/ por Alison Posey /
El Museo Nacional de Historia y Cultura Afroamericana es la incorporación más reciente al prestigioso conjunto de museos Smithsonian, en la capital estadounidense, Washington DC. Establecido en 2003 e inaugurado en 2016, el museo alberga alrededor de 40.000 objetos diseñados para abordar la compleja historia de la comunidad afroamericana en Estados Unidos; una historia que, como bien se sabe, comenzó con la brutal esclavitud.
El museo destaca que la trata de esclavos africanos en Estados Unidos comenzó en agosto de 1619, con la venta documentada de seres humanos en la colonia británica de Virginia. Los esclavos que llegaron en esa fatídica fecha eran unos veintitantos cautivos provenientes de la actual Angola, que fueron arrebatados por bucaneros ingleses a sus captores originales, los portugueses. Un dato menos conocido sobre esa fecha es que el destino original de estos esclavos no era Virginia, sino Veracruz, en la Nueva España.
Mientras en América abundan los monumentos y museos dedicados a este legado inhumano, en España el tráfico de personas sigue siendo una incógnita. ¿Cuál fue el papel real de España en el impulso de la esclavitud en el continente americano? Para responder, debemos apartar la mirada de la trata transatlántica y centrarnos en otro comercio igualmente lucrativo, pero mucho menos conocido: el tráfico de esclavos entre Europa y África. El comercio transatlántico, que facilitó el surgimiento de la democracia estadounidense, tuvo sus precedentes en Europa, concretamente en la península ibérica.
Cuando en 1492 el navegante genovés Cristóbal Colón bautizó como San Salvador a la isla bahameña de Guanahani, ya hacía al menos medio siglo que se comerciaba con africanos esclavizados en la península ibérica. En 1444, los portugueses desembarcaron en Lisboa con 235 africanos, que fueron vendidos principalmente como labradores y sirvientes en diversas regiones de la península. Este hecho marcó el inicio de un comercio que, a lo largo de cuatro siglos, involucró la venta de entre 700.000 y 800.000 africanos en los territorios que hoy conocemos como Portugal y España. El tráfico de personas se consolidó rápidamente en las principales ciudades portuarias ibéricas, extendiéndose desde Lagos y Lisboa hasta Valencia, Cádiz, Sevilla y las islas canarias.
Según la catedrática Diana Berruezo Sánchez, estos mercados de esclavos eran los más grandes de su época. Funcionaban como puntos de partida para distribuir a los cautivos africanos por el resto de la península y Europa. De hecho, para mediados del siglo XVI, ciudades como Venecia y París ya contaban con esclavos que antes habían pasado por los puertos ibéricos. Gracias a su éxito, pronto quedó claro para los íberos que el lucrativo comercio de seres humanos, que se convirtió en una creciente fuente de ingresos para la Corona española, debía ampliarse. Así fue como la primera llegada de esclavos africanos a las Américas, en 1505, ocurrió nada menos que en la isla caribeña de La Española. A partir de ahí, el tráfico de seres humanos solo aumentó.
Para 1519, un siglo antes de que el capitán corsario británico John Colyn Jope vendiera una veintena de cautivos a los colonos ingleses de Virginia, tres navíos mercantes zarparon de Sevilla rumbo a Puerto Rico. En las bodegas del San Juan, Santa Catalina y San Francisco viajaban decenas de hombres, mujeres y niños africanos esclavizados. Aquellos que lograron sobrevivir a la brutal travesía atlántica terminarían trabajando hasta la extenuación en las plantaciones de tabaco, azúcar, arroz y algodón de las colonias españolas en América. Su éxodo forzado fue uno de los tantos que conformaron el Maafa, el holocausto africano. Esta palabra suajili, que significa «gran desastre» o «tragedia», refleja la inmensa pérdida sufrida por los aproximadamente 1,3 a 2 millones de esclavos africanos que desembarcaron en las colonias españolas entre los siglos XVI y XIX.
En España, la esclavitud perduró hasta las primeras décadas del siglo XIX. Aún se vendían esclavos en Cádiz tan tarde como 1813. En sus posesiones americanas, la trata transatlántica continuó durante unos cincuenta años más: el último barco negrero llegó a Cuba en 1867. Y no fue hasta finales de 1886 que la colonia cubana se distinguió con el dudoso honor de ser el último territorio americano en abolir la esclavitud.
Hoy día, la memoria de la esclavitud en las Américas está bien preservada. Mientras iniciativas como la Ruta del Esclavo de la UNESCO recorren los caminos de la trata transatlántica entre México, Brasil, Canadá, Cuba, Estados Unidos y más, y museos y monumentos como el Museo Nacional de Historia y Cultura Afroamericana ofrecen una indagación profunda sobre el papel de la esclavitud en Estados Unidos, en España ni siquiera se habla del tema. Solo el Museo de las Américas lo aborda, pero desde una visión profundamente colonialista. ¿Cuánto tiempo más puede España ignorar la necesidad de una memoria histórica sobre la esclavitud y el colonialismo? ¿Acaso espera que el olvido borre su responsabilidad?
Alison Posey es investigadora postdoctoral en filología afrohispánica y peninsular en la Universidad de Duke, Carolina del Norte, Estados Unidos. Recibió su doctorado en la filología hispánica en 2021 de la Universidad de Virginia.
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