/ un dietario de Pablo Batalla Cueto /
Lunes, 15/9/2025. La postura del PP sobre Palestina empieza a cambiar, porque la cosa ya clama al cielo y hasta Ursula von der Leyen marca distancias con Israel. Pero sigue siendo lamentable. Alberto Núñez Feijóo emite, al hilo de las protestas en la Vuelta, un comunicado equidistante y alambicado, en el que dice que que no apoya ni a Hamás, ni «la respuesta que está dando el Gobierno de Israel a los atentados terroristas que han padecido». Añade: «El secuestro y asesinato de israelíes inocentes no se puede contestar con más pérdidas civiles de personas de origen palestino». Esta última frase está motivando la mofa general. Toni Díaz la parodia así: «Personas en situación de palestinidad están desviviendo».
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Los amigos de Israel en España juegan, igual que Netanyahu, la carta del antisemitismo contra todos sus enemigos. Aparte de una desfachatez, es una irresponsabilidad. Lo que van a conseguir de tanto sobar esa carta es gastarla, y que llegue a no hacer efecto contra el antisemitismo de verdad, que es una cosa gravísima y un peligro que no ha desaparecido. Incluso se da a veces en algunas críticas a Israel.
Estos días se comparte en redes una vieja viñeta de 2009 del dibujante Romeu, por la cual fue expulsado en su día de El País. En ella, una mujer dice: «¿Pero cómo puede Israel violar con total impunidad todas las leyes humanas e internacionales?». Y un judío ortodoxo (levita, kipá, trenzas…) le responde: «Nuestro buen dinero nos cuesta». Eso es antisemitismo. La fortaleza cierta y deleznable del lobby israelí (que no judío) no puede satirizarse con la figura de un judío ortodoxo. Hay judíos pro- y anti-Israel. Y algunos de los sionistas más exaltados no son judíos, sino cristianos. Israel es a la vez algo más grande y más pequeño que el pueblo judío, y esa distinción hay que tenerla y dejarla clara siempre. Ninguna de nuestras críticas puede recordar jamás, en lo más mínimo, a una viñeta nazi. Tenemos que tener una moral más rica, más compleja, más fina que nuestros enemigos. En general, la tenemos. Pero hay que demostrarlo.
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Saca Nuevas Generaciones de Madrid un cartel en el que —sobre sendas fotos de Irene Montero participando en una protesta propalestina y Ayuso dándole la mano a un ciclista israelí— dice: «No somos lo mismo. Somos política, moral y estéticamente superiores». Esto de la superioridad estética me ha parecido por un lado siniestro, y por el otro risible. ¿Habrá en el mundo algo más antiestético que un cayetano?
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«Es España la que salva el honor de Europa», dice al hilo de las protestas palestinas Dominique de Villepin, un señor de derechas. Por lo que sea, los llorones que se pasan el día dando la barrila con la Leyenda Negra no lo celebran.
Martes, 16/9/2025. Ha muerto José Daniel Lacalle Sousa, el padre comunista del economista neoliberal Daniel Lacalle. Buscando información en Internet, me encuentro con que el abuelo, José Daniel Lacalle Larraga, fue ministro franquista del Aire. Pero es que el bisabuelo fue Tirso Lacalle, el Cojo de Cirauqui, el más famoso guerrillero liberal navarro durante la Tercera Guerra Carlista. Mi amigo Javier Cubero, experto en el carlismo, me cuenta que era un tipo particularmente sanguinario. Pero hay más. Un hermano del ministro franquista fue militar republicano y murió en el exilio. Increíble cómo ha pasado la historia de España por esta familia. Es el mejor ejemplo de una intuición que tengo y que querría corroborar investigando un poco: cuando se habla de la guerra de 1936-1939 como una «guerra entre hermanos», que dividió a las familias y demás, se extrapola a toda la sociedad lo que básicamente fue una experiencia de clase media, y apenas se dio en la alta y la baja, donde la simpatía por un bando o por el otro iba más de suyo.
