Narrativa

Mapa dibujado por Cabrera Infante

Rodolfo Elías comenta su lectura de 'Mapa dibujado por un espía', libro póstumo de Guillermo Cabrera Infante

/ por Rodolfo Elías /

Por fin he leído el libro póstumo de Guillermo Cabrera Infante, Mapa dibujado por un espía, publicado en 2013. Verdadero documento, que trata del tiempo en que el escritor estuvo varado en Cuba, después de ser traído (a razón de la muerte de su madre) de Bruselas, donde fungía como agregado cultural. Durante ese tiempo Cabrera Infante fue sutilmente —a veces no tanto— tratado como un disidente, como un personaje incomodo, como un contrarrevolucionario.

Y es este el testimonio de un expatriado cubano más, que cuenta su propia historia y la de gente que perdió familia, amigos, patria y en cierta forma su identidad nacional. Que sería el destino de varios artistas y escritores que cometieron el pecado de pensar por sí mismos y ver las cosas como eran. Y al decir que Mapa dibujado por un espía es un libro de un expatriado cubano más, no le quiero restar importancia o valor, ni mucho menos.

El libro empieza como una historia de gángsteres. Un matón, Aldama (Pablo, alias Agustín), agente de la policía secreta (G-2), que en la embajada cubana de Bruselas anda merodeando constantemente, con la consigna de espiar a posibles contrarrevolucionarios e identificar a la gente que no comulgaba con las prácticas nefastas del régimen castrista y su doble moral. Y somos testigos así de como se instituyó la Revolución, combinando las prácticas propias de los regimenes totalitarios con los sucios métodos del hampa.

Cabrera Infante comenta que él conoció a Fidel Castro en 1948. En una época muy distinta y anterior a la Revolución, cuando Castro frecuentaba una peña literaria en el Salón Cristal, frente al Paseo del Prado, que era donde se reunían los «gánsteres políticos». Y dice que, de hecho, como gángster político Castro estuvo enjuiciado por el asesinato de un líder de la oposición universitaria, de nombre Manolo Castro.

Cuatro meses estuvo Cabrera Infante suspendido en Cuba, esperando su ansiado regreso a Europa. Mapa dibujado es una especie de testimonio novelado, acerca de su experiencia durante esos cuatro meses. Y debe su nombre a un mapa de La Habana que tenía Alejo Carpentier en su despacho de la Imprenta Nacional que, según Carpentier, había sido dibujado por un espía inglés en el siglo XVIII. Cabrera Infante murió sin terminar el libro y su condición de inconcluso es obvia, ya que está abordado con estilo simple —sin pulir—, descuidado y taciturno. Pero es interesante ya de por sí, por su carácter testimonial, además de un lenguaje claro y descriptivo.

El principio del fin en la carrera revolucionaria de Guillermo Cabrera Infante fue cuando estaba a cargo del suplemento cultural Lunes (del periódico Revolución), conocido también como Lunes de Revolución, que tuvo un alcance sin precedentes en la literatura y cultura hispanoamericanas. A través de este medio se publicó por primera vez a autores que hoy son escritores consagrados.

En Lunes, Cabrera Infante defendió una película corta que había hecho su hermano Sabá (acerca de la vida nocturna en La Habana), que la Revolución suprimió por encontrarla nociva y contrarrevolucionaria. A raíz de esto, el suplemento fue clausurado. La clausura fue precedida por tres reuniones en las que participaron, aparte de los encargados de la dirección de la cultura, jefes del Gobierno, entre ellos Fidel Castro y el presidente cubano Osvaldo Dorticós. La casa de Cabrera Infante se convirtió así en «centro de reunión de disidentes», lo que ocasionó que acabaran enviándolo a Bruselas.

La historia está narrada en tercera persona y tiene los ingredientes necesarios para producir esa angustia kafkiana, cuando la burocracia es utilizada como un instrumento de opresión, supresión y represión. La ansiedad producida por la espera y la zozobra por la posibilidad de quedarse en Cuba para siempre, están latentes. Pero el autor ameniza la narración de una forma anecdótica. Además, está el hecho de que el último tercio de la obra es prácticamente una historia de amor, lo cual le da un sesgo muy interesante.

