vuelven más arriesgadas las sorpresas culinarias. Cuando el invitado es un niño que viene a jugar con los hijos de uno —escena en la que se ha centrado especialmente este curioso debate—, se teme también que sus padres se tomen la pretensión de alimentarlo como un insulto a su poder adquisitivo o su destreza como progenitores; que el condumio ofrecido venga a transmitir la suposición de que son pobres o no alimentan bien a sus criaturas. Parece un disparate, pero no lo es tanto si se piensa que entre los padres de allá está más extendida que aquí la preocupación por que sus vástagos rehúyan el azúcar, la bollería industrial, los ultraprocesados, etcétera, etcétera. Si nos metemos en esos zapatos, y como ilustra una tuitera que conoce bien el mundo sueco y que es a quien le leo todo esto, no resulta tan descabellado que uno se moleste si le devuelven a su niño real fooder con un bollicao en la mano.

A mí todo esto no me parece, como hay a quien sí, una sociedad desquiciada, sino algo cercano al viejo sueño del marxismo, que nunca fue un colectivismo férreo, sino una sociedad que garantizara a todos y cada uno de sus miembros las condiciones materiales necesarias para desarrollar su individualidad sin el corsé de la necesidad. Me gusta esto del Lagom. Y me escama que la cháchara sobre el comunitarismo meridional nos conforme con no tener un Estado del bienestar como los nórdicos, como he visto literalizarse en textos de discípulos de Gustavo Bueno en los que se argumenta que el welfare escandinavo se impuso como necesidad en una sociedad sobre la cual el protestantismo había impuesto un individualismo implacable, no siéndolo aquí, donde la supervivencia de las estructuras de cooperación y redistribución tradicional hacían innecesario que el Estado corriera a mitigar los estragos del solipsismo. No, oiga: a mí denme veinte suecias antes que aceptar que los tuppers de lentejas de la abuela compensen que el consultorio médico del pueblo esté cerrado o las ayudas de la ley de dependencia sean ridículas. Y si ser como los suecos y poder independizarse a los dieciocho años nos vuelve un poco individualistas, un poco fríos, pues que nos vuelva. Conmigo que no cuenten para las exaltaciones pasadas de vueltas, tipo anuncio de Campofrío, del supuesto carácter latino y de que si la pasión y la alegría y el hablar alto y el considerar al invitado uno más de la familia. Si el adjetivo ni siquiera es latino, sino mediterráneo, menos aún. Soy de Gijón, mis ancestros eran balleneros del puerto de Tazones, me crie respirando nordés: ¿qué me cuenta usted de los fenicios y Ulises y el sabor amargo del llanto eterno que han vertido en ti cien pueblos de Algeciras a Estambul para que pintes de azul sus largas noches de invierno? No tengo ningún problema en pertenecer a un país que sea a la vez atlántico y mediterráneo: todísimo lo contrario, y el tema es justamente que no pienso que eso determine nada de nada en cuestión de carácter. Pero si nos ponemos herderianos…

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Impresionado por dos poemas de Emilio Amor que publicamos hoy en El Cuaderno. El primero, este:

Mors sceptra ligonibus aequat

A la vuelta del Hades
hubo una germinación de laberintos.

Hay que saber cuidarse de la muerte,

igual que el nómada
se protege con el filo de su cuchillo
del viento del desierto.

Y el segundo:

Con cada vaticinio,
los silbidos del aire son pura transparencia.

La lluvia que anegaba los jardines
sobrevive a la noche
y es mensaje velado.

Una incesante lucha
contra el exterminio del alba.

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Leemos hoy que «desde que en Valladolid Vox cambiara el protocolo habitual e “indultara” desde Agricultura a 140 vacas de la Montaña leonesa por 1 positivo de tuberculosis, hoy la Junta admite 5 positivos en cuatro explotaciones y 688 animales en entredicho». Quienes saben de esto y no son unos kamikazes están horrorizados y cruzan los dedos para que no se verifique la posibilidad cierta de un Chernóbil vacuno. Vox parece aplicarse muy fuertemente a ser aquello que Bataille decía que era el fascismo: una comunidad para la muerte.


Sábado, 4/6/2022. Página12: «La extrema derecha argentina, a favor de la venta de órganos: “Es un mercado más”». De mercado más en mercado más hasta la demencia mercantilista final. Los ultraliberales y los fascistas siempre han sabido llevarse bien porque, más allá de sus diferencias, comparten una condición común: una profunda psicopatía.