Las familias más ricas apoyaban a piñón al nacional y las trabajadoras podían apoyar al republicano o al franquista, en el caso de familias campesinas de las regiones conservadoras. Lo que pasaba o podía pasar con la clase media se expresa bien en Días de llamas, la novela de Juan Iturralde, sobre cómo vive la guerra una familia de la pequeña burguesía en el Madrid republicano. El padre es militar retirado, y entusiasta de los nacionales. La madre es muy religiosa, y aunque apoya a los nacionales, no dejan de espantarle las noticias sobre la matanza de Badajoz y otras. Pero el protagonista es un juez al que influyó mucho en la carrera un profesor socialismo, con su visión pacífica y gradual de la conquista de la justicia social; y que cuando empezó a trabajar, se topó con la miseria del extrarradio de Madrid, que le hizo confirmarse como socialdemócrata. Luego está el hermano del protagonista, que es también militar, pero republicano, y se debate internamente entre la lealtad a la República y la obediencia a sus superiores, que le ordenan que se sume al golpe. Todas estas zozobras y esta riqueza de experiencias que pueden conducir hacia un lado o hacia el otro son más propias de la clase media —de los lacalles— que de las otras. Los mineros de la cuenca del Nalón no se zozobraban tanto, y los terratenientes de Extremadura, tampoco.
Miércoles, 17/9/2025. Madrid multará con 750 euros a los vecinos que cuelguen banderas de las ventanas, leo. Pues vaya con la ciudad de la libertad. ¿A la gente que cuelgue banderas rojigualdas también la multarán?
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Carga Pedro J. Ramírez contra el «apartheid deportivo» al que dice que se quiere someter a Israel. Como dice Luis Ordóñez, «llamar «apartheid deportivo» a las protestas contra un país que practica el apartheid de verdad a personas es otro capítulo para esta historia personal de la infamia que con tanto denuedo escribe Pedro de su puño y letra desde hace años». Ramírez es, sí, uno de los sujetos más execrables de este país. Y, aun así, hay pardillos de izquierda que siguen aplaudiéndolo cuando, una vez cada lustro, le da por decir algo sensato.
Otro sujeto siniestro y execrable es José María Aznar, que dice que «si Israel pierde lo que está haciendo», Occidente se pondría «al borde de una derrota total». Habrá que decirle que, si Occidente dependiera de que se matara de hambre a miles de niños (que no), tendríamos el altísimo deber moral de reventar el putísimo Occidente hasta los cimientos. «Con el pelo rojo de una golfilla del arroyo…», etcétera, etcétera.
La verdad es que, como nunca llegué a quitarme de encima el progrecristianismo naíf en el que me educaron, me sigue resultando inconcebible que gente como Ayuso o como Aznar pueda ser tan sumamente malvada, tan esféricamente pérfida. Alguna línea roja tendrán, piensa uno; podrá ser por ejemplo un genocidio televisado, se dice. Y no. La línea roja nunca aparece. Uno siempre se equivoca cuando supone que pueda anidar alguna tenue chispa de humanismo en algún recóndito pliegue del alma renegrida de estos psicópatas. Nos lo han demostrado una y otra vez y aun así me sigue pasmando; genuinamente pasmando.
Jueves, 18/9/2025. Un anuncio de un colegio privado al lado de la autopista, llegando a Madrid. Niños blancos y repolludos con uniformes repipis y, entre exhortaciones sobre la excelencia y el inglés avanzado, un mensaje: «Educación en valores». ¿En cuáles?
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Siempre que vengo a Madrid y me reencuentro con sus avenidas de ocho carriles y mi propia incapacidad para calcular correctamente cuánto se tarda en llegar a los sitios, me acuerdo —y me ayuda a ser puntual— de aquello que contaba mi madre de cuando ella y mi tía iban a Gijón o a Oviedo con mi abuela, que a su vez lo había aprendido de su profesora de la escuela de Grases, cuando llevaban a los chavales a Villaviciosa: «Acordáivos de que aquí los cuartos de hora son medies; y les medies hores, una».
