Toma3

Entrevista a Miguel Barrero

Desde su salida a la calle este otoño, "El rinoceronte y el poeta" (Alianza Editorial, 2017) ha obtenido una respuesta muy positiva de crítica y lectores.

«París o Londres epatan desde el primer momento, pero Lisboa enamora poco a poco»

Miguel Barrero (Oviedo, Asturias, 1980) aún no ha cumplido los cuarenta años, pero ha publicado ya ocho espléndidas y alabadas novelas. Ha ficcionado a Michi Panero y a Antonio Machado y en su última criatura, El rinoceronte y el poeta, publicada por Alianza, viaja a Portugal para zambullirse con gozo en la especialísima idiosincrasia del país vecino; en el «gran sueño» que un buen día se echó a Europa a la espalda y la hizo cruzar los océanos y sembrarse y germinar en todos los rincones de la Tierra y también en la patria de uno de los grandes poetas de la historia universal: Fernando Pessoa. Del libro ha dejado escrito Txani Rodríguez que «se aparta de la narrativa autorreferencial para situarnos en Lisboa e invitarnos a redescubrir a Pessoa y a enamorarnos, una vez más, de la capital lusa».

Lisboa

Pregunta.- El rinoceronte y el poeta es esencialmente un homenaje a Portugal, y casi una breve historia del país vecino: el Imperio, Camões, Don Sebastián, el terremoto de Lisboa, el salazarismo, la Revolución de los claveles… Todos esos jalones de la historia lusitana tienen cabida en la novela.

Respuesta.- Sí, pero no fue algo premeditado, sino una consecuencia lógica de cómo surgió el libro. El libro surgió a raíz de que yo conociera dos historias: la del primer libro de Pessoa y la del rinoceronte que llega a Portugal en el siglo XVI. Yo entendí que una y otra historia venían a ser el principio del fin de una cadena que se conecta mediante una serie de eslabones que recorren la historia moderna y contemporánea de Portugal.

P.- La conexión, entiendo yo, es lo maravilloso: de un país pequeño, periférico y poco poblado, de pronto emerge un imperio ultramarino —el que trae a Lisboa el famoso rinoceronte— y uno de los grandes poetas de la historia universal. En el libro, usted escribe que «podemos decir que la identidad portuguesa se ha venido construyendo en torno a una quimera, que Portugal entero no es otra cosa que un gran sueño».

R.- Tanto el rinoceronte como Pessoa fueron dos exotismos en un mundo que no los comprendía. Yo no sé si, cuando el rinoceronte llega a Lisboa en 1515, en Portugal se había visto un rinoceronte alguna vez; es posible que no. Así que hay que imaginarse el estupor de la gente que estaba esperando en la Plaza del Comercio para ver cómo era aquello que llegaba de las Indias cuando de pronto aparece aquel monstruo, porque verdaderamente era un monstruo, y hace huir despavorido a un elefante. En cuanto a Pessoa, es un poeta exótico y fascinante. Estamos hablando de un tipo que, cuando se muere a los cuarenta y siete años, sólo tiene publicado un libro, Mensagem, que había salido el año anterior. Había publicado alguna cosa en revistas y demás, pero su única obra cerrada era ese libro. Sin embargo, de pronto se muere y aparece su famoso baúl, que había ido llevando de casa en casa durante toda su vida y en el que se descubre una obra que no sólo es descomunal (no empezó a ser verdaderamente sistematizada hasta los años sesenta y setenta), sino que está vertebrada por un montón de heterónimos de poetas ficticios.

P.- Alberto Caeiro, Ricardo Reis, Álvaro de Campos…

R.- Sí, sí, toda una serie de heterónimos, más de setenta, que a veces eran de ocasión, para firmar un mero apunte, pero a veces tenían más recorrido. Pessoa tenía un plan de obra sobre cómo iba a salir aquella obra a la luz: qué heterónimos iba a dar a conocer primero, cuáles iba a dar a conocer después, etcétera. Tenía en la cabeza un orden por el cual su obra se iría descubriendo ante el mundo, pero se perdió cuando murió y no quedó de él ninguna constancia. Pero es sintomático que en ese único libro que publicó con su nombre, Mensagem, él se arrogue la condición de heredero moral, intelectual, de cierta leyenda que tiene su fundamento en los tiempos en que el rinoceronte llegó a Lisboa.

