Estudios literarios

Los héroes de Vargas Llosa

Mariano Martín Isabel escribe sobre el corazón y la cabeza de un autor que demostró ser, dice, «un quijote pegado al terreno».

/ por Mariano Martín Isabel /

Escribí estos pensamientos hace algunos años (siete u ocho, quizá): nunca los he publicado, fuera del ámbito de mi pequeño blog. Vargas Llosa acaba de morir. Quizá sea el momento de retomar estas reflexiones; de sopesarlas a la luz de las cosas que han acaecido en los últimos años de su vida.

La política

La diferencia entre Sócrates y los sofistas es que el primero quería estar en paz con su conciencia y a los últimos les bastaba con el éxito. Pensaba Kant que las dos cosas suelen estar separadas y que la gente buena sólo cosecha infelicidad y fracaso. Vargas Llosa, sin embargo, nos recuerda que las dos cosas son compatibles entre sí; que se puede ser honesto y triunfador al mismo tiempo; y que, aunque eso no ocurra a menudo, hay por lo menos un ejemplo de que esa combinación se ha dado: él mismo.

Se puede defender la libertad de mercado y condenar las ideologías de la izquierda, y eso es un factor de éxito en el mundo en que vivimos; pero él se mete en la piel de una luchadora y sufre con ella desde el paraíso en la otra esquina: lo que le sirve para denunciar, de paso, los excesos del capitalismo que él mismo profesa (que no puede ser por ello un capitalismo salvaje); recordándonos que el liberalismo, para serlo, tiene que ser también político (puesto que una economía liberal dentro de una dictadura militar es lisa y llanamente una contradicción en los términos). Las páginas de Flora Tristán le inspiran una profunda ternura desde la distancia del realismo; y desde esa óptica siente pena por unas ilusiones que él identifica como pensamiento iluso, aunque sea también un pensamiento sincero.

Vargas Llosa se apartó de los gobiernos de izquierda que se olvidaron de la razón para enquistarse en la adulación, en el autoritarismo: porque perdieron la honestidad cuando encontraron el éxito. Pero no escribe una novela sobre Fidel Castro. La escribe sobre Leónidas Trujillo, como si sintiera placer en hurgar en las pústulas de la derecha para curarse de ellas; también Kant, racionalista convencido, se puso a criticar la razón para salvarla. Solo se puede enmendar aquello que se critica, porque la falta de crítica (y con ello la imposibilidad de regeneración) es lo que echa en falta Vargas Llosa en los regímenes salidos del marxismo. Su ferocidad al atacar los males de la derecha es implacable, como su lucidez al hacer sus disecciones; y también su determinación para corregir el rumbo. Siendo Margaret Thatcher una de sus principales referencias políticas, no le dolieron prendas al censurarla cuando salió ella en defensa de Pinochet, a la sazón bajo arresto domiciliario. Y siendo para él Fujimori el paradigma de la depravación, ningún peruano arrimado al régimen lo defendió tanto como él (como individuo, que no como político), reivindicando su derecho a ser mandatario del Perú aunque hubiera nacido en Japón o en la Cochinchina; porque lo único importante es que durante toda su vida vivió en Perú y fue peruano; y porque, para Vargas Llosa, el cosmopolitismo es la solución y no el nacionalismo. Por eso rechaza también el indigenismo y las aspiraciones de restauración del pasado andino. 

Sin embargo pocos como él han sabido comprender el alma del indio. La intrahistoria de los Andes alcanza altísimas pulsaciones en las páginas inspiradas de Lituma, volcando su ternura en la comprensión de una mentalidad que rechaza; dando a entender que, por debajo de las estructuras mentales que nos constriñen, vibra hasta la médula el corazón de la gente que siente; una gente que es víctima, siempre, de sus propias miserias y las de su mundo.

La depravación del alma humana, Vargas Llosa la denuncia desde sus filas. No se trata de comprender al adversario para mejor derrotarlo: aquí se trata simplemente de comprenderlo; para querer con él, sentir con él, vibrar con él, amar con él y compadecerlo: él ama a las víctimas de Trujillo más que a los triunfadores de Santo Domingo; quiere a la revolucionaria que sufre más que al burgués que la maltrata; y comprende las travesuras de la niña mala, enternecido con ella (que vive presa de sus demonios, incapaz de obrar arrinconando sus pasiones), a pesar de que es ella la que hace sufrir al pobre traductor, perdidamente enamorado de ella. Si la cabeza de Vargas Llosa es cosmopolita, su corazón también lo es; su capacidad para introducirse en los corazones, para ver las cosas desde ellos, olvidando su propia perspectiva y asomándose a la atalaya de los demás puntos de vista, es extraordinaria. Las aberraciones encontrarán en su pluma un arma para la denuncia, el último botón de muestra es el sueño del celta.