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También siempre que vengo a Madrid, pienso en una cosa que por supuesto no es cierta, porque estas «psicologías de los pueblos» nunca lo son, pero que a nivel personal he notado con mucha viveza: cuando un madrileño es gilipollas, es más gilipollas que los gilipollas normales. Pero cuando un madrileño es majo, también es más majo que los majos normales; alguien en quien se cumplen, en versión positiva, los mitos ayusistas de la ciudad acogedora, que integra rápidamente al forastero, que no pregunta a nadie de dónde viene, etcétera, etcétera. Yo comprendo que a la gente a la que le gusta Madrid le guste Madrid. A mí me gusta mucho. Más, de hecho, que Barcelona.
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Sigo leyendo Hijas del hormigón: historias de clasismo, sexismo y violencia en las periferias españolas, de mi amiga Aida dos Santos. De vez en cuando subrayo alguna frase contundente en la que cabe el libro entero. Hoy subrayo esta: «Winifred Banks recurrió a Mary Poppins para que cuidase de sus hijos mientras ella acudía a las manifestaciones sufragistas». Sale en el capítulo «Trabajo», donde más tarde marco este párrafo:
«La casa de protección a víctimas de violencia de género regentada por monjas que acogió a Kenia en Ourense frecuentemente recibía visitas de señoras con recogidos fijados con laca y collares de perlas que buscaban mano de obra para sus casas. A Kenia nunca le preguntaron cuál era su formación o en qué nicho laboral deseaba abrirse paso, cuál era su experiencia en Paraguay, qué la motivaba. Kenia era latina y eso se traducía en mujer que limpia, mujer que cuida. A la madre de Sofía, que en su país era una reconocida creadora plástica, al llegar a España también se lo dejaron claro: “Mi abuela le dijo a mi madre, ‘Bueno, pero tú puedes encontrar trabajo muy fácilmente limpiando. ¿De lo tuyo por qué tienes que trabajar?’”».
Y luego, otra cita campanuda de Aida: «Desde las oficinas donde se diseñan los itinerarios de formación se espera de nosotras, las pobrecitas, que nos sintamos dignas sacándole brillo al techo de cristal. Que cantemos supercalifragilísticoespialidoso mientras cuidamos a los hijos de quienes pueden empoderarse».
Viernes, 19/9/2025. La librería Delirio, de Móstoles, es muy pequeña, pero organiza las presentaciones de libros que la han convertido en referencia del circuito madrileño en una explanada que tiene enfrente, delante del auditorio de la ciudad. Su alma es Suchi, un tipo que desborda carisma por los cuatro costados y que ha construido una preciosa comunidad de lectores a su alrededor. Es menudo, rizoso, sonriente, divertido, cheli, fumador de tabaco de liar, bebedor de tercios de cerveza y un apasionado de la literatura. Me cuentan que tiene la librería siempre llena de chavales marroquíes a los que regala libros. Y yo, luego, me doy cuenta de que nunca he tenido un auditorio tan variopinto, ni una cola para firmar tan larga. Señoras mayores, adolescentes, punkies, familias completas que se ve que vienen a todo lo que Suchi organiza, sea lo que sea, y compran religiosamente los libros que se presentan, sean los que sean. Siempre monta algo sorpresivo y relacionado con la temática de la obra. Yo, al llegar a la explanada, veo un grupo grande de niños amarrando cuerdas de escalada a un árbol, haciéndoles nudos y enganchándoles mosquetones. Un islote de bonhomía, fraternidad y cultura en medio de este mundo desquiciado.
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Charlo con I., A. y D. sobre la moda de la autoficción, en la literatura y el cine. La conversación surge a partir de comentar Romería, la nueva película de Carla Simón, que vuelve a explotar la misma historia personal —la de sus padres, fallecidos de sida cuando era pequeña— que en Verano 1993. Vi esta última y no me maravilló. De Romería comentan mis amigos que tampoco es inolvidable. E I. se pone a despotricar con mucha gracia de esa incapacidad de época para contar otras historias que la propia. «Sal ahí fuera, mira, toma notas y cuéntame algo que no sea tu puto ombligo, tu puta vida no es tan interesante». Esas vidas pequeñoburguesas, esos filmes que podrían titularse Yo también fui a la concertada y con los que ironiza Pedro Vallín, no son tan interesantes; nunca lo son. I. nos habla de las Cartas a un joven novelista de Vargas Llosa y su recomendación de tomar el metro y el autobús con una libretita y un bolígrafo, y ponerse a escuchar. Yo les hablo de Agustín Vidaller y de Costas perfumadas, una de las novelas más impresionantes que he leído y desde luego la más exótica, ambientada en el Yemen de la primera guerra mundial, con la prosa más deslumbrante que me he topado jamás y una documentación obsesiva, pero escrita por un recio aragonés que apenas sale de su pequeño pueblo de Huesca. Eso es un escritor, les digo. Al menos, eso es un creador. Los autoficticios no crean.