Fernando Pessoa en una céntrica calle de Lisboa

P.- ¿De dónde, de cuándo, de qué, le viene a usted el interés en Portugal, un país que evidencia conocer muy bien?

R.- No te creas: a mí no me interesaba Portugal en mayor medida que lo que me interesa Francia, Alemania o cualquier otro país de nuestro entorno. Yo no tuve la menor pretensión de escribir sobre Portugal hasta que hice un viaje a Oporto y Lisboa en verano de 2013, que fue cuando descubrí, de manera totalmente casual y azarosa, las dos historias. A Pessoa, yo  lo conocía de manera muy insuficiente: me había leído el Libro del desasosiego, que me había entusiasmado y del que de hecho tomé un pasaje para abrir una de mis novelas, pero nada más. Fue en una librería de Oporto donde descubrí Mensagem y fue también en aquel viaje donde conocí la historia del rinoceronte, que me interesó mucho porque nos habla de un Portugal que los españoles no siempre tenemos en cuenta. A Portugal, desde España, solemos observarlo con cierta egolatría, por no decir estupidez.

P.- Un poco lo del chiste ése de que los franceses nos tratan como si fuéramos portugueses de mierda.

R.- Eso es, el hermano pobre. Es una imagen muy injusta, porque Portugal es un país que nos enseña o nos puede enseñar mucho. Eso siempre lo he pensado, pero ya digo: tampoco tenía una especial lusofilia, y ni siquiera creo que la tenga ahora, aunque sí que he pasado a estar más atento a cosas de Portugal de lo que estaba antes. Lo que me hizo escribir el libro fue descubrir la historia del rinoceronte y la del poeta y plantearme la posibilidad de unirlas. Mis novelas suelen surgir siempre así: a partir de un fogonazo inesperado cuya luz después voy siguiendo sin saber muy bien adónde me lleva. Y este libro en concreto, yo no creo que sea tanto un homenaje a Portugal como una reflexión sobre los mecanismos de la identidad, que es algo de lo que hablo en bastantes de mis libros. Y también sobre el papel cotidiano de la cultura.

P.- Ha dicho en alguna entrevista que le costó decidir qué estructura darle al libro y que inicialmente pensó en una colección de escenas sueltas más que en la narración continuada que finalmente abordó.

R.- Sí, así es. Yo volví de Portugal con la idea de escribir una serie de pequeños ensayos sobre temas históricos, legendarios, políticos, etcétera: el rinoceronte, el Quinto Imperio, Don Sebastián, Bandarra, etcétera, salpimentados con una especie de fragmentarización de la biografía de Pessoa. Pero me costaba mucho encontrar una estructura en la que encajara bien todo lo que yo quería contar, una argamasa que lo uniera todo, y estuve años con ello y al final decidí abandonarlo. Pero en un momento dado, una noche, me vino a la cabeza de pronto la imagen de un señor que viajaba en tren, y se me encendió la bombilla: un personaje ficticio que viniera de fuera me permitiría vertebrar todo el discurso que estaba en ese trabajo previo a través de su flujo de pensamiento. Nadie piensa de manera lineal, sino que vamos saltando de una cosa a otra sin un orden propiamente dicho, y eso me permitía unir todos esos temas dispares. Una vez encontré esta forma de contarla, la novela se escribió muy rápido, casi sola. Entre el primer borrador más o menos definitivo y la versión finalmente publicada transcurrió no más de un mes: creo que es la novela que más rápido he escrito. En el momento en el que encontré esa forma que buscaba, fue como si la propia novela me llevase.

P.- En el libro se incide con cierta insistencia en la Revolución de los claveles, pero sin profundizar demasiado en ella, sólo como un pensamiento recurrente del profesor Espinosa, a quien fascinó el Abril portugués en su juventud.