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Hoy publico en Nortes una de las mejores entrevistas que he hecho nunca: una larga conversación, sobre su vida y su trayectoria, con Javier Orozco, sindicalista colombiano exiliado en Asturias desde 2001, cuando vino huyendo de una muerte segura —de un seguro asesinato— en el país del mundo en que más peligroso es ser dirigente de un sindicato. El número de los asesinados por la policía secreta y los paramilitares, con la connivencia de multinacionales como Coca-Cola o Nestlé, supera ya los tres mil. Me siento pequeño, ruin, escuchando a Orozco contarme su vida; la biografía de alguien que ha visto caer a su alrededor a decenas de familiares, amigos y conocidos, en formas que van del ser acribillado a balazos en el salón de casa con el hijo sobre las piernas a ajusticiado en el centro de trabajo a la vista de los compañeros, pasando por secuestrado, descuartizado y arrojado a un basurero. Y me doy cuenta de que Orozco también encarna bien aquello de Brecht: derribar el orden existente parece espantoso, pero lo existente no es ningún orden. En la introducción a la entrevista, escribo esto: «La biografía de Orozco zarandea a quien la escucha con el vigor de lo sublime, del romanticismo de la revolución, del heroísmo funambulista del filo precario que separa la vida de la muerte, y trae a la memoria aquel verso de Gamoneda: “Había vértigo y luz en las arterias del relámpago; fuego, semillas y una germinación desesperada”». Pero encuentro en él un revolucionario a la fuerza; una persona de pasiones templadas y ambiciones cabales, que en condiciones normales sería un calmoso socialdemócrata: fue funcionario del Instituto Colombiano para la Reforma Agraria y, a lo largo de la entrevista, repite varias veces que él no quiere otra cosa que rescatar al Estado de las garras privadas que lo apresan, y que se cumpla la Constitución de 1991 y la justicia social que recogen sus artículos. La revolución con la que sueña no es la destrucción del Estado, sino su amoroso rescate. De su llegada a Gijón, me cuenta la primera vez que tuvo que ingresar en un hospital, su miedo, durante aquellos días, a la factura que suponía que iban a ponerle delante en cuanto le dieran el alta y cómo «me tuvieron que explicar cómo es que, no ya por ser ciudadano, sino por ser persona, aquí no te mueres a la puerta de un hospital porque no tengas dinero. Y empecé a soñar con que en mi Colombia fuera así». Con todas nuestras miserias, somos la utopía posible de otros.


Domingo, 5/6/2022. Tengo desde siempre una relación tormentosa con lo que podríamos llamar lo sublime. Lo sublime puede ser una obra de arte hermosa, las vistas impresionantes desde una cumbre o un momento de ternura paternofilial como el que acabo de contemplar: I. bajando sola —cómo ha crecido ya— las escaleras de nuestro edificio de Gijón desde el segundo hasta el portal, esbozando una sonrisa de satisfacción, mirándome con sus ojillos luminosos para encontrar en mí el gesto del orgullo. Me acomete entonces una suerte de síndrome de Stendhal que ya conozco bien; un pequeño conato de ataque de ansiedad. Siempre me ha pasado que los momentos muy felices me ponen muy triste. Me pasaba, por ejemplo, en los inicios de mi relación con R., en nuestros ya lejanos días universitarios en Salamanca: los primeros besos, las primeras noches, los primeros paseos con las manos enlazadas. Los vivía con la euforia del amor correspondido, pero también con un fondo de angustia del que conservo vivo el recuerdo; una conciencia aguda, jamás apagada, del carácter efímero de cualquiera de estos momentos de belleza absoluta; de cómo la velocidad enloquecida del tren de la vida los dejaría muy pronto atrás. Pienso ahora que lo sublime es, en esencia, aquello que, debido a ese carácter efímero, nos recuerda el paso del tiempo, y que el tiempo pasa y pasa rápido; nuestra propia mortalidad. Y hay quien vive el saberse mortal con excitación, la excitación nietzscheana del peligro, de la aventura, y quien lo vive con horror. Yo me cuento entre los segundos.