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Escucho literalmente la siguiente aseveración: «Un catalán es un judío que, persiguiendo una peseta, se metió en una iglesia». Qué ingeniosa es a veces la maldad.
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Hace años me inscribí en una web de árboles genealógicos y subí el mío, que conozco bien. Dicha web te avisa cada vez que alguien sube al suyo un ancestro común al tuyo. Y por eso recibo cada dos por tres, en el correo electrónico, la notificación de que ha aparecido un nuevo descendiente de mi trastatarabuela decimonónica, Josefa Ornia, que tuvo ocho o nueve hijos y de la que a cada nueva ocasión voy descubriendo datos que no sabía: que su segundo apellido era Villanueva, que murió en 1925… Me resulta extraña esta vida fantasmática y algorítmica de la bisabuela de dos de mis abuelos (que eran primos segundos entre sí); esta forma suya de darme golpecitos en la ventana todas las semanas, para recordarme su existencia.
Sábado, 20/9/2025. Su madre le dice que su hermano va a leerse su próximo libro. Que no pudo con los anteriores, que eran de «demasiado nivel para él», pero que cree que podrá con este. Siente una punzada en el corazón. ¿Se ha convertido en un intelectual pedante? ¿Se ha subido a una torre de marfil a la que sus seres más queridos no pueden ascender? ¿Es eso el desclasamiento?
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Tomando algo de noche en una terraza de Cercedilla, el frío empieza a apretar, y entonces voy un momento al parking a por el jersey de lana que me dejé en la furgoneta de P. Al entrar, me lo encuentro casi vacío y con un hilo musical puesto, que en ese momento emite Désenchantée, de Kate Ryan. Era la canción que estaba de moda el año que empecé a salir de noche, con quince años, y que siempre asocio al Oasis, una ya desaparecida discoteca de Gijón. Cada vez que la oigo, me retrotraigo allí tan rápida e intensamente como Proust con su magdalena; a aquellas dos salas abarrotadas de adolescentes estridentemente vestidos; a los primeros cubatas y torpes ligoteos, al primer beso; a A., que era morena y guapa y aquel día llevaba una blusa blanca. Y al escucharla aquí, solo en este garaje oscuro y vaciado de un pueblo lejos del mío, malalumbrado por cuatro fluorescentes y su desapacible luz de leche caducada, en el que mis pasos hacen eco, me invade una sensación ténebre. Casi como visitar mi propio funeral. «Lamentamos, Naturaleza, que sea tan breve el regalo de las flores; / nos robas ante los ojos mismos los obsequios que muestras»…
Domingo, 21/9/2025. Ayer me contó J. que sus alumnos —universitarios— no conocían la palabra «exacerbado». Hoy me fijo en que el GPS del coche etiqueta una determinada zona verde como «parque canino (parque para perros)».
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Dos visiones sucesivas en la autopista de La Coruña, a la altura de Benavente. Primero, el «Club Las Conejas», un pequeño y viejo edificio con los cristales tintados de rosa chillón y siluetas negras de piernas con tacones. Poco después, un anuncio con tipografía elegante y colores pastel: la «pastisserie» de Sandra Romero, que aparece sonriente en el cartel, con gorro de chef.