R.- Es un pensamiento recurrente porque es lo que empieza a atar sentimentalmente al profesor Espinosa a Portugal, pero es una referencia superficial, como tú dices, porque en el fondo Espinosa es español y sabe lo que sabe el español medio. Yo no quería hacer un tratado de política, porque eso hubiera desvirtuado la idea del libro. Espinosa, además, entiende la Revolución de los claveles no tanto como un proceso político con sentido por sí mismo, sino más bien como una especie de ejemplificación de toda la teoría literaria de Portugal que él lleva a cuestas. Hay un momento de la novela en que se relaciona la Revolución de los claveles con el Quinto Imperio y con esa idea que de alguna manera instala Pessoa en Mensagem y según la cual el Quinto Imperio predicho por António Vieira en el siglo XVII (un imperio portugués que sucedería al griego, al romano, al cristiano y al europeo) no ha de ser un imperio literal, territorial, sino un imperio moral, intelectual, que domine el mundo asombrándolo con su genio y no dominándolo con la espada.

P.- La Revolución de los claveles, efectivamente, fue una lección moral de Portugal al mundo.

R.- Eso es. Espinosa, cuando piensa en la Revolución de los claveles, la interpreta como la concreción de esa vocación pessoana en un tiempo en el que ya era difícil esperar algo así. Y la piensa desde una España que atravesaba un problema muy similar y que sin embargo no encontró el coraje necesario para hacer algo parecido. La Revolución de los claveles suele observarse desde España con envidia, pero con una envidia no malsana, sino melancólica. Y Espinosa la observa así. En la novela también se alude de vez en cuando al amor/odio que Espinosa siente hacia su propio país: es español, España es su tierra, pero a la vez, sin llegar a odiarla, tampoco es capaz de llegar a amarla del todo.

P.- El personaje de Espinosa es muy interesante, y sobre todo lo es la mezcla que hay en él de unas ansias revolucionarias nunca desaparecidas y un carácter apocado y temeroso.

R.- Espinosa se comporta como nos comportamos todos. Todos queremos ocupar el Palacio de Invierno, pero a ver quién es el que se atreve a coger la escopeta. ¿Cuántos españoles querían derrocar a Franco y cuántos hicieron por derrocarlo algo que no fuese de cara a la galería? Mira, justamente ayer veía yo una película de Fernando Fernán Gómez, El mar y el tiempo, que tiene que ver con esto. Habla de la España del franquismo y trata sobre un exiliado que vuelve a ver a su hermano, que es otro exiliado interior, y en ella hay una caricatura muy ácida del progre del sesenta y ocho, que salía a manifestarse sabiendo que si lo pillaban su padre, que era amigo de tal ministro, llamaría y los sacaría.

P.- Hubo mucho de eso, sí.

R.- Sí, pero ojo, yo no lo formulo como crítica, porque realmente hace falta mucho valor y mucha determinación para hacer una revolución. Es algo que condiciona tu vida, que la pone en riesgo, y tienes todo el derecho del mundo a tomártelo más por el camino de la teoría que por el de la práctica. Y Espinosa se mueve en esos términos como lo hace otra tanta gente. Él hubiera querido ser un héroe, pero se limitó a ser testigo del tiempo como casi todo el mundo.

P.- En Espinosa parece latir una reivindicación de la grisura, pero no de una grisura a la baja, sino de la excelsa grisura; de la áurea mediocridad frente al heroísmo de hierro colado de los personajes de folletón de otras novelas y obras de arte.

R.- Bueno, todos somos hombres grises en el fondo. Yo no sé si conozco algún héroe. Ser un héroe es muy complicado; es, como decía no recuerdo quién, decir que no cuando todo el mundo dice que sí, y eso exige mucho coraje y estar dispuesto a pagar unas consecuencias que no todo el mundo está dispuesto a pagar. También depende mucho del momento y de un montón de cosas que no siempre son sencillas de manejar. De repente la persona más anodina es capaz de destacarse en un acto de valentía sin parangón y sin embargo el tipo más lanzado y más elocuente se amilana y no se atreve a dar el paso. El heroísmo es una cosa muy esporádica, muy episódica: no hay grandes héroes a diario. Otra cosa es que haya mucha gente que se venda a sí misma como héroe, pero eso no quiere decir que lo sea. La inmensa mayoría de la gente es compleja, gris, y no es malo que así sea. Yo creo que no hay que pedir grandes heroísmos a nadie. Lo que hay que pedir es coherencia.

P.- Hay que alabar al héroe pero no exigir heroísmo a todo el mundo.

R.- Claro.

P.- A Espinosa, usted lo describe en un pasaje del libro como «un hombre de conducta recta y moral intachable que, sin embargo, evitaba actuar como inquisidor de las actitudes ajenas y permanecía fiel a esa máxima que pocos respetan y que asegura que, para estar en paz con uno mismo, lo más sano y recomendable es dejar en paz a los demás». Ahí late toda una filosofía de vida.