Si volvemos al punto de partida encontraremos a Sócrates de nuevo. Se trataba de triunfar o de estar en paz consigo mismo. Vargas Llosa es afortunado porque ha conseguido ambas cosas a la vez. Pero sus detractores lo acusan de ser un escritor al servicio de la derecha. Si, desde una óptica elemental, identificamos la izquierda como la perspectiva de los pobres y la derecha como la de los ricos, ¿qué es Vargas Llosa? Su cabeza le dice que no debe hacer caso al corazón, y, aunque le duela el sufrimiento de Flora Tristán, la libertad no está en sus sueños revolucionarios, sino en la lógica inexorable de los hechos. Pero su corazón le recuerda que, como hiciera Kant con la razón, el mejor liberal es el que critica el liberalismo. Yo creo que en ese horizonte se encuentra Vargas Llosa. Él sabe, como advirtiera Winston Churchill, que la democracia no es el mejor de los regímenes posibles, sino el menos malo de los existentes. Con Aristóteles y contra Platón, Vargas Llosa tiene los pies en tierra pero va mucho más lejos que Aristóteles al declararse nominalista. No existen las ideas abstractas, sólo los individuos: por eso es tan crítico con las ideologías. Solo queda pedirle que siga siendo crítico con el liberalismo porque no deja de ser una ideología más; y, como él no se cansa de repetir, lo que vale la pena es la lucha por la libertad de los individuos, no la de los pueblos. Aunque este asunto, por su complejidad, necesite algún otro capítulo aparte.

Si, pues, la razón hace de él un escritor de derechas, el corazón lo arrima mucho a la izquierda. Quizá por ello Carlos Cano dijo un día en televisión que Vargas Llosa era un hombre de izquierdas; y Vargas Llosa, sonriendo, contestaba que aquello se lo dictaba su corazón, no su cabeza; sonreía desde la distancia de la razón, no desde la lejanía del sentimiento. Es la de Vargas Llosa una razón cordial, como diría Adela Cortina. Su compatriota Miró Quesada teorizó sobre el socialismo desde la derecha, desde una perspectiva humanista y situacional; y, buscando a dios con todas sus fuerzas, tuvo que renunciar a él y profesó un ateísmo nostálgico; ateísmo porque dios no existe, nostálgico porque le gustaría que existiera. También Vargas Llosa es quizá un socialista nostálgico. O un liberal humanista, que es lo mismo. Quizá piensa también que el socialismo no existe, pero le gustaría que existiera.

Los héroes

El héroe es el que siente, piensa y hace lo que la gente no se atreve a sentir, pensar y hacer; o lo que es lo mismo, aquel cuyo ser es más auténtico que el de quienes viven limitados por la superficie de las cosas. El héroe trágico lucha contra el destino, o lo acepta; su combate está de antemano condenado al fracaso; el héroe novelesco hace de su lucha el destino mismo, haciendo que las cosas cambien si él se atreve a cambiarlas. Edipo, Prometeo, Orestes, Antígona son héroes trágicos. También lo es Jesucristo. Sin embargo Darwin, Gandhi, Don Quijote o Salvador Allende son héroes novelescos. El héroe trágico camina en el sentido de la historia, juguete del destino, haciendo realidades de necesidades inexorables, como fuerza de la lógica que nadie puede detener. Y el héroe novelesco quiere cambiar la sociedad que, enquistada en el culto a las palabras, va buscando el espíritu y no la letra de los ideales.

Vargas Llosa es un héroe novelesco. Él no cree en el destino, sino en la libertad. El ser humano no se deja llevar por la ola, sino que la doma a lomos de una tabla hawaiana.

