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El Mundial fue ficción (V)

Argentina nao tem chance

Desde antes de que empezara el fútbol los brasileños hinchan en contra de la Argentina. Después del siete a uno con Alemania, en un curioso síndrome de Estocolmo, los brasileños quieren que Alemania gane o, en realidad, que su archirrival muerda el polvo que ellos, todavía, están tratando de sacarse de la boca.

El partido de Argentina y Holanda acaba de terminar y en la calle que atraviesa el barrio Vila Madalena se junta un grupo de no más de veinte o treinta argentinos, remeras de la selección, las caras pintadas, que euforian a los gritos. A su alrededor
algunas cámaras de televisión, periodistas. Detrás, otro grupo, mayor, que también euforia aunque en sentido contrario.

De poco, los cantos se mezclan aunque el segundo es más numeroso y la abulia del repetido “Mil gols, mil gols, mil gols, só Pelé, só Pelé, só Pelé; Maradona cheirador (aspirador)” tapa al ingenioso (?) y complejo (??) “Brasil decime qué se siente”. Los cantos son lo único que se mezcla, entre ambos grupos hay una estrecha franja que un argentino intenta conciliar. En un portugués chapucero dice que no tiene sentido una pelea ahí, que mejor que cada uno cante de su lado: los más de doscientos policías armadurita de keblar, palos y cascos no van a diferenciar colores patrios. Pero otro argentino se le acerca y tomándolo de un brazo le dice que lo mejor, sino quiere convertirse en mártir inútil, es que se corra.

Un bando, con la certeza negra que cargan desde hace veinticuatro horas, el otro con la intensa expectativa de lo que hasta no hace tanto parecía imposible.

Los brasileños son cada vez más. El conciliador se retira.

***
El metro línea amarela está llegando a la estación Pinheiros. En uno de los televisores, pequeños y silenciosos, que hay dentro del vagón una modelo sonríe, rulos perfectos, dientes blanquísimos.

En letras fucsias sobre fondo azul. “Sorria. E o bom humor e otimismo fazem bem ao Coração”. Nadie mira el televisor. Ni la mujer con pollera, ni el hombre que lee el diario: ninguém. Y, luego, en letras verdes sobre fondo gris: “Preocupacao pela hostilidade entre brasileiros e argentinos”.

***
Explica un brasilero, acá es común la discusión a dos metros de distancia, los gritos cruzados, uno con una remera, otro con otra, y luego, una sonrisa, un gesto de distensión o la simple ignorancia y cada uno por su lado. Si uno no está acostumbrado a eso, la acción parece violenta.

Me cuenta el fotógrafo peruano Boris Mercado que vio, en el centro de la ciudad, una escaramuza. Argentinos contra brasileños, algo breve e intenso. Golpes de puño y botellas. Según me dice: los argentinos provocaban. Al parecer, a la policía (militar) el detalle no pareció importarle.

***
El partido por el tercer y cuarto puesto debería ser abolido, me dice el brasileño y luego que mejor su nombre no lo ponga. No está orgulloso de hinchar por Alemania en la final del Mundial. No públicamente. Quiere que Brasil gane mañana, por supuesto, aunque piensa que dos rivales humillados no van a conseguir gran cosa.
—Si fuera con Argentina, disputa continental, sería otra cosa. Pero ¿ganarle a Holanda?

Y sin embargo.

Y explica por qué, salvo excepciones, cuando uno preguntan, los brasileros responden sin dudar que en la final del Mundial van a hinchar por el equipo que siete veces, una detrás de otra, Muller, Klose, Kroos, Kroos, Khedira, Schurrle y Schurrle de nuevo, penetró la línea del arco verdeamarelo.

Una parte, con una visión más política y regional, quiere que Argentina gane por la Integración Latinoamericana: quede la copa en la Patria Grande.

Una parte quiere que Alemania gane porque piensa que eso interferirá en las elecciones brasileñas, en octubre.

Una parte quiere que Argentina gane porque piensa que eso interferirá en las elecciones brasileñas, en octubre.

La mayoría quiere que Argentina pierda. No les importa que los alemanes sean buenas personas, que aunque ganen millones se hayan sacado fotos con el conserje del hotel, eso es retórica: la verdad, les importa que la Argentina pierda.

Están los que venderán las entradas en miles de dólares y otros que el domingo estarán allí, sentados en sus asientos, cantando sobre los mil goles de Pelé, sólo por la posibilidad de que de alguna manera, su rival de toda la vida sufra la misma humillación por la que ellos pasaron. Como en el resto de las canchas, el domingo, los hinchas de ambos equipos estarán mezclados. Creen muchos aquí, lo que pase dentro de la cancha será clave para lo que ocurra en la tribuna. El campo de juego vaticinará la posibilidad de la violencia.

***
El jueves a las 17, el título catástrofe de la página web de la Cadena O Globo, en letras enormes, impactantes, indicaba: “Robben: Argentina nao tem chance”.

Y sin embargo.

Se terminó la ficción

 

 

Contra Alemania, la ilusión argentina se mantuvo hasta los 113 minutos. Desde el Fan  est de Río de Janeiro, el cronista vivió el último acto de un Mundial inolvidable para la Argentina. Luego de reportear en San Pablo y Brasilia, cerró su gira en las playas cariocas.
—¿Ustedes se dieron cuenta de algo? —dice el periodista Gastón Bourdieu.

Adentro del Fan Fest no hay césped ni jugadores sino arena, una gran pantalla donde se ve lo que se supone que importa y unas quince mil personas: la mayoría argentinos, muchos brasileros, decenas de alemanes. Tiene puesta la remera argentina, gorro color caqui y, en la muñeca izquierda, un precinto de papel violeta: “imprensa” en letras mayúsculas negras.

