El runrún interior

El runrún interior (97)

Pablo Batalla Cueto registra en su dietario pensamientos propios y notas de libros leídos y cosas vistas en Internet, escribiendo sobre la muerte de Fernando Sánchez Dragó o los problemas de las primarias.

/ por Pablo Batalla Cueto /

El runrún interior (96)

Martes, 4/4/2023. Ignacio Pato: «Parece que se hablará de ilusión en este ciclo político. Lógico en una sociedad necesitada de ella. Pero si “no me da la vida” o incluso “no puedo más” es lo que más escuchamos alrededor, puede que, antes de la esperanza, haya primero que conectar colectivamente miles de agobios».

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Las redes se ceban con Helio Roque, un chaval extremeño de veinte años que habló en el mitin-presentación de Sumar —en calidad, ¡ay, Señor!, de influencer en TikTok— y dijo una soberana tontería: acusó a las generaciones mayores de no haber peleado lo suficiente y de ser responsables, con ello, de los males y precariedades de la suya. Luego pidió disculpas. La indignación es comprensible y no tiene por qué no producirse. Pero también me pregunto cuántos saldrían, saldríamos, indemnes de una revisión de las cosas que pensábamos o decíamos con diecisiete años. Yo, desde luego, no. Y con veinticinco tampoco.

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Cautivado por esta cita de El incendio milenarista, de Yves Delhoysie y Georges Lapierre. De Euclides da Cunha sobre los milenaristas brasileños de finales del siglo XIX y principios del XX, fascinante asunto sobre el que se trata en la segunda parte del libro: «Desde muy temprano el habitante del sertão abordaba la vida por el lado atormentado y comprendía que estaba destinado a un combate sin tregua que exigía imperiosamente la confluencia de todas sus energías… Siempre presto para un combate del que nunca saldrá vencedor, pero tampoco vencido».

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Hay palabros graves que malgastamos usándolos con demasiada alegría. Estalinista es uno, pienso mientras lo veo usarse con manirrotura para referirse a las últimas purgas en Podemos. Las purgas políticas, ni las inventó Stalin, ni simplemente hacerlas (sino cómo, a qué escala…) es lo característico del estalinismo.

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Quien hambre tiene, en pan piensa. Y quien, a la vista del apoyo de a alguien a algo, supone invariablemente que sus motivos son egoístas (trepar, conseguir un carguito…) habla más de sí mismo que de aquel a quien critica.

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Amén a esto del tuitero Lavín:

«De vez en cuando conviene salir del CSOA y volver a la realidad en que Los Morancos llenan teatros, adultos funcionales insultan a alevines desde una grada, la misma gente que rompe en llanto por una virgen ardiendo escupe sobre inmigrantes que sacan comida del banco de alimentos, Pablo Motos sienta cátedra, los funcionarios son El Mal, hombres de cuarenta años buscan “tetona 18” en PornHub, mujeres se atiborran a ansiolíticos porque no tienen la vida que les dijeron que tenían que tener, y “mira esa que se va a casar y yo no”, “mi Lucía ya sabe multiplicar”, “dicen que no tienen para comer pero luego mira qué televisores tienen”, la sesión de Shakira y Bzrp es casus belli, el ejército y la policía dan charlas en colegios, el alcalde inaugura el McDonald’s del pueblo porque crea empleo».

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Se habla de primarias en esta encrespada izquierda nuestra. Tal y como yo lo veo, el tema de las primarias es que o estamos a setas, o estamos a rólex. O tenemos un conjunto de partidos con militantes que pagan una cuota y forman un censo, y entonces hacemos primarias, o tenemos evanescentes nubes digitales de entusiasmo mercadotécnico, y entonces qué primarias ni qué mi madre. Si con primarias nos referimos a que cualquiera pueda enviar un SMS al 902 155 152 o al 902 155 153 con la palabra «Fulano» o la palabra «Mengano», y gane el que ponga a más parientes y vecinos a votar, cuando no a más bengalíes en una granja de clics, pues, chico: no sé. Si la política, hoy, es un juego de pronunciamientos de general decimonónico o un libremercado de startups, pues vale, juguemos a eso, pero no montemos luego paripés de virtuosa democracia ática y líderes que «mandan obedeciendo». Si hay una coalición que negociar, que la negocien los consejos de administración de eso que son empresas; y que luego nosotros, los consumidores antes conocidos como votantes, ejerzamos nuestra soberanía consumiendo, o no, el producto que nos ofrezcan. Que se hagan estudios de mercado para afinar el producto, que se encarguen sondeos, que esos sondeos sean las puñeteras primarias. Si el mundo es así, el mundo es así. Pero no vistamos de lo que no es a lo que no puede serlo.