Flora Tristán, como todos los agitadores utópicos, hace realidad el eslogan de mayo del 68: pedir lo imposible, lo que sin duda también asumiría Vargas Llosa; pero él, a diferencia de los utópicos, hace suya una idea de Ortega y Gasset de que solo debe ser lo que echa sus raíces en el ser. Estaría dispuesto a ser un quijote, pero no luchando contra molinos, sino contra injusticias; no peleando contra la realidad, sino contra quienes, en nombre de la realidad, reniegan de los ideales. Hay un pragmatismo ramplón que busca justificar lo que se hace; el verdadero realismo busca, en cambio, razones para actuar, no justificaciones para los actos; busca actuar en profundidad, no maquillajes de fachada; busca, en suma, realizar los ideales emanados de la realidad, no las quimeras que no tienen anclaje; y huye de los escaparates para fijarse más bien en la trastienda. Óscar Miró Quesada, rechazando también que se ampute a la realidad de sus ideales, prefería hablar de la realidad del ideal. Porque el ideal es, en sintonía con Ortega, una posibilidad de la existencia, no una quimera incompatible con ella.

Vargas Llosa es un quijote pegado al terreno. Un idealista de la realidad, un pesimista (que es un optimista bien informado). Como Gramsci, él preferiría adobar el pesimismo de la inteligencia con el optimismo de la voluntad. El estudio de la realidad pasa por dos fases: el análisis y el diagnóstico. El análisis nos muestra lo que ocurre, el diagnóstico lo que debe ocurrir; porque solo identificando bien las causas pueden hallarse las soluciones. Vargas Llosa coincide con la izquierda en el análisis, pero no en el diagnóstico.

Flora Tristán es explotada vergonzosamente por un marido machista. La sociedad prefiere las apariencias de la mala mujer a las evidencias del mal marido. La justicia defiende evidentemente las injusticias. Los obreros son explotados en los tiempos del capitalismo salvaje. Y las prostitutas de Londres son tratadas vejatoriamente a cambio de unas cuantas monedas. Ese es el análisis. En él coincidimos todos. Negar esas evidencias sería negar que existe el sol cuando todos lo estamos viendo.

En cuanto al diagnóstico, hay dos posturas encontradas: unos piensan que eso se debe al sistema, otros a que el sistema falla. Para los primeros hay que cambiarlo, para los segundos hay que engrasarlo. El encargado de hacer ambas cosas es el héroe. El héroe revolucionario se ve a sí mismo como la mano del destino, convencido como está de lo ineluctables que son las leyes de la historia. Pero el héroe del sistema, lejos de ser el brazo ejecutor de nada, es un ser libre que, en su lucha por el ideal, no tiene ninguna certeza de que éste se vaya a realizar: es un héroe novelesco, un héroe libre; lejos de ser muñeco del destino acepta su circunstancia (que es inexorable) para salvarla (lo que depende de su libertad): otra vez Ortega. Vivir es necesariamente decidir. O de lo contrario no seremos res gestae sino res stantes; y, lejos de llenar el mundo con nuestras gestas, lo llenaremos con nuestro cuerpo: calentando asiento (que es lo que muchos hacen cuando van a clase); con ello ocuparemos el espacio sin llenar el mundo, nuestra vida tendrá poca calidad de ser y no seremos personas sino masa.

Roger Casement es un héroe libre (liberal, preferiría decir Vargas Llosa). Pero también es un héroe trágico. Héroe novelesco, lleva al mundo la denuncia de la explotación de los negros y de los indios, y gracias a su gesta, poniendo su vida en peligro, logra corregir los errores del capitalismo; para que el capitalismo funcione. Pero héroe trágico, lucha contra molinos y pierde la vida entregándosela generosamente a la causa de Irlanda. El éxito quijotesco en el Amazonas viene de la mano de un análisis certero de la realidad, basado en sus fidedignas observaciones sobre el terreno. Pero su desvarío quijotesco (y su fracaso) surge cuando se empeña, contra toda evidencia, en ver que Irlanda era explotada de la misma manera que lo eran los indios cuando la industria del caucho. El análisis certero conduce a una buena hipótesis: que la causa de los maltratos es la violación de las reglas del capitalismo por una empresa, y por eso el villano puede ser castigado. Pero el análisis defectuoso (basado en los libros poéticos más que en la observación empírica) lleva a una defectuosa conclusión: que Irlanda sufría a manos de los ingleses lo mismo que los indios a manos de seres inhumanos: y la revolución fracasa. Los buenos diagnósticos llevan a buenos pronósticos, y eso no ocurre con los diagnósticos equivocados. Lo malo es cuando el error no procede del conocimiento, sino de la voluntad; cuando el idealismo, por puro y noble que sea, nos hace ver cosas distintas de las que realmente estamos viendo.