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Luce un día espléndido de sol y vamos con I. a dar un paseo por el Muro. Al llegar se asoma, curiosa, a la playa, agarrándose a la barandilla blanca con sus bracitos. Señala la arena y exclama: «¡paya!». Decidimos acercarla al mar, pero la marea está muy baja y la orilla lejos, así que uno debe quedarse vigilando la sillita de bebé. Me quedo yo y, desde allí, escruto y trato de aprehender en la lejanía los pasos de I. acompañada de R.; sus pequeñas carreras, sus saltitos. R. me contará después que a I. le ha encantado el mar, que le han divertido muchísimo las olas, y que una de ellas le provocó un ataque de risa que le hizo caer de culo. De pronto me siento absurdo y triste perdiéndome la cercanía de esa estampa feliz e irrepetible por proteger un carricoche. La propiedad nos desalma.

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Hablan en la tele, encendida en el llagar en el que celebramos la boda de mi prima L., de la separación de Shakira y Gerard Piqué, comidilla estos días de la prensa cardiovascular que decía Ibáñez, el historietista; y pasan cortes de entrevistas de estos años. En una preguntan a Piqué quién cocina en casa, si él o ella, y me deja pasmado esta interesada ficción de que cocinan ellos en lugar de que sea mucho más probable que lo haga una criada filipina sin papeles. Piqué, por supuesto, sigue el juego. No escucho bien qué contesta, pero sí que es una evasiva en lugar de un honesto «ninguno de los dos ha tocado una sartén en su vida, Hulio». Y pienso que me inspira más respeto la dérogeance de la vieja aristocracia —el asco abierto, indisimulado, a desempeñar trabajos manuales o hacerse uno las cosas, considerándolo degradante— que esta simulación hipócrita de ser personas normales, como nosotros, que caracteriza a los aristócratas de hoy.

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Le leo a Clara Ramas esta cita de Carl Schmitt: «Definición de la élite: élite son aquellos cuya sociología nadie se atreve a escribir».

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Joe Pass, jazzista estadounidense: «Si tocas una nota incorrecta, hazla correcta con lo que toques después». Una buena filosofía de vida.

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Despierta revuelto hoy esta gracieta de Alberto Núñez Feijóo, de mitin en Granada: «El presidente de Estados Unidos hace veinte años, Bill Clinton, estuvo aquí en Granada y dijo que esta es la más bella puesta de sol del planeta. No voy a discutir con Clinton, porque él nunca vio la puesta de sol de Finisterre». Feijóo está incómodo fuera de Galicia, lejos del plácido régimen del que era dueño y señor incontestado y no fiscalizado, arrojado a un territorio comanche que lo es incluso allá donde gobiernan los suyos porque lo hacen de un modo que le es ajeno (el desquicie cocainómano del turbothatcherismo madrileño), y lo manifiesta en cosas como esta, que expresan a la vez morriña y no haber cambiado de chip discursivo; seguir tirando de aquellos chascarrillos de los que tira un vacuo galleguista conservador para ganar en Galicia.


Lunes, 6/6/2022. Clama Juan Espadas, el soso candidato socialista a las elecciones andaluzas (parece, como lo pareció en Castilla y León, que el PSOE no quisiera ganarlas, o, seguro de su derrota, se encogiese de hombros y no quisiera herniarse), contra la «derecha rancia y arcaica que nos quiere devolver al blanco y negro». Es una estupidez. No quieren «volver al blanco y negro». No extrañan el pasado: imaginan un futuro que castigue a las clases populares de formas modernísimas, inéditas, técnicamente avanzadas, profusas en colorines, aunque prohíba o persiga cosas que se prohibieron o persiguieron en el pasado. En muchos sentidos, son mucho más modernos que nosotros, como lo son sus conmilitones islámicos del Dáesh. Yo le tengo una manía muy particular a ese cliché bobo de la vuelta al blanco y negro, pero aceptaría pulpo como animal de compañía si funcionase. El tema es que me parece que no funciona; que la gente percibe correctamente, a un nivel instintivo, el modernismo ultraderechista. El fascismo, aunque vista ropajes tomados del pasado, es una utopía, no una retrotopía.

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Gran Bretaña celebra el Jubileo de Isabel II y el carruaje real recorre Londres entre aplausos, pero la reina que saluda a las masas desde su interior no es la de carne y hueso —que parece ser que está pachucha—, sino un holograma. Qué tiempos estos. La cosa ha motivado risas, pero apunta Luis Ordóñez una cosa certera: «En todo caso, ¿qué más da aplaudir a un holograma que a un rey de carne y hueso? Esencialmente son lo mismo. Los reyes de verdad o ejercen de símbolo o se dedican a menesteres impropios para el símbolo. Lo del holograma es gracioso, pero es la Monarquía la que es ridícula».