Los detractores han descalificado el libro aun antes de leerlo, porque según ellos está escrito por un resentido de la revolución, un disidente amargado. En su discurso retractivo —su célebre mea culpa— ante la Unión de Escritores, Heberto Padilla declaró que Cabrera Infante era «un resentido, no ya de la Revolución, un resentido social por excelencia, un hombre de extracción humildísima, un hombre pobre; un hombre que no sé por qué razones se amargó desde su adolescencia y un hombre que fue desde el principio un enemigo irreconciliable de la Revolución». Padilla se refiere también al escritor como un «agente declarado de la CIA».

El escritor Norberto Fuentes dice en su famoso libro Ernest Hemingway en Cuba: «En 1967 Cabrera Infante traicionó a la revolución y la cultura de su país, y se fue a vivir a Londres, a un piso decorado con banderas cubanas y gatos persas». El libro incluye la crónica del encuentro entre Hemingway y Caín que, según Fuentes, en aquel entonces era un «Guillermo Cabrera Infante conmovido y sincero. Es decir, un Guillermo Cabrera Infante muerto». Oportuno es mencionar aquí que ambos, Padilla y Fuentes, también acabaron en el exilio; enemistados acérrimamente con Castro y su revolución.

La retractación de Heberto Padilla fue típica de los que eran sospechosos o encontrados culpables de ser contrarrevolucionarios, tales como el «informe contra mí mismo» del escritor Eliseo Alberto. En su libro del mismo título, Alberto comenta: «Heberto Padilla, había sido encarcelado y sometido luego a la autocrítica, procedimiento típicamente estalinista».

Porque también han estado los escritores e intelectuales que dijeron las cosas tal como eran. A razón del otorgamiento del Premio Cervantes que se le hiciera a Cabrera Infante, en 1997, Mario Vargas Llosa escribió un artículo sobre él. Entre otras cosas, dice: «El Premio Cervantes que se le acaba de conceder no solo es un acto de justicia para con un gran escritor. Es, también, un desagravio a un creador singular que, por culpa de la intolerancia, el fanatismo y la cobardía, ha pasado más de la mitad de su vida viviendo como un fantasma y escribiendo para nadie, en la más irrestricta soledad». Y por comentarios como ese, también a Vargas Llosa lo han llenado de vituperios muchos de los escritores de la izquierda.

Cabrera Infante comienza el libro hablando de su labor en Bruselas y las dinámicas que hay entre los diferentes involucrados. Cuando recibe la noticia de que su madre está gravemente enferma, se da cuenta que tiene que regresar. La madre muere, y al regresar solo es para asistir a su funeral y sepultarla. Después empieza a caminar por la ciudad, reconociéndola, a ella y a sus personajes (amigos, conocidos y colegas).

De los primeros encuentros e interacciones que describe tras su regreso a Cuba, hay dos encuentros muy reveladores. Uno, cuando va a ver a Haydée Santamaría, para llevarle un recado de lo que se habla en el exterior acerca de los presos políticos y una cifra (quince mil) que circulaba en los círculos contrarios a la Revolución. La respuesta airada de Haydée Santamaría fue tajante: «La Revolución no cuenta a sus enemigos sino que acaba con ellos». Y acompañó esta sentencia con aseveraciones categóricas de que la Revolución no tenía que darle cuentas a nadie, porque la Revolución sabía lo que hacía; y que, por eso, la Revolución tenía el derecho de poner en la cárcel a sus enemigos.

El otro encuentro es con Nicolás Guillén. De esto cita una perorata despotricante del poeta acerca de Fidel Castro: «¡Este tipo es peor que Stalin! Por lo menos Stalin está muerto, pero este va a vivir cincuenta años más y nos va a enterrar a todos. ¡A todos!». (Las palabras de Guillén, dichas en 1965, resultarían proféticas. Nicolás Guillén murió el 16 de julio de 1989, a la edad de 87 años; Guillermo Cabrera Infante murió el 1 de febrero de 2005, a la edad de 76 años; y Fidel Castro murió el 25 de noviembre de 2016, a la edad de 90 años. Claro que se habla de una posible muerte más temprana y del uso de un doble. Pero la presencia de Fidel Castro estuvo en Cuba, al menos simbólicamente, cincuenta y un años después de la aseveración de Guillén). A Cabrera Infante le asombró el tono con que Guillén profirió tales palabras, «no solo por venir de parte de un viejo poeta comunista celebrado y laureado por la Revolución, sino por el tono en sí».

