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Escribir en soledad: la obra de Pablo Antoñana

Pablo Antoñana, uno de los grandes escritores secretos de nuestras letras, levantó en soledad la República de Ioar, un territorio de guerras y memoria. Álvaro Acebes Arias reivindica una obra mayúscula que la crítica condenó al olvido.

/ Rescates / Álvaro Acebes Arias /

Pablo Antoñana pertenece a la singular categoría —tan común en otras literaturas, pero no por ello menos curiosa e ingrata— de los escritores secretos. No hablo de outsiders ni raros, de creadores irregulares y anómalos, de los que disfrutan de un breve momento estelar para desaparecer luego con la misma urgencia que se presentaron en escena o de aquellos que se mueven de manera guadianesca, ganándose merecida fama de extravagantes por sus imprevisibles apariciones e inesperados desvanecimientos. Tampoco de los rebeldes ni los marginales, de los que se convierten en estrellas alternativas y son ascendidos a los contraaltares de la literatura, merced a su carácter transgresor o su polémica oposición a los consensos oficiales. Me refiero, más bien, a aquellos escritores clandestinos y verdaderamente originales que, sea por alergia a cualquier forma de integración, decencia y orgullo para llamar a según qué puertas o declarada voluntad de permanecer al margen de los circuitos de promoción y exhibición editorial, quedan confinados en un plano subsidiario y discreto entre los diferentes estratos que ordenan la sociedad literaria. Hablo de aquellos autores decididamente singulares y auténticos que, como Pablo Antoñana, cuentan con una trayectoria sostenida en el tiempo, en la que no faltan elogios, aplausos ni reconocimientos, pero que, a pesar de todo, no han logrado la notoriedad que les corresponde y que, fuera de un estrecho círculo de fieles y avezados lectores, permanecen desconocidos para el gran público, ausentes casi siempre en los recuentos oficiosos que organizan y describen la institución literaria.

Ya en un lejano artículo de 1979 se lamentaba el gran Ramiro Pinilla de las injustas circunstancias que habían relegado a un autor del calibre de Pablo Antoñana a los márgenes, como si el panorama de la narrativa española de aquel entonces estuviese tan sobrado de talento que pudiera permitirse despreciar a un escritor de una inteligencia y cultura tan vastas como la suya. Protestaba Pinilla ante semejante ofensa hecha a la literatura y lo mismo hacía años después Miguel Sánchez Ostiz, paisano de Antoñana y autor de un excelente, apasionado e imprescindible ensayo sobre su obra, perplejo ante la escasa suerte y relevancia de un escritor de una calidad y potencia insuperables, dueño de una prosa y un mundo propios, y del que algún crítico de renombre, de esos que se encargaban en los años transicionales de fijar el canon mientras repartían excelencias y reprobaciones, solía afirmar en privado que era «como Benet, antes que Benet y mejor que Benet». En fin, para qué seguir. La pereza de la crítica literaria española es proverbial, pero casos como el del escritor navarro confirman, además, las sinuosas y caprichosas estrategias que gobiernan el sistema literario, donde las modas sucesivas, el oportunismo, las trapisondas comerciales, los inexplicables desdenes, usurpaciones, zancadillas y el dar gato por liebre son una nota común.

Dicen los que mejor lo conocieron que Antoñana llevó con pesar y resignación este arrinconamiento. Le escocía, cómo no iba a hacerlo, pero no lo apartó de su camino. Hoy diríamos que aquel fue el precio a pagar por una independencia que siempre consideró como el principal requisito para poder dedicarse con libertad a la escritura. Una soledad forzosa e impuesta por su nula complacencia con el poder y el negocio que dirige la feria de las vanidades literarias, pero también buscada con ahínco por un escritor que entendía que las claves de su oficio pasaban por no callar nada ni ahorrarle inquietudes al lector. Lo apuntó en una de las páginas de Textos y pretextos, una recopilación de discursos, entrevistas y estudios, verdadera escuela para cualquiera que se interese por cómo se crea una obra admirable a pesar de las circunstancias adversas, y que son la mejor manera de aproximarse a su trayectoria y pensamiento: «prefiero ser perro vagabundo a perro de jauría». La frase es de Baroja, pero deja entrever el modo en que entendía Antoñana la escritura: un trabajo de solitarios, que debe discurrir de espaldas a los artificios académicos y del mercado, pero también una enfermedad incurable, a veces dolorosa, algo que se lleva en la sangre, que se vive como una continua entrega, sigilosa y radical, y donde no caben las renuncias a contar el aquí y el ahora de su tiempo.