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Leo a una organización andalucista ensalzar el Rocío como «ritual identitario de nuestro pueblo» de los que «hacen comunidad y suponen un elemento de resistencia contra el individualismo, el utilitarismo y una exaltación gozosa de la vida». Hay rojipardismo subestatal, también. Yo no sé nada del Rocío; no estoy ni a favor ni en contra de esa fiesta que ni me va, ni me viene. Y me parece bien que a la gente le gusten las fiestas tradicionales, e incluso que se haga una reivindicación serena de sus dimensiones populares. Pero todo esta palabrería sobre rituales identitarios, resistencias contra el individualismo y exaltaciones de la vida activa mis alarmas, como lo haría aplicado a cualquier otra fiesta, me da igual si andaluza, asturiana como yo o china. Yo he escrito un libro contra el individualismo moderno, pero me parece que hay que tener cuidado sumo con la manera de oponérsele. Lo deseable no es un mundo sin individuos ni individualidades, sino uno en el que los individuos ejerzan una individualidad sana, de la que forme parte la responsabilidad para con los demás, pero que no se sienta presionada por identidades prescriptivas, ni castigada si cuando suena el clarín de la fiesta nacional se queda en la cama igual.

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Leo estos días El físico y el filósofo: Albert Einstein, Henri Bergson y el debate que cambió nuestra comprensión del tiempo, un libro interesantísimo de la mexicana Jimena Canales, quien a partir del famoso (des)encuentro de Einstein y Bergson del 6 de abril de 1922 vertebra un recorrido deslumbrante por varias de las fallas sísmicas del siglo XX. Leo allí hoy que Eduard Einstein preguntó una vez a su padre por qué era tan famoso. Este le respondió: «Cuando un escarabajo ciego se arrastra por la superficie de una rama torcida, no se da cuenta de que el recorrido [… es] curvo. Tuve la suerte suficiente de ver lo que el escarabajo no veía». Hoy tenemos la teoría de la relatividad muy interiorizada, y cuesta hacerse cargo del terremoto tremebundo que significó en su momento la conciencia del tiempo elástico, transformando no solo la ciencia, sino la filosofía, el arte… Canales lo cuenta bien y explora todas las ramificaciones del asunto a lo largo del siglo XX, llevando su relato más allá de la muerte de Einstein y Bergson, e incluyendo en él debates posteriores, hijos, nietos y primos de aquel, sobre los mecanismos de la ciencia, la apertura de su brecha con las humanidades o el papel, pese a todo vigente, de la filosofía en un mundo de fastuosos avances técnicos que permiten comprobar objetivamente cualquier especulación.

Subrayo muchas cosas interesantes. Por ejemplo, esta curiosa reflexión sobre la ciencia, formulada por la filósofa Susanne K. Langer en 1951:

«Los hombres de laboratorio se han alejado tanto de las viejas formas de experimentación —representadas por los pesos de Galileo y el cometa de Franklin— que no puede decirse para nada que observen los objetos que realmente les interesan; antes bien, observan manecillas, tambores giratorios y placas fotográficas sensibles. […] La observación se ha vuelto casi totalmente indirecta; y las lecturas ocupan el lugar del testimonio genuino. Los datos sensoriales sobre los que descansan las proposiciones de la ciencia moderna son, por lo común, pequeñas manchas y borrones fotográficos, o líneas curvas de tinta en un papel. […] En vez de observar el proceso que nos interesa y que hay que verificar —como pueden ser una serie de sucesos celestiales, o la conducta de objetos como moléculas u ondas de éter—, en realidad solo vemos las fluctuaciones de una flechita, el curso dibujado con un estilete o el aspecto de una partícula de luz».

