/ un relato de Jaime Tovar Iglesias /
—Ya no somos de ningún sitio, asere —musitó Marito frente al sepulcro de Renato Céspedes.
El cementerio de Der Neues Annenfriedhoff era un vedado de largas filas de nichos rodeado de una boscosa arboleda. Un jardín se extendía con bancos y caminos que terminaban en un pequeño bosque. Aquella mañana de septiembre, un puñado de personas despedíamos al negro Pedro pescado bajo un brumoso cielo que amenazaba con nubes espesas. Las hojas amarillas del otoño bailaban entre las tumbas azotadas por el viento. El follaje de los árboles valseaba en silencio y tímidos.
Gorjeos de pájaros resonaban lejanos junto a voces infantiles de un cercano kindergarten. Renato Céspedes abandonó La Habana en 1985, y junto a muchos compañeros, se instaló en Dresden. Muchos formaban parte de grupos de estudiantes que el gobierno de Castro enviaba a la antigua República Democrática de Alemania. Él, fue un eslabón más de aquél collar de trabajadores cubanos que se asentaron en la capital de Sajonia y ramificaron una vida lejos del Caribe tras la caída del Muro de Berlín. En el restaurante de Claudia, donde yo empecé a trabajar como pinche de cocina tras mi llegada a Dresden, varios años atrás, conocí a Renato Céspedes. También a a Diosdado Chirinos, a Miguelón el parao, a Marito, a Ernesto cámara lenta. Entre canciones de los Van van, Los Zafiros, o Eliades Ochoa conversábamos tomando ron y comiendo chicharrones, mientras Oladys contaba los billetes de las propinas y el gordo Rolando recogía las mesas de la calle y limpiaba la nieve de la puerta.
Allí estábamos casi todos aquel día; Mercedes Caridad consolaba a Oladys, que con un pañuelo blanco, secaba sus lágrimas. Todos guardábamos un silencio sepulcral, Cámara lenta y Carlos conversaban en silencio.
—Ni de acá, ni de allá flaco —me volvió a decir Marito—. Esta es la familia que me queda ya.
Andresito se acercó a la tumba y colocó unas rosas blancas sobre el nombre de su viejo amigo. Junto al epitafio de Pedro, un círculo de cirios y ramos de flores adornaban la lápida de Inrigo Schmidt, alrededor de la cual, sus nietos habían colocado camiones de juguete en honor a su profesión de transportista. Advertí a lo lejos una mujer regando plantas, y cambiando flores junto al recuerdo de un familiar, un anciano con ayuda de dos jóvenes se inclinaba en otro nicho para depositar una maceta. Se respiraba una paz fresca. Un arco sostenido de columnas ofrecía la entrada al cementerio. Había antiguos mausoleos con estatuas de ángeles, vetustas lápidas con nombres de veteranos de la primera guerra mundial y escaleras de familias enteras que descansaban en panteones que recogían fechas de todo el siglo XX.
—¿Quiénes son aquellas señoras? —pregunté al gordo Rolando con disimulo.
—¿Las gordas de allá? Seguro que viejas amantes —espetó el gordo Rolando entre discretas risas—. Tremendo tigre era el Negro. Las tres mujeres se acercaron con parsimonia y colocaron flores junto a las demás depositadas en la lápida. Ofrecieron con urbanidad la mano a su exesposa y a su hijo, y se colocaron junto a la comitiva de conocidos. Años atrás, en el hospital de Diakonisse Krankenhause había sido atendido por una de ellas al caer del balcón de un tercer piso. La nieve amortiguó la caída, y a partir de ese episodio, una cojera acompañó a Renato. Era un hombre corpulento de piel negra, espíritu jovial y mirada plomiza. Sus ojos acuosos eran tristes y rojizos. Un día antes de nochebuena, me enseñó fotos de su barrio en La Habana antes del estallido de la Revolución, me habló de leyendas del boxeo cubano como José Mantequilla Nápoles, campeón del mundo en peso wélter con 84 victorias y 7 derrotas, el Ciclón de Guantánamo, o Julio César Lacruz. Su departamento era pequeño; junto a la ventana tenía un tocadiscos de los años 60 con vinilos de Janis Joplin y música caribeña. Antiguas fotografías de la Neustadt, Altstadt y de la Frauenkirche en reconstrucción.
Si tu agarras bien a la jeva, no se te va. La sacas a bailar y tremenda jodedera, asere solía instruirme.
Un bramido del cielo despertó una furiosa lluvia.
—Hoy el día está de pinga —dijo Marito alzando la vista.
