texto de Tomás Sánchez Santiago
fotografías de Luis Marigómez (serie Asfódelos)
Desde el cubo de la basura, las inmundicias nos interpelan mudamente cada noche. Ellas son el forro impuro de nuestros deseos. No huelen bien, y esa es su represalia. Comimos, bebimos, colmamos del todo apetencias que ya se disiparon. Solo queda durando eso otro que en su momento desechamos y ahora se impone: las cáscaras, las mondas, los escombros sin alma de los envoltorios… El resplandor de los desperdicios.

A veces es una palabra que no cabe en el mundo la que se aparece y tira de uno obligándole a seguirla sin dirección cierta. Adónde llevará nunca se sabe. Pero nos apresuramos a abandonarlo todo para ir a marchas forzadas detrás de ella, ocurra lo que ocurra. Es siempre así. Ella dispone de nuestro destino. ¿Puede haber una mayor locura, a los ojos de los demás? Dejarlo todo e irse detrás de una palabra, como los niños en el cuento del flautista, aun a sabiendas —y eso le da sentido a todo— de que nunca la alcanzaremos. Porque, ¿qué es un poema? «Un poema acabado es un membrillo comido por los pájaros», dice Basilio Sánchez en ese libro tan necesario, El buen lugar, donde se habla de la poesía como si se estuviese pelando una fruta con compasión y agradecimiento.

Nos empieza a magullar el alma con sus luces apalabradas, sus agujas secretas, su ferocidad solar, sus músculos de manteca salada. ¡Paso al verano!
Sentado en la terraza del bar del barrio. Dentro se está jugando una ruidosa partida de dominó. Restallidos sobre el mármol, voces sin norma, palabras de desmesura, expresiones incomprensibles de argot, recriminaciones con masiva mampostería verbal. Los parroquianos se conocen bien, eso está claro, pero ello no impide que se chillen hasta el borde del insulto. Y ahí se frenan. Es como si estuviesen representando su obra teatral diaria. Solo haría falta el aplauso del público y las reverencias de agradecimiento cuando acaba la partida, salen al exterior todos juntos y se van riéndose como si nada hubiera sucedido.
Emboscado en un rincón para no ser visto, el guardia de seguridad del supermercado no quita ojo a las dos gitanas, madre e hija muy probablemente, que van cargando en su carro lo que van comprando. Como todos los demás.
Entró un gorrión hasta la cocina. Se acurrucó tras el microondas como si quisiera dejar de existir. Cuando lo pude devolver de nuevo al aire, soltó algunas plumas que el sudor dejó pegadas en mi mano. Lo consideré un desafío, como si me incitase a abandonar la especie y empezar otra vez a ser pájaro.

Qué bien entiendo ahora a la jovencita que me contó que estaba haciendo un máster sobre «lírica computacional». Quién sabe si no se pondría para ello bajo la advocación de sus dioses con una súplica como esta: «¡Inteligencia artificial, dame tú el nombre exacto de las cosas!». No andaba tan errado Machado cuando hablaba de aquella máquina de trovar…
Dispersadas por el terreno recién segado, las balas de paja dejan ese aspecto de un ajedrez misterioso o de túmulos funerarios escoltados por devotos pájaros voraces. La labor de limpieza agraria no ha llegado a las cunetas, donde persiste desde el invierno una macedonia primitiva de ortigas, cardos, zarzas y bruscas florescencias; eso que en aquel poema llamaba Luis Marigómez «insolencia vegetal».
FÁBULA POLÍTICA
Los dos vecinos, que viven hace años frente por frente, se pasan la vida tirándose estiércol a la cara una y otra vez. Pero no es un gesto de agresión sino de restitución: «¡Dame mi estiércol! ¡No te quedes con él! ¡Me pertenece!». Y así pasan el tiempo, exigiéndose uno al otro devolverse la mierda propia, que ellos saben distinguir de la que no es suya porque conocen bien cómo huele.