Leo también con sumo interés los pasajes que Canales dedica al movimiento browniano, un misterio que trajo de cabeza a los científicos durante décadas, cautivados por la impredictibilidad de los derroteros y la energía aparentemente incansable de las motas de polvo o las moléculas de vapor en suspensión, que ya habían concitado, siglos ha, la atención poética de Lucrecio: «Observad cómo los rayos entran y vierten la luz del sol en las piezas oscuras de la casa: veréis un sinnúmero de cuerpos diminutos agitándose nerviosos en el aparente vacío, cortado por la luz de los rayos. Y, como si se encontraran en un conflicto interminable, combaten y presentan batalla en tropa, sin detenerse…». En los tiempos fin de siècle de los que se ocupa el libro de Canales, la cosa estimulaba de modo similar la imaginación de Bergson, el filósofo del élan vital contra la degradación, que en algún escrito se recreó con detallismo poético en el vapor que salía de una válvula de escape y del que al final caían todas las gotas, pero, si se observaba con atención, se veía que quedaba «una pequeña parte del vapor que, […] durante unos pocos instantes, hace el esfuerzo de levantar las gotas que caen; es capaz, de hecho, de demorar su caída». La invención y el desarrollo del cinematógrafo —en cuya influencia enorme sobre la física se detiene también Canales— reavivaron el asunto cuando se comprobó que una película del movimiento browniano al revés era imposible de distinguir de una en el orden correcto. Y este debate académico corría paralelo a los que desencadenaba la sustancia íntima de la luz, sobre la cual se discutía con ardor si consistía en ondas o en partículas. Los científicos del momento eran (¿se puede ser otra cosa?) teólogos del polvo y de la luz.

También hay teología en el libro de Canales, donde también subrayo algunos comentarios sobre la religiosidad de Einstein: el físico más importante de la historia era un hombre creyente. Un amigo suyo contaba que, cuando al físico una nueva teoría le parecía forzada, señalaba que «Dios no hace las cosas así», y un día que Paul Valéry le pregunto qué prueba podía dar de la unidad de la naturaleza, contestó que la consideraba «un acto de fe». También llegó a ser —breve pero pavorosamente— un hombre partidario de la eugenesia. Cuenta Canales que, durante una etapa estresante de su vida, llegó a explicar esto a un amigo: «Engendré hijos con una persona física y moralmente inferior y no podré quejarme si, en efecto, salen rana [… Sería] urgente y necesario que los físicos llevaran a cabo una especie de inquisición, con el derecho y la obligación de castrar sin contemplaciones para limpiar el futuro». Una buena cita para ilustrar algo que me interesa y me preocupa, y sobre lo que he escrito alguna vez: cómo el nazismo fue hijo de un clima cultural que llegó a permear a sus futuros enemigos y víctimas.

Un libro interesantísimo, en fin, y que me deja con ganas de más. Hoy empiezo Einstein y Picasso: el espacio, el tiempo y los estragos de la belleza, de Arthur I. Miller. Nos hallamos en un nuevo fin de siècle, y cuanto mejor entendamos aquel, mejor nos precaveremos de sus estragos.

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El fascismo (incluida, por supuesto, su subcontrata rojiparda), es la inversión del despotismo ilustrado: todo con el pueblo, pero contra el pueblo.

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Cumple un año este dietario mío, gavilla de runrunes. La verdad es que no pensé que fuera a durar tanto.


Pablo Batalla Cueto (Gijón, 1987) es licenciado en historia y máster en gestión del patrimonio histórico-artístico por la Universidad de Salamanca, pero ha venido desempeñándose como periodista y corrector de estilo. Ha sido o es colaborador de los periódicos y revistas Asturias24, La Voz de Asturias, Atlántica XXII, NevilleCrítica.cl, La Soga, Nortes, LaU, La Marea, CTXT y Público; dirige desde 2013 A Quemarropa, periódico oficial de la Semana Negra de Gijón, y desde 2018 es coordinador de EL CUADERNO. Ha publicado los libros Si cantara el gallo rojo: biografía social de Jesús Montes Estrada, ‘Churruca’ (2017), La virtud en la montaña: vindicación de un alpinismo lento, ilustrado y anticapitalista (2019) y Los nuevos odres del nacionalismo español (2021).

4 comments on “El runrún interior (53)

  1. Pingback: El runrún interior (52) – El Cuaderno

  2. La Ronda Norte, si finalmente se llega a ella y no vuelve a quedar todo en una movida para rucar unos euros en informes previos

  3. Perdón se disparó por error. Sigo: la Ronda Norte, digo, exige si de verdad llegan a intentar perpetrarla, una potente movilización político-popular. Es clave resaltar, como haces, el absurdo que prometer evitar a Santullano la agresión de la Y y, a la vez, estar planificando agresiones, muy imprudentes, contra Santa María y San Miguel. Basta un corrimiento de tierras, en un terreno con tantos acuíferos, para que se vayan al pedo. Y si no fuera durante la construcción, se condena a ambos edificios a soportar durante años vibraciones muy agresivas y, no hay que descartarlo, posible causa de un corrimiento de tierras, etc. O sea, un disparate. Y si dejamos que se perpetre, una vergüenza.

  4. Pingback: El runrún interior (54) – El Cuaderno

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