Rescates

Andrés Berlanga: memoria, mito y leyenda

El autor de 'La gaznápira' y 'Pólvora mojada' fue un crítico tan fino de la izquierda caviar y del antifranqusimo de los señoritos como el Marsé de 'Últimas tardes con Teresa' o el Chirbes de 'La caída de Madrid'. Un «rescate» de Álvaro Acebes Arias.

/ Rescates / Álvaro Acebes Arias /

«Con el tiempo, unos quedarían como farsantes y otros como víctimas, la mayoría como imbéciles o como niños, alguno como sensato, generoso y hasta premiado con futuro político, y todos como lo que eran: señoritos de mierda». Jamás he olvidado estas palabras que cierran el deslumbrante arranque de la tercera parte de Últimas tardes con Teresa. En el momento de su publicación, los comentarios del Pijoaparte de Marsé causaron no poco revuelo entre cierta izquierda, que interpretó la novela como un violento sarcasmo acerca de los movimientos clandestinos del antifranquismo. Unos años después se pudo comprobar que nuestro inolvidable charnego tenía toda la razón y que muchos de aquellos jóvenes rebeldes, frívolos y señoritos, que presumían de compromiso y hacían bandera de la libertad, la beligerancia y la revolución social, regresaron sin muchos problemas a las comodidades de su clase de origen, dedicándose a preparar oposiciones, que para eso les estaban pagando la carrera sus padres, y a convertir todo aquel pasado militante en certificado de buena conducta para hacer carrera política. Una deriva que contaría también Rafael Chirbes en una novela tan extraordinaria y profundamente cruel como La caída de Madrid y que se deja entrever, además, en otro libro muchos menos conocido, titulado Pólvora mojada, quizás uno de los mejores retratos que se hayan trazado sobre los ambientes universitarios en el franquismo. Lo escribió Andrés Berlanga, el autor de otra novela imprescindible como es La gaznápira, y que merecería mayor reconocimiento del que ha tenido hasta ahora. Si ustedes han leído cualquiera de estos dos libros, saben por qué lo digo.

Andrés Berlanga nació en la provincia de Guadalajara en 1941, en un pueblecito llamado Labros que según el INE tiene ahora solo nueve habitantes, y murió en 2018 en Madrid. Fue periodista, maestro de periodistas y llegó a formar parte de los primeros consejos de redacción de El País. Casado con la también escritora Enriqueta Antolín, durante casi cuarenta años trabajó en la Fundación Juan March, donde dirigía el departamento de Comunicaciones y la revista Saber Leer. Escribió poco y todo bien, y aunque recibió algunos premios por su labor como periodista y su segunda novela fue un gran éxito comercial y crítico (estuvo a punto de ser adaptada al cine por Garci; el proyecto no cuajó y la cosa acabaría en los tribunales, pero esa es otra historia), nunca buscó los lugares de relumbrón, prefiriendo dedicarse a cultivar una obra modesta y perfecta que está a años luz de toda esa literatura de usar y tirar que suele atiborrar el mercado. Ya quisieran unos cuantos aproximarse siquiera un poco a la brillantez de cualquiera de las páginas de La gaznápira o alcanzar la sutileza, gracia y contención de los cuentos que componen un volumen como Sucesos. Berlanga, ajeno a capillas y compadreos literarios, solía describirse como un escritor lento y minucioso, al que le llevaba varios años componer y organizar una historia, y se desesperaba cuando tenía que explicar el origen de sus novelas o cómo se habían gestado. Para algunas cosas quizá no haya respuesta. Afirmaba que lo único que le interesaba era producir sensaciones verdaderas, conseguir que el lector leyera con la imaginación a flor de piel. Eso que convierte a un libro en un algo que nunca olvidamos y permite leer y comprender emociones ajenas como si fueran las nuestras. Ya lo decía Nabokov: no hay aventura más grande que enamorarse de Anna Karénina.

Pólvora mojada fue el primer título de Andrés Berlanga que leí. La novela se publicó en la colección Áncora y Delfín de Destino en 1972, cinco años después de que el autor se hubiera estrenado con una colección de relatos titulada Barrunto que pasó desapercibida. El libro siguiente corrió una suerte similar y la censura se ensañó con él, suprimiendo casi setenta páginas del original. Cosa curiosa es que permitieran que saliera con una portada que guarda cierto parecido con el célebre cuadro de Genovés, Punto de mira II, en el que se ve a un grupo de figuras corriendo en desbandada. Los misterios de la censura. Hasta unos años después de la muerte de Berlanga, más de medio siglo después de su primera aparición y según las instrucciones que dejó su autor, la novela no se pudo publicar de manera íntegra. Lo hizo en una edición modélica que llevó a cabo el sello Drácena y donde se incluían, además de abundante documentación sobre la época descrita, varios fragmentos que el mismo Berlanga había eliminado. Un falangista arrepentido como Antonio Tovar, exiliado primero en Illinois y luego en Tubinga tras la expulsión de Tierno Galván, García Calvo, Aranguren y Montero Díaz dijo que aquella novela, por más que hubiera sufrido tantas mutilaciones, enseñaba mejor la situación y los problemas de la universidad española durante el franquismo que ningún otro documento que se hubiera publicado hasta entonces.

