Narrativa

Un árbol como Lorrie Moore

Alejandro Basteiro rompe una lanza en favor de Lorrie Moore, una escritora que merece bastante más atención de la que ha recibido hasta el momento en España.

Un árbol como Lorrie Moore

/por Alejandro Basteiro/

Hace un año empecé a leer los cuentos de Lorrie Moore y al menos en ese sentido ha sido un año feliz. Sus Collected stories no se han movido de mi escritorio en todo este tiempo; sus tapas naranjas alojadas en mi campo visual como una avería del nervio óptico. El volumen incluye material de los libros Autoayuda (1985), Anagramas (1986), Como la vida misma (1990), Pájaros de América (1998) y Gracias por la compañía (2014). Para evitar confusiones, aclaro que éstos son los títulos de las ediciones españolas oficiales y los enumero por facilitar su búsqueda. No tengo esos libros a mano, así que los títulos y citas que aparecerán en adelante son mis propias traducciones. Lo que sigue no pretende ser una reseña, sino una lanza rota en favor de una escritora que merece bastante más atención de la que ha recibido hasta el momento en nuestro país. Podría ponerme a adivinar los motivos por los que su nombre no suele aparecer en el roster de los grandes autores norteamericanos vivos —¿poco béisbol en sus páginas?—, pero la propia Moore esquiva con elegancia cualquier cuestión comparativa: «La literatura, por supuesto, no es un concurso».

La primera vez que leí los Cuentos reunidos decidí respetar el orden cronológico inverso de los textos, es decir, empecé por los de más reciente publicación, en parte porque sospechaba que el editor había querido proteger a sus lectores dejando para el final cien o doscientas páginas más blanditas, escritas por una autora novata y todavía a medio hacer. El pensamiento me llevó con los Albore del gran Giuseppe Penone, escultor italiano que excava troncos caídos siguiendo los anillos de crecimiento, cepillando  la madera hasta revelar el árbol joven que permanece intacto en el interior. Leer a un autor hacia atrás es un poco como lo que hace Penone: vas deshaciendo el proceso de maduración de una voz para terminar con una pepita rugosa en la mano: lo que podríamos llamar un estilo sin espolletar. Pero cuando llegué a los relatos de juventud de Moore, me di cuenta enseguida de lo equivocado que estaba en su caso. El editor no tenía nada de lo que protegernos a nosotros, lectores, porque esta mujer ya escribía a los veinticinco como la dama sabia en que estaba destinada a convertirse. Autoayuda, su primer libro, es un prodigio de nervio narrativo y resonancia, no esqueje o arbusto sino árbol con todas las de la ley natural. Curiosamente, de la Lorrie Moore que acaba de cumplir sesenta podría decirse que escribe como una veinteañera superdotada.

Las suyas son historias de corteza rugosa, por seguir con la analogía arbórea y entroncando con el imaginario de la propia escritora (Bark es el título de su última colección, palabra polisémica que puede traducirse como «corteza» o «ladrido» y en España hemos dejado en Gracias por la compañía).

La enfermedad, la muerte y el desamor —tanto el romántico como el familiar, que también es romántico— son el material de carga de una literatura que nos lleva de paseo por pasillos de hospital, aulas hostiles y dormitorios envenenados por los vapores de la infidelidad. Su protagonista tipo es una mujer de clase media, con una educación distinguida y a menudo poco práctica (humanidades, what else), sensible a las artes y temerosa de una forma muy específica de mediocridad. Este personaje termina descubriendo por la vía amarga que saber comportarse en la vida no garantiza que la vida vaya a comportarse con una, lo cual refuta esa forma de elitismo situacional esencialmente yanqui que es la creencia de que a la larga cada cual obtiene lo que merece. En consecuencia, el perfil de los personajes de Lorrie Moore está esculpido como un cañón geológico. «El mundo los interceptó y talló para mantenerlos a salvo», escribe Moore en la novela ¿Quién cuidará del hospital de ranas? A salvo de sí mismos, se entiende. Sometidos a pruebas de resistencia, humillaciones y pérdidas excoriantes, terminan siendo valientes por necesidad e indestructibles por compostura.