—A lo largo de la vida las cosas se repiten.

Todos los días hay muchos detalles que son iguales. Lo que está por pasar, no. Lo que está por pasar es único y estamos acá.

El sol de un invierno metafórico cubre la playa de Copacabana. Hace calor. Faltan dos minutos para que empiece el partido y “La mano de Dios”, de Rodrigo, suena de fondo desde los parlantes de la FIFA. Junto a él, Nacho Catullo, que hace 43 días lleva un diario de viaje del Brasil del Mundial, deja de mirar la pantalla gigante y abraza a este cronista.
A pesar de que lo conoce desde hace menos de veinticuatro horas, le da un abrazo amistoso, sincero y fraterno.

—Me voy a acordar de este momento, de vos, durante el resto de mi vida.

Seguramente así sea, pero no por los motivos que pensamos ahora: el italiano Nicola Rizzoli pita el inicio del juego. Todavía nos quedan 113 minutos de ilusión.
Durante el primer tiempo sufriremos menos que durante los partidos anteriores: tocaremos. En el segundo, algo habrá cambiado. Saldrá Lavezzi, entrará Agüero. Ya no será lo mismo.

Y si Higuaín.

Y si el penal.

Y si Messi.

 

 

 

Y sin embargo cuando el niño Götze, bajándola con el pecho, definiendo como definió.
La ficción llega a su fin. Volvemos a la abulia sin fixture, esperas ni prode. Sin ansiedad patria y absurda. Sin goles ni repeticiones de Mundial.

Los argentinos dejaremos de saludarnos con roce de palma, golpe breve de puño. De hablar como si nos conociéramos desde siempre y no importara si estamos a favor o en contra de la baja de la edad de imputabilidad.

Porque el Mundial hace variar el sentido común. El Mundial hace, por ejemplo, que un cronista ,ignoto viaje en avión de Buenos Aires a San Pablo: llegue en horario, deba esperar. Duerma en distintas e incómodas posiciones en un banco durante ocho horas y suba a otro avión hacia Río de Janeiro. Recorra por aire los mil kilómetros que separan ambas ciudades y, luego, ciento veinte minutosdespués de haber llegado transite por tierra y en auto los mismos kilómetros aunque en sentido contrario.

Es curioso, pensará después, ver salir el sol en un horizonte y ponerse, luego, en la misma ciudad como si nada hubiera ocurrido. Para la estrella, distancias universales más, distancias universales menos, el jueves 26 de junio debe haber sido un día como cualquier otro. Para el cronista, en cambio, fue un día de ir y venir, de dormitar en espacios aéreos y descubrir, ya en el camino de vuelta, un país inesperado.

Para el cronista, decía, entre amanecer y poniente en el mismo sitio, además de unas doce horas transcurrieron dos mil kilómetros, a los fines prácticos redundantes. No ganó ni perdió tiempo, aunque el almanaque diga que ese jueves pasó y su conciencia haya sumado, además de múltiples sensaciones (viento en la cara, adrenalina luego de que un camión enorme intentara cruzarse de carril; frío, erizamiento de la piel), el acaecer de un día más.

En resumen, que más allá de no entender aquella expresión de “aprovechar el tiempo”, el cronista ignoto siente que si ese día se volviera a repetir y él contara con la misma información y datos que tenía cuando sucedió, no modificaría su accionar. Pero sólo por ejemplo.

Entonces: los argentinos dejaremos de comer feijoada y salgados. Dejaremos de ponernos el despertador a las cinco de la mañana para, en penumbras, agarrar la mochila con la computadora y durante dos horas no hacer otra cosa que pensar que la próxima vez, en cinco minutos, deberemos de ser más rápidos y mouse en mano, página de la FIFA, clickear cuando el contador llegue a cero y el campo que dicem NONE available, se modifique por uno de LOW available. Infructuoso todo: sin poder conseguir ninguna entrada.

Dejaremos de caminar por San Pablo, Brasilia o Río y en un colectivo, un vagón de subte o alguna plaza, oír en voz baja, silbado o desaforado y a los gritos el Brasiiiiiiiiiiil, decime qué se sienteeeeeee.

Dejaremos de enterarnos de los procedimientos oscuros de la policía militar: la mañana de la final detuvieron a más de 50 activistas a quienes acusaron de “actos vandálicos”. Lo mismo había pasado el día de la inauguración: unos días después los presos fueron liberados sin cargos. Dejaremos de pedir, cada vez que nos sentemos a comer, un jugo distinto ignorando cada vez (carambola, Açaí, araçá-boi) si la fruta elegida es dulce, agria o qué cosa.

Dejaremos, dejamos. Las ganas de cantar, de salir, de hablar con alguien las dejamos hoy en el Fan Fest, en la cancha, en donde hayamos visto el partido con Alemania.

En muchos casos, este domingo 13 de julio terminará temprano: luego de la cena.
Mañana, quizás.

Para una nueva copa habrá que esperar cuatro años. Será en Rusia, un lugar lejano y frío. En el medio habrá diversas ficciones, futbolísticas y de las otras, aunque sin dudas ninguna como ésta que más allá de todo pasará a la historia por el siete a uno a Brasil, por la “humilhação mais grande do mundo”.


 

Acerca de jaime priede

Editor de elcuadernodigital.com y autor del libro de poesía "El coleccionista de tarjetas postales" (Deva, 2000), de ensayo "Dejad que baile el forastero" (Bartleby, 2006) y de la novela "Un buzo en el bosque" (Malasangre, 2015).

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