El barrio de Löbtau era tranquilo. Al salir del cementerio de Annenfriedhoff nos zambullimos al tráfico de la Kesseldorferstraße. Caminamos hacia la parada de Bünaustraße para tomar el tranvía que nos dejaría en Albertplatz. La larga avenida estaba concurrida por un rumor urbano de sirenas. Ya en bar La lanchita, nos juntamos para brindar por su recuerdo. Era un restaurante situado en una esquina en del corazón de la Neustadt, barrio pintoresco de edificios de arquitectura del siglo XIX con grandes portales y patios interiores. Las calles estaban llenas de bares y originales tiendas de antiguedades y galerías. Varios locales de comida latina, restaurantes italianos, pizzerías y coctelerías. Era una zona de vida nocturna impulsada por un ambiente juvenil de signo alternativo. Al bajarme del tranvía y caminar por la Bautznerstraße, un recuerdo apareció como un fugaz relámpago. Aquella tarde en la que Ilse y yo caminamos por la Alaunstraße y entramos en la tienda de figuras y me habló del niño y el ganso, del Drindl, de la Gliptoteca de Munich, de las imágenes de las Valkirias y cuando vimos los manuscritos de Lutero, de Hans Sachs y de Wagner en el Buchmuseum, cercano al Museo Histórico Militar. Hacía varias semanas que rompimos el contacto y desde aquella noche, me acompañaba un misterioso sosiego. Aquello se había roto para siempre, y la ansiedad desapareció de mi interior. Me familiarizaba con una fría y extraña tranquilidad que desde hacía años, no sentía.
Tras la barra de La Lanchita, Carlos preparaba cócteles con su eterna sonrisa y su sentido del humor derribaba cualquier preocupación.
—Mi querido Andresito —me decía con un marcado acento chileno—; qué bueno tenerte por acá de nuevo, flaco. Sabí que te quiero mucho hermanito.
Una explosión de risas y voces rodeaban las mesas atestadas de cócteles, mojitos, daiquiris y jarras de cerveza. La gente bailaba entre las sillas bachata, merengue, y reguetón y Andresito recogía los vasos vacíos entreteniéndose con los clientes conocidos.
—Allá en España con el gobierno socialista se van pa’ la pinga, ya el Sánchez se juntó con el consejero delegado de Black Rock, ¿tú sabes?
Marito siempre hablaba de política, y yo, divertido en su tiovivo de improperios, le echaba más leña al fuego:
—¿Tú qué opinas del comunismo, Marito?
—Oye, a los comunistas tú los mandas al desierto y en tres meses te dicen que se acabó la arena.
Hacía dos años que no había vuelto a pisar Dresden, desde aquél tormentoso verano en que abandoné mi departamento de la Friedrichstadt. La ciudad recobraba un aspecto atractivo. Nuevas obras habían cimentado edificios modernos, hoteles opulentos y se había corregido en zonas del casco antiguo (Altstadt), el camino de varias líneas de tranvía que cruzaban el río Elba por el puente de Augusto (Augustbrücke). El recorrido atravesaba la calle junto a la plaza donde centelleaban las luces interiores del Palacio de la Ópera y de la Hofkirche; catedral católica de estilo barroco, con desafiantes figuras de santos. Las joyerías junto a la entrada del lujoso hotel Taschenbergpalais donde estaban estacionados flamantes Mercedes-Benz, y los suntuosos jardines del Zwinger, con exuberantes escalinatas y esculturas barrocas, recibían la visita de miles de turistas en cualquier época del año. Más allá de la ciudad antigua, fuera de los muros del rey Augusto el Fuerte, la ciudad continuaba a ambos lados del caudaloso río. Lejanas zonas se erigían en edificios de arquitectura comunista llamados platenbauen. Barrios en los que, en la actualidad, se mezclaban comunidades de extranjeros refugiados de remotas zonas de Oriente Medio y centenares de familias procedentes de Ucrania. Muchos convivían en los mismos vecindarios. Los patios interiores de aquellos edificios humildes reunían residentes de diversas nacionalidades. Los niños jugaban a la pelota, mientras señoras con la hiyab conversaban tendiendo la ropa y familias alemanas de bajos recursos hacían grill junto a vecinos que guardaban el ayuno en ramadán.
Yo había regresado el día anterior de aquella noche en el Rolo. Desde el aeropuerto de Brandemburgo, me invadió una leve sensación de alivio y nostalgia mientras divisaba los bosques y las pequeñas casas desde la ventana del Flixbus que me dejaría en la Hauptbhanhhof de Dresden.
A la mañana siguiente, Milton Labrador apareció de improvisto en la puerta de mi departamento en Löbtau.
—Épale mi pana, recién te despertaste —irrumpió con confianza.
—¿Qué hora es? —bostecé ajustándome la bata sobre el pijama.