R.- Ésa es una cuestión que yo me planteo mucho ahora con las redes sociales, en las que todo el mundo pontifica sobre cualquier cosa y además exige que se le dé la razón. El otro día leí a una gente que decía que la Tierra era plana exigir respeto a alguien que les enmendaba. Decían que ellos tenían derecho a que su opinión se respetase tanto como la de cualquier otra persona. Oiga, a mí me parece muy bien que usted diga lo que le dé la gana, pero no me pida que lo tome en serio. Hay muchos inquisidores de la moral últimamente, y una cosa es discrepar y otra esa cerrazón de llamar fascista a cualquiera que no piense como uno, que es algo que ahora está muy de moda. Más allá de cosas objetivamente erróneas, como eso de la Tierra plana, yo creo que sería bueno pensar que cada uno tiene su propia visión de las cosas y que uno puede estar equivocado. Yo no creo que tenga la razón absoluta, ni mucho menos. Y no tengo por qué tenerla. La gente también tiene derecho a equivocarse.

P.- Taurus ha publicado este año un libro, El filtro burbuja, en el que un estudioso estadounidense, Eli Pariser, lanza una hipótesis muy sugerente: la de que las redes sociales, al facilitarnos bloquear y apartar de nuestra vista a quien nos molesta, y dado que el motivo más habitual de que alguien nos moleste es que no piense como nosotros, acaban uniformizando ideológicamente nuestra lista de contactos y generándonos una idea distorsionada de la realidad, y la más mínima discrepancia nos parece intolerable porque no estamos acostumbrados a ellas. Pensamos que nuestra realidad es la realidad. Un poco como aquellos militantes de extrema izquierda que en los años setenta creían que la revolución proletaria era inminente, porque todo el mundo a su alrededor la deseaba.

R.- Sí, o lo que comentaba antes de esa película de Fernando Fernán Gómez: aquellos progres que conspiraban en su salón pensando que todo el mundo llegaba a sus conclusiones y luego se encontraron con que España era sociológicamente franquista y con que puede que la sociedad no estuviera satisfecha con lo que había, pero sí razonablemente cómoda y desde luego no dispuesta a arriesgarse a lo que pudiera venir en caso de que se rompiera ese orden. Pero eso lo hemos visto muchísimas veces en estos últimos años. Cuando surgió Podemos, uno se fijaba en las redes sociales —en Facebook, en Twitter…— y todo el mundo parecía de Podemos, pero llegaron las elecciones y en verdadero peso de Podemos, no siendo pequeño, resultó no ser tan grande. Pasó lo mismo con las primarias socialistas: parecía que todo conspiraba a favor de Susana Díaz y llegó el momento de la verdad y resultó que no era así. Y a la inversa, pasa con la corrupción del PP, con Gürtel y demás: todo el mundo odia al PP, pero de repente hay elecciones y el PP saca mayoría. La vida real no la conocemos; no la conoce nadie. Es muy complicado conocerla, porque engloba un montón de factores que nadie controla por sí mismo. En general, deberíamos ser un poco más conscientes de que lo que ocurre en Internet no es necesariamente lo mismo que ocurre en la realidad.

P.- Volvamos a su novela. No sólo de Portugal, sino también de Lisboa en particular es la novela un homenaje. De la capital lusitana usted dice, expresándolo a través de los pensamientos de Espinosa —y haciendo otra reivindicación maravillosa de la grisura—, que no es «una ciudad que presente sus credenciales de primeras»; que «no se deja admirar fácilmente, ni le muestra sus encantos al recién llegado como esas otras ciudades que se asemejan a un pavo real por sus ansias de epatar desde el primer instante; no, Lisboa es otra cosa, a Lisboa hay que caminarla poco a poco, recorrerla despacio, sin prisa y sin esperar nada de ella, acariciarla con suavidad, igual que se acaricia el cuerpo de la persona amada, y será sólo entonces, al comprobar ella que nada tiene que temer de nosotros y que estamos aquí con la mejor de las intenciones, cuando paulatinamente se muestre en toda su plenitud, cuando nos ofrezca su grandeza y sus recovecos y su misterio, cuando se exhiba ante nuestros ojos de tal forma que ya no seremos capaces de olvidarnos nunca de ella».