Tal como su encuentro con Haydée Santamaría, varios otros con diferentes funcionarios y burócratas del sistema estuvieron caracterizados por la rigidez. Que también el escritor mexicano Jorge Ibargüengoitia describe en su artículo «Revolución en el jardín», acerca de su visita a la isla en 1964, para recibir el premio Casa de las Américas por su novela Los relámpagos de agosto. Rigidez cargada de una solemnidad estéril y farisaica en la que no cabe el humor. Con esta solemnidad se conducían los dirigentes de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba UNEAC, a lo que Cabrera Infante se refiere como «la seriedad soviética de la Unión de Escritores».

 El ambiente estaba enrarecido por las traiciones y delaciones, donde los jóvenes —y no tan jóvenes— revolucionarios entregaban (ya fuera por un celo fanático de ideología o por congraciarse con el régimen) gente, a diestra y siniestra; fueran estos familiares o amigos de toda la vida. Cabrera Infante estaba especialmente conmovido por las dinámicas siniestras y por la represión sistemática, porque hasta entonces a él ni se le había ocurrido pensar en el tipo de persecuciones que alguna gente sufría.

Él tenía conocimiento de la destitución de Antón Arrufat como director de la revista de la Casa de las Américas, debido a la publicación de un poema del poeta y dramaturgo José Triana, en que se aludía a la homosexualidad. Acerca de esto, dice que también le habían achacado a Arrufat la invitación del poeta beat Allen Ginsberg a Cuba, donde esté exhibió públicamente su homosexualidad. Escandalizando a los líderes de la Revolución cuando dijo, también públicamente, que a él le gustaría acostarse con el Che Guevara.

Y, como en todo régimen totalitario y controlador, los dirigentes de la Revolución se enfocaron en la juventud, a la que mantenían ocupada para que no tuviera tiempo de pensar. Cabrera Infante describe el ruido torturador de los altavoces en la ciudad con su propaganda revolucionaria, que muy de temprano exhortaban a los jóvenes cubanos a unirse a la causa con Angola. Esto a raíz de la «aventura congoleña del Che», ese mismo año. De pronto, la exhortación a Angola cambió abruptamente a una exhortación a labores de reforestación. Así pusieron a los jóvenes de la Revolución a plantar un millón de eucaliptos, para después hacerlos que los sacaran y en su lugar plantaran caña. Cuando Cabrera le señaló la falta de sentido en eso a Alberto Mora (administrador del ingenio donde se iba a plantar la caña), este dijo resignado, «en algo había que entretenerlos».

El escritor describe sus caminatas por La Habana, que son desoladoras. En su caminar se encuentra con una ciudad desmantelada, en ruinas, casi vandalizada; el gran contraste entre la dictadura de Batista y el régimen de Castro. Además de eso, lo que Lisandro Otero (escritor burócrata del régimen castrista) llamaría la «realidad revolucionaria», que consistía en un cambio de fisonomía en el país y en la gente. Como lo describe Cabrera Infante: «Estaba en su país pero de alguna manera su país no era su país: una mutación imperceptible había cambiado las gentes y las cosas por sus semejantes al revés: ahí estaban todos pero ellos no eran ellos, Cuba no era Cuba».

Y nos habla de su visita al Carmelo de Calzada, un café-tienda-restaurante que era antiguamente un lugar frecuentado por la clase media y alta; y ahora por muchos revolucionarios y gente de la nueva clase. Pidió carne que, según él, le hizo muy bien. Porque el racionamiento de despensa no daba más que para frijoles, papas y arroz. Desde luego que estaba también el Diplomercado, privilegio de los empleados del Estado. Pero era la «bolsa negra» (mercado negro) donde estaba la verdadera calidad. Cuando les dieron la cuenta, el precio los dejó azorados a él y a su hermano Sabás; ambos habían estado ausentes del país en los últimos años. Y hace la observación que «cada bisté costaba seis pesos, un precio que jamás habría pedido el antiguo restaurante burgués».