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Tamara Falcó: «Me preocupan las almas de los óvulos descartados en la gestación subrogada». Un tiempo en el que son posibles oraciones gramaticalmente correctas que, sin embargo, parecen haber sido formadas sacando papelitos de un sombrero.

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Juan Ponte: «Hipótesis: al igual que las personas más felices quizás sean aquellas que no pasan todo el tiempo autoexaminando sus niveles de felicidad, puede que para alcanzar cierta unidad de acción política lo mejor no sea fetichizar constantemente la noción de unidad».


Miércoles, 5/4/2023. Dice Ana Obregón, de quien sigue coleando el asunto de su hija-nieta pergeñada mediante gestación subrogada, «que no admite críticas. Y que solo tienen derecho a opinar aquellos padres que hayan perdido un hijo». Habrá que recordar una vez más que la condición de víctima no ennoblece, sino que, antes bien, parte de su tragedia suele ser que degrada, aunque sea de una forma que merezca compasión: nos vuelve vengativos, egoístas, monotemáticos, obsesivos. Si eres víctima del terrorismo, más motivo para que no seas tú quien dicte las leyes antiterroristas. Y si has perdido un hijo, más razón para que no puedas comprarte otro.

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Leído en Twitter, a una cuenta anónima: «Los clásicos nos enseñan que el dolor nos convierte en monstruos, que hay que ponerle límites para no destruir a otros o a nosotros mismos y que hay que dejar ir en paz a los muertos para seguir viviendo».


Jueves, 6/4/2023. La desgracia de las guerras internas de los partidos y movimientos políticos es que suelen penalizar a los dos bandos, tenga la razón quien la tenga, y no sin motivo. La gente tiene mucho que hacer y en lo que pensar, está agotada y no quiere que uno le dé la brasa con sus mierdas, ni ocuparse de entenderlas. Poca gente está intensamente politizada. Poca gente está absolutamente despolitizada. El medio es una escala de grises de personas con interés, pero que quieren que se les simplifique el menú del restaurante, no que desentrañar su mecánica sea otra tarea más de una vida abarrotada de ellas. Con las peleas de la izquierda, yo que no soy el que menos las sigue tengo a veces la misma sensación que en una de estas heladerías barrocas, propias de la decadencia de este nuestro Bizancio, en las que hay que andar seleccionando aditamentos y combinaciones (escoja una base, escoja un topping, escoja un sirope, escoja otro topping…), y a uno le apetece decir: «Simplemente quiero un helao de chocolate, por Dios bendito».

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Anuncia el Ayuntamiento de Oviedo la procesión, así llamada, de «La Madrugá». Es el mismo Ayuntamiento que desterró la palabra antroxu de sus carteles.

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Reivindica Teresa Rodríguez, frente a las acusaciones de romper con el principio de laicidad acudiendo a procesiones de Semana Santa, que «en Andalucía (al menos) hay algo que va más allá de lo religioso». Comprendo lo que quiere decir, y supongo que es cierto, pero creo que afirmar que algo, conteniendo religión, va más allá de lo religioso es un contrasentido. La religión es una re-lig[ac]ión. Religa. Es un pegamento. Todo lo que se allega a ella pasa a formar parte de ella. Religión es la creencia y es el ritual; es el fondo y la forma; es la teología y la vivencia popular; es hasta la disidencia parcial. Ir a misa y no rezar ni comulgar, pero levantarse y sentarse y dar la paz, como hacemos los ateos cuando vamos a una (un funeral, una boda…), es religión también. Y no pasa nada. Pero no nos hagamos trampas al solitario.