«Menuda bruja sórdida», podrías pensar, pero Lorrie Moore es en realidad una soñadora con un sentido de la realidad hipertrofiado. Siempre con los pies en el suelo, nunca deja de ofrecer una o varias dosis de lo que ella misma llama «belleza colateral». Un niño de ocho años, por ejemplo, se niega a montar en los delfines de un resort vacacional porque sospecha que fingen ser felices para que no los maten. «Si los delfines supieran bien», dice, «ni siquiera nos habríamos dado cuenta de que tienen un idioma». La narradora interpreta a continuación que «la exquisitez resulta en decapitación» y que «sólo podías entender algo si no lo deseabas». Lorrie Moore plantea cada crisis como una puesta a punto y la destrucción como un preludio de continuidad, sin euforia ni abatimiento, pura escuela vikinga. Su prosa transmuta palabras sagradas o prohibidas como matrimonio, maternidad o cáncer, gracias también a un sentido del humor a menudo desconcertante y que ejerce con distintos grados de sofisticación: Woody Allen con extra de Beckett y un toque de savoir-faire sobradote, a lo Dorothy Parker, que la vacuna contra las cepas más contagiosas de sentimentalismo literario. Asegura la autora que los chistes no siempre le salen de forma voluntaria, pero también cree que la literatura que prescinde de los aspectos cómicos de la vida «reduce y falsifica la naturaleza humana». No hace mucho estuve con un amigo en la cafetería de un tanatorio y le pregunté qué le apetecía comer. «Me da igual», contestó. «Aquí todo me sabe a fiambre». La anécdota no desentonaría en un texto de la Bruja Buena de Glens Falls.

Lorrie Moore considera que la diferencia entre cuento y novela es una cuestión fundamental de tiempo, pero no de tiempo interlineal, sino del que pasa el autor bajo el flexo (olet lucernam, decía Erasmo de las obras muy trabajadas). Intuyo que leer sus relatos tiene que ser una experiencia frustrante para el lector platónico que prefiere los géneros bien delimitados y tuerce el morro ante las desavenencias formales. En cierto modo esto la haría antagonista de Lydia Davis, cuentista célebre por su producción de píldoras compactas y perfectamente esféricas. Las ficciones de Moore tienen una frondosidad menos conceptual, mucho más tangible. En sus páginas cohabitan la digresión y la sentencia lapidaria, el drama en estado de latencia y los chascarrillos pedantes de pasillo de academia, una cosa puesta a continuación de la otra con mano lenta y creyente. Y hay tanta intención en cada línea, con resultados tan masticables a tantos niveles de lectura, que uno corre el peligro de extraviar entre líneas el meollo de cada cuestión. En el riesgo, por supuesto, está parte de la gracia. Muchos de sus cuentos parecen novelas embutidas, o podadas. A menudo sus historias son un tratado de supervivencia narrativa escrito por un suicida, abundan las caracterizaciones innecesarias y prácticamente todos sus juegos de palabras están fuera de lugar. Puedo imaginarla aconsejando a sus cachorros del aula de escritura creativa que no intenten en casa lo que hace ella, o en cualquier caso que lo hagan por su cuenta y riesgo. ¿Por qué funciona, entonces? Porque su oído para el idioma es una delicia, su lógica interna y su ritmo impecables, y también porque hace bueno aquello que decía Miles Davis de que para saber si una nota es mala o buena hay que esperar a que suene la siguiente. Lorrie Moore está llena de notas potencialmente desastrosas, y sin embargo resiste porque siempre sabe qué tocar a continuación.

Lorrie Moore (1957- )

Cómo ser la otra relata el derrumbamiento moral de la amante de un hombre casado, una mujer que se considera «parte de una gran tradición histérica digo histórica». Convencida de que no está hecha para triunfar en la vida («tener una licenciatura y fracasar es como tener una licenciatura en fracaso»), la protagonista intenta comprender por qué invierte tanto esfuerzo en conseguir cosas que ni necesita ni en el fondo desea. Es fácil olvidar que es uno de sus primeros relatos y por tanto firma una persona que no acumula una década de vida adulta. Igual en Lo que nos quitan, también de su primer libro, al que pertenece el siguiente fragmento:

Ése es el problema de las personas frías. No es que tengan hielo en el alma —todos tenemos un poco—, sino que se empeñan en que cada palabra y acto muestren ese hielo. Nunca aprenden la belleza o el valor del gesto. La necesidad emocional. Para ellos siempre va la honestidad antes que la cortesía, la verdad antes que el arte. El amor es arte, no verdad. Es como pintar un paisaje.

Veintitantos, decíamos. Que es más de lo que puedo decir de algunas personas relata un road trip por Irlanda protagonizado por una madre y su hija, obligadas a meterse con sus reproches y causas abiertas en un coche de alquiler, «como astronautas». Moore demuestra al final que el miedo nos humaniza y puede ser el principio de un camino válido hacia la redención personal. Y en Gente como ésa es la única gente que hay aquí asistimos a la enfermedad potencialmente mortal de un bebé a través de la mirada de su madre. El argumento es una de esas notas inflamables que pulsa Moore de vez en cuando, pero a pesar de algunas indulgencias líricas, el drama no se apodera de la historia en ningún momento. La protagonista, que escribe novelas, pasa un trago terrorífico cuando el médico solicita hablar con ella en privado. Cuando descubre que sólo quiere que le firme un ejemplar de su libro, no puede evitar sentirse molesta al ver que es