Sería difícil encontrar un autor más fuertemente enraizado en su tierra que Pablo Antoñana. Un paisaje que es, ante todo, una biografía y un lenguaje, y que responde a los contornos de su Viana natal, transformada en su literatura en la federalista e independiente República de Ioar, cuya geografía e historia legendarias deshilvanó el escritor navarro con paciencia y esmero de primer escribano, componiendo las increíbles crónicas de un mundo fronterizo y violento, sacudido por sangrientas guerras —las carlistas, la de Cuba y la del 36, la más atroz de todas— y convertido en refugio para los desheredados y humildes. Son muchas las voces que, además de por su estilo y formas novelescas, han emparentado a Pablo Antoñana con Faulkner por la configuración de un territorio ficcional en el que ubicar sus tramas. Paralelismos en los que también estarían García Márquez, Luis Mateo Díez, Onetti, Benet o el mismo Pinilla, fundadores de espacios imaginarios que se transforman en microcosmos universales. Pienso, sin embargo, que no sería descabellado traer a esas asociaciones otro escenario surgido de un mapa que también delimitó la geografía de un lugar imposible y que, a su vez, fue fruto de los deseos de evasión de un niño. Me estoy refiriendo, claro está, a La isla del tesoro, cuyas bahías, bosques y montañas, según escribió el propio Stevenson, fueron antes de la tinta y el papel unos trazos hechos con tizas de colores en el suelo que acabaron cautivando «mi imaginación más allá de las palabras».

Se me ocurre que algo parecido está en los orígenes de la literatura de Pablo Antoñana, que nació en 1927 y creció en la misma casona en la que había vivido el escritor romántico Francisco Navarro Villoslada, carlista apolillado, senador, periodista de afilada pluma y célebre entre los círculos tradicionalistas por su novelón Amaya o los vascos en el siglo VIII. En su condición de hijo del ama de llaves de aquella casa-museo, el niño Antoñana tuvo el raro privilegio de poder moverse a su antojo por la formidable biblioteca del escritor fallecido décadas atrás, contemplando fascinado sus recuerdos y objetos personales, hojeando libros antiguos y abriendo pesados baúles de madera en cuyo interior, qué duda cabe, encontraría mapas que describían geografías misteriosas, amarillentos legajos y papelotes que olían a alcanfor y traían de vuelta la memoria de unas guerras lejanas de las que extraerá luego los materiales para componer su propio universo narrativo. En la urdimbre de ese territorio personal que acabará constituyendo la obra de Antoñana, junto al variado y rico censo de personajes y situaciones —las gentes, las poblaciones, los paisajes de un país sufriente y mecido en una paz salvaje: «me han enseñado mucho más que los libros», escribirá tiempo después— que observaba todos los días desde el balcón de la casa, no faltan tampoco las historias de la vieja Navarra que le contaba su madre, mujer iletrada que, sin embargo, conseguía excitar la imaginación del niño con historias y fábulas populares. Una deuda que el escritor reconocería años más tarde, tal y como se refleja en la dedicatoria que acompaña a su novela Pequeña crónica: «Entonces ni ella ni yo sabíamos que estaba enseñándome a contar». Luego, comenzados los estudios de Derecho en Zaragoza, vendrían otros maestros: Unamuno, Baroja, Valle-Inclán, los grandes autores rusos del XIX, clásicos como Balzac y Dickens, que Antoñana recordaba haber leído en ediciones de pocos céntimos, de letra pulga y sometidas al expurgo de la censura; una escuela en la que encontrar unos modelos, hallar refugio o descubrir temas y asuntos que lo inquietaban y perturbaban, pero, sobre todo, con la que contagiarse del veneno de la escritura.