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Leo en El Salto un artículo espectacular de Irene Zugasti, titulado «La clase y el duelo». La columnista lo abre evocando a una amiga dominicana, afincada en España, a la que se le murió la madre tras años de enfermedad y cómo aquella se «lo contaba en voz baja, entre resignada y rota. No hubo billete de avión, ni dinero para notarios, ni testamentos. Le dijo adiós por videollamada». Se lo habían contado sus hermanas por WhatsApp y ella lo lloró «mientras pasaba la mopa a la mesa y los teclados» de la oficina en la que trabajaba limpiando. Había que tirar para delante; hacer una bolita con la tristeza y continuar con la vida.

Los ricos —escribe Zugasti después—

«también lloran. A los ricos también se les mueren los hijos, y los perros, y los padres, porque la muerte tiene eso tan democrático que decía las coplas de Jorge Manrique, que es que todos los ríos vamos a dar a la mar, que es el morir. Cuestión aparte es cómo se ha vivido. Pero mi amiga dominicana, Luz, vivió su duelo fregando suelos; y Ana Obregón, sin embargo, conspirando con un entramado de abogados, clínicas, doctores e influencias internacionales que le permitieran, mujer pobre mediante, perpetuar la vida de su hijo fallecido en forma de bebé, darle un sentido a su dolor y a su existencia. Supongo que no soportaba que su muerto fuera eso, solo un muerto más en el democrático mar donde van a parar todos los muertos. El suyo había de ser algo más que eso».

En efecto, también hay clase, clase social, en el duelo. El dinero no da la felicidad, pero tiene maneras de paliar la tristeza. Escribe también Zugasti:«No todas las personas podemos construir panteones, montar fundaciones millonarias, robar bebés a mujeres pobres, publicar libros para honrar a quien perdemos; mucho menos hacer ingeniería judicial y genética, ni poner las vidas de personas y personitas vulnerables al servicio de nuestras voluntades y de nuestras frustraciones».


Viernes, 7/4/2023. Escribe Antonio Papell que «la pervivencia de ciertas tradiciones y solemnidades evidencian el gran retraso que hay que salvar para ser un país moderno. Los turistas vienen a vernos como quien va al zoológico». Yo no soy precisamente un entusiasta de las procesiones, pero me da más pereza aún esta cháchara felipista del país moderno. ¿Qué es ser moderno y qué no lo es? ¿Japón o Estados Unidos, que también mantienen y cultivan tradiciones chocantes, no son países modernos?

Con respecto a las procesiones, yo, personalmente, soy laico, pero laico de verdad: tienen el mismo derecho a ocupar la calle que un Oktoberfest, una feria de la alubia, una media maratón o una mani. No más, no menos. Prohibirlas no es laicismo: es ateísmo oficial y es legítimo desearlo, pero no es laicismo.


Sábado, 8/4/2023. Publico hoy en Nortes una entrevista biográfica a Faustino Zapico, fundador y secretario general de Izquierda Asturiana y uno de los intelectuales más interesantes del mundillo asturianista. Hay una parte divertida en la que habla de la ideología de su madre:

«Ella siempre dice que de política no entiende; dice: “Yo no soy de nada”. Pero luego añade: “Pero a la derecha la odio” (risas). O dice que en su familia no eran de nada. Yo le digo: “Pero vamos a ver, ¡tu padre era comunista!”. “¡Nooo!”. “¡Pero si me dijiste tú que cotizaba al Socorro Rojo en el año cuarenta, cuando era jugarse la vida!”. “Bueno, si, pero jolín: era por los presos”. “Y tu tío Ramón, ¿no estuvo preso por ser del PCE, y lo torturaron?”. “Bueno, sí”. “Y tu primo Ovidio también”. “Bueno, sí”. “Y tu primo Pepín, ¿no era del PSOE en el año sesenta, cuando no había nadie en el PSOE?”. “Bueno, sí”. “Y tu tía Covadonga, ¿no estuvo medio enrollada con un fugáu?”. “Bueno, sí. ¡Pero yo de política no entiendo!”».