—Pasadas ya las diez. Anda y prepara cafecito, vamos a hacer unas arepitas y nos vamos al Großer Garten, allá está Lucy con la nena.
—¿Ahora?, no sé. Estoy un poco cansado del viaje.
—Deja la vaina, hombre. Anda, y ve a bañarte. Yo me encargo del desayuno. A propósito, ya me enteré de lo de Renato Céspedes —añadió persignándose—, qué arrechera. No lo conocía mucho, pero qué lástima.
—Fíjate, justo llegar y lo enterraban. Murió el mes pasado ¿Cómo es que hasta ahora no se ha celebrado el funeral? —pregunté.
—Acá se tardan —me dijo—. Cuando murió Frau Hoffmann, la jefa de Lucy, se tardaron más de tres semanas en despedirla.
—¡Jesús! —repuse, echando el agua en la cafetera.
—Oye flaco, recuerda que el viernes en la tarde tienes reunión con nosotros donde Mildred. Así que no compres el billete de regreso aún y guárdate esa plata.
—¿Ya estamos otra vez?
—Yo sé que al final se van a gustar —añadió—. Además, también sé que ustedes tienen las mismas aficiones y es una chica súper interesante. Para que te olvides por fin de
esa tipa, loco.
—Qué obsesión tienes con liarme con esa chica Milton, ni si quiera nos conocemos. No estoy para nada ahora —lo detuve— ¿Cómo quieres el café?
—El viernes a las seis te espero en mi casa, en Bautznerstraße 43. Y no lleves nada.
Tras las insistencias de Milton, Mildred y yo nos conocimos en el Soho-Noir, en la fiesta de cumpleaños de Lucy. En el local bailamos y comimos empujados por un frenesí espontáneo. Una camarilla de chicas venezolanas estaba allí, bailando y cantando. Mildred acababa de llegar hacía cuatro meses atrás a Dresden como refugiada política desde Venezuela y, tras las inspecciones del Ministerio de Inmigración, había sido trasladada al pueblo de Klingenberg, a treinta kilómetros al sur de Dresden. Allí vivía en un campamento de refugiados. Compartía dormitorio con dos compañeras más. Tenían un horario casi militar. Sus tareas principales se distribuían en clases de alemán, gimnasia, actividades agrícolas y talleres bajo la vigilancia de instructoras encargadas de su supervisión. La oficina de Inmigración del Bundesministeriumles habían retirado de forma cautelar el pasaporte, de modo que la libertad deambulatoria no podía sobrepasar las fronteras del estado federado de Sajonia. La ciudad le parecía un parque temático. Tras conocernos en el Soho Noir quedamos de nuevo en casa de Lucy y Milton. Caminamos junto a ellos y la pequeña Carmencita por el bosque. Un océano de árboles se abría tras los últimos edificios del barrio de Jagerpark. Discurrimos por los caminos arenosos rodeados de mantos de hierbas entre los robustos troncos de pinos. En la humedad del bosque aleteaban rumores silvestres. Se oían cantos de lejanas aves, el repiqueteo de invisibles animales entre la maleza. Indómitas ardillas corrían entre los arbustos perdiéndose entre los lirios y las manzanillas.
—Mildred tiene miedo de las culebras —bromeaba Milton.
—Acá no hay culebras, hay ardillas súper lindas —dijo Mildred maravillada, paseando su mirada por las copas de los árboles—. Esto es hermoso.
Bajamos por una estrecha vereda hacia un pequeño asentamiento de casas de madera. Al fondo, pasaba una carretera junto a un cercado de columpios vacíos, y al atravesarla continuamos por un largo camino flanqueado de frondosas hayas y robles. Llegando al final de la travesía, divisamos un parque rodeado de una oleada de colores verdosos.
—Mira Carmen. Son ciervos —apuntó Lucy bailoteando en su regazo a Carmencita.
Carmencita era una pequeña bebé de apenas un año y medio que miraba con curiosidad. A pesar de que sus padres eran españoles, ella, que ya había nacido en Alemania, era una diminuta valkiria de ojos fúlgidos y cabellos dorados.
Sobre el parque de los ciervos, el cielo resplandecía y las nubes se abrían con las hendiduras del sol cayendo sobre el valle.
—Chamo. Por el amor de Cristo —respiró Mildred enérgicamente—. ¡Es asombroso!
—Esta zona del parque es preciosa —agregó Lucy—; en las fiestas de junio veníamos a celebrar la noche de las brujas de Walpurgis.