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Hoy sale Moriche en El País, encuestado por Ángel Munárriz para un artículo sobre comunicación política, al hilo de las rompedoras estrategias digitales de Gavin Newsom y Óscar Puente. Dice Moriche: «Todo el arco emotivo de la izquierda está flaco. En España, es evidente que predomina una comunicación ajena a la sensualidad y la épica. Es un déficit gravísimo». Habla también de
«una moral temblorosa por la que se teme caer en la trivialización y el mesianismo. Ojo, no niego que estos riesgos están ahí, ¡pero la prioridad es intentar ganar! Y en frente tienes a una nueva derecha cuyos ideólogos globales vienen del mundo de las grandes narraciones. Steve Bannon fue productor de series de éxito como Seinfield, Curtis Yarvin escribía manuales de videojuegos y Alexander Dugin se movía en el ámbito esotérico y artístico. Y sus principales líderes realizan promesas como “recuperar la grandeza” o “defender a la civilización”. Ante eso, la respuesta no puede ser escandalizarse y decir “yo soy muy normal y gestiono mejor”».
Añade: «Ante las apuestas simbólicas fortísimas que tenemos en frente —fíjate en Nayib Bukele, que envuelve su mensaje dictatorial en una estética que bordea la ciencia-ficción—, la izquierda debe subir la puja. ¿El canalleo de Puente? Bien, es un paso, hay que equilibrar la balanza de la ironía, la insolencia y la vehemencia, pero el reto es mucho mayor. Es más, de la cuenta de X de Puente me interesa más esa grandeza con la que comunica sobre obras públicas. Ahí hay una idea más importante».
Amén a todo.
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Quieren convertir a Charlie Kirk en el Martin Luther King de los derechos inciviles. Lo peor es que igual lo consiguen. «I’ve been to the Hell’s Bottom and I’ve seen the glory of the coming of Satan».
Hoy es el funeral del tipo, y en las intervenciones, leo relatar a Sandro Pozzi, «se centran en destacar su cruzada contra el diablo cuando estaba vivo y le ensalzan ahora como un poder divino que va salvar a la nación tras resucitar». En un mundo no enfermo, esta morralla de chifletas siderales y subcampeones del 45 no llenaría una nave industrial, pero la sociedad está enferma, y parte de su enfermedad es la desidia y la suficiencia que dice Moriche; eso que nos impide envolver la razón de épica, emoción e ímpetu matadragones.
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Raúl Cimas es muy divertido, el mejor humorista español, pero también parece un hombre sensato e inteligente. Me gusta esta respuesta suya en una entrevista en El País, comentando su decisión de vivir en un pequeño pueblo de Guadalajara:
—¿Y en Madrid no estaba cerca de la gente?
—En algún momento me alejé, y lo noté. Mira, esto se tiende a minimizar, pero la fama es un gran enemigo: o te bajas a la tierra o te quedas arriba, hablando de ricos. La gente piensa que a ellos no les va a pasar. Y, sí, pasa. Pero no solo a cómicos: a actores, a periodistas, a cualquiera. Hasta a los músicos, que era el último lobby de la opinión libre y se la han comido con patatas. Pero, con la fama, aquí todo el mundo se pega un par de años por ahí arriba dando vueltas. Algunos se vuelven a bajar, y otros se quedan ahí para siempre.

Pablo Batalla Cueto (Gijón, 1987) es licenciado en historia por la Universidad de Salamanca, periodista y corrector de estilo. Ha sido o es colaborador de los periódicos y revistas Asturias24, La Voz de Asturias, Atlántica XXII, Neville, Nueva Sociedad, Crítica.cl, Jot Down, La Soga, Nortes, LaU, La Marea, CTXT, Público y El País; ha dirigido A Quemarropa, periódico oficial de la Semana Negra de Gijón, y desde 2018 es coordinador de EL CUADERNO. Ha publicado los libros Si cantara el gallo rojo: biografía social de Jesús Montes Estrada, ‘Churruca’ (2017), La virtud en la montaña: vindicación de un alpinismo lento, ilustrado y anticapitalista (2019), Los nuevos odres del nacionalismo español (2021), La ira azul: el sueño milenario de la Revolución (2023), Yo podría haber sido Fidel Castro (2024), y La bandera en la cumbre: una historia política del montañismo (2025).
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