Los asesinos de Leónidas Trujillo son héroes novelescos. Personas libres. Y luchan y sufren a manos de los villanos. En sus primeros tiempos Vargas Llosa vio en el comunismo (especialmente en Cuba) un ideal quijotesco: y comulgó con él. Pero en seguida vio que detrás de esa fachada había algo más que pelea contra molinos: vio que el propio héroe se había vuelto villano; y se apartó. En una época en que eso no estaba de moda se convirtió en un auténtico héroe: es decir en un villano (los teóricos del relato saben que una de las funciones del relato se consuma con la suplantación del héroe); porque chocó contra las ideas recibidas que, inmunes al análisis, ya tenían consagrado su diagnóstico.

Hoy día ni la misma izquierda considera ya que sea muy defendible el régimen de Fidel Castro. Con cuarenta años de retraso los hechos parecen haberle dado la razón a Vargas Llosa, pero sus detractores aún siguen sin dársela. Por lo visto él sigue pensando que hacen falta héroes para engrasar la maquinaria liberal y sobran los que, muchas veces de buen corazón, intentan dinamitarla; pero cuando un coche no funciona sería de locos no llevarlo al taller antes de tirarlo. Durante el gobierno de Fujimori él supo distinguir entre liberalismo y capitalismo; combatió el secuestro del primero, pero no la existencia del segundo. Fue una época en que, a cambio de estabilidad económica, muchos peruanos prescindieron de los derechos humanos; los veían, se decía entonces, como folclóricas originalidades europeas: en aquellos momentos, como hubiera hecho Roger Casement, Vargas Llosa los defendió sin ambages. Seguramente pensaría que el capitalismo, fuera del liberalismo, es inaceptable, tanto en lo político como en lo económico. Lo que pasa es que, al llamar neoliberalismo al capitalismo, muchos pensadores se negaron a sí mismos los elementos del análisis. Y, faltos de poder examinar la realidad, vivieron presos de un diagnóstico estereotipado.

En las elecciones de 2011 los peruanos tuvieron que optar entre dos candidatos, para muchos, inaceptables: esa era la circunstancia. Al aceptarla, pudieron elegir entre un capitalismo probablemente antiliberal y un socialismo aparentemente antiliberal con posibilidades de liberalizarse. ¿Qué necesidad tenía, después de recibir el Premio Nobel, de seguir descendiendo a la arena política? Lo tenía todo para ser feliz. Para vivir en paz con su familia, en una existencia dorada, lejos de los latigazos del mundanal ruido. Y sin embargo bajó a la arena. Tomó partido. Tuvo que soportar que llamaran resentimiento a lo que era compromiso con la justicia. Prefirió dar conferencias donde sabía que sería abucheado. Pero eso no lo amilanó. Porque, por encima de todo, sabía que las injusticias del capitalismo sólo se podían enmendar con las quijotadas del liberalismo: él no creía en los quijotes de la revolución. Está en su derecho. Por eso somos libres. Como los que precipitaron la caída de Leónidas Trujillo. Como el primer Roger Casement (pero no el segundo). Él nunca aplaudiría a un Lenin aunque comprendiese la bondad de muchos leninistas convencidos. Preferiría quedarse con Robin Hood, aunque tampoco compartiría la ingenuidad primitiva de los proscritos de Sherwood. Hace falta un sistema que funcione bien. Y algunos héroes que lo corrijan de vez en cuando. Pero no necesitamos, para nada, la peligrosa candidez de los héroes trágicos.


LagunaDeLibros | Biblioteca IES Andrés Laguna

Mariano Martín Isabel es doctor en filosofía y profesor del instituto Andrés Laguna de Segovia. Vivió catorce años en Francia. Ha escrito artículos de filosofía en Francia, España, Italia, Finlandia, Ecuador y Méjico, y ha hecho algunas incursiones en la novela, como Las caras del mar. Su teoría de la razón viva concibe la novela como expresión viva de la razón. Es coautor del libro Andrés Laguna, humanista y médico, y ha escrito sobre Ortega y Gasset, Miró Quesada, Miguel Hernández y María Zambrano, entre otros. Desde hace algo más de un año anima un blog en el que intenta ahondar en el concepto de filosofía literaria; de periodicidad semanal, publica textos agrupados en cuatro secciones: filosofía, literatura, educación y el rincón de «el mirador» (atalaya desde la que desmenuza la realidad con objetividad apasionada).


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