Desde el parque se oían lejanos los ecos del tráfico. El rumor de la ciudad se evaporaba, y allí, resucitadas; las montañas, el silencio del bosque, el fresco aura de la naturaleza. Una serenidad me invadía y calmaba a ratos el desasosiego que desde hacía meses gobernaba mi cuerpo. Carmencita caminaba hacia la alambrada. Los ciervos husmeaban las manos de los curiosos que se alargaban con cacahuetes y castañas.
—¿Vas a estar ahí sentado todo el rato? —me arrojó Mildred.
—Me aburre un poco el campo, la verdad —me excusé.
—No seas pegado, vamos a caminar.
¿A qué esperabas Andresito?, ¿No la tenías ahí?, ¿Qué te pasaba? ¿No conociste a Ilse casi de la misma manera? Esto se nos fue de las manos. Ni amigos podremos ser. Aquella frase.
—Mira Mildred, gamusinos —dije.
—¿Qué cosa?
—¿No sabes lo que son los gamusinos?
—No. ¿Qué son?
—Animales del bosque, son típicos de aquí —bromeé—. Mira, allí hay uno.
Mildred giró la cabeza y saqué del carrito de Carmencita el bote de serpentina.
—Mira —insistí agitando el recipiente en silencio mientras apuntaba a la nada.
Escrutando con curiosidad rincones que no le ofrecían ninguna pista, se inclinó para ver tras los arbustos.
—Allí, ¿no ves?
—No veo nada.
Anduvo unos pasos y se detuvo. Sus ojos, distraídos, apuntaban a cielo divisando una bandada de pájaros que explotaban entre las ramas. Desconfiados, regresaron a mí. La apunté y una lluvia de espuma bañó su rostro. Abriendo la boca, gesticuló con un mohín de sorpresa y molestia.
—¡Maldito! —exclamó mientras corría detrás de mí columpiándose entre la risa y el enfado.
Lucy y Milton estallaron en carcajadas. Yo, muerto de la risa, avanzaba a zancadas entre los árboles alejándome del parque.
Sorteando los troncos y los canchos, saltaba esquivando los obstáculos. Bajé una pequeña ladera y advertí a Mildred trotando y esquivando las ramas del camino. A los pocos metros, me alcanzó y descargó su venganza salpicándome con espuma la cabeza, la cara, la ropa.
—Está bien, me rindo —dije jadeando mientras ella vaciaba el bote por completo.
Dibujó una cruz en mi cara y su dedo retiró espuma de mis ojos.
—Bueno, al menos te ayudaré a que veas —rio burlona.
Inofensivamente nuestras caras se acercaron un instante, y la besé. Nos detuvimos un segundo, envueltos en un extraño silencio.
—Regresemos —respondió sin darle importancia—, va a oscurecer y mañana me paro temprano.
—¿Te paras?
—Me despierto —me aclaró—. Así decimos en Venezuela.
Anochecía y regresamos a casa de Lucy. En la cocina, Milton picaba la carne mientras Mildred y yo amasábamos la pasta de las arepas.
—No coméis otra cosa —repliqué.
Mildred y Milton eran amigos desde la infancia. Casi diez años después, allí estaban; en Alemania. Hablaron de su amistad, de los conocidos, de sus amores de adolescencia, de cómo se conocieron en el Colegio de la Salle, de las Calles de San Carlos, del calor del llano…
—¿Cómo es que coincidisteis aquí? —pregunté.
—No coincidimos —contestó Mildred—. Milton ya sabía que yo venía. En un principio, quise ir a España. Y bueno, al final vine para acá.
—Es muy fuerte —intervino Lucy con su marcado acento español—. Joder, si te pones a pensarlo; tener que huir de tu país en tan poco tiempo y dejarlo todo atrás.
El procedimiento para la obtención del permiso de asilo era dificultoso. En los últimos años, la ciudad de Dresden y los pueblos de alrededor se habían convertido en el centro de refugio de miles de personas huidas de Venezuela por motivos políticos. Las autoridades alemanas clasificaban meticulosamente en expedientes catalogados las condiciones familiares, económicas, culturales de los beneficiarios del permiso de asilo. Atendían al tiempo de residencia, el estado civil, y dividían en ramas burocráticas la situación del interesado. La condición de refugiado político era la de Mildred. Unos meses de incertidumbre, vigilancia absoluta y soledad tiñeron sus primeras semanas en Europa. Una agrupación de chicas formaba parte de la misma comunidad de foráneas asentadas en el refugio del pueblo de Klingenberg. Aquella noche, en el departamento de Lucy y Milton en Jagerpark, me contó su episodio. Bajamos al supermercadoNetto y compramos varias botellas de vino barato. Un rostro exótico de piel blanca y ojos afilados mostraban los ademanes vívidos de una joven promesa de las pasarelas. Había estudiado en la academia de arte de Caracas y sus congénitos modales la presentaron ante las fotografías de revistas de moda. Su vida había sido cómoda, hasta que una ola de revueltas políticas sacudió su situación familiar. Era unos años más joven que yo, y ya había tenido una vida de aventuras. Me recordaba a aquel personaje de la novela Travesuras de la niña mala, de Mario Vargas Llosa: la camarada Artlete, Mrs. Robinson, la chilenita mil caras. Tenía tan sólo veinticuatro años y había vivido en tres países diferentes y chapoteado en trabajos precarios que la fraguaron como una irreverente aventurera.
