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Una llamada desde Londres

En su vigésimo aniversario, recuperamos un texto de Jónatham F. Moriche publicado en los días posteriores a los atentados terroristas del 7 de julio de 2005 en Londres.

/ por Jónatham F. Moriche /

Publicado originalmente en Indymedia Madrid y otros portales, 14/07/2005

«London calling to the faraway towns / now that war is declared and battle come down» («Londres llama a las ciudades lejanas / ahora que la guerra fue declarada y empieza la batalla»): son los primeros versos de la canción London calling de The Clash, y fueron lo primero que vino a mi mente cuando, a media mañana del pasado jueves, hace ahora tan sólo cinco días, escuché las primeras noticias en torno a los atentados que acababan de producirse en la capital británica.

Supongo que fue algo que nos sucedió a muchos esa mañana. Se trata de una canción muy conocida, toda una referencia cultural y sentimental para quienes amamos la música en general y el rock en particular. Pero además su letra parecía estar transformándose de pronto en toda una profecía. Porque Londres estaba realmente llamando. Y porque, como dice la canción unas líneas después, a veces nos parece que de veras se acerca una oscura y terrible edad de hielo. Londres nos ha llamado y en el planeta entero, a esa velocidad de vértigo que en nuestro tiempo han adquirido las cosas, hemos recibido su mensaje. Pero, como nos pasa con la letra de la canción de The Clash, aún no hemos acabado de entender muy bien qué es lo que ha querido decirnos.

Pero si en un cuarto de siglo no hemos entendido la letra de la canción… ¿cómo vamos a entender en tan sólo cinco días lo que pueden significar acontecimientos tan terribles como los del jueves? Apenas podemos, por ahora, observar y reflexionar, apuntar ideas e intercambiarlas con nuestros conciudadanos. Y eso es lo que yo trataré de hacer aquí.


I. La israelización. Quizás lo más estremecedor de todo lo sucedido haya sido la increíble, delirante sensación de alivio con la que las primeras noticias de los atentados fueron recibidas en el mundo. «Alivio», sí, no me he equivocado de palabra. Alivio ante la idea de que se trataba de unos atentados con sólo algunos muertos. La evolución durante la mañana de los mercados bursátiles (uno de los más precisos indicadores del estado psíquico colectivo en nuestras sociedades) fue en extremo ilustrativo: un gran susto al principio y una vuelta a la casi normalidad poco después. No es necesario explayarse en torno a qué tipo de estándares en las escalas y las modalidades del horror nos estamos habituando para que un atentado con docenas de muertos sea recibido con alivio: estándares establecidos por atentados con cientos o incluso miles de víctimas.

Cuando hablo de israelización hablo, pues, del establecimiento de una convivencia social normalizada con el horror. Tan normalizada que la pregunta central pasa de ser «¿por qué este atentado?» a ser «¿cuántos muertos ha habido esta vez?». Tan normalizada que empiezan a leerse en los periódicos estadísticas que comparan el riesgo de morir de cáncer o en un accidente de tráfico respecto con el de morir en un atentado terrorista. Cuando hablo de israelización hablo de la vida tal y como la viven muchos ―quizás, la mayoría― de los ciudadanos israelíes: con la perspectiva de futuro de una convivencia prolongada, si no permanente, con la violencia terrorista, porque se ha alcanzado un punto (político y colectivo, pero también psicológico e individual) en el que se ha dado por irresoluble la situación de partida de la que brota esa violencia.


II. El talento del señor Blair. Hay sin embargo, en este caso, indicios suficientes para pensar que esta israelización de la población británica y europea no es un fenómeno enteramente espontáneo. O dicho con palabras más claras: que estamos ante una estrategia de israelización de la población, puesta en práctica desde la administración Blair como apuesta para contener el impacto político de los atentados.