 Aparte de la carne y tantas otras cosas, el café era otro producto que estaba escasísimo en Cuba. En su lugar, en los restaurantes y cafés se servía la Coca-Cola blanca y el te. La Coca-Cola blanca, que fuera implementada en los países dominados por la Unión Soviética, parece ser la bebida oficial en este libro, por su frecuente mención. En su articulo, Jorge Ibargüengoitia también menciona la escasez de café como parte del racionamiento: «El comercio tal como lo conocemos en los países capitalistas, había desaparecido. El café estaba racionado; en los quince días que estuve en Cuba no vi un limón».

 En otra ocasión en que Cabrera Infante camina por la ciudad, presencia un grotesco espectáculo. Plátanos sembrados por doquier, incluso en edificios públicos, como una forma de contrarrestar el hambre del racionamiento, que no alcanzaba para alimentar bien un hogar. Y enfatiza muy claramente el hecho que no había ninguna justificación política para eso. Porque no era el bloqueo de los Estados Unidos contra Cuba el culpable de la escasez de alimentos, sino la burocratización total del país, que convertía a los agricultores en empleados del Estado y hacía que estos se desentendieran de las cosechas. En algunas de las cooperativas que funcionaban bien, el mal levantamiento de la cosecha y la mala transportación del producto cosechado ocasionaban que se perdieran cosechas enteras en bodegas, en el campo o en centros de acopio.

Pero el autor de Tres tristes tigres también nos comparte una experiencia sensorial nutrida. Instancias en las que describe colores, olores, sabores, texturas y sonidos de una forma animada. Y aunque esas descripciones escuetas no fueron aderezadas con su estilo peculiar —al no estar pulidas y editadas; simplemente grabadas—, son lo suficientemente emotivas e ilustrativas. Hay música jazz de David Brubeck y Billie Holiday; el autor habla con especial afecto del disco Lady in Satin, de la Holiday. Menciona también la música de la sensacional cantante sudafricana Miriam Makeba y hasta de Paul Anka. Y desde luego, varios artistas cubanos, como la increíble Ela O’Farrill, Odilio Urfé y el pianista Frank Emilio.

El escritor hace hincapié también en el hecho que desde 1959, el año de la Revolución cubana, no se había creado ningún ritmo nuevo en Cuba. Menciona una nueva orquesta, la de Pello el Afrokán, que estaba promoviendo un ritmo nuevo llamado Mozambique. Y recalca el hecho que los organismos publicitarios del Estado la estaban impulsando mucho, «quizás conscientes de la desaparición de la música, que era el arte cubano por excelencia, el único que se había conservado desde los primeros tiempos de la colonia en el siglo XVI hasta casi nuestros días». A la música del Afrokán la describió como «una colección de tambores que hacían un ruido infernal».

También habla de algunos de los lugares clásicos de la vida nocturna en La Habana. El night club Las Vegas, el Habana Libre, donde vio las producciones de Silvano Suárez, y el Tropicana, al que muchos se han referido como el más famoso y esplendido cabaré del mundo. De estos dos últimos dice que parecían tristes parodias de los shows de antes y de los primeros años de la Revolución. En el teatro Amadeo Roldán, donde vio al ballet cubano de Alberto Alonso, dice que vio «las mismas cosas que Alonso hacía antes para la televisión comercial, tal vez hasta más pobres porque el tiempo había pasado y no por gusto». Ahí en el Amadeo Roldán también vio a un grupo vocal, Los Zafiros, que a través del tiempo se convertirían en una de las glorias musicales cubanas del recuerdo..

Y la literatura no podía faltar. En su convivencia con varios amigos y antiguos colegas, la literatura era un tema recurrente. Sobre todo con Alberto Mora y con los escritores Virgilio Piñera y Luis Agüero. Pero fue con Alberto Mora con quien más hablaba del tema. Con él tiene una conversación acerca de Joyce y menciona el hecho que le había regalado su «Finnegans Wake y una llave de comentarios para abrir las páginas de este libro hermético». Describe también una conversación con Luis Agüero, donde hablan de tres libros de Thomas Mann: Los Buddenbrooks, La montaña mágica y Tonio Kröger. En esos días Cabrera Infante había leído algunos libros, acerca de lo que dice, «a pesar de la mediocre novela de Julio Cortázar Los premios, este y otro libro eran los únicos que iba a recordar en el futuro».