Es extraño que, a pesar de compartir coordenadas generacionales, aventuras literarias, postulados o la memoria amarga de «tanta cólera, / tanta predicación y tantos muertos / y tanta sorda infancia irremediable», como dicen unos versos de Valente sobre aquellos que vivieron la guerra siendo niños, no suela comparecer Antoñana en la amplia nómina de narradores sociales del cincuenta. Podría argüirse que la decisión del escritor de asentarse en Viana poco después de terminar la carrera, ejerciendo las tareas de secretario de ayuntamiento en tres pueblecitos de la merindad de Estella, lo situó muy lejos de lo que se cocía en los círculos literarios de las grandes capitales. También que los laberintos de la prosa de Antoñana y su enrevesado estilo lo convirtieron en un autor singular, alejado de los moldes que triunfaban en los cincuenta y que habrían de consolidarse tiempo después. Y, sin embargo, tales razonamientos no justifican la omisión, pues, aparte de la afinidad teórica que él mismo reconoció en los inicios de su trayectoria, la primera novela de Antoñana, Capitán Cassou, se hizo con el único premio convocado por la mítica revista Acento, impulsada por Antonio Ferres, López Salinas o García Hortelano, entre otros, y uno de los principales medios en defender la literatura de corte crítico que se cultivó en los cincuenta. Algo similar sucede con la siguiente, No estamos solos, con la que obtuvo el Sésamo en 1961, premio que antes habían recibido otros autores igualmente vinculados a la narrativa de testimonio y denuncia como Juan Marsé o Isaac Montero. Una racha favorable que continuó un año después en el Nadal, cuando quedó finalista con La cuerda rota, y que culminó con la aparición en 1964 en Planeta de un drama rural como El sumario. Se hace evidente, por tanto, que Antoñana, por más que en la técnica y las hechuras de sus obras se perciban otras huellas que las del objetivismo, estuvo entre los primeros nombres de aquella avalancha narrativa de la literatura social. Y, sin embargo, después de todos esos triunfos, un largo silencio. ¿Qué pasó? ¿Deseo de apartarse de la tribu, mala suerte, falta de apoyos o el hartazgo de los amiguismos y trapacerías del mundo editorial? Se lo decía más arriba: cuesta explicar el porqué de este olvido si no fuera porque uno tiene la intuición de que pesaron otros intereses en el caso del escritor navarro. Ahí está La cuerda rota, una obra formidable, tan actual como cuando se escribió, y que se quedó sin publicar por la intervención de la censura. De nada valieron al autor las promesas del señor Vergés ni los acuerdos con Destino, que establecía en las bases del premio Nadal la edición del libro finalista. La novela no vería la luz hasta treinta años después. Contaba una historia demasiado cruda para los tiempos que corrían, con contrabandistas dedicados al tráfico de trabajadores portugueses por la frontera con Francia. Que Antoñana tocara estos temas inspirándose en testimonios reales y noticias de la época ya era delicado, pero que, además, mostrara la complicidad de la Guardia Civil en esos asuntos, la omertà que los rodeaba y un fondo de miseria humana y corrupción moral fue demasiado. Un no rotundo, el portazo y, quizás, ponerse bajo sospecha, con el consiguiente repliegue forzoso en provincias y un abandono prematuro de los primeros puestos dentro de la narrativa de posguerra.

Siempre del lado de los vencidos y humillados, fracasado él mismo en el negocio de lo literario, Pablo Antoñana representa, sin embargo, la fe en la escritura. En los años de silencio que siguieron a la malhadada aventura del Nadal, roto solo por las puntuales colaboraciones en el Diario de Navarra —convertidas en magisterio para novelistas más jóvenes y agrupadas años más tarde en varios volúmenes como los imprescindibles Escrito en silencio y Las tierras y los hombres—, donde cada domingo dejaba en forma de artículo una muestra de su talento, se refugió Antoñana en sus labores de secretario municipal, enterrado entre archivos, expedientes e informes que hablaban de un tiempo antiguo. Parece una metáfora de los extremos a que llegó el aislamiento y ostracismo que sufrió el escritor y, sin embargo, hay en esa imagen de un Antoñana apartado en tareas burocráticas una nueva señal del impulso y la voluntad contra viento y marea que lo sostenían, pues será de las lecturas de esos viejos manuscritos, combinadas con el recuerdo de los mapas y papelotes que hojeaba de niño en la biblioteca fantasmal de don Francisco y la sabia asimilación de la obra de un gigante como Faulkner, de donde surgirán los materiales de derribo con los que esbozar los contornos de su particular territorio: la República de Ioar. Una geografía alucinante y sin lindes fijas, de paisajes neblinosos, valles recónditos y crudos inviernos, surgida de la contemplación de los parajes familiares que conocía desde niño y poblada de caciques, curas de misa y olla, guerrilleros, frailes visionarios, jornaleros y campesinos pobres, peones vagabundos, jueces de paz y cómicos de la legua. Los habitantes de un tiempo excesivo y sombrío en el que resuenan los latidos de crueldades reiteradas y violencias inauditas y que Antoñana reconstruye con un lenguaje riquísimo y preciso, lleno de originalidad, vigor y una intensidad desgarradora, capaz de ponernos en contacto con un mundo primordial y salvaje por el que se cifra también una memoria colectiva.

Junto a la visión estremecida del campo y la realidad del mundo rural —«soy un campesino ilustrado que lee y a veces le publican lo que escribe», afirmaba Antoñana— un tema domina sobre todos en la narrativa del autor navarro: la guerra, siempre la guerra, como una lacra o una maldición bíblica que se extiende por el país de Ioar desde tiempos inmemoriales y a partir de la cual se traza una cronología de horrores y desastres inacabables. Primero, como en Baroja o Valle-Inclán, las sucesivas carlistadas, retratadas en toda su barbarie y fanatismo en títulos extraordinarios como Relato cruento, Noticias de la segunda guerra carlista o, fuera de los terrenos de la ficción novelesca, en ensayos como De esta tierra y otras guerras perdidas. Libros en los que Antoñana escribe lejos de todo romanticismo y épica, procurando dar voz a quienes no la tienen, a los que más sufren la injusticia, capturando los retales y pequeños gestos de aquellas historias que nunca compondrán la oficial y mostrando las heridas de unas derrotas que no acaban de pasar. Cicatrices que conectan luego con otras más cercanas en el tiempo, las de la guerra civil, y atraviesan algunos de los estremecedores relatos incluidos en Despropósitos, Último viaje y otras fábulas o La vieja dama y otros extravíos; el pavoroso exorcismo de una España oscura que hierve y sangra, sumida en el odio y la venganza, aquella que el escritor había vivido de niño, con sus delaciones y detenciones arbitrarias, llamamientos a la cruzada desde los púlpitos e interminables desfiles de muertos. Lo escribió en uno de sus artículos, bastantes años antes de que se empezara a hablar aquí del tema de la memoria: «el 36 fue una operación quirúrgica brutal».