En esto, como en otros aspectos, hay similitudes y diferencias respecto a lo sucedido en Madrid. Ciertamente no debe acusarse al gobierno de Aznar de escasez de información en los días posteriores al 11-M, sino de exceso de opinión. En términos otra vez más claros: no de ocultar, sino de mentir. Tan burdamente que incluso resultaba contradictorio con lo que el propio gobierno estaba mostrando («se ha encontrado… pero la línea principal de investigación sigue siendo»). Blair carece de una vía de escape como la que para Aznar suponía ETA, y aunque hubiese dispuesto de ella, su reconocida astucia política le alejaría de una alternativa tan enloquecida. Si ya era un desatino en España pensar que las acciones terroristas y la presencia política en las Azores y militar en Iraq no estaban relacionadas, en el caso británico, con miles de soldados sobre el terreno directamente implicados en las operaciones militares, esto es sencillamente un imposible.

Ante esta realidad incontrovertible, el gobierno Blair ha optado por una línea inversa, especular, respecto a la escogida por Aznar. Una línea que muy posiblemente estuviera ya diseñada por los equipos de comunicación de Downing Street y se activase simultáneamente a las explosiones: restringir, modular y depurar la información para provocar el menor impacto psicológico en la población. Imágenes blancas, sin sangre, humo ni gritos, comparecencias casi exclusivamente protagonizadas por policías y responsables de salud o emergencias, dosificación pausada de las cifras de víctimas y, por supuesto, nada de llamamientos patrióticos ni convocatorias de masas. El estoico y funcionarial discurso de Blair ante el parlamento británico del lunes 11 refleja bien este tono escogido, muy lejano de la retórica primaria y visceral de Bush tras el 11-S y de Aznar tras el 11-M.


III. Un atentado inevitable. Quizás esta sea la frase más terrible pronunciada en estos días luctuosos. Y la clave de lo que he denominado estrategia de israelización de la población. Son un llamamiento preciso y rotundo a la ciudadanía para establecer una convivencia normalizada con el horror. Si esa frase hubiera sido pronunciada en una rueda de prensa por un policía o un político español en las horas posteriores al 11-M hubiera sido seguramente linchado en el acto.

Existen circunstancias políticas clave para comprender esta diferente perspectiva adoptada por el poder político ante la cuestión del terrorismo. En las elecciones españolas había un partido con posibilidades reales de gobernar en cuyo programa electoral figuraba la retirada de nuestras tropas de Iraq. En Gran Bretaña eso no ocurre. Participar de la colonización de Iraq es en Gran Bretaña un consenso de Estado sobre el que la opinión de la población no ha tenido ni la menor relevancia ni la menor oportunidad de materializarse en una decisión política. En España, los ciudadanos podíamos no sólo manifestarnos sino además votar en contra de esa participación. A los ciudadanos británicos, y así se lo han dicho muy claramente estos días desde su gobierno, no les queda más opción que apretar los dientes y asumir el sacrificio que beneficiarse del saqueo de Iraq les suponga.

Este ha sido, históricamente, el mensaje de los gobiernos laboristas o conservadores israelíes a sus ciudadanos respecto a la ocupación de Palestina. Ciudadanos que sirven años y años en misiones de alto riesgo en las fuerzas armadas y guardan máscaras antigás para toda la familia en el desván de la casa. Ciudadanos que perciben tolerable la posibilidad, remota pero real, de morir despedazados por un hombre-bomba suicida en un autobús camino del trabajo, y que no encuentran inconveniente en que sus libertades individuales y colectivas sean severamente recortadas para alejarse de esa posibilidad. Ciudadanos, en suma, de un país en guerra permanente.


IV. La Base. Realmente es poco lo que sabemos de eso que denominamos un poco a tientas Al-Qaeda, o La Base. La Base no es una ideología ni una organización, sino un extenso y diverso entramado de mensajes, relaciones, armas, personas, dinero… Lo único que podemos decir a ciencia cierta es que las invasiones de Afganistán e Iraq por Estados Unidos y sus aliados no han sido ni de lejos un freno a su actividad, sino más bien al contrario, un auténtico regalo que ha extendido sus redes, las ha diversificado y dotado de apoyos. El respaldo occidental a gobiernos despóticos, como el de Pakistán, o severamente autoritarios, como el de Marruecos, tampoco parece dañarles en lo más mínimo, sino aumentar su clientela potencial en nuevas generaciones de jóvenes frustrados, oprimidos, empobrecidos y rabiosos.