Hay un personaje apasionante, Óscar Hurtado, amigo de su difunta madre. Sentados en el balcón hablan sobre los temas más disímiles y la conversación siempre venía rematando en Poltergeists, en los visitantes del espacio exterior, extraterrestres, marcianos y Ray Bradbury, el famoso escritor de ciencia-ficción. Hurtado tenía muy conmovido a Cabrera Infante cuando le dijo que la muerte de su madre, Zoila Infante, era el fin de una era. De lo cual dice el escritor que al menos para él sí era el fin de una era.  

Luego, la esperada fecha de salida. Después de recibir la luz verde, con los boletos de avión y pasaportes para él y sus dos hijas, hizo todos los tramites y provisiones necesarios para su regreso a Europa. En el aeropuerto debían abordar el avión a las diez de la noche y estaba todo procesado, incluido el equipaje. Cuando faltaban quince minutos para las diez sonó el teléfono, con la orden de que no podría partir porque el ministro de Relaciones Exteriores, Raúl Roa, quería verlo. Aunque Cabrera Infante quiso hacerse el desentendido, no le quedó otra alternativa que acatar y permanecer en Cuba.

No se explicaba qué pasaba y el porqué de la cancelación de su salida. Ramón Suárez, que trabajaba para el instituto del cine, le comentó que él estaba en el Ministerio del Exterior, con César Leante (que escribiera el libro Gabriel García Márquez: el hechicero, acerca del lado oscuro y siniestro de Gabriel García Márquez), cuando se habló de Cabrera Infante. Leante hizo la pregunta de que por qué lo habían bajado del avión, y alguien ahí dijo que era por unos informes que Cabrera Infante había enviado sobre la rebelión en el Congo, en 1964.

Hay una serie de infidelidades en el libro, que culminan con una historia de amor. Miriam Gómez, viuda del escritor, se enteró de ello al leer el manuscrito. Y a pesar del intenso dolor experimentado, vio esas infidelidades como la única salvación de Cabrera Infante, en medio del martirio sufrido por el limbo en el que estuvo sumido todo ese tiempo aguardando su salida al exilio. Su martirio no le perdonó las consecuencias; años más tarde sufriría un severo ataque de nervios.

Llegamos pues a la tercera parte del libro, donde la historia toma un giro refrescante. Cuando la angustia se pronuncia más y más, al pensar en la probabilidad de no poder abandonar la isla, sucede un encuentro inesperado. En una visita al Carmelo de Calzada, Cabrera Infante conoce a la joven Silvia Rodríguez, con quien llevará una relación intensa de amasiato por el resto de su tiempo ahí. Así adereza la última parte de su relato.

Aunque a veces de mala gana, su amigo el dramaturgo Rine Leal le prestaba su apartamento para sus citas con Silvia. Como trasfondo musical: jazz. La banda sonora para sus sesiones de amor eran un disco de The Dave Brubeck Quartet y el álbum Lady in Satin, de Billie Holiday. Silvia también era una melómana apasionada y en una ocasión hasta le canta una canción de Paul Anka, en perfecto inglés y con entonación impecable.

 No obstante el hecho de qué él era casado y que Silvia tenía novio (que por el momento estaba ausente del país), ella se enamoró del escritor. Y él a su vez también empezaba a sentir lo mismo. Pero, a pesar de todo el amor profesado mutuamente y el encanto irresistible de la relación, Cabrera Infante nunca descartó la posibilidad de que Silvia fuera una espía; por su pasión por la causa revolucionaría y su culto a las personalidad de Fidel Castro.

Estaban enfrascados en su tórrido romance, cuando le avisan que por fin podría dejar la isla. El mundo se detiene otra vez. Todo había pasado gracias a las gestiones de su amigo Alberto Mora y de su antiguo colega, el periodista Carlos Franqui.