R.- Lisboa es una ciudad extraña. Esto lo comentaba hace años con Antonio Muñoz Molina, que piensa lo mismo. Hay ciudades que te epatan: tú vas a París, a Londres, a Roma, a Viena, a Nueva York, y te imponen desde el primer momento. En cambio Lisboa es una ciudad que a primera vista puede parecer anodina, vulgar o hasta fea. Sólo cuando se la recorre poco a poco se va uno encontrando destellos maravillosos en los lugares más insospechados —que a veces no salen en las guías— y dándose cuenta de su grandeza. A mí eso me pasa en general con Portugal, y Lisboa actúa muy bien como resumen del conjunto del país en ese sentido. Es una ciudad maravillosa. Es la última gran capital europea y quizás sea la menos capital y la más europea; uno de esos lugares que al estar al filo del abismo y asomarse directamente al océano son una puerta de entrada o de salida y generan una mezcolana humana, un mestizaje, que resulta muy atractivo. En Lisboa, por ejemplo, hay mucho africano que llega de las antiguas colonias.

P.- Con Lisboa sucede en El rinoceronte y el poeta eso que pasa con las ciudades de otras novelas: que se convierten en un personaje más.

R.- Sí. En mi caso, Lisboa juega un papel activo en la novela porque es lo que permite que Espinosa vaya recuperando determinados pasajes de la historia de Portugal.

P.- Por seguir con Espinosa, no sé si es mucho extrapolar, pero creo que en presentar a un profesor que se interesa por un país y una cultura que no son los suyos natales parece haber también una reivindicación humanista del internacionalismo; de esa Europa cultural que ha sobrevolado siempre las compartimentaciones nacionales.

R.- Sí, sí. A mí me gusta mucho una frase de Tuñón de Lara que no recuerdo literalmente, pero que viene a decir que los españoles deberíamos acostumbrarnos a hablar de nuestro Toulouse o de nuestro Milán de la misma manera que un italiano debería referirse a su Barcelona o su Berlín o un portugués a su Madrid o su Normandía. Yo no le veo mucho sentido a las fronteras en general, pero mucho menos entre territorios que compartimos una historia común y que para lo bueno y para lo mano hemos evolucionado juntos. A Alemania la levantaron en la posguerra mundial, entre otros, trabajadores españoles, pero también hubo franceses que en la Edad Media trajeron a España el románico o el gótico a través del Camino de Santiago. Tenemos que ser más conscientes de esas conexiones. A mí las identidades nacionales me parecen medianamente bien como elemento folclórico, pero muy reduccionistas cuando se oponen a construir ciudadanía, que es de lo que se trata.  Yo puedo entender que una persona vea Tailandia o Japón como otro mundo, porque realmente lo es, pero no que una persona europea pueda sentirse desplazada en España, Francia o Portugal. Europa es la gran asignatura de la propia Europa. Está muy bien que se ponderen el pasodoble, la jota, la sardana o la tonada, pero no me parece bien que en esos elementos se pretenda fundamentar algo que vaya más allá de una expresión cultural.

P.- Espinosa representa también una cierta excepción: hay muchos hispanistas de todos los países, pero no me parece que haya muchos españoles que se hayan consagrado a la historia o la literatura de otros países. Y desde luego no hay muchos que se hayan ocupado de Portugal.

R.- Bueno, no lo sé… Por lo menos en lo que respecta a la obra de Pessoa sí que hay estudiosos españoles muy notables. Está por ejemplo Ángel Crespo, que es el gran estudioso pessoísta que ha habido en España; está García Martín, que sin tener una dedicación exclusiva a Pessoa tiene un libro sobre él que está muy bien y que probablemente sea lo mejor sobre Pessoa que se ha publicado en España; está Jesús Munárriz, que también se ocupó sobre Pessoa en Hiperión… En otras disciplinas no sé, pero en literatura sí que hay muchos filólogos españoles que se han ocupado de Portugal. Y seguramente haya más de los que pensamos. Como es lógico, conocemos más a la gente de fuera que se interesa por nosotros que a la de aquí que se interesa por lo de fuera, a la que inevitablemente conocerán más fuera que aquí.