El terrorismo es, ante todo, una actividad de tipo simbólico. Los principales daños que genera el terrorismo no son las muertes o la destrucción material directamente provocados por los atentados, sino el miedo, la desconfianza y el dolor generalizados que extienden entre las sociedades a las que ataca. Y la principal arma del terrorista no son sus explosivos, sino la simpatía que pueden despertar sus acciones en otros que puedan apoyarle o seguir su ejemplo. Y los actos de occidente, y muy en especial de EEUU y sus aliados directos, no hacen sino aumentar y aumentar esa corriente de simpatía. En el asedio de Faluya, miles de civiles iraquíes fueron exterminados como insectos por la aviación y la artillería de las tropas anglo-norteamericanas. En Abu Ghraib, cientos de presos han sido torturados, en algunos casos hasta la muerte, por los interrogadores de la CIA. Y así podríamos seguir enumerando horrores hasta la extenuación. ¿No son esas noticias el mejor adoctrinador y la mejor oficina de reclutamiento de los ejércitos terroristas? ¿Y no tendría sentido, ya que, muy legítimamente, pedimos a las gentes de los países musulmanes y a los musulmanes que viven con nosotros que nos ayuden a neutralizar a los terroristas que hay entre ellos y que están matando a nuestra gente, que hiciéramos nosotros otro tanto, y tratásemos de neutralizar a los terroristas que hay entre nosotros y que están matando a su gente, valiéndose para ello de nuestros impuestos, nuestros ejércitos y nuestras propias vidas?

No existe justificación alguna para actos como los de Nueva York, Bali, Madrid o Londres. Pero lo cierto es que ser víctima de una tremenda injusticia no impide estar siendo a la vez autor de otra, ni impide que ambas injusticias estén íntimamente relacionadas. La resistencia de los británicos ante la guerra de Iraq ha sido grande y ejemplar, pero no suficiente, como tampoco lo fue la española, al menos a tiempo para evitar la matanza de Madrid, ni lo son la italiana ni la norteamericana ni la danesa ni otras. Nuestros gobiernos terroristas no han sido depuestos (con la honrosa excepción española, por el momento) y así, cuando cualquiera de los mil quinientos millones de musulmanes del mundo ve la humillación y la muerte de los suyos en Afganistán, Iraq, Chechenia o Palestina, está viendo también nuestras banderas, está viendo a nuestros soldados y está viendo a nuestros líderes democráticamente elegidos. El terrorismo carece de justificación, pero paradójicamente quienes somos sus víctimas no cesamos de ofrecerle coartadas. Eso, y no otra cosa, es lo que hace inevitables los atentados, y hasta la policía de Londres lo sabe.


V. Nosotros. Entre el 11 y el 14 de marzo de 2004 millones de ciudadanos de todas las naciones españolas participamos en una revolución noviolenta que derrocó al gobierno que había ofrecido la coartada para que doscientos de los nuestros cayeran destrozados por las bombas de los trenes de cercanías de Madrid. Aunque mucho del protagonismo de esta rebelión cívica lo hayan recogido los entre 50.000 y 100.000 participantes en las acciones de desobediencia civil de la tarde y la noche del día 13 de marzo, lo cierto es que fueron millones los españoles que en esas horas se convirtieron en activistas, informándose y comunicándose de un modo intensamente político para elaborar una respuesta colectiva ante la manipulación gubernamental, valiéndose de las nuevas tecnologías pero todavía más del teléfono y la conversación cara a cara, actuando de un modo crítico y reflexivo incluso en el transcurso de las manifestaciones de repulsa convocadas por el propio gobierno. A última hora del día 13 el gobierno del PP ni siquiera podía garantizarse el control de las fuerzas de seguridad del Estado ni el respaldo de la monarquía. Sin duda, la inmediata celebración de elecciones permitió canalizar institucionalmente un impulso destituyente que, de otra manera, hubiera desbordado el marco institucional hasta desembocar en un escenario insurreccional.