Tuvo una sensación agridulce al convencerse que se iría (de que por fin se le escaparía al enemigo), porque tendría que dejar a Silvia atrás. Pero al mismo tiempo estaba contento, por una razón muy peculiar. Él siempre había pensado que «un amor trunco es más grande que un amor completo, que su irrealización le confiere otra dimensión, que junto al amor está el recuerdo del amor». Y eso le proporcionaba su particular encanto al desenlace. Cuando se dirigían en taxi, él y Silvia, a una fiesta que le hacían de despedida, olvidaron el disco de Billie Holiday en el taxi. Momento dramático y desolado; como una anticipación a la pérdida última del uno a la otra.

El día que salió de Cuba —en calidad de exiliado secreto— Cabrera Infante sentía un temor inmenso al momento de presentar sus documentos. Después que los sellaron y se los devolvieron, le dio las gracias al oficial en turno y este no respondió. Obviando el hecho que odiaba a los que salían del país, en calidad de lo que fuera. Cuando llegó a Madrid se dio cuenta que le faltaba una caja de tabacos que le habían regalado. Aunque jamás supo quién se los robó, ese fue el corolario de su salida de Cuba.

Después vinieron los ataques del régimen y los intelectuales adheridos a este, que perseguirían a Guillermo Cabrera Infante por el resto de su vida. Lo más triste es que no solo fueron los funcionarios e intelectuales cubanos los que atacaron a los disidentes, sino intelectuales de todo el mundo —especialmente latinoamericanos— que se agregaron a la utopía de la Revolución cubana de una forma ingenua (en muchas instancias) o cómoda (en la mayoría de los casos). A pesar de que no había tardado mucho en manifestarse el dogma opresor y aniquilante, con la temprana desaparición de Camilo Cienfuegos (líder revolucionario, que entre el pueblo cubano fue más popular que el Che y Fidel) y el encarcelamiento —por veinte años— de Huber Matos.

Después de la partida del Che sus incondicionales empezaron a ser perseguidos, acosados y encarcelados. Mientras Fidel hipócritamente promovía —de una forma exagerada— El diario del Che en Bolivia. Y leyéndolo, se da uno cuenta de por qué. Hay algunas imágenes muy orgánicas y viscerales del Che en el libro, que en cierta forma lo desmitifican. Lo que hace dudar incluso que él mismo las haya escrito.   

Y no quiero cerrar este texto sin antes hacer mención de algo que se me hizo bastante significativo. Al buscar información acerca de los personajes mencionados en Mapa dibujado por un espía, llamó mi atención que hay una serie de suicidios de personas claves: la comediante Violeta Vergara, que se quitó la vida en los estudios de televisión CMQ; Alberto Mora; Olga Andreu, que se suicidó saltando al vacío desde el balcón de su apartamento en el sexto piso del Edificio Chibás; el escritor Calvert Casey; y hasta el mismo hombre que fungió como presidente de Cuba, Osvaldo Dorticós Torrado. Aunque de este último se sospecha que no cometió suicidio.

Pero el más aparatoso de todos los suicidios fue el de Haydée Santamaría, que, aparte de la depresión crónica que padecía, fue influido por la decepción y el desencanto. El mismo Che parece haber cometido un suicidio indirecto, porque todos concuerdan en que él sabía que en su aventura de la selva boliviana iba hacia la muerte.

En la actualidad Cuba es un país que permanece en ruinas y La Habana parece una zona de desastre. Paredes derruidas por doquier; escombros y basura a raudales en las calles. Y eso no es ningún secreto, pues se puede ver claramente en videos del tube. 


Mapa dibujado por un espía
Guillermo Cabrera Infante
Galaxia Gutenberg, 2013
400 páginas
21 €

Rodolfo Elías, escritor en ciernes nacido en Ciudad Juárez y criado en ambos lados de la frontera, colaboraba con la revista bilingüe digital, hoy extinta, El Diablito, del área de Seattle. Sus textos han sido publicados en la revista SLAM (una de las revistas literarias universitarias más prominentes de Estados Unidos), La Linterna Mágica Ombligo. En la actualidad trabaja en dos novelas, una en inglés y otra en español.


Descubre más desde El Cuaderno

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

0 comments on “Mapa dibujado por Cabrera Infante

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Descubre más desde El Cuaderno

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo