/ por Pablo Batalla Cueto /
Miércoles, 28/8/2024. Comentaba Elias Canetti en alguna parte el orgullo y la fascinación que debieron de sentir nuestros ancestros del Neolítico ante los campos de cereal, viendo en ellos un bosque ordenado y domeñado; el logro del control humano de aquel espacio que había sido el hábitat de los cazadores-recolectores que ahora dejábamos de ser, pero también su terror, porque un bosque, el bosque-bosque que ellos habían conocido, el bosque virgen, era un lugar ciertamente terrorífico; un entorno caníbal, oscuro y traicionero, poblado de depredadores. En el bosquecillo de dimensiones antrópicas que es un trigal, no éramos ya bestezuelas vulnerables y asustadas, sino dioses cenitales.
Mucho, muchísimo antes, el ser humano había desentrañado el secreto del fuego, y con ese logro prometeico había principiado una historia que es la de la domesticación progresiva de lo sublime; la del gobierno de la intemperie. El Neolítico fue otro hito. El Homo sapiens acabaría incluso volando, sueño antiquísimo este: ya en la Córdoba califal se registra el descalabro de Abbás ibn Firnás, astrólogo de la corte de Abderramán II y hombre de variados intereses científicos, que sobrevivió de milagro al salto desde lo alto, bien de una torre, bien de un precipicio (las crónicas no son claras), agarrado a unas alas especialmente diseñadas al efecto. Cuenta Violet Moller en La ruta del conocimiento: la historia de cómo se perdieron y redescubrieron las ideas del mundo clásico que «sobrevivió de milagro, a pesar de tener ya sesenta y tantos años, y llegó a la conclusión de que no había tenido en cuenta lo importante que era la cola de los pájaros en el proceso de aterrizaje». Podría considerársele un pionero del wingsuit, ese terno alígero con el que hoy se tiran algunos desde las cimas de las montañas y con el que —aunque la cosa es mucho más segura que aquellas alas de Ícaro— también se descalabran a veces: hace unos días moría de esta guisa de un hombre que se arrojó desde la cumbre del Tiatordos, emblemática montaña asturiana.
Somos criaturas descentradas, seres incómodos en el traje de su especie y que quisieran ser otras: pájaros, por ejemplo. Pero, sobre todo, hemos querido ser dioses. Hemos jugado a serlo. El trigal no era el bosque, sino un remedo del bosque, una maqueta del bosque, un warhammer del bosque, el champín de aquel champán. Milenios más tarde, la misma sensación olímpica que glosaba Canetti la tendría Manuel Chaves Nogales a bordo del avión en el que daba la vuelta a Europa, en 1928. Sobrevolando Berlín, e impresionándose del espectáculo «grandioso» de su iluminación nocturna, al periodista sevillano le parecía que el ser humano había conseguido crear su propio firmamento, y uno más hermoso que el de toda la vida. La Unter den Linden iluminada, centro de la «gran masa incandescente» del centro de la capital, era más brillante que «la pobre y desteñida Vía Láctea» y «la rudimentaria arquitectura de las constelaciones hechas para sencillos pastores» no tenía «ninguna importancia al lado de la difícil geometría» de aquellos «millones de lucecitas» que brillaban allá abajo «describiendo el laberinto de las calles de la ciudad» y el autor de La vuelta a Europa en avión tenía la convicción de que «la luz tenue e igual de las estrellas envidiaría las gemas riquísimas de estas estrellas urbanas en las que hay diamantes, zafiros, rubíes, amatistas, esmeraldas y ópalos». Se podía certificar la defunción del «sentimiento de lo sublime en la Naturaleza», que «subsistía ya solo porque el espectáculo de la noche espolvoreada de luz seguía siendo insuperable», pero había sido también, finalmente, superado.
Del dominio del bosque, de la capacidad de sembrar un bosque propio, al dominio del cosmos todo; a la capacidad de borrar las estrellas del cielo de las ciudades con la luz eléctrica, tal como explícitamente querían Marinetti y sus futuristas, y crear con ella un cosmos nuevo, por nosotros diseñado, por nosotros encendido y apagado a voluntad; un firmamento en la tierra devenida cielo, visible desde el cielo ahora accesible, devenido tierra por lo tanto: definitiva inversión de las leyes originarias de la vida de nuestra especie. He ahí, sí, una historia infinitesimal de la humanidad. Con el fuego que Prometeo hurtara a los dioses, primero asamos mamuts, y milenios abajo, acabamos prendiendo nuestras propias estrellas. Pero seguimos incómodos. Siempre lo estaremos; no puede no estarlo este pitecántropo culoinquieto que somos. Y entonces adviene una perturbadora deducción: si ya no nos quedan prerrogativas que arrebatarle a Dios, tal vez la historia que venga sea la de nuestros esfuerzos por arrebatárselas al Diablo, ese que, cuando no tiene que hacer, mata moscas con el rabo. Quizás muerta de éxito la era del crear, del entretenernos creando, ahora sea el turno del entretenimiento del destruir.
Jueves, 29/8/2024. Empiezo El Fascio de las Ramblas: los orígenes catalanes del fascismo español, de Xavier Casals Meseguer y Enric Ucelay-Da Cal. Un libro muy interesante que nos retrotrae a la vibrante Barcelona de los años diez y veinte, aquella Rosa de Fuego en la que un vigoroso movimiento obrero, que abarcaba el vertiginoso pistolerismo de un sector del anarquismo, chocaba en las calles con el Somatén y otros grupos de matones de la patronal. Tendemos a tener, del fascismo español, la imagen de algo cuyo epicentro fue Madrid y que tenía buena parte de su origen en la guerra colonial de Marruecos y sus estragos, pero antes de eso —explican los autores— hubo un protofascismo barcelonés inspirado por los estragos de la guerra de Cuba. Ortega y Gasset decía que «Marruecos hizo del alma de nuestro ejército un puño cerrado, moralmente dispuesto para el ataque», pero los autores de este libro añaden que, desde su óptica, «esta visión olvida que las campañas de Ultramar también contribuyeron a cerrar ese puño y tal metáfora posiblemente no se explica sin ellas». En la isla, escriben,
«tuvieron lugar dos procesos clave en el tema que nos ocupa. Uno fue la concentración de poder que conoció el titular de su Capitanía y que le convirtió en virtual “virrey” de la isla con el apoyo de sus élites propeninsulares (opuestas a toda reforma que alterase el statu quo de Cuba) que formaron una suerte de “Corte” en torno al capitán general. Asimismo, este dispuso de una milicia civil que las citadas élites promovieron y lideraron, el llamado Cuerpo de Voluntarios. Este se creó en 1855 para luchar contra el “separatismo” (que incluyó a cubanos autonomistas e independentistas) y contra posibles revueltas de esclavos. Los voluntarios, que iban uniformados y armados, profesaron un nacionalismo intransigente que les convierte en precursores del futuro fascismo peninsular».
Aquel «artefacto político-militar singular» que fue la Capitanía cubana, esto es, la asunción del poder civil por Capitanía de forma dictatorial, con el apoyo de las élites locales y una milicia civil auxiliar, se exportaría después a España y arraigaría en Barcelona. Weyler y Polavieja prefiguraron a Martínez Anido. En Cataluña, «los militares procedentes de Ultramar creyeron hallarse ante la misma amenaza bifronte de La Habana: el “separatismo” (encarnado por el catalanismo emergente) y la revolución (el temor al obrerismo organizado substituyó al que infundían las revueltas de esclavos)». Su nacionalismo era un españolismo del «ciento por ciento», desgajado de la combinación con lealtades regionales, pero los voluntarios antiindependentistas eran ideológicamente plurales: había conservadores, liberales, republicanos y socialistas. En España fueron muy populares: en Barcelona se vendían muñecos de papel baratos con forma de Voluntario desde principios de 1869, hubo novelas populares sobre el tema, se compuso una habanera para homenajearlos… No es casualidad que, entre los generales golpistas de 1936, no pocos hubieran nacido en Cuba, caso de Emilio Mola o Alfredo Kindelán.
Casals y Ucelay van repasando en la primera parte del libro una serie de movimientos en los que se gestaron ideas y formas de acción que, si no eran aún fascistas, prefiguraban claramente lo que el fascismo sería después: el sustrato antiparlamentario y caudillista del regeneracionismo costista, el populismo españolista, obrerista y anticlerical lerrouxista, el paramilitarismo carlista o la revolución conservadora desde arriba que preconizaba el maurismo y sus juventudes que rechazaban encasillarse en el binomio derecha-izquierda del modo que así explicaba José Calvo Sotelo:
«[S]i la derecha significa privilegio, y la izquierda, igualdad ante la Ley, nosotros somos de izquierda. Si la derecha significa respeto a la autoridad, y la izquierda, indisciplina social, nosotros somos de derecha. Si la derecha significa abstención política, atrofia ciudadana, inacción, parálisis, alejamiento de las luchas políticas, y la izquierda […] asonada, tumulto, motín, barricada, nosotros no somos ni de derecha ni de izquierda».
Libro muy interesante, ya digo. Llevo leída la mitad; veremos qué nos depara la segunda.
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Casals y Ucelay hacen en la introducción de El Fascio de las Ramblas un apunte muy certero: el fascismo es la única ideología de los siglos XIX y XX que asume su demonización. Los fascistas vienen a decir: «Sí, somos malos, ¿y qué?».
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Decía Manuel Tuñón de Lara que «se empieza criticando al parlamentarismo viciado y se acaba atacando al parlamentarismo viciado o no».
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Un curioso y cautivador pasaje de Joan Salvat-Papasseit en 1918, que refleja bien el clima de incertidumbre y optimismo revolucionario inmediatamente posterior a la revolución bolchevique:
«Esta es la hora suprema bolcheviki, esta es la verdadera aurora roja que avanza, crecie y entierra todas las opresiones como el simún avanza, entierra y crece. España es la nación que está más cerca y la que está más lejos de su emancipación. Pero ahora se masca en el ambiente que ya no solo hay miedo, cobardía moral, sino que también hay un deseo de lucha para que todo se hunda o se engrandezca todo. Como una nueva Era deseada y amada que no puede salir sino del caos, España es el teorema-social de esta hora presente. Porque la hora presente es la hora que el mundo, todo el mundo, subvierte los valores. Y España que ya ha vivido alejada de Europa, sin arte, sin oficio, sin civilización, no podría esta vez, por su flaqueza misma, aguantar tanto peso, permanecer más tiempo estorbando a los que andan.
Las convulsiones últimas en todos los países han llegado a la entraña de aquellos que no comen, ni aprenden, ni trabajan. China, Portugal, Rusia, hasta la misma Irlanda, han lanzado hasta aquí los rayos de su aurora y su resurrección, y ya no ha sido un eco, ha sido un martillazo. […] La nueva aurora llega. Esta es la hora suprema bolcheviki».
Viernes, 30/8/2024. Tras varios años de polémicas, Adrián Barbón, presidente del Principado de Asturias, no irá en este al santuario de Covadonga el próximo 8 de septiembre, día de la región. Algunos se lo reclamábamos con desesperación, y parece que por fin nos ha hecho caso. Lo suyo le ha costado dejar de humillarse y humillar a todos los asturianos acudiendo a recibir las intolerables reprimendas del deleznable arzobispo ultra que padecemos.
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Había que dejar pasar un tiempo para que se generara la perspectiva necesaria, pero creo que ya sería el momento de escribir a fondo (no digo que lo vaya a hacer yo; solo que sería conveniente que alguien lo hiciera) sobre las varias maneras de las que la pandemia volvió irreversiblemente tarumba a una parte de la sociedad, y todo lo que eso explica. Que no son simplemente la conspiranoia explícita y su crecimiento: eso es lo más aparente, pero tan solo la punta del iceberg. Hay ansiedades y desarreglos más sutiles, más sordos, que también estan ahí, que permean a más gente y que también tienen consecuencias políticas. Incluido el desarreglo que, de por sí, es que nunca hablemos de la pandemia; que a veces parezca que nunca ocurrió. Como decía un día Jónatham Moriche, es la única forma de sobrellevar el que no cambiase nada después de un acontecimiento que debió cambiarlo todo. Pero el inconsciente no olvida.
Sábado, 31/8/2024. Me resulta curioso que, cuando uno busca la biografía de algún famoso en la Wikipedia en inglés, sobre todo si es estadounidense, suelen contarle de su familia y ancestros con todo lujo de detalles. Para ser ellos los individualistas y nosotros los familiares…
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En Alemania, Michael Neuhaus, candidato de la izquierdista Die Linke a las elecciones de Sajonia, se deja ver con una camiseta de la IDF, el Ejército israelí, y comparte en sus redes fotos ondeando una bandera de Israel. Alemania y la averiada gestión de su sentimiento de culpa, en fin. El caso es que, como dice el tuitero Migue, «siempre debemos recordar las últimas elecciones europeas como aquellas en las que Podemos sacó, vía El Salto, un caso inventado de corrupción en Sumar y en las que se acusó a Sumar de sionistas por querer ir con los verdes alemanes (ocultando que Die Linke son iguales)».
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Hiero Badge: «Estoy convencido de que la inteligencia artificial es *la* estética del fascismo en el siglo XXI, al modo del futurismo italiano. Un arte sin artistas, subordinado a fines políticos, pero (literalmente) desligado de la realidad. Basura reproducida mecánicamente para promover el apartheid y el genocidio». Añado yo: un arte generado mediante una tecnología novísima y asombrosa, pero incapaz de crear; capaz solo de refreír incesantemente el arte del pasado. La técnica ultramoderna al servicio de una perpetuación hortera de lo antiguo. Sí: tiene sentido que a los fascistas les encante la inteligencia artificial.
Domingo, 1/9/2024. El País: «Kilian Jornet se traga los Alpes y redefine los límites del alpinismo clásico: escala los 82 cuatromiles en apenas 19 días». El léxico de estas cosas. «Tragarse» los Alpes: devorarlos, deglutirlos, anularlos, acabar con ellos, ventilárselos, quitarlos de delante. Como me dice Gustavo Sanromán, es literalmente La sociedad autófaga de Anselm Jappe. O la fase nietzscheana-nihilista del Homo consumatronic, que diría George Tsakraklides. Al hámster en la rueda —sentencia Gustavo— ya solo le queda devorar la rueda y la jaula y, por último, a él mismo.
Lunes, 2/9/2024. Pedro Vallín, en un artículo titulado «La apnea del mundo», en La Vanguardia:
«El arriba firmante es pasajero del viento cuando el verano se agosta e inquilino al borde del desahucio a la caída de la hoja. Como la mayoría de ustedes. Después de todo, el turismo no es más que la democratización del viejo y aristocrático veraneo que tantos palacios de escaso uso y mucho señorío ha desperdigado por la costa cantábrica. Así que es deber de la gente decente amar al turista (ruidoso y barato) como al camarero (semiesclavo) y odiar el turismo, un modelo económico basado en la desgracia de ambos que ha logrado el abracadabra de que los dos crean que su adversario es la imagen de sí mismos en otro instante del año».
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Veo con pasmo las imágenes de una arquera paralímpica india de diecisiete años, Sheetal Devi, haciendo lo suyo. Nació sin brazos debido a un trastorno congénito poco común y dispara el arco con los pies. Levanta el arco con la pierna derecha, estira la cuerda con un hombro y suelta la flecha con la ayuda de su mandíbula. Leo en La Vanguardia que «la joven empezó a practicar este deporte a los 15 años y el ejército indio se ofreció para financiar sus necesidades. Sus entrenadores querían ponerle unas prótesis para ayudarla a poder lanzar de manera efectiva. La joven se negó a llevarlas afirmando que llevaba tiempo escalando árboles con sus piernas y que las prótesis eran innecesarias».
Los deportistas estrella deberían ser los paralímpicos, mucho más que los olímpicos, pienso. Hay mucha más épica de la superación humana y de la transgresión de límites en los primeros que en los segundos.
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Hubo un momento en la Restauración en que el integrismo católico dejó de ser monárquico y se hizo accidentalista. Su referente era Gabriel García Moreno, que presidía una dictadura teocrática en Ecuador: mejor él —decían— que un rey blandengue. Nuestra ultraderecha, pienso, empieza a estar en ese punto.
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Ah, quién pudiera entregarse de verdad a la acedía, a la delicuescencia, a los placeres fáciles y subsidiados, refocilarse en los miasmas de la abyección materialista… Son palabras literales de Juan Manuel de Prada, que dice que somos una sociedad corrupta y decadente por habernos enredado en eso.
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El PP expulsa al alcalde de Vita (Ávila) tras difundirse un vídeo suyo cantando una canción de tinte pederasta: «Me encontré una niña sola en el bosque, la cogí la manita y la metí en mi camita.Le subí la faldita, le bajé la braguita…y la eché el primer caliqueño». Me acuerdo de eso que dice siempre Jorge Dioni, poniendo de paradigma a Berlusconi: que el conservadurismo desapareció cuando apareció la viagra.
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Invita Pedro Vallín a no comprar, en lo que respecta a la inmigración, marcos falaces, al hilo de un discurso de Pedro Almodóvar en el que el cineasta invitaba a celebrar la diversidad por más que todos tengamos «problemas con la inmigración». Dice Vallín: «Pues mira, no. No existe ningún problema distinto de tener un vecino trompetista, el que da voces en el bar o el que deja notitas en el portal. Eso que llaman problema se llama convivir».
Martes, 3/9/2024. Sergio C. Fanjul: «En la barra de un concierto petado dos personas, una a cada lado, me daban codazos para adelantarse a pedir. Hice lo que hago muchas veces: les propuse pedir las tres birras a la vez y dejar de competir. Se acabó la tensión y los tres bebimos antes. Ventajas de la cooperación».
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El presidente de los obispos, Luis Argüello, justifica al alcalde de Vita. Son cosas normales que pasan «a altas horas de la madrugada después de haber bebido esto o lo otro», dice. Como comenta Ricardo Jonás, «uno pensaría que el presidente de los obispos aprovecharía la estupenda oportunidad de mantener la puta boca cerrada cuando es en otro gremio donde se hace apología del abuso infantil, pero se ve que es superior a sus fuerzas».

Pablo Batalla Cueto (Gijón, 1987) es licenciado en historia por la Universidad de Salamanca, periodista y corrector de estilo. Ha sido o es colaborador de los periódicos y revistas Asturias24, La Voz de Asturias, Atlántica XXII, Neville, Nueva Sociedad, Crítica.cl, Jot Down, La Soga, Nortes, LaU, La Marea, CTXT, Público y El País; ha dirigido A Quemarropa, periódico oficial de la Semana Negra de Gijón, y desde 2018 es coordinador de EL CUADERNO. Ha publicado los libros Si cantara el gallo rojo: biografía social de Jesús Montes Estrada, ‘Churruca’ (2017), La virtud en la montaña: vindicación de un alpinismo lento, ilustrado y anticapitalista (2019), Los nuevos odres del nacionalismo español (2021) y La ira azul: el sueño milenario de la Revolución (2023).
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