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El legado de la Ilustración asturiana

Feijoo y Jovellanos a la cabeza de un destacado grupo de intelectuales españoles que se sumaron desde diferentes ámbitos del saber a la Ilustración europea.

Un itinerario intelectual y monumental por la Asturias del siglo XVIII

 El legado de la Ilustración europea tiene en España dos cabezas muy visibles: Feijoo y Jovellanos, además de un destacado elenco de figuras influyentes en todos los ámbitos de la época


/ Redacción /

Las voces que reclaman que la Ilustración no es historia sino legado comenzaron a oírse en el período de entreguerras, y cobraron fuerza en una Europa arrasada por la II Guerra Mundial que necesitaba reconstruirse y buscaba referentes: al volver la mirada atrás, fue en aquellas luces que habían recorrido la Europa del siglo XVIII donde encontraron un entramado de ideas y valores sobre los que cimentar una nueva sociedad.

Aún se siguen oyendo estas voces. En 2006, Tzvetan Todorov, premio Príncipe de Asturias, comisariaba para la Biblioteca Nacional de Francia una exposición significativamente titulada Ilustración! Una herencia para el mañana; e insistía en reivindicar el espíritu de la Ilustración razonando que “la Ilustración forma parte del pasado —ya hemos tenido un siglo ilustrado—, pero no puede pasar, porque lo que ha acabado designando ya no es una doctrina históricamente situada, sino una actitud ante el mundo”. Su voz no se ha apagado, ni la reivindicación del legado y de que en los valores de autonomía, laicismo, verdad, humanidad y universalidad del siglo XVIII aún podemos encontrar respuestas: a insistir en que la Ilustración todavía importa dedicaba Anthony Padgen The Enlightenment and why it still matters (2013) para mostrar cómo y porqué los principios de razón, cosmopolitismo, tolerancia, secularización, igualdad, libertad o justicia articulan el imaginario ideológico y cultural del pensamiento occidental moderno —o deberían hacerlo.

Este legado europeo tiene en España dos cabezas muy visibles: Feijoo (1676-1764) y Jovellanos (1744-1811). Su voluminosa obra funciona en conjunto como emblema de la Ilustración española, y la de cada uno como referente de la primera y la segunda mitad del siglo. Siendo así, es lógico que en Asturias decir siglo XVIII y venirse a las mientes el benedictino que llegó a Oviedo para quedarse y el gijonés que pese a su azarosa vida siempre tuvo un ojo puesto en el territorio sea todo uno. Pero después la memoria flaquea, no porque falten otros ilustrados de referencia y no hayan sido razonablemente estudiados, sino quizá precisamente porque les es difícil pelear la posteridad inmersos en la alargada sombra que proyectan figuras de tal envergadura.

Tal sucede con Gaspar Casal (Gerona, 1680-Madrid, 1759), que llega a Oviedo en 1717 y fue nombrado médico del municipio y facultativo del cabildo de la Catedral, y a quien sería injusto recordar —siéndolo— como amigo de Feijoo, cuando es considerado el primer epidemiólogo español. En su Historia natural y médica del Principado de Asturias (1762), basada en su experiencia profesional durante 34 años, realiza la descripción de algunas afecciones endémicas de la región, y el primer estudio clínico de una enfermedad carencial: el mal de la rosa o lepra asturiensis, dolencia que relaciona con la deficiente alimentación de una dieta basada en el maíz, descartando un origen infeccioso. Su trayectoria fue reconocida en vida, con los nombramientos como médico de la Real Cámara y protomédico de Castilla, y fue editado y prologado por Canella, Marañón, Laín Entralgo y Tolivar Faes (1900, 1959, 1988) y estudiado por García Guerra y Álvarez Antuña en Lepra asturiensis: la contribución asturiana en la historia de la pelagra (CSIC / Universidad de Oviedo, 1992). Más recientemente su vida —o lo que de ella no se sabe— dio pie a la novela El mal de la rosa. Páginas sobrantes de una historia (KRK, 2015); y el reciente 250 aniversario de la publicación de su obra, a La huella de Gaspar Casal (Real Academia de Medicina del Principado de Asturias e Ilustre Colegio Oficial de Médicos del Principado de Asturias, 2013).

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Cuatro años después que Casal nacía en Puerto de Vega Álvaro Navia Osorio (1684-Orán, 1732), autor de los once volúmenes del primer tratado militar integral europeo: las Reflexiones militares (1724-1727) traducidas al francés, inglés, italiano y alemán en el propio siglo XVIII, que fueron de referencia para Federico el Grande o Napoleón y que se estudiaban en West Point. Desde 1984 (tercer centenario de su nacimiento) su busto nos observa en el parque San Francisco de Oviedo, y frente a la iglesia de Santa Marina de Puerto de Vega (donde se conserva la casa familiar). En reconocimiento a su obra concede anualmente el Centro Superior de Estudios de la Defensa Nacional el premio Marqués de Santa Cruz de Marcenado.