La hegemonía famosa: cuando la gente tiene tus ideas, aunque no se dé cuenta. That’s the dream.


Domingo, 9/4/2023. En 2019, falleció un legionario durante unas maniobras. El asunto se juzga ahora, razón por la cual leo sobre ello en El País. Se cuenta allá que«cuando escuchó a su compañero gritar “¡Me han dado!” y lo vio caer fulminado, el soldado Francisco Jordi se echó a llorar. “Aquí has venido a morir y, si no quieres, te vas a trabajar a Mercadona”, le espetó un sargento». Oficiales de la Legión, una gente sanísima de la cabeza.


Lunes, 10/4/2023. Una observación aguda de Ezequiel Gatto: «Hay gente que más que encontrarse con situaciones que lo indignan, consume activa y sistemáticamente objetos de indignación».

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Mary Beard: «Nos gusta imaginarnos como disidentes heroicos, si nos llevan al pasado, a cualquier régimen fascista, mayoría probablemente habríamos seguido con nuestra vida. Habríamos murmurado, pensado que no aprobábamos, pero no habríamos salido mucho de la línea».

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Fernando Sánchez Dragó dobla la servilleta. Supongo que esté feo, pero es difícil no dejarse invadir, si no por la alegría, al menos por el alivio por la desaparición de un hombre ruin, repulsivo, cuya lamentable trayectoria incluye ser el delator de Jorge Semprún, vanagloriarse de haberse acostado con dos adolescentes de trece años («unas lolitas de esas que visten como zorritas, con los labios pintados, carmín, rímel, tacones minifalda…», «las muy putas se pusieron a turnarse»…) y, al final de su vida, la colaboración entusiasta con un partido ultraderechista. Aparte de todo esto, era un pelmazo, una persona obsesionada, todavía a sus ochenta y seis añazos, con la popularidad que decía rehuir, pero que perseguía con astracanadas. Me parece que sentiremos, a partir de ahora, como si se hubiera apagado un martillo hidráulico, una lavadora ruidosa. Descansemos en paz.

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Veo pasar una sucesión de obituarios elogiosos de Sánchez Dragó: Jorge Bustos, Soto Ivars, Andrés Trapiello… Ninguno de ellos menciona uno solo de los cuarenta libros del finado. Todos alaban su condición de «hombre libre», lo que supongo que es una forma socorrida de referirse a su sórdida satiriasis. Escribir cuatro decenas de libros para esto. Bustos alaba de él que vivió «desafiando los límites puritanos de las convenciones». Ya, Jorge, y también Josef Fritzl.

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Alejandro Izagirre: «Separar la obra del autor porque cada uno va a un contenedor distinto».

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Noticia de hoy: «El Gobierno andaluz desoye al Consejo de Doñana y avala la ley para ampliar regadíos pese a la alerta por la situación crítica del parque». Como comenta Jorge Dioni, «la materia prima de España es España. Hasta que se agote».

El runrún interior (98)


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Pablo Batalla Cueto (Gijón, 1987) es licenciado en historia y máster en gestión del patrimonio histórico-artístico por la Universidad de Salamanca, pero ha venido desempeñándose como periodista y corrector de estilo. Ha sido o es colaborador de los periódicos y revistas Asturias24, La Voz de Asturias, Atlántica XXII, NevilleCrítica.cl, La Soga, Nortes, LaU, La Marea, CTXT y Público; dirige desde 2013 A Quemarropa, periódico oficial de la Semana Negra de Gijón, y desde 2018 es coordinador de EL CUADERNO. Ha publicado los libros Si cantara el gallo rojo: biografía social de Jesús Montes Estrada, ‘Churruca’ (2017), La virtud en la montaña: vindicación de un alpinismo lento, ilustrado y anticapitalista (2019) y Los nuevos odres del nacionalismo español (2021).

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