Eran las cinco y media de la tarde y ya anochecía. Los días eran cada vez más cortos y la cena se convirtió en un improvisado surtido de arepas, tequeños y guacamole.
—¿Qué vaina es eso de los duendes del bosque? —preguntó Mildred llevándose un tequeño a la boca.
—Es una tradición que se hace en los bosques del Bautzen, un pueblo cerca de aquí; en la frontera con República Checa —contestó Mildred, rescatando un juguete de plástico que Carmencita se había llevado a la boca—. Es una fiesta de los espíritus de la naturaleza. Hay una religión sólo de allí. Los antiguos pueblos germanos invocaban a dioses, hadas y duendes de las tinieblas. Muchos padres con sus niños acuden esa noche al campo y entre los árboles, encienden luces y hacen cánticos. Tienen mucho amor por las zonas verdes, porque según la tradición, allí habitan los protectores del pueblo.
—Tienen mucho respeto por la naturaleza entonces —apreció Mildred
—Qué diferencia con España, ¿verdad? —añadí.
—En España, las tradiciones más cercanas que he vivido han sido acompañar a mi abuela a la Basílica del Pilar a poner velas a los santos, y rezarle novenas a San Antonio —repuso Lucy.
—San Pedro guarda las llaves, San Miguel pesa las almas, quien diga esta oración no se sueña cosas malas —recité riendo— Aún me acuerdo, desde bien niño me lo enseñó mi abuela.
Lucy se retiró del salón y fue a dormir a la niña. Cuando regresó nos atajó al advertir que tomábamos nuestros abrigos para marcharnos a casa y nos obligó a sentarnos de nuevo con un ímpetu enérgico que contrarrestaba con sus violáceas ojeras.
—De eso nada. Ahora no os vais que es mi turno —ordenó—. Por fin, soy libre por hoy.
Milton apareció con otra botella deBlumener Schloss,un afrutado vino de burbujas y prorrateó nuestra visita hasta llegar a chismoseos.
Mildred y yo caminamos hasta la calle Angelikastraße. Allí, nos sentamos a esperar el autobús E-11 hasta Bautznerstraße, donde nos separaríamos. Frente a la parada, la fachada sobria de un edificio blanco se erguía oculto tras el tráfico. Allí desempeñó sus servicios Vladimir Putin cuando era oficial de la agencia soviética de inteligencia. En la segunda mitad de los años ochenta, fue el jefe de la oficina del KGB en ese mismo edificio y vivió en un apartamento exactamente igual que en el que hoy vivían Lucy y Milton en el barrio de Jagerpark, a noreste de la ciudad de Dresden. Descubrí que el viejo Orestes no bromeaba al asegurar que él mismo lo veía los domingos visitar la iglesia de St. Pauli Kirche junto a su esposa de entonces.
Tomamos el E-11 y Mildred se sentó junto a la ventana. Rodeados de una profunda oscuridad que reflejaba alguna tenue luz entre las farolas que se advertían a lo lejos, recorrimos el trayecto.
Mildred apoyaba su mirada hueca tras el cristal. En silencio observaba las luces que iban quedando atrás y una vez más me habló de su pasado reciente, necesitando dar paso a un nuevo capítulo.
—No sabía que Milton y tú os conocíais tan de niños —comenté.
—Realmente no éramos tan niños —respondió—. Después yo me mudé al Ecuador y Milton y yo no volvimos a vernos. Tan sólo cuando regresé una vez a San Carlos.
Volvió a mirar al cristal y su rostro languideció por un segundo, perdiéndose en sus pensamientos.