Álvaro Navia Osorio, Marqués de Santa Cruz (1684 – 1732)

Nueve años después nacía en Alles de Peñamellera Alta José del Campillo y Cossío (1693-Madrid, 1743), que llegara a ser en 1741 poderoso Secretario de Estado de Hacienda, Marina, Guerra e Indias, Superintendente de Rentas, Lugar-Teniente del Grande Almirante y Consejero de Estado y digno de merecer espacio en los Retratos de Españoles ilustres (1791). Tuvo —como tantos otros— sus más y sus menos con la Inquisición por andar leyendo libros prohibidos y fue excomulgado por el obispo de Zaragoza, a quien no gustó la idea de pagar los impuestos que le exigía. De ambos bretes salió con bien, y es recordado por sus notables reflexiones reformistas en el campo de la hacienda y la economía, con títulos tan significativos como Lo que hay de más y de menos en España, para que sea lo que debe ser y no lo que es y España despierta. En 1993, tercer centenario de su nacimiento, ambos fueron reeditados por la Junta General del Principado (ed. Dolores Mateos); y desde entonces una placa lo recuerda en su localidad natal.

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José Campillo y Cossío (1693 – 1743)

En 1715 (o 1716) nacía en Gijón Alonso Carrió de la Vandera (-Lima, 1783), autor de un excepcional libro de viajes de la América virreinal: el Lazarillo de ciegos caminantes, que narra el itinerario de 1771 a 1773 desde Montevideo hasta Lima, por Buenos Aires, Córdoba, Salta, Potosí, Chuquisaca y Cuzco. Hasta no hace mucho, todo fueron enigmas sobre este comisionado para el arreglo de correos y ajuste de postas y su amena guía de viajes aderezada con “jocosidades para entretenimiento de caminantes”, que era atribuida al narrador que creó —el mestizo cuzqueño apodado Concolorcorvo—, y se decía impresa en una imposible imprenta gijonesa, La Rovada.

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Cuando se vio en problemas por la publicación, escribió al que había sido asesor del Juzgado de la Renta de Correos, Postas y Caminos, explicando sus razones: era el entonces fiscal del Consejo de Castilla Pedro Rodríguez de Campomanes (Santa Eulalia de Sorribas, 1723-Madrid, 1802), referente por excelencia del ascenso meritocrático y el ejercicio centralizado del poder. Desde unos duros inicios familiares en Tineo supo, a través de la carrera de leyes, desarrollar una trayectoria intelectual y política que culmina con sus nombramientos como ministro de Hacienda y presidente del Consejo de Castilla y de la Academia de la Historia. Sus primeros títulos revelan a las claras su interés por la historia (Historia sobre la Orden y Caballería de los Templarios, 1747) y la traducción del griego de Antigüedad Marítima de la República de Cartago, con el Periplo de su General Hannon su pericia como helenista (1756); pero es justamente recordado por su Discurso sobre la educación popular de los artesanos y su fomento (1774-1775; KRK/IFESXVIII, 2009), en que insiste en la necesidad de  promover la industria popular, despojando de su poder a los gremios, desterrando el deshonor de los oficios manuales y creando las famosas Sociedades Económicas de Amigos del País en cada provincia. Desde 2002 (bicentenario de su muerte), está afanado en su trabajo al comienzo de la calle a que en Oviedo da nombre, y también a la entrada de Tineo; ya señalaba él que lo suyo eran los libros en el retrato que legó a la Academia de la Historia.

Pedro Rodríguez de Campomanes (1723 – 1802)

En su entorno estuvo el llanisco Manuel Rubín de Celis (1743-1809), apenas conocido hasta el Premio Juan Uría de 1982 Periodismo e Ilustración en Manuel Rubín de Celis:  partícipe, hasta donde es difícil establecer, de la redacción de aquel discurso, fue un verdadero difusor del pensamiento de la Ilustración como traductor, colector, editor y responsable del reputado diario El corresponsal del Censor (1786-1788). Hermano suyo fue el revolucionario Miguel Rubín de Celis, que murió nacionalizado francés en 1799: vinculado a la explotación de minas en América y la importación de la quina calisaya y el comercio de azogue, se exilió por un conflicto con Floridablanca en 1789 en Francia, donde se le ocurrió publicar un Discurso sobre los principios fundamentales de una Constitución libre (1799) que le costó la confiscación de todos sus bienes (El árbol de hierro. Ciencia y utopía de un asturiano en tiempos de la Ilustración (1750-1800), Trea, 2007).

El mismo año que Jovellanos nació en Lastres Agustín de Pedrayes y Foyo (1744-Madrid, 1815). Más conocido en Oviedo como Matemático Pedrayes, por la calle a que da nombre, en 1797 se hizo célebre en Europa por presentar un problema al Instituto Nacional de Francia que solo él fue capaz de resolver, lo que le valió ser invitado al Congreso de París de 1799 en que se regularizó y universalizó el sistema de pesos y medidas. Especializado en lo que entonces se llamaba matemática sublime (cálculo infinitesimal), era profesor en el Seminario de Nobles de Madrid, y ya en 1794 Jovellanos se había empeñado en que fuera él quien programara la enseñanza de matemáticas en el Real Instituto de Náutica y Mineralogía. Recientemente, mereció el mejor reconocimiento que se le podía hacer con motivo del bicentenario de su muerte: la edición de sus obras, en Agustín de Pedrayes y los núm3ros de la Ilustración (ed. José Manuel Álvarez; Laria/IFESXVIII, 2016).

A caballo entre la Ilustración y el Liberalismo vivió ya Francisco Martínez Marina (Oviedo, 1754-Zaragoza, 1833), director de la Academia de la Historia (1801-1804) y coordinador de un todavía inédito Diccionario geográfico-histórico de Asturias, quien, tras ser diputado por Asturias durante el Trienio Liberal, murió desterrado en Zaragoza y pensionado por la RAH. Le hace honor el Seminario Martínez Marina de la Universidad de Oviedo, que articula bajo su nombre la primera red internacional de Historia Constitucional.