Quizás el error de Aznar fue tratar de someter a los españoles a una estrategia de norteamericanización, calcada de la ejecutada por Bush y sus cortesanos tras el 11-S, basada en aquello que Condolezza Rice describió tan fríamente como «aprovechar las oportunidades» que abren estos atentados. Los valores sobre los que Aznar trató de construir su «proyecto para un nuevo siglo español», primero en las Azores y luego tras los atentados, no convencieron a los españoles para enrolarse en la guerra permanente. Al contrario, los españoles dejaron de un lado las banderas, miraron a los ojos de las víctimas y supieron lo que había que hacer.

Los británicos se enfrentan hoy a una estrategia distinta, a la israelización de Blair, frente a la norteamericanización de Aznar. Su estrategia deberá ser distinta entonces para salir del absurdo y siniestro club de quienes ofrecen coartadas para que les maten, por haberse convertido en cómplices y rehenes de quienes a su vez están matando a otros en su nombre. Aquello que Aznar trató de convertir en una réplica de las trágicas gestas de la Reconquista, Blair lo está intentando hacer pasar por la desgraciada explosión de una bombona de camping. Blair acaba de ganar unas elecciones en su país y durante un semestre va a conducir los destinos de la Unión Europea, y lo mejor que le puede pasar es que los británicos, y los europeos en general, piensen que tienen muchas más posibilidades de morir de cáncer o en un accidente de coche que en un atentado. La política de imágenes blancas es una repugnante operación de «desconexión emocional» de la población respecto de los atentados que convierte en una travesura inocente el aprovechamiento obsceno de las imágenes más dolorosas que se hizo en España. Aznar pretendió exaltar los espíritus, y Blair trata de sumirlos en la indiferencia. Y contra esa indiferencia es contra lo que habrá ahora que luchar, en Gran Bretaña como en el resto de Europa.

En todo caso, la responsabilidad histórica concreta en este momento gravita sobre dos sujetos bien definidos: los resistentes a la guerra y las víctimas de sus consecuencias. El movimiento británico acaba de demostrar sus contradicciones, pero también su fuerza y su riqueza, en las manifestaciones y acciones escocesas contra el G-8. Como en toda Europa, el movimiento contra la guerra ha perdido mucha de su base social y casi toda su capacidad de acción. Pero también es cierto que el trabajo realizado desde el 15 de febrero de 2003 no se ha perdido. Actúa de un modo extraño y complejo como la sociedad en la que vivimos, con mareas altas y bajas que no parecen ser predecibles ni controlables. El 11 de marzo de 2004 el movimiento contra la guerra español parecía poco menos que haber dejado de existir, y en los siguientes cuatro días desbarató una operación de engaño masivo apoyada por todos los aparatos de comunicación del Estado, se hizo con la calle y modificó la correlación electoral de fuerzas. Hoy son los millones de británicos que salieron a la calle para decir no a la guerra los que tienen la palabra. Y entre ellos, unos pocos de manera muy especial: las víctimas. El sufrimiento de las víctimas es, como afirmaba Walter Benjamin, la única certeza absoluta que encontramos en la Historia, y el primigenio motor moral de nuestra lucha. Apenas hace unas horas cuando escribo esto, se ha producido la primera comparecencia pública de las víctimas en Londres. Estas han sido sus palabras: «¿Cuánta sangre más hay que derramar? ¿Cuántas madres rotas más? ¿Cuántas lágrimas? Alguien tiene que parar esta espiral de violencia […] Condenamos todos estos ataques con todas nuestras fuerzas, pero los gobiernos tienen que acabar con todo este odio que generan».

La pantalla de las imágenes blancas está empezando a resquebrajarse, y el sentido de la llamada que hemos recibido desde Londres parece que se aclara: deponer a Anthony Blair y sacar de Iraq al ejército británico, como a los del resto de aliados europeos de EEUU, son en este momento imperativos morales y políticos absolutos, y la gravedad de las circunstancias que estamos viviendo debe darnos la medida de los medios que para ello podemos considerar oportunos y legítimos.


Jónatham F. Moriche (Plasencia, 1976), activista y escritor extremeño, ha publicado textos de análisis político y crítica cultural en medios como El Salto, La Marea, Eldiario, Rebelión o Diario Hoy.


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