Pero la República de Ioar imaginada por Antoñana es mucho más que la memoria doliente y pesimista de sus feroces conflictos. Constituye también el cuadro de una tierra, unas tradiciones y formas de vida en lenta pero imparable transformación. Ese es el caso de la que, a juicio de quien esto escribe, es su obra maestra. Una joya titulada Pequeña crónica, con la que el escritor obtuvo en 1973 el premio Ciudad de San Sebastián de novela corta y que sería publicada un par de años después por la revista Kurpil. Estamos ante una historia gatopardesca, que abarca un vasto periodo de tiempo y comprende varias generaciones, y en la que se cuenta la decadencia y desaparición brutal de la aristocrática familia Vignecourt. Tras el asesinato de padres y hermanos por las milicias anarquistas en una checa de Madrid, el último vástago, un niño idiotizado, morirá en extrañas circunstancias poco tiempo después del final de la guerra civil. Toda una época comprimida en apenas cien páginas de densidad deslumbrante y pulcritud asombrosa y que nos llega como el último testimonio de la fiel criada de los Vignecourt, quien espera la muerte en el lecho del hospital. Son esa voz y esa memoria fatigada y enferma las que imponen el ritmo de lectura, haciendo que la historia avance bajo continuas digresiones, saltos temporales y bruscas elipsis. No es tarea sencilla, por tanto, descifrar el complejo entramado de secuencias y episodios que vertebran la novela. Uno tiene la impresión de perderse entre la marea de nombres, destinos, anécdotas y escenas de difícil interpretación que surgen ante nuestros ojos. Y, sin embargo, este caos inaugural, como en un concierto donde los distintos instrumentos van acoplándose poco a poco, se transforma en seducción y embrujo irresistibles, fascinándonos en su reconstrucción de unos ambientes deteriorados y envejecidos. Así, más que una novela sobre los horrores de la guerra o el retrato del crepúsculo de una clase social, Pequeña crónica es, ante todo, una meditación sobre el tiempo y sus usuras donde objetos, personajes, lugares y situaciones, descritos con insuperable precisión y delicadeza, se erigen en símbolo trágico y tenebroso de un desmoronamiento imparable. Al final de la lectura, cuando se acallen los últimos ecos del discurso de la criada María Josefa, lo que queda es la sensación de haber asistido a la representación de un mundo en miniatura en el que, como sucedía en aquellas naturalezas muertas del Barroco que guardaban embalsamados los signos y aires de una época, todos los escenarios y elementos novelescos constituyen una advertencia, tan certera como inapelable, de que ninguna promesa ni estrategia del vivir sirve para esquivar el lento precipitarse hacia la nada.

El libro en el que estaba trabajando Pablo Antoñana poco antes de morir en 2009 se titula Hilvano recuerdos. Son unas memorias inconclusas, que apenas llegan a los primeros años de la guerra, pero en las que aparece iluminada la infancia del autor en Viana y, con ella, la baqueteada historia de una tierra y un paisaje que se convirtieron en elemento nuclear de su literatura. En uno de los artículos reunidos en Textos y pretextos, escrito con motivo de la recuperación de una de sus novelas, Antoñana se describió como miembro de «una generación que padeció el atropello del silencio y la mordaza». Sería una lástima que las sombras de aquella soledad en que creó una obra mayúscula siguieran extendiéndose sobre un escritor de voz inconfundible y coherencia ejemplar.


Álvaro Acebes Arias (León, 1990) es licenciado en filología hispánica y profesor de Educación Secundaria. Doctorando en la Universidad de León con una tesis sobre la obra del escritor Rafael Chirbes, ha realizado además estudios sobre los distintos cauces de la narrativa española, con especial interés en figuras como Belén Gopegui, Marta Sanz, Isaac Rosa o Ricardo Menéndez Salmón. También ha participado en revistas, medios literarios y en organizaciones culturales como el Club Cultural Leteo de León o el Seminario Permanente Claudio Rodríguez de Zamora.


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