Francisco Martínez Marina (1754 – 1833)

En el Tratado de las Cortes (1813) de quien fuera canónigo de la iglesia de San Isidro de Madrid se enuncian propuestas desamortizadoras que reclaman con contundencia la reforma agraria: “El primero de todos los medios indirectos que reclaman la razón, la justicia y el orden de la sociedad es moderar la riqueza del clero en beneficio de la agricultura y del pobre y aplicado labrado; poner en circulación todas las propiedades afectas al estado eclesiástico y acumuladas en iglesias y monasterios contra el voto general de la nación; restituirlas a los pueblos y familias […]; abolir para siempre el injusto e insoportable tributo de los diezmos, que no se conoció en España hasta el siglo XII, ni se extendió y propagó, sino a la sombra de la barbarie de estos siglos y en razón a los progresos del despotismo papal […], que choca directamente con los progresos de la agricultura y uno de los que más han influido en la miseria del labrador”.

Y cabe recordar que José de Canga Argüelles  (Oviedo, 1770-1843), el político y economista dos veces ministro de Hacienda, responsable del diseño del primer presupuesto público y que publicó exiliado los nueve tomos del Diccionario de Hacienda (Londres, 1826-1827) y, confinado por Fernando VII, el tratado tributario de referencia Elementos de la ciencia de Hacienda (1833), había sido antes hombre de letras: tradujo junto a su hermano Bernabé de la poesía griega de Anacreonte (1795), Safo (1797) y Píndaro (1798), y redactó junto a él de La Gaceta de los niños, o principios generales de moral, ciencias y artes, acomodados a la inteligencia de la primera edad (1798-1800), el primer periódico infantil que hubo en España.

Estos, y algunos otros nombres de hombres y mujeres de ciencias y letras del siglo XVIII —el obispo Pisador, Caveda y Nava, Josefa Jovellanos, Eugenio del Riego, Joaquín Queipo del Llano, Ignacio Merás, Rita Caveda…— pueden encontrarse en La cultura asturiana: presencia y diáspora (Inmaculada Urzainqui y Álvaro Ruiz de la Peña), El largo camino hacia las ciencias útiles (Jordi Ordaz) y La hora de Asturias en el siglo XVIII (Álvaro Ruiz de la Peña).

Noventa años separan el nacimiento de Gaspar Casal (1680) y Canga Argüelles (1770), y esa distancia, además de los diversos perfiles personales, obliga a muchos matices y explica muchas diferencias: aunque casi todos escribieron no todos publicaron; aunque muchos ocuparon cargos en distintos ámbitos no todos entraron en lo que hoy llamaríamos política; algunos se relacionan, pero no todos se trenzan en esas redes de amistad, acogida y promoción que en ocasiones se advierten; desde luego, no son exactamente afines ideológicamente; y, por supuesto, lo que les une no es la tierra. Los más, de hecho, apenas volvieron a ella, por obligaciones profesionales, destierros o exilios —paradójicamente, los que más vivieron en ella fueron los que llegaron de fuera: Feijoo y Casal—; no todos se ocupan de ella en sus escritos y, aunque esté presente, no es Asturias lo que define su obra ni su pensamiento, ni a ella ciñen sus trabajos.

Todo esto les separa, pero les une una nítida idea de necesidad de reforma y la responsabilidad para con la cosa pública, que cada quien cumplió en el ámbito que le era propio y con los medios de que disponía, todos poniendo su pensamiento y su escritura, al servicio del proyecto de la Ilustración, conscientes de que nada sería posible si no eran capaces de convencer, y para eso hacía falta difusión. Sin ellos difícilmente se explican los Martínez Marina, Flórez Estrada, Argüelles, Toreno… porque ellos, no solo Feijoo y Jovellanos, abrieron las puertas. Algunos son ya patrimonio cultural y científico de la Ilustración europea, otros de la Ilustración española, y todos, sin duda, de este territorio, una Asturias que gracias a ellos ya no resulta ni tan periférica ni tan atrasada, pero que no siempre termina de calibrar la modernidad y la proyección que alcanzaron sus ilustrados —y ella con ellos—.

El patrimonio monumental de la Asturias ilustrada

“Situada en el extremo septentrional del reino, y confinada entre la más brava y menos frecuentada de sus costas y una cordillera de montañas inaccesibles, sabe usted que los españoles nacidos de la otra banda tienen de ella poco más o menos la misma idea que de la Laponia o la Siberia”. Parece que la Asturias del siglo XVIII no era bien conocida ni en el propio siglo XVIII; por eso decía Jovellanos que este país “no es ciertamente lo que se cree por acá [Madrid], y la idea que de él se tiene es harto equivocada y defectuosa”, por eso sentía la necesidad de decir cómo era, y para ello escribió esas Cartas del viaje de Asturias (KRK, 2003), la mejor descripción de la Asturias del siglo XVIII y la mejor invitación a viajar a ella, porque, como nos interroga en el prólogo: “¿Hay por ventura un medio más seguro de conocer bien los pueblos y provincias de un reino, que el de ir a los lugares mismos y aplicar la observación a los objetos notables que se presentan?”.