P.- En un pasaje de la novela, Espinosa recuerda cuando, al principio de su carrera, se le acusaba de no ser capaz de entender, debido a su condición de extranjero, «la idiosincrasia profunda del alma portuguesa». Hay quien opina lo contrario; que un país sólo puede entenderlo de veras quien lo mire desde fuera. Usted, ¿qué cree?

R.- Fíjate, esa parte de la novela está escrita hace tres años y medio, casi cuatro. Bastante imaginaba yo que iba a estar tan de moda eso de que si no eres de aquí no puedes hablar de lo que pasa aquí. No sé, yo creo que a veces los árboles impiden ver el bosque y a veces el bosque impide ver los árboles, y al fin y al cabo el bosque se compone de árboles y quien conoce los árboles no tiene por qué no conocer el bosque. Depende del caso. Que algunos no sepan hacer una determinada cosa no quiere decir que sea una cosa imposible para todos. Hay gente que tiene la suficiente ecuanimidad como para mirar su campo con perspectiva y amplitud de miras y quien necesita estar fuera para conseguir esa solvencia. En España hay historiadores muy buenos, como Santos Juliá, y hay otros infames, como Pío Moa, y los dos son españoles. Yo cada vez soy menos amigo de hacer taxonomías; de eso de que «lo que vale es esto y lo otro no vale». En cada variante hay subvariantes infinitas. A mí, una cosa que siempre me gusta hacer cuando pienso sobre una cuestión es convertirme en abogado del diablo; ponerme en el lugar del que sé que no piensa como yo, aunque sólo sea para ver qué argumentos me pueden servir para contrarrestarle.

P.- El libro, como otros de los suyos, mezcla la ficción pura y dura con una prosa más periodística. Hay pasajes que, según ha dejado escrito Francisco Solano en El País, rozan casi «el límite del artículo de enciclopedia».

R.- Sí, porque yo quería plantear un juego entre lo real, lo imaginario y lo legendario. Quería que todo fuera un magma difuso en el que nunca se supiera bien dónde empezaba una cosa y dónde terminaba la otra, y ese pasar de la ficción pura y dura a cuestiones más concisas me permitía romper determinados ritmos y hacer que la prosa fluyera de manera más natural hacia su propia conclusión. Además, para contar la historia tenía que explicar ciertas cosas, pero no ya para el lector español, sino para el lector en general. No creo que en Portugal todo el mundo conozca su propia historia, porque aquí hay gente que no conoce lo de España. La verdad es que esta novela me planteó un reto importante en lo que respecta al estilo. También quería que la lectura de la novela produjera una impresión similar a la que produce la escucha del habla portuguesa; ese fluir lento y melancólico. Por cierto, hay una cosa en esta novela que es una novedad con respecto al resto de mi obra y en la que sin embargo no ha caído nadie: es mi primera novela escrita en tercera persona. Hasta ahora siempre había escrito en primera persona; nunca había empleado un narrador omnisciente, y eso es algo que por una parte plantea una serie de dificultades, pero por otra permite más libertad de movimientos. Te permite jugar a ser Dios: sabes todo lo que ha pasado, lo que está pasando y lo que puede pasar. Y eso me permitió contar todo lo que quería contar sin que se me dieran de sí las costuras, como sí pasaba en aquellos primeros intentos que yo había hecho a la vuelta de mi viaje a Portugal

P.- Otro aspecto presente en este libro y que también es una constante heredada de otros anteriores es el metaliterario; el hacer literatura con la literatura.

R.- Eso me lo dicen mucho y yo no soy muy consciente de ello. La verdad es que no tengo un proyecto a largo plazo. Yo, cuando acabo un libro, no sé cómo va a ser el siguiente, ni si lo va a haber. De todas maneras, de mis ocho libros sólo hay tres que cumplan eso de la metaliteratura: Los últimos días de Michi Panero, Camposanto en Collioure y ahora éste; y uno de ellos, Los últimos días de Michi Panero, es metaliterario de aquella manera, porque no se habla tanto de escritores como de personas que escribían o que en cierto momento escribieron; y otro, Camposanto en Collioure, habla más del Machado político que del Machado poeta, de sus peripecias en el exilio más que de su trayectoria literaria. Sí que puede haber esa reflexión compartida de la literatura sobre sí misma, pero no es algo consciente. Nunca me he dicho: «Voy a hacer una obra que reflexione o analice o piense la literatura universal».