Los destellos de los focos, las atentas miradas, las pasarelas ¡qué inseguridad!, aquellos tacones, y los veintisiete pares de zapatos más de la firma, y Betzabeth; no te muevas Mildred. La brocha en los pómulos ¿viste que brillante, Mildred? Y el pincel en los párpados, azules, purpurina, también el rímel. Y Betzabeth, con el rizapestañas en mano, cierra los ojos ahorita, Mildred. Estás regia. Mírate. Y el espejo consagra esa imagen. Qué lindo cabello, entonces rubio. Caído y ondulado. Y sonríe, siempre sonríe. Dentro de poco estarás en la portada de Cosas. No, mejor aún en Nueva mujer ¿No sería mejor que te recibieras de abogada, Mildred? Que le callases la boca a esos sifrinos del Colegio de La Salle. Tan sólo eso; sifrinos. Ni uno era rico de cuna. Qué importaba ya, qué lejos estaba de San Carlos ahorita. Antes eran los focos, las fotografías, la estricta dieta. ¿Qué diablos hacía una reinita de la belleza como tú acá? El largo viaje, tan sólo dos semanas para dejarlo todo atrás, todo. Y las esperas, el billete, el jet lag, la soledad en los aeropuertos, la cabina. Y Milton: estaré según llegues nomás, y los abrazos con Milton ¡Quién nos lo iba a decir, Mildred! en la otra parte del mundo. Huimos, lo logramos. Y ahora: las voces extrañas en la embajada, la traductora con delicadeza. Que qué hacían allá, ¿militaron en algún partido? No, señora ¿y sus papás? Tampoco, señora ¿quizás algún pariente? Nadie, señora. La ducha, el cuarto angosto. Desnuda, ahorita la ropa nueva. Allí estaban ellas; ¿también de allá? ¡Qué bacano! Tu mismo idioma, tu mismo acento, ¿de San Carlos? Te preguntaban. Sí, allá tan sólo monte y culebra. Yo soy de Caracas, una. Yo de Táchira, otra. Yo de Barquisimeto. Betzabeth Abancay era gocha, también de Táchira. Génesis y Dámaris de la Ilsa Margarita, así varias. Hasta que, todas amigas a la semana.
—Hoy sí la pasé bien chévere —me respondió—. Hacía días que no me distraía desde que vine. Ahorita debo tener cuidado al salir de la camionetica, si alguien me ve me meto en un problema. Mañana tengo que regresar al campamento antes de las nueve. Frau Klaudius empieza el turno y si se enteran que escapé podrían deportarme.
—Quédate en mi casa —disparé—. Mañana a primera hora estaremos en Klingenberg.
Su mirada trazó un gesto que advertía mi insolencia.
—Otro día chamo —se apresuró a decirme—. Génesis ya me está escribiendo que donde me meto tan tarde.
A los días volvimos a vernos. Logré convencer a Milton para que fuésemos a recogerla al refugio. Nadine Hupts era la única vigilante del campamento de Klingenberg que permitía, bajo una absoluta discreción, que Mildred escapase a la ciudad durante unas horas aprovechando que los monitores y jefes de supervisión no estaban ya en el pueblo. Tenía sólo dos horas, que yo aprovechaba e intentaba estirar al máximo. Habíamos recorrido varias zonas de la ciudad. La invité a ver una función que varios actores de la cámara nueva de Praga habían hecho de la Flauta Mágica de Mozart. Fue en la plaza del Sempereoper; un sucedáneo callejero de la función que se daría dentro del propio palacio. También me entretuve enseñándole el Mural de los príncipes inventándome datos, tal y como hice con Ilse. Nos tomamos una foto en el Balcón de Europa, justo encima de Munzgasse. Y cansados de caminar por la flamante Altstadt tomamos el tranvía y divisando casas señoriales con jardines y portones antiguos, llegamos al Blaues Wunder; un puente metálico que comunica los barrios de Blasewitz y Löschwitz. Cerca del mismo, se extendían calles con fachadas y jardines colmados de jacarandás y amapolas. Casas en las que se habían congregado tertulias llenas de artistas y músicos de otras épocas. Muy cerca del mismo Blaues Wunder, estaba la Friedrich-Wieck Straße, calle en honor al padre de Clara Schumann, pianista y esposa de Schumann. También, la Körnerweg y la Schillerstraße 19, donde el poeta Friedrich Schiller concluyó su obra Don Carlos.
La vigilante del campamento, Nadine Hupts era alemana. Vivió dos años en las Islas Canarias y gracias a su soltura con el español pudo hacer amistad con Laury y las demás chicas. Una frontera de rígidos gestos y mentalidad cuadriculada dividía el frenético ritmo y dulce acento de las chicas venezolanas que la ayudaban a peinarse y retocarse el cabello corto que llevaba como un militar. La primera vez que me vio aparecer me habló en un alemán enrevesado y vociferó que me marchase sin un atisbo de empatía. Estaba enamorada de Betzabeth, y a pesar de que esta ya le había advertido que no era homosexual, pues tenía supuestamente novio en Venezuela, Nadine Hupts no perdía las esperanzas y bajó la guardia cuando entendió que a mí, era Mildred y no su platónica Betzabeth, la que me interesaba. Quizás, con ese pretexto, las chicas venezolanas utilizaban la inocencia y esperanza de la vigilante teutona para poder catapultarse al exterior y celebrar fiestas en su casa; a las afueras de Klingenberg.
A la semana siguiente yo había salido a caminar una mañana por el barrio de Löbtau. Durante ese mes, me instalé en una habitación arrendada en la calle Rudolf-Renner straße, gracias a un contacto que me facilitó Octavio. Aquella visita a Dresden fue el último episodio de mi angustia. Ilse ya estaba en la otra parte del mundo, y lo nuestro, después de tantas vueltas, había terminado para siempre. Colombia, Alemania, España, y ahora Australia. Colgó el teléfono. Cerró el episodio. Lamento mucho esto, pero ni amigos podremos ser. Continuó por los senderos que se le abrían, apresurada por su nueva vida. Por su nuevo estatus social, debía mantenerse allí y no echar a perder todo y si para ello debía entregarse a una vida que no le apetecía, a un amor que no quería, a un contrato o matrimonio forzado para mantener la residencia, falsificar el pasaporte o prorrogar el visado; lo haría Andresito, y tú lo sabías. «Lo que empezó aquí, se tenía que terminar aquí». Recordé aquellas palabras de Lucy, cuando aquella noche me quedé a dormir en su apartamento en Jagerpark, y escuchó mi historia que se desbordaba en palabras junto a unas lágrimas que se resistían por salir. Me senté en un banco del cementerio de la Kesseldorferstraße y respiré el fresco del otoño. Mi batalla era eliminar el desasosiego que había trenzado todos los rincones de mi cuerpo. El resultado de la angustia de un amor imposible que daba vueltas por el planeta con el capricho de encontrarnos para volver a separarnos por la incorregible inmensidad del mundo. Regresé a mi departamento arrendado en la Rudolf-Renner Straße y me senté frente al ordenador a seguir corrigiendo mis conversaciones con Tomás Patrón. El asalto en Zipaquirá, la toma de la aldea de Monte Dorado, la Batalla de Yarumales en el Cauca. Sus encuentros con los demás guerrilleros del ELN, las FARC o el Movimiento Armado Quintín Lame, sus años en la Distrital de Bogotá cuando el M-19 ya estaba legalizado y muchos de los que fueron insurrectos abrazaron el parlamentarismo, mientras otros como Tomás Patrón fueron desterrados de la vida pública y ahora, apartados en el rincón del gris anonimato.
—Sumercé, pues ya sólo me queda respirar tranquilo nomás. La plata no la quiero más que para viajar a mi tierrita y abrazar a Casildita —decía.
Aproveché esos días en Dresden para limpiar la ciudad de su recuerdo, de las estatuas que tanto la perseguían, de aquel recuerdo de niña en Boyacá que eclipsó una personalidad tan extraña y trotadora, tan aventurera y a la vez lasciva. Al fin y al cabo, era tan sólo un recuerdo, no una historia de amor.
Escribí toda la tarde hasta que, al anochecer, sonó mi teléfono. Milton Labrador me ofrecía de nuevo un tobogán de diversión y yo esta vez no estaría dispuesto a sucumbir.
—No, Milton. Olvídate —me impuse—. Hoy no voy a distraerme. Tengo mucho trabajo.
—Discutí con Lucy —se adelantó—. Llevaba unos días rara conmigo y hoy se puso muy arrecha, hermano. Necesito un trago.
—¿Dónde estás?
—Estoy en casa, pero he quedado con Mildred. Van a hacer una fiesta en casa de Nadine por su cumpleaños y van a reunirse allá. Vamos un rato hermano, necesito despejarme.
—¡Ni hablar! —traté de disuadirlo— Además paso de meterme en líos con unas muchachas refugiadas. Sabes que las pueden pillar en cualquier momento. Les han retirado el pasaporte, las tienen vigiladas, ¿Es que quieres que nos metamos en un problema?
—Vamos hermano, será sólo un rato —insistió Milton—.
Llegamos a Klingenberg desde la Estación Central de Dresden. El tren transcurría en silencio dejando atrás la ciudad. En el rumor de la noche, el vagón corría entre el mar de hileras de pinos, las casas aledañas, los cultivos, y los altos molinos de energía eólica, que también se divisaban a plena luz del día sobre los campos de cebada y centeno. Pasamos por Freital, por los bosques de Tharandt, hasta que nos bajamos en Klingenberg-Colmnitz.