Quien se acompañe de las Cartas en su recorrido tomará el pulso a la industria popular y al problema económico de la vinculación de la tierra y el sistema del mayorazgo, conocerá cómo eran sus romerías, el origen y costumbres de los vaqueiros de alzada, tendrá noticias de una lengua asturiana que ya entonces Jovellanos quería normalizar escribiendo su gramática, ortografía y diccionario —como hacía la Academia Española, de que era miembro, con el castellano—, o una entusiasta descripción de los hórreos: “Dígame usted ahora si conoce sobre la tierra un edificio tan sencillo, tan barato y tan bien ideado; un edificio que sirva a un mismo tiempo de granero, despensa, dormitorio, colmenar y palomar, sin embargo de ser tan pequeño”.

Y no sólo verá la Asturias que fue, sino el próspero territorio que la Ilustración quería que fuera. Para ello, el objetivo principal ya era conseguir esas comunicaciones con la meseta que la cordillera dificulta aún hoy: “¿Quiere usted después industria, comercio, opulencia? No tiene más que abrir avenidas al mar de Asturias […] Ello es fácil. Dediquemos a conquistar nuestras provincias lo que gastamos en invadir las ajenas, y verá usted vencido este imposible. ¡Cuándo apreciaremos la paz en lo que vale! ¡Cuándo aborreceremos la guerra tanto como merece!”.

Al hablar de la capital, Jovellanos destaca cómo está cambiando el urbanismo de aquella ciudad de catedral, casa de comedias, monasterio y universidad, gracias a la intervención pública en un caótico urbanismo en que se intentaba poner orden: “Lo que ciertamente merece alguna memoria es la buena policía de esta ciudad y singularmente su buen empedrado y sus magníficos paseos. Entre estos se distingue el llamado del Chamberí, obra del celoso magistrado don Isidoro Gil de Jaz, el más cómodo, el más extendido, el más adornado y frondoso de la ciudad. Los árboles que le guarnecen, de diferentes especies y tamaños, y las huertas, sotos y prados que se ven a uno y otro lado, le hacen singularmente delicioso”.

Al tiempo que se abrían paseos y plazas, surgiría uno de sus espacios emblemáticos: en 1792 el Ayuntamiento aprobó el diseño del arquitecto Francisco Pruneda para la Plaza del Fontán, tras desecar la insalubre charca que formaba el manantial; concebida como un espacio rectangular abierto por cuatro pasajes «para beneficio del comercio», fue derruida y reconstruida en 1996.

El paisaje urbano estaba viéndose modificado por la reforma de edificios antiguos —se amplía el Ayuntamiento construido en el siglo XVII por Juan de Naveda 1590-1638), se reedifica la basílica panteón de los reyes asturianos o se reconstruye la capilla de la Balesquida— y por la construcción de nuevas residencias nobiliarias. Si algunas familias afrontan reformas y lustran sus blasones y su imagen —así hace la familia Heredia con el Palacio de Valdecarzana, que hoy aloja dependencias del Tribunal Superior de Justicia de Asturias—, no son pocos los palacios que se alzan de nueva planta, verdaderos escaparates del triunfo de unos linajes que reflejaban en ellas su poder social, político y económico.

El de mayores dimensiones es el Palacio del duque del Parque o del marqués de San Feliz (1725-1730), conocido también como el Palacio del Fontán por estar aledaño a esta plaza, en solares que lindaban con la Casa de Comedias. Cuando en 1793 la guerra contra los franceses evidenció el riesgo de que las Fábricas Reales de Municiones estuvieran en el País Vasco, pasó a ser sede desde 1794 y hasta 1856 de la Fábrica de Armas, que luego se conocería como la Fábrica de Armas de la Vega, cuando en el siglo XIX se ubicó en el solar de lo que fuera el monasterio benedictino de Santa María de la Vega —a la misma razón se debe la fundación en ese mismo momento (1794-1796) de la Fábrica de Armas de Trubia, temprano testimonio de la industrialización asturiana—.

Por su parte, el III marqués de Camposagrado levantó entre 1728 y 1757 frente al Palacio de los condes de Toreno —actual sede del Real Instituto de Estudios Asturianos—, el Palacio de Camposagrado, que fue sede de la Real Audiencia —establecida en 1717—, y hoy lo es del Tribunal Superior de Justicia de Asturias. El Palacio del duque del Parque y la primera planta del Palacio de Camposagrado comparten trazas, pues ambos son obra de Riva Ladrón de Guevara (Vidal de la Madrid, El arquitecto barroco Francisco de la Riva Ladrón de Guevara, Trea, 1998). A su fallecimiento, en 1741, desarrolló la segunda el candasín Pedro Menéndez (1716-1790).

Palacio del Marqués de San Feliz o palacio del Duque del Parque
Palacio del Marqués de San Feliz o palacio del Duque del Parque
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Palacio de Camposagrado

La estética de estos dos palacios contrasta con la del Palacio de Velarde que representa, en palabras de Vidal de la Madrid, la vanguardia academicista (El Palacio de Velarde. La vanguardia ilustrada en Asturias, MBAA, 2012), que llegaba a Asturias de la mano de Manuel Reguera González (Candás, 1731-1798).  Formado con su paisano Pedro Menéndez, Reguera, que fue maestro fontanero de Oviedo desde 1752, regresa a Asturias en 1764 tras haberse titulado como arquitecto en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando becado por el Ayuntamiento de Oviedo y, más allá de trabajar en las cañerías y empedrado de la ciudad que Jovellanos alabara —no serían bellos pero eran útiles y ese es el santo y seña de la Ilustración—, Reguera se empeña en la renovación de un paisaje arquitectónico dominado por el Barroco. Y lo consigue con este palacio, construido entre 1765 y 1770 para el regidor de Oviedo, Pedro Velarde Cienfuegos (1699-1781), un perfecto ejemplo de cómo se implanta la impronta clasicista, asociada a la dinastía borbónica.