P.- Por cierto, la novela, ¿se va a traducir al portugués?

R.- De momento no hay noticias de ello, pero no sé, quizás sí.

P.- En el libro, escribe los diálogos al modo de Saramago, sin guiones, sino como un continuo separado sólo por comas. ¿Late ahí otro discreto homenaje consciente a Portugal, o escogió ese sistema por una mera cuestión de estilo?

R.- Eso lo hacía Saramago pero también Kabuki, Lobo Antunes… En mi caso, es una elección que tiene que ver con mi propósito de que el texto fuera un fluir continuo continuo; una especie de río sin grandes cortes en el que sea difícil determinar dónde empieza lo real y dónde empieza lo inventado.

P.- Sus libros han ido siendo ambientados en Astorga, Asturias, Galicia… y ahora Portugal. Hay, en cuanto a los escenarios sobre los que desenvuelve sus tramas, una constante atlántica que sólo rompe Camposanto en Collioure. ¿Es algo consciente; hay detrás de esa constante un proyecto de inventariar literariamente este rincón del mundo?

R.- ¿He escrito algo ambientado en Galicia?

P.- Las tierras del fin del mundo, su libro sobre el Camino de Santiago.

R.- Ah, bueno, sí. Pues… no había pensado en ello, pero sí, es verdad. Hombre, en Los últimos días de Michi Panero Astorga sale un poco de aquella manera; casi está más presente Madrid, aunque es verdad que Astorga tiene un peso importante en la novela. Y en cuanto a Galicia, en un libro sobre el Camino de Santiago era ineludible hablar de ella. Desde luego, no hay una idea preconcebida, igual que no la hay con lo de la metaliteratura. Yo siempre digo que el escritor no suele ser el más indicado para hablar de su propia obra: puede haber líneas más o menos constantes, pero yo no pienso en ellas cuando me planteo un nuevo libro.

P.- Supongo que también lo es, pero, ¿es casual que usted se acerque y reivindique Portugal en un momento como éste en que está en cuestión España? ¿Se siente iberista políticamente hablando, o es imposible unir dos naciones si, como usted mismo reflexiona en la novela, «una se construye de cara al océano y la otra sólo es capaz de indagar en sus raíces tierra adentro»?

R.- Mira, hay una anécdota de Felipe II que no sé hasta qué punto es real o legendaria, pero que tiene que ver con eso del océano y la tierra. Cuentan que cuando Felipe II se anexionó Portugal a la muerte de Don Sebastián, preguntó a un consejero de su corte dónde debía poner la capital de su imperio, y que el consejero le dijo: «Si quieres conservar tu imperio, ponla en Toledo. Si lo quieres ampliar, ponlo en Lisboa. Y si lo quieres perder, ponlo en Madrid».

P.- La ciudad dinámica y moderna era Lisboa.

R.- Claro. Hay que pensar que Portugal es el país de los grandes descubrimientos; el que en los siglos XV y XVI había abierto y recorrido las grandes rutas comerciales marítimas; el que había ensanchado el mundo. Tenía la Escuela de Sagres, que era el principal centro intelectual de formación marítima de su tiempo. España, sin embargo, es el país que en un momento dado apuesta por la Contrarreforma y por enclaustrarse a sí misma: así le fue al imperio español. España y Portugal son dos países muy diferentes. Compartimos una parcela de tierra muy pequeñita en este rincón del continente, y tenemos muchas cosas en común, pero hay otras en las que no nos parecemos en nada. En cuanto a si soy iberista, pues no lo sé. Por una parte sí, pero por otra me da mucho miedo que la unión entre España y Portugal lleve a una españolización de Portugal. Es un riesgo que está ahí y que a mí me genera bastante preocupación. Yo, si acaso, de lo que soy partidario es de caminar hacia un marco territorial federal, pero europeo; que haya una estructura amplia que nos englobe a todos y que se entienda como un sistema de equilibrios en el que cada parte del todo tenga lo que le corresponde pero siempre teniendo en cuenta que es parte del todo y que el todo está por encima. Desde luego, soy partidario de eliminar fronteras más que de crearlas. A mí me gusta mucho Asturias, pero yo no creo que Asturias tenga legitimidad ni razón ninguna para sentirse con potestad de ser ella sola ante el mundo. A lo que hay que caminar es hacia juntarse, no hacia separarse. En la historia, hemos ido a más, hemos prosperado, cuando hemos sabido juntarnos y hemos ido a menos cuando nos hemos replegado en nuestra propia parcela. Claro, lo de juntarse choca con una serie de intereses que están ahí y que van a hacer lo posible por romper ese modelo, pero el objetivo tiene que ser ése: ensanchar los puentes en vez de estrecharlos. Pero me preguntabas si fue casual escribir sobre Portugal en un momento en que está cuestión de España. Sí, fue totalmente casual. La novela está ambientada en 2015, pero yo escribí la novela en la primavera de 2014.