Nadine Hupts había organizado una fiesta en su domicilio. Vivía en el segundo bloque de una casa de madera rodeada de un jardín en el último número de la Bachstraße, a las afueras del pueblo. Desde primera hora de la tarde, su departamento estuvo lleno de gente. Había globos, dulces de bretzel, tartas de fruta escarchada, chocolates, salchichas bratwurst, hot dogs, vinos, cervezas y otras bebidas espumosas sobre la mesa. La mayor parte de invitados eran latinoamericanos asentados en Klingenberg, Freiberg o Tharandt. Las melodías infantiles se iban sustituyendo por música de discoteca y reguetón conforme las familias se marchaban con los niños, para dar paso a nuevos invitados menos comprometidos según entraba la noche. Mildred, Dámaris, Génesis y las demás compañeras seguían en la casa. Con la voz desgastada por las canciones y achispadas por el alcohol se apresuraron a sacarnos a bailar al vernos entrar en casa de Nadine.
—Pensé que ya no llegarían —dijo Mildred con una cinta de cumpleaños.
Elizabeth me agarró de las manos y me arrastró hasta el centro de la pieza. Bailamos bachata, salsa, merengue y atento a los movimientos de pies que torpemente intentaba imitar, atajaba dándole la vuelta y recuperándola con el clásico movimiento de baile.
—¡Oye, mira! Este españolito es bien pasado. Se atreve a bailar rico.
Elizabeth era la más joven de todas. Tenía apenas dieciocho años y, a pesar de aparentar una madurez repentina, seguía en la nube del último tramo de la adolescencia, apadrinada por los consejos de las demás compañeras. Bailaba con agitación y alegría cualquier canción que le pusieran.
Un estruendo sonó. El crujido de cristales rotos precedió los gritos. De pronto, otra ventana rota. Génesis lanzó un aullido y Elizabeth y Dámaris se abrazaron, aterradas. Betzabeth Abancay bajó la música del aparato y apagó las luces. Un conjunto de voces acorralaba la casa desde la calle.
—¡Qué está pasando! —gritó Milton.
Otro cristal se destrozó con el impacto de una pedrada. Nos agachamos al suelo, otros miraban tímidamente tras las ventanas. Se divisaba una marea de cabezas enmascaradas que bramaban extraños cánticos en alemán y vociferaban insultos y amenazas.
—¡Son vándalos, oíste! —apreció Milton—; puros malandros. Hay que llamar a la Polizei.
—¡A la Polizei no! —Gritó Mildred angustiada—. No quiero caer presa ¡Qué diablos está pasando! ¿Quiénes son esos tipos?
—No son vándalos, son nazis —aclaré agobiado.
Un grupo de encapuchados gritaba con cólera. Arrojaban piedras sin cesar a la fachada de Nadine Hupts. Una estampida aplastó el pequeño vallado de madera que protegía el jardín. Destrozaron a garrotazos las figuras de enanos que decoraban la rosaleda. Pisotearon las plantas, arrojaron contra la pared las macetas, pintaban con grafitis las palabras zorra y lesbiana.
Nadine Hupts, sobresaltada, bajó corriendo las escaleras y rescató a los dos perros que ladraban junto a la puerta del vestíbulo. Milton y yo, cerramos las ventanas y tratamos de calmar a las chicas que lloraban desesperadas. Mildred se agarró a mi brazo.
—Tengo miedo, Andrés —dijo espantada.
—Tranquila, no son más que unos desocupados intentando meter miedo. Esos hijos de puta se irán en seguida y nos iremos al campamento.
De pronto, el oleaje de voces aumentó. Gritaban «Auslander raus!», «extranjeros fuera», «cerdos», «bollera traidora».
Pancartas sobresalían sobre el bullicio de encapuchados. Era un puñado de integrantes de grupos de extrema derecha, algunos pertenecientes a la AfD, PEGIDA o algunos grupos locales de los remotos pueblos de Sajonia.
Una nube plomiza subía hasta las ventanas. Un chisporroteo devoraba las faldas del chalé y espirales de fuego subían a toda prisa. Incendiaron el césped y Nadine Hupts salió corriendo, dando alaridos. De fondo sonaban sirenas de policía y el grupo se dispersó en varias direcciones. La calle se llenó de vecinos curiosos en pijama y la policía y los bomberos acudieron a la casa de Nadine Hupts mientras las llamas se comían la fachada.

Jaime Tovar Iglesias (Cáceres, 1993) es graduado en derecho por la Universidad de Extremadura y realizó el máster de acceso a la abogacía. Es jurista, pero su vocación es la escritura y el ejercicio periodístico. Ha colaborado en otras revistas como La Trastienda Infinita y ha publicado relatos como «Las flores no mueren en Orihuela», «El aquelarre de los ciervos» o «Entre el verbo y la guerra», entre otros. Actualmente está inmerso en su primer proyecto de ficción.
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