Levantarse muy temprano y, lo primero de todo, ver los juguetes de anoche regados por el suelo del salón. Son las suaves deposiciones de la infancia. ¿Qué ha sucedido? Tal vez fuiste tú mismo el que saltaste desde allí a la edad que tienes hoy sin más transición que una simple noche, sin obediencia a las leyes del tiempo («encantamiento en vez de leyes», pedía el poeta Miguel Suárez). Pudiera ser así porque ¿quién entiende del todo cómo se comporta el laberinto inexplicable de la vida?
La administración de lotería está atestada. Ni un ruido; solo un trasiego sigiloso de fieles devotos esperan a ser atendidos por las divinidades de la suerte, salpicando el ambiente de pequeñas toses como relámpagos y susurros imperceptibles. El local es, verdaderamente, un templo. Nadie osa levantar la voz, como si la feligresía estuviese masticando oraciones y no se atreviese a molestar a los dioses por si dejaban de escucharlos. Me vino a la memoria aquello que leí en mi juventud: un pobre hombre atribulado por las deudas y un rico empresario a punto de emprender un pingüe negocio para el que necesita un crédito entran a la vez en una iglesia a rezarle a un Cristo con fama de milagrero. El hombre necesita 50 pesetas para salir de su mal paso; el negociante precisa 50.000 para lograr sus ganancias. Ambos rezan codo a codo al Cristo, y van subiendo poco a poco el tono de sus respectivas demandas, que acaban entrecruzándose hasta hacerse ininteligibles. Entonces el empresario saca de la cartera un billete de 50 pesetas, se lo pone en las manos al hombre y le exige con contundencia: «¡Tenga, y no me lo distraiga!».
A menudo, son los objetos con los que convivimos de cerca los que ya han sido preparados para modificar nuestras pautas de conducta y nuestras decisiones. Los coches están diseñados para no tener más de dos hijos (nuevo hijo: nuevo coche), los buzones de los portales ya son meras casillas con una afilada ranura por donde apenas cabe fileteado un sobre, y eso desanima más la correspondencia postal; y mi monedero ya solo tiene un exiguo departamento para la calderilla, tan reducido que hace pensar que hay que irse preparando porque pronto desaparecerán las monedas o serán un valor de cambio residual. Así que los objetos, sí, disponen su apariencia, en absoluto inocua o azarosa, para forzar alteraciones sociales que acabarán por imponerse. Esto recuerda aquel axioma de la biología fantástica según el cual era la función la que creaba al órgano. No es para tanto, pero estamos más subordinados de lo que suponemos a nuestros útiles inmediatos. Precursores de los algoritmos, son ellos los que nos gobiernan con sus magnitudes, los que deciden por nosotros.

Dos mujeres árabes atraviesan presurosas la plaza, atestada a esa hora de gente refugiada en terrazas bajo amplios parasoles que dejan en el pavimento charcos de sombra. Cada una de ellas lleva, con las dos manos por delante, un envoltorio de trapos blancos. Una tras otra van deprisa, casi deslizándose, como si supieran que deben desaparecer cuanto antes de ese escenario para salvaguardar la ofrenda que portan, ponerla fuera del alcance del mundo ocioso que las mira pasar y luego sigue desanudando la digestión lentamente entre licores de colores bárbaros. Lo secreto pasa deprisa ante los ojos de la sociedad complaciente. Cuerpos ocultos bajo telas muy vivas frente a un museo general de hombros relucientes y varices al aire. Mundos desentendidos pero qué próximos.
Tomás Sánchez Santiago (Zamora, 1957). En 2019 apareció su poesía reunida bajo el título Este otro orden. Posteriormente ha publicado La belleza de lo pequeño, El que menos sabe y en 2025 la antología El esmero. Es autor de dos narraciones: Calle Feria y Años de mayor cuantía. Sus diarios se compilaron en el volumen El murmullo del mundo (2019).
Luis Marigómez (Nava de la Asunción, Segovia, 1957) ha publicado algunos volúmenes, entre otros, la novela Sinfín (2016);su último poemario es Vislumbres (2023) y su último libro de relatos, Vaivén (2024). Ha escrito en las páginas culturales de varios medios, sobre todo en El Norte de Castilla. Tradujo el poemario de Margaret Atwood Luna nueva y cofundó la revista El signo del gorrión. También hace fotos, que ha expuesto a veces con sus poemas.
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