El bloque cúbico articulado en torno a un patio con escalera de estilo imperial es hoy la sede más antigua del Museo de Bellas Artes de Asturias y acoge pintura y escultura española obra de Berruguete, El Greco, Zurbarán, Ribera, Murillo, Goya, Madrazo o Sorolla, y de los asturianos Carreño de Miranda (Avilés, 1614-Madrid, 1685) y Miguel Jacinto Meléndez (Oviedo, 1679 – Madrid, 1734). En su escudo nobiliario figuran las armas de las familias que en el regidor convergían —los Velarde, Prada, Queipo de Llano, Navia, Bolaño y Caso—, pero está orlado con la leyenda de los Velarde: “VELARDE, EL QUE LA SIERPE MATÓ, CON LA INFANTA SE CASÓ”. Conviene fijarse en la imposta del balcón principal, donde en un gesto inaudito el arquitecto grabó su nombre.

Palacio de Velarde

Pero no todos los nobles asturianos necesitan desplazarse a Oviedo, y no son pocas las familias que prefieren construir en sus villas de origen sus nuevas residencias. En la remota comarca de los Oscos destaca el Palacio de Mon, un gran complejo palaciego construido en San Martín en su mayor parte en el siglo XVIII. Dos salas del palacio están dedicadas a la exposición “La Casa de Mon”, y en el piso superior de su fachada principal destacan dos grandes escudos: uno con las armas de la casa de Valledor y la casa de Ibias —“LA CASA DE VALLEDOR ES ANTIGUA Y DE GRAN VALOR, CABALLEROS DE ESTE APELLIDO, NO LE PONGÁIS EN OLVIDO”; “IBIAS, IBIAS. DIOS ME AYUDE”; otro, con las de la casa de Mon y la de Velarde —“ESTAS ARMAS Y BLASÓN SON DE LA CASA DE MON, COMO FUERTE LAS GANÉ Y ASÍ LAS DEFENDERÉ”; “VELARDE QUE LA SIERPE MATÓ, CON LA INFANTA SE CASÓ” —de nuevo, el lema del escudo del Palacio de Velarde en Oviedo—.

A quince kilómetros, en Santa Eulalia de Oscos, puede visitarse el Museo Casa Natal del marqués de Sargadelos, museo etnográfico ubicado donde naciera el industrial y comerciante Antonio Raimundo Ibáñez (1749-1809), que mereció el marquesado por haber fundado una de las primeras fábricas de fundición de hierro colado de España y las de cerámica que llevan su nombre. Fue linchado en Ribadeo durante la francesada, sin que se pudiera establecer si había sido cosa del clero, de la aristocracia o de los trabajadores de las fábricas, pues a nadie contentaba.

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Palacio de Mon

Volviendo hacia Asturias, en la zona alta de Soto del Barco se alza el Palacio de la Magdalena —hoy hotel—, mandado construir por Rodrigo Llano Ponte a expensas de su tío, el obispo Juan de Llano Ponte, con capilla adosada bajo la advocación de María Magdalena, de donde le viene el nombre. Durante la Guerra de la Independencia, fue cuartel de las tropas napoleónicas comandadas por el Mariscal Ney.

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Palacio de la Magdalena (Soto del Barco)

Y en Luarca puede visitarse la Casa de los marqueses de Gamoneda, antigua fonda El cocinero y actual Oficina de Turismo del concejo de Valdés, que no en vano se llama casa y no palacio, aunque su ostentoso blasón quiera decir lo contrario. Como reseñaba Fernando Chueca Goitia en su informe favorable a la concesión al edificio del título de Bien de Interés Cultural “fue levantada por Juan Pérez de Gamoneda y Álvarez Cascos, a quien Carlos III otorgó el título de Marqués de Gamoneda en 1765. […] Mucha debió ser la satisfacción […] al ser ennoblecido por Carlos III cuando lo manifestó con tan gigantesco escudo” (Boletín de la Real Academia de la Historia, CXCII / 3, 1995).

Casa de los marqueses de Gamoneda (Luarca)

Y también hizo honor al título el I marqués de San Esteban del Mar de Natahoyo, Carlos Miguel Ramírez de Jove y Vigil, regidor de Oviedo y de Gijón y abuelo materno de Jovellanos, que levantó el palacio que lleva su nombre —también conocido como el Palacio de Revillagigedo, debido a que en él recayó también este condado—. El conjunto se construyó entre 1704 y 1721, a partir de la casa-torre de estilo gótico (la de la derecha); y también la anexa Colegiata de San Juan Bautista, que financió el prior de la catedral de Oviedo Ramírez de Valdés, a la sazón, tío del marqués (Vidal de la Madrid, El Palacio Revillagigedo. Las casas del marqués de San Esteban del Mar en Gijón, Caja de Ahorros de Asturias, 1991). Quien quiera medir el rango de los linajes gijoneses sólo ha de comparar su envergadura con la del cercano Palacio de los Jove Huergo (actual Museo Barjola), o con la Casa Natal de Jovellanos.