Cuenta Pólvora mojada las andanzas de un pequeño grupo de universitarios comprometidos con movimientos radicales que luchan contra el régimen. El grueso de la trama es el disparatado plan de poner una bomba en uno de los edificios de Ciudad Universitaria. Estamos en 1969, cuando todavía colean las proclamas del Mayo francés, se ha producido el asesinato de Enrique Ruano y el régimen ha decretado el estado de excepción en todo el país. Las algaradas son constantes en las facultades ―en enero se había producido un asalto al Rectorado de Barcelona que culminó con la quema de banderas nacionales y el derribo de una estatua de Franco― y los grises se emplean a fondo para reprimirlas, apoyados por chivatos y grupos de extrema derecha.

Se ha contado muchas veces esta historia, la de la oposición que hicieron aquellos estudiantes enfervorecidos al franquismo, divididos en grupúsculos de todo tipo e ideología y que soñaban con derribar las caducas estructuras del régimen y hacer la revolución social. Pólvora mojada muestra todo eso, pero está muy lejos de ser una hagiografía. Se trata más bien de un retrato desmitificador y lleno de humor negro e ironía acerca de aquellos movimientos estudiantiles y de unos jóvenes idealistas ―el propio Berlanga, que participó como estudiante en manifestaciones y asambleas y cuya figura se deja entrever a través de uno de los protagonistas, aprendiz de periodista, es uno de ellos― que no saben muy bien lo que quieren y a los que, sin llegar a la mala baba del Pijoaparte de Marsé o el tono agrio de Chirbes, la novela presenta en toda su valiente ingenuidad. Muchachos de extracción burguesa, revolucionarios de guateque y barra, con su puntito de esnobismo y que dominan a la perfección la jerga marxista, pero que no tienen muy claro qué es esa clase obrera por la que luchan o cuál es la verdadera realidad de un país empobrecido y amansado por el régimen desde hace cuarenta años. Pólvora mojada. Los aciertos de la novela de Berlanga no residen, sin embargo, en la tensión con que se muestran las maniobras secretas de este grupo de revolucionarios o en su reflexión acerca de los motivos que los impulsan a la acción y las distintas metas que persiguen. Se trata más bien de la fidelidad con que se recrean los ambientes por donde se mueven los personajes y, junto a ello, su lenguaje, la expresión y el habla de unos jóvenes de distinto estrato social. Un cuadro vivo y realista que revela la asombrosa técnica y oído de un escritor que captó como nadie las hechuras de un contexto singular.

Esa pasión por el detalle es un antecedente de lo que sería unos años después La gaznápira, la obra más aplaudida de Berlanga. Hasta ocho editoriales rechazaron el manuscrito antes de que Noguer aceptase la publicación y la novela se convirtiera en un inesperado éxito, agotando una edición tras otra y pasando casi un año entero en la lista de los libros más vendidos. El autor fue el primer sorprendido del triunfo de aquella historia que recreaba un mundo rural en decadencia mucho antes de que se empezara a hablar de la España vaciada y de provincias aisladas y a merced del abandono. En realidad, no es difícil explicar ese reconocimiento. Estamos ante una novela empapada de nostalgia y desencanto que, sin un ápice de sentimentalismo, reflexionaba sobre el paso del tiempo y devolvía la imagen de un mundo anacrónico y a punto de extinguirse en el que todo lector podía encontrar una memoria compartida y regresar a unas raíces, pero también atisbar las transformaciones y cambios que había sufrido un paisaje familiar a lo largo de casi un siglo. Hay libros que tienen ese poder. Por más que el relato se ciñera a una comarca que era aquella de la que procedía su autor, conseguía proyectar el melancólico reflejo de un proceso mucho más general y complejo que hablaba de olvido, pobreza, represión, y en el que podía identificarse cualquier región del país: las duras condiciones de la vida rural, el drama de la emigración forzosa, el desinterés por parte de las administraciones, la falsa esperanza de un progreso que nunca acaba de llegar.