P.- Escribió una novela futurista.

R.- Sí (risas). Y yo me decía: uf, al ritmo que va la vida en estos momentos, a lo mejor tengo que tirar esto a la basura porque todo ha cambiado de una manera atroz. Y no cambió mucho, pero sí que lo hicieron algunas cosas. La novela, por ejemplo, todavía refleja un Portugal encerrado en la crisis. Ésa es otra cuestión de lo de mirar a Portugal como el hermano pobre: Portugal nos ha demostrado que era posible algo que nosotros no hemos hecho, que es capear la crisis sin rendirse del todo a la doctrina neoliberal de la Unión Europea. No, ya digo: lo de Cataluña no estaba en mi cabeza cuando escribí esta novela. Fue una casualidad.

P.- En otro pasaje de la novela, usted también reflexiona que «si en un momento dado nos separó nuestro éxito, ahora nos debería unir nuestro fracaso», lo cual me recordó a aquello de Benet, cuando se discutía la Constitución de 1978, de que la Carta Magna debía incluir un solo artículo.

R.- «Todo español tiene derecho al fracaso», sí. Ya digo, la novela está escrita en lo peor de la crisis, que además se cebó de manera especial con los países del sur de Europa: Grecia, Italia, España y Portugal, los llamados PIGS, que son los países en los que se fundamentó la idea de Europa. De Grecia y de Roma no hace falta hablar, pero España es el Camino de Santiago, y ya decía Goethe que Europa se hizo caminando a Compostela. Y Portugal es la conquista del océano. Esta franja de Europa es fundamental para la historia de la propia Europa, y que la propia Europa menosprecie esa parte de sí misma; que el dinero, el gran capital, los mercados, etcétera, hayan conseguido humillar y hacer hincar la rodilla a la Europa del intelecto, es francamente lamentable. Esto tiene que ver con el gran tema que recorre la novela, que es la importancia crucial que tiene la cultura a la hora de explicar lo que somos. Todo lo que conocemos del mundo lo conocemos por la cultura. Sabemos cómo eran los griegos, los romanos o los egipcios por las huellas culturales que dejaron, y dentro de cien o doscientos años se sabrá lo que se sepa de nosotros por las huellas culturales que hayamos dejado. Cuando esa gente futura se pregunte cómo éramos, hallará la respuesta en la ropa que llevábamos, las películas que veíamos, los libros que leíamos, etcétera, no en los datos macroeconómicos. Hoy ni tú ni yo sabemos quién era el ministro de Economía en tiempos de Carlos IV, pero todos recordamos a Goya. Cualquier cuadro de Goya explica mejor la España de su tiempo que el catastro del marqués de la Ensenada. Sin embargo, la importancia que se da a la cultura en el día a día es mínima. La cultura es algo casi desechable; algo que vale como poco más que una anécdota. Yo comentaba con Jaime Priede a propósito de este libro que, si mañana se descubriera que su conclusión —que no vamos a desvelar— es verdad, no abriría un telediario. Como mucho, aparecería en los márgenes de las páginas de los periódicos de cultura a modo de breve anecdótico. Y eso es sintomático de adónde estamos llegando.

P.- ¿Qué proyectos literarios tiene ahora entre manos? ¿Con qué nos va a sorprender en el futuro?

R.- Con nada (risas). Esta pregunta, yo nunca la contesto, porque la contesté una vez y me fue muy mal: sólo cumplí lo que había dicho ocho años más tarde. Desde entonces siempre digo que no, y siempre miento (risas).


El rinoceronte y el poeta
Miguel Barrero
Alianza Editorial, 2017
208 páginas
Edición en papel: 15.50€
ePub: 8.99€

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