Palacio de Revillagigedo (Gijón)

Caso excepcional es el Palacio de Llano Ponte, mejor llamado y también conocido como Casa-Palacio de García-Pumarino, porque fue el indiano que invirtió el oro que había hecho en el Perú en construirse entre 1700 y 1706 un edificio digno de quien ahora era, estratégicamente ubicado en la esquina de la nueva Plaza Mayor y cerca del emblemático Palacio de Ferrera.

Palacio de Llano Ponte (Avilés)

Pero no solo los nobles construían en aquella Asturias del siglo XVIII, pues también entonces el Estado promovía la obra pública: dos son los proyectos de más relevancia que siguen en pie, el Hospicio-Hospital de Huérfanos de Oviedo y la Casa de Baños de las Caldas, y en ambos se dan la mano Ventura Rodríguez —arquitecto académico de la de Bellas Artes de San Fernando y responsable, por ejemplo, del Paseo del Prado— y el arquitecto que realizaba las obras: Reguera.

Como en la España del siglo XVIII remitía la lepra, no fueron pocas las malaterías que se convirtieron en casas de huérfanos, expósitos, inválidos y desamparados, en que eran acogidos y se les enseñaba algún oficio que pudiera permitirles mantenerse. Es el caso del Hospital de San Lázaro, que se terminó quedando pequeño, con lo que Isidoro Gil de Jaz, regente de la Audiencia de Asturias (1749-1754), impulsó la construcción de un nuevo Hospital-Hospicio —el actual Hotel de la Reconquista, en la calle que lleva el nombre del regente—. El edificio fue proyectado al completo por Pedro Antonio Menéndez, el candasín discípulo de Riva Ladrón de Guevara, con quien se había formado Reguera, que murió en él en 1790 tras ingresar en 1783. Pero no es obra suya la renombrada capilla neoclásica (1768-1770), diseñada por Ventura Rodríguez y obra de Reguera.

Hospital Hospicio de Huérfanos, patio interior (Oviedo)

Pocos años después, la Junta General del Principado decidió en 1772 construir una Casa de Baños en Las Caldas —topónimo que revela a las claras su identidad principal—, para aprovechar las aguas termales que brotaban en una cueva junto al río Gafo: tomar los baños ya era costumbre de los asturianos del siglo XVIII, que sabían de las cualidades terapéuticas que aún hoy disfrutan quienes acuden al balneario. Se conserva todavía el edificio original diseñado por Ventura y construido por Reguera, de planta de medio ovalo que se prolonga en dos alas laterales; constaba entonces de dos pisos: el inferior, con óculos, acogía los baños; y el superior, con ventanas, las habitaciones. El recrecido del tercer piso, hotel y casino a que se transita por la pasarela son ya cosa del siglo XIX, cuando el edificio pasó a manos privadas con motivo de la desamortización.

Balneario de Las Caldas (Trubia)

El Oviedo de Feijoo y el Gijón de Jovellanos

Ningún itinerario por la Asturias del siglo XVIII estará completo sin acudir a los espacios de sus personajes de referencia: el Oviedo de Feijoo y el Gijón de Jovellanos.

Nacido en Orense en 1676, sin duda Benito Jerónimo Feijoo es el hijo adoptivo ilustrado más reconocido de Oviedo. Aunque retratos suyos pueden verse en el Edificio Histórico de la Universidad de Oviedo —de que fue catedrático de Teología desde 1710 a 1739—, y también en el Museo de Bellas Artes de Asturias, tres, que son uno, son los espacios que no pueden faltar en el recorrido por el Oviedo de Feijoo: el Museo Arqueológico de Asturias, la iglesia de Santa María de la Real Corte y la Plaza de Feijoo; en realidad, el Monasterio de San Vicente de que fue abad, el templo del monasterio y su plaza trasera.

Esta suerte de peregrinación laica cuenta con tradición probada. En 1784, veinte años después de la muerte de Feijoo (1764), ya lo hizo Joseph Townsend, que quería conocer el lugar que habitara el padre maestro y rendirle homenaje. En el claustro alto del viejo monasterio se puede visitar una reconstrucción de la celda de Feijoo. Es cierto que la celda original se perdió; en todo caso, permaneció lo que importa: aquel Teatro crítico universal y aquellas Cartas eruditas y curiosas que dieron forma al ensayo como género moderno y que fueron el buque insignia de la Ilustración primera; un verdadero best seller de la Ilustración de que se hacían tiradas de 3.000 ejemplares y llegaron a ponerse 300.000 en circulación.

Una puerta daba acceso desde el monasterio de San Vicente a su templo, y desde allí oía Feijoo, ya anciano, misa. Esta sería la segunda parada obligada, a la vuelta de la esquina: la actual iglesia de Santa María la Real de la Corte, ante cuyo altar se encuentra la tumba que guarda sus restos; si desde ella miramos hacia la entrada, arriba a la derecha veremos desde dónde se asomaba. Al salir del templo, topamos con el tercer lugar: la plaza que lleva su nombre, presidida por un pensativo Feijoo que nos observa desde 1954. Si miramos con él, vemos la fachada de la iglesia y el balcón de la que fuera la celda en que vivió desde 1709 en que llegó a Oviedo, hasta su muerte en 1764.