Dice el diccionario que el término gaznápira es sinónimo de «palurdo, simple o persona que actúa con torpeza». En la novela de Berlanga sirve para designar a la niña Sara Agudo, descrita por sus vecinos como una muchacha escasa de palabras, arisca y «una miaja tarda» y que vuelve de Madrid al pueblo de Monchel, trasunto del Labros del que procedía Berlanga, convertida en veterana periodista y solo para descubrir los ecos de una autenticidad perdida. Un viaje de regreso que arroja el saldo de una exploración íntima y por la que van desfilando los recuerdos de unas gentes y unos lugares que son su infancia y juventud. El mapa de esa patria perdida que no entiende de fronteras ni conoce los puntos cardinales. Urdida con estas mimbres, La gaznápira podría parecer una más de esas narraciones sobre la añoranza del terruño y que, con tono costumbrista, pinta los caracteres y figuras de una comunidad rural a punto de desaparecer. Sin embargo, flaco favor se le hace a la novela si la leemos desde esos moldes, porque sería desaprovechar la inagotable riqueza de matices y capas de significado que atesora.

Fijémonos, por ejemplo, en la imagen de ese Monchel preterido, sin agua corriente y apenas luz que, por muy entrañable que pueda resultar con su iglesia, calles de piedra, solares, tasca y escuela destartalada, está muy lejos de ofrecer una estampa amable. Más bien puede comprenderse como caricatura o parodia de lo que fue la España autárquica que enalteció el franquismo, con hombres y mujeres aguzando el ingenio para sobrevivir, un alcalde que comparte nombre con Franco y remeda con voz aflautada y deje popular algunas de las frases del dictador («¡No sus preocupís! Todo está asujetao y bien asujetao») o inspectores escolares que de visita al pueblo afirman con rotundidad que los niños de pueblo «no tienen por qué estudiar», porque su deber es el de ser buenos hijos y ayudar en las faenas familiares. En esa mirada irónica sobre el devenir y evolución del régimen, el fenómeno del desarrollismo tiene poco que ver con aquella propaganda del crecimiento industrial, las suecas, las playas del Levante y el typical Spain que tanto defendía el Ministerio de Turismo y no consistirá más que en cuatro domingueros despistados que se dejan caer por el pueblo en verano y miran con curiosidad a esos lugares y seres tan pintorescos entre los que apenas se cuentan ya los jóvenes porque, si por algo se caracteriza Monchel, es porque allí «siempre ha funcionado la igualdad de oportunidades para que cualquiera pueda emigrar tranquilamente». 

Podría contarles más cosas, llenar páginas y páginas con las anécdotas protagonizadas por estos monchelinos a los que Berlanga presenta en sus «relatorias» (así se llaman los siete capítulos de la novela) con humor sanchopanchesco, entre la piedad y la ternura, pero, si La gaznápira es una gozada y una auténtica fiesta de la escritura, es por el uso del lenguaje que hace su autor, denso, riquísimo y asociado de manera natural a las costumbres y hábitos de las gentes que retrata en su realidad cotidiana. Refranes, chascarrillos, frases proverbiales, códigos específicos, giros populares y sorprendentes, un sinfín de modismos que obligan a tener un diccionario cerca y con los que la lectura se convierte en el cuadro de un mundo y unas maneras de vivir en declive. Y no se acaban aquí los méritos de la novela, pues la insólita belleza de ese lenguaje que toma las formas de un largo réquiem va de la mano con una extraordinaria pericia técnica y con la que Berlanga demuestra el enorme escritor que era. Como en un juego de espejos, la novela avanza en zigzag, desdoblándose en varios personajes además del de la inolvidable Sara Agudo, combinando las voces narrativas hasta lograr una graciosa algarabía, promoviendo calculadas confusiones a partir de lo real y lo simbólico o tomando elementos de la tradición quijotesca para plantear un enigma metaliterario en torno a la identidad del autor de estas páginas. Un verdadero lujo, ya se lo digo. Al final, ese Monchel, que no tiene nada que envidiar a otros territorios míticos como el Celama de Luis Mateo Díez o la Región de Benet, se erige en representación colectiva de una memoria esencial, revisitada por la imaginación, llena de gracia, inocencia y verdad y en la que, como dice la propia Sara Agudo-Andrés Berlanga en algún momento de la novela, se vislumbra «una manera hermosa de vivir».

Decía Xuan Bello en ese libro maravilloso e inagotable que es Historia universal de Paniceiros que «ciertas páginas, ciertos días, bastan para equilibrar el mundo». Yo les puedo asegurar que una novela como La gaznápira cumple con creces ese propósito.


Álvaro Acebes Arias (León, 1990) es licenciado en filología hispánica y profesor de Educación Secundaria. Doctorando en la Universidad de León con una tesis sobre la obra del escritor Rafael Chirbes, ha realizado además estudios sobre los distintos cauces de la narrativa española, con especial interés en figuras como Belén Gopegui, Marta Sanz, Isaac Rosa o Ricardo Menéndez Salmón. También ha participado en revistas, medios literarios y en organizaciones culturales como el Club Cultural Leteo de León o el Seminario Permanente Claudio Rodríguez de Zamora.


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1 comment on “Andrés Berlanga: memoria, mito y leyenda

  1. La gaznápira es un título que me suena mucho, aunque no lo he leído. Todo se andará. Chirves y los otros también me seducen..

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