Estudios literarios

Hasta siempre, Zavalita

Jaime Tovar Iglesias se despide con admiración del Premio Nobel peruano.

/ por Jaime Tovar Iglesias /

Estaba escribiendo una reseña sobre Tiempos recios —novela que narra la conjura auspiciada por la CIA y la United Fruit, y el golpe de Estado al mando del coronel Carlos Castillo Armas contra el gobierno de Jacobo Árbenz en Guatemala, en 1954—, cuando mi amigo Ángel Manuel Arenas me escribió ese atenazante mensaje desde Buenos Aires: murió Vargas Llosa. De pronto me levanté a mirar las noticias y los perfiles de divulgación literaria que habitualmente frecuento en redes, todos con la misma noticia. Sentí un escurridizo dolor y una sensación de vacío y orfandad, por hiperbólico que suene. Pensé en Bonifacia, el Sargento Lituma, Zavalita, el Jaguar, los héroes que pusieron fin al dictador Trujillo, La Niña Mala y un insoslayable etcétera de personajes que respiran en el universo de su  ficción.

Ángel me escribió de inmediato; tanto él como yo compartimos amor por muchos de sus libros y hemos pasado largas horas al teléfono, poniéndonos de acuerdo entre la abismal distancia horaria entre Cáceres y Buenos Aires. No sólo hablábamos de su obra, sino de sus influencias.

Madame Bovary, entre los grandes clásicos fue una se sus laureadas obras favoritas, la que estudió, investigó, emuló y obsesionó al Nobel peruano desde su juventud y lo encandiló deseando ser un escritor y vivir en París como Sartre y Camus y muchos más. También lo eclipsó la pasión por las obras de Faulkner, de Víctor Hugo, de Dumas… En más de un ocasión aclaró que «aprender a leer fue lo más importante que le pasó en la vida». Esa vocación literaria y esos coqueteos con los clásicos intentaron ser arrancados por su padre, que, encolerizado por los desvíos de ese niño que era Marito, lo encerró a estudiar en el Colegio Militar Leoncio Prado, que seguro que así se le quitaban las tonterías y se olvidaba de eso de escribir que solo era para bohemios y haraganes. Pues no le pudo salir más «el tiro por la culata». La ciudad y los perros, su primera novela publicada en 1963, fue le resultado de esa experiencia; obra compleja, cruel, entrañable y a la vez mordaz. Sería su segunda novela La casa verde, publicada en 1966 y con la que ganó el Premio Rómulo Gallegos, y ya en 1969, no había terminado la década y era un joven de treinta y un años cuando apareció Conversación en la Catedral; río de personajes que fluyen en una conversación compleja entre Zavalita y el chófer de su padre, el Zambo Ambrosio. Crítica a la época de la dictadura militar de Manuel Odría, conocida como el ochenio. Es imposible describir a Mario Vargas Llosa y su obra de una manera sintética, ya que, como Javier Cercas expresó de él, Mario es en sí mismo una literatura. Desde sus primeros relatos, Los Cachorros, Los Jefes, hasta joyas como La fiesta del Chivo, La guerra del fin del mundo, Pantaleón y las visitadoras, Lituma en los Andes, Historia de Mayta, Travesuras de la niña mala, El paraíso en la otra esquina, pasando por sus ensayos literarios, como La orgía perpetua, La tentación de lo imposible o La mirada quieta, y políticos como La llamada de la tribu, donde repasa enormemente sus nutridas lecturas que cambiaron su visión política, con autores como Karl Popper o Isaiah Berlin. No solo era un excelente novelista: también se destacó como reportero y autor de numerosos trabajos periodísticos. Estuvo en Cuba retransmitiendo la Crisis de los Misiles, y posteriormente, aterrorizado por la dictadura y especialmente el caso Padilla y las UMAP, se desencantó de Fidel Castro y los barbudos, a pesar de haber apoyado en un primer momento la Revolución cubana. De joven simpatizó con el marxismo y militó en la fracción  Cahuide en la Universidad de San Marcos en Lima, y terminó siendo, tras una metamorfosis larga y compleja, un liberal y defensor de la libertad al margen de los totalitarismos y nacionalismos, «plaga incurable del mundo moderno», según él decía. Volviendo a la literatura, fue en los años sesenta, cuando una amistad por correspondencia lo conectó con Gabriel García Márquez, cuando Mario leyó El coronel no tiene quien le escriba y literalmente dijo quién es este genio. Se conocieron en Caracas y comenzó una amistad vívida que se fraguó entre otros motivos por la  admiración que se tenían el uno al otro. Vivieron muy cerca, tanto en París como en Barcelona, protegidos por el paraguas de la mamá grande: Carmen Balcells. Una disputa acabó con la amistad una década después, pero como ellos acordaron, jamás hablarían del tema, relegándolo a sus memorias secretas, y mal haría yo en competir con ellos, que tan solo tengo sentimientos de profunda gratitud como lector.

Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Carlos Fuentes, Jorge Edwards, Álvaro Mutis y un largo collar de autores jóvenes entre los que él estaba constituyeron el llamado Boom hispanoamericano, aunque, para ser honestos, no es sino con Jorge L. Borges, Juan Rulfo y el uruguayo Onetti con quienes comienza la renovación de la escritura en el continente en la primera mitad del siglo XX.

En cuanto al teatro, el escritor peruano no se quedó atrás y debutó siendo aún un estudiante de la escuela secundaria de Piura cuando se estrenó una obra suya en el Teatro Variedades titulada La huida del Inca. Otros de sus títulos teatrales fueron Kathie y el hipopótamo, La Chunga o La Señora de Tacna. Incluso en su aventura vital, ya siendo premio Nobel, se animó a protagonizar a uno de los personajes en el teatro de la mano de la actriz Aitana Sánchez-Gijón con el recital dramático La verdad de las mentiras pasaron por teatros de Madrid, Guadalajara (México) y hasta por el Teatro Romano de Mérida.

En el año 2010 la Academia Sueca le otorgó el Premio Nobel de Literatura. Merecido galardón a tan fecunda y palpitante obra.

Mario Vargas Llosa no es para mí un Premio Nobel, un autor prolífico o un representante de la literatura universal, sino, de nuevo abusando de la exageración antojadiza, un compañero y maestro de vida al que acudir leyéndolo una y otra vez. Al igual que él se refugió en Faulkner, yo me refugiaba en él, y siempre estaban —están y estarán— sus libros, para leer, para aprender, para abrir el mundo. «La literatura no solo es un entretenimiento, una ilusión, sino que deposita en nosotros una insatisfacción permanente y rica y nos hace agentes de cambio y de transformación. Sin la ficción probablemente no hubiéramos salido nunca de las cavernas», defendía en una de sus miles entrevistas tras el Nobel.

Ni una sola de sus novelas pudo aburrirme, y a mi juicio, alguien que ha escrito Conversación en La Catedral o La Fiesta del Chivo permanecerá vivo siempre en el limbo de los autores universales.

Me acompañó en mis aventuras, momentos de pérdida, desencantos vitales académicos, laborales, amorosos y económicos y siempre tanto en España como en el extranjero tuve uno de sus mundos ficticios en la mesilla de noche, en los aeropuertos, aviones, salas de espera o aburridas clases de derecho procesal. Vivía largas temporadas en Madrid, donde yo caminaba por la zona de la calle Mayor, donde según me dijo un librero detrás de la calle, cuyo nombre no diré estaba su apartamento, algunas tardes de primavera caminaba por esos portales señoriales y grandes ventanales tras los cuales solo se veían finas cortinas de organdí y me ilusionaba pensar que pudiese estar tras una de ellas, leyendo a Madame Bovary una vez más retirado en su plena, larga y culta vejez.

Ya en los últimos meses había abandonado España. Se retiró al Perú, a su casa de Barranco en Lima, a refugiarse con sus libros, sus familiares y a pasear por el malecón de Barranco con los chillidos de las gaviotas y a observar las olas del Pacífico rompiendo y escurriéndose entre los berrocales. Mario murió, pero sus palabras respirarán eternamente.

Hasta siempre Mario, hasta siempre Zavalita.


Jaime Tovar Iglesias (Cáceres, 1993) es graduado en derecho por la Universidad de Extremadura y realizó el máster de acceso a la abogacía. Es jurista, pero su vocación es la escritura y el ejercicio periodístico. Ha colaborado en otras revistas como La Trastienda Infinita y ha publicado relatos como «Las flores no mueren en Orihuela», «El aquelarre de los ciervos» o «Entre el verbo y la guerra», entre otros. Actualmente está inmerso en su primer proyecto de ficción.


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2 comments on “Hasta siempre, Zavalita

  1. Maravilloso homenaje para un escritor incalculable. Hasta siempre, Zavalita.

  2. Isabel Iglesias Durán

    Excelente homenaje..todo un lujo!!!

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