Plaza de Feijoo (Oviedo)

Feijoo murió a punto de cumplir los 88 años, tras un ataque de hemiplejía, el 26 de septiembre de 1764; seguramente sin pesar: su labor estaba concluida y el reconocimiento había llegado en vida. Reseñado y traducido en Francia, Inglaterra, Portugal e Italia, conocido en Alemania e incluso citado por el Papa Benedicto XIV en la encíclica Annus qui (1749), fue nombrado por Fernando VI Consejero Real en 1748, por «la aprobación y aplauso que han merecido a propios y extraños en la República Literaria sus útiles y eruditas obras». Solo un año antes de su muerte decía Edward Clarke en sus Letters concerning the spanish nation, written at Madrid during the years 1760 and 1761 (Londres 1763), que “él solo ha hecho más para formar el gusto de los españoles y para enseñarles a pensar que todos sus predecesores”.

Quien quiera aprender a pensar con Feijoo, pero se no se anime con los 300 ensayos que suman los 14 tomos de obra feijooniana, puede hojear su antología Lidiando con sombras (Trea / IFESXVIII, 2014). Todavía conviene en el siglo XXI releer aquella titánica tarea de desengaño de errores comunes dirigida por primera vez a un amplio público no especializado para que se liberara de los prejuicios, fueran costumbres sancionadas por la tradición, creencias ligadas a una concepción mágico-religiosa del mundo, conocimientos refrendados por los viejos sistemas filosóficos o milagrerías alentadas desde el ámbito eclesiástico.

Algo parecido sucederá a quien quiera leer a Jovellanos, considerando que sus escritos alcanzan los 14 nutridos tomos en sus Obras Completas, pero pudieran ser buena compañía para recorrer el Gijón de Jovellanos la breve biografía Jovellanos o la virtud del ciudadano y la antología La luz de Jovellanos (Trea, 2011). En todo caso, el recorrido puede realizarse con comodidad gracias al cuidado folleto editado por el Ayuntamiento de la ciudad, Un paseo con Jovellanos, que, lógicamente, arranca en el Museo Casa Natal de Jovellanos.

Museo Casa Natal de Jovellanos (Gijón)

El palacio del linaje Jove-Labandera, muy cercano al dieciochesco y monumental Palacio de Revillagigedo, se alza desde el siglo XV sobre las ruinas del alcázar del conde Alfonso Henríquez. En la “torre nueva”, donde nació y vivió Jovellanos mientras estuvo en Gijón, se exponen piezas relacionadas con su vida, mobiliario original de la casa y obras pictóricas de su colección —el resto de estancias alberga fondos de arte asturiano de finales del siglo XIX y principios del siglo XX—. Es el espacio en que Jovellanos leía y escribía obras como el Informe en el expediente de Ley Agraria que hizo decir a Marx que Jovellanos era un “amigo del pueblo”. Para hacerse una idea de cómo se desarrollaba la vida cotidiana del ilustrado en ella, puede leerse Jovellanos, el gabinete de un ilustrado.

Saliendo de ella, solo hay que mirar a la derecha para ver la Casa del Horno, que fuera la primera sede del Real Instituto de Náutica y Mineralogía que Jovellanos impulsó durante su destierro para formar mineros y pilotos que pudieran extraer y comercializar el carbón.  Su fundación, las prospecciones mineralógicas, el desarrollo de las comunicaciones y la reforma del puerto de Gijón constituían un verdadero proyecto ilustrado articulado para fomento de la prosperidad de Asturias y felicidad pública, que abría la puerta a lo que serían las bases del desarrollo económico del país durante 200 años: las minas y la mar.

A partir de ahí, y a poco que pasee, el visitante percibirá que Jovellanos es omnipresente en la ciudad, y no sólo en su casa natal o en la Plaza del 6 de Agosto, donde se eleva la estatua con que los gijoneses lo homenajearan en 1891. Jovellanos es el nombre del Teatro, de la Biblioteca, de un colegio, de un Instituto, de una Facultad… y de un sinfín de establecimientos comerciales. Se pueden seguir las ocho placas colocadas a modo de escalas en lugares emblemáticos de la ciudad vinculados al gijonés, donde las palabras del propio ilustrado acompañan al visitante; están ubicadas en:  la propia Plaza de Jovellanos, el Campo Valdés, el Cerro de Santa Catalina, la Plaza del Instituto (Plaza del Parchís), en cuyo lateral se empezó a construir en 1797 la nueva sede del emblemático Real Instituto de Náutica y Mineralogía bajo proyecto del arquitecto neoclásico Juan de Villanueva —Jovellanos sólo vio una planta, pues no se culminó hasta 1897—, la Puerta de la Villa, el Puerto Deportivo (el muelle), y las escaleras 2 y 5 de la Playa de San Lorenzo (el muro); así, podemos asomarnos a la escalera 2 (la rampa), para ver con él “el mar, bravísimo. ¡Sublime espectáculo el choque de sus olas contra el paredón!”. No era mera contemplación ante el majestuoso espectáculo de la naturaleza: Jovellanos convenció a la corporación municipal para construir un muro de contención desde la iglesia de San Pedro hasta Capua que protegiera la ciudad del mar.

Escalera 2 del Muro de San Lorenzo (Gijón)

 

Real Instituto de Náutica y Minerología (Antiguo Instituto Jovellanos en la actualidad)

Pero el recorrido no tiene por qué terminar en Gijón: el viajero puede seguir sus pasos por Asturias en abundantes rutas, porque Jovellanos pateó el territorio y casi todos sus concejos, fuera por placer, con motivo del diseño de la carretera que había de unir Asturias con la meseta o para realizar las prospecciones mineralógicas; y dejó puntual noticia de sus recorridos, y de sus impresiones, en su diario. Quien prefiera el papel, cuenta con las 20 rutas de Jovellanos y la naturaleza diseñadas por Bernardo Canga y Carmen Piñán. Y también se dispone de la aplicación Los viajes de Jovellanos por Asturias (el texto procede de dicha aplicación).

Hay varias rutas diseñadas: tres siguen sus pasos con motivo de las expediciones mineras en recorridos que parten de Gijón hacia Llanes, Covadonga, Avilés, Oviedo y Valdesoto; la cuarta ruta forma parte de la expedición al Canal de Campos (Gijón-Nava-Infiesto-Cangas de Onís-Llanes-Unquera); la quinta sigue sus excursiones desde Pravia en 1792 a los concejos de Salas, Candamo, Belmonte de Miranda, Cudillero y Muros del Nalón; la sexta propone la ruta de la carretera de Pajares que realizó en 1793 para examinar el trazado de la carretera de Asturias con León (Gijón-Oviedo-Olloniego-Mieres-Pola de Lena-Pajares-Mieres-La Riera); o podemos acompañarle a Cangas de Narcea en las rutas séptima y novena, a donde fue comisionado en 1795 como miembro de la Orden de Alcántara para realizar las pruebas de limpieza de sangre de un nuevo miembro, el hermano del Ministro de Marina, y en 1796 a una vendimia: “Las viñas tendidas a la castellana. La uva negra; la mejor es del verdejo. Las vendimiadoras cogen; hombres, pasando, recogen en cestos, y éstos van a llenar los capachos, llamados aquí gojos. […] ¡Qué bulla! ¡Qué inocente alegría! La gente se mueve temprano para la expedición de vendimia. ¡Qué alegría! ¡Que bullicio en los jóvenes!”

 A modo de ejemplo, la primera ruta (Gijón-Covadonga) corresponde al viaje que él recorrió en nueve días, del 19 al 28 de septiembre de 1790, para examinar los yacimientos carboníferos. Se puede visitar con él Covadonga, pero también la Playa de la Espasa (Caravia): “A la salida país llano sobre la costa; abundante en prados, bellísimo en extremo. A comer a la venta de La Espasa, sobre una playa ancha, llana y desierta; rústica, pero abundante y buena comida. Salimos; grandes y deleitosos prados, lugar de la Isla a la derecha; el mar a la vista y cerca; un pequeño islote junto a la orilla”.

 

Playa La Espasa

O podemos acompañarle al Paseo de San Pedro en Llanes: un “mirador sobre el mar” desde el que se descubre a la derecha la punta de Santander y a la izquierda la de Lastres”; en él “el canapé nuevo de dos caras se fabricó el año anterior” (1789).

Paseo de San Pedro en Llanes

 En los varios recorridos entre Pravia y Cangas de Narcea, podemos acercarnos con él a Tineo a ver “la casa de Merás: grande, antigua, con dos torres […]; el amo, anciano, buen hombre; el ama, despierta, sobrina del arcediano de Grado”.

 

Casa de Merás (Tineo)

También podemos visitar con él el monasterio de Corias: “la fachada que mira al camino, viniendo, acabada; de simple y magnífica vista; la del costado acaba en la esquina; parte del convento viejo en la fachada; mucha obra en el interior; gran claustro de almohadillado en lo bajo y en lo alto, partido por pilastrones de alabastro, al parecer; se trabaja en él. Estupenda sacristía, como la del Escorial, mejor iluminada”.

Monasterio de Corias

 Y llegar con él a Cangas de Narcea hasta la casa del conde de Toreno, actual sede consistorial, para imaginar aquel “gran salón de papel y pinturas” en que entonces había “un juego de cuadros de diferentes héroes militares; Josué, Alejandro, César, Carlomagno, Godofredo, David; gran carácter y espíritu; son sin duda de grandísimo mérito. Un juego copioso de láminas flamencas, en cobre, de la escuela de Rubens, de mucho mérito, y también en el estrado y oratorio; marcos de ébano; bien frescas y cuidadas; entre ellas, cornucopias, repisas y figuras recortadas. Gabinete de historia natural, con buenos mármoles del país, algunos de Madrid y Italia”.

Casa del conde Toreno (Cangas del Narcea)

Y, porque son muchas las expediciones que podríamos hacer y de algún modo hay que acabar, podríamos acompañarle en su último viaje, cuando huyendo de los franceses embarcó en el bergantín Volante, que quedó destrozado por una galerna en Puerto de Vega (Navia), donde Jovellanos fallecería en 1811. Ese final es el punto de partida de la excelente novela de Juan Pedro Aparicio Nuestros hijos volarán con el siglo (Salto de página), que reseñamos en El cuaderno nº 53. Quién sabe si después de todos estos —o algunos— paseos, no nos diremos, como él decía, que la Asturias del siglo XVIII “no es ciertamente lo que se cree por acá”.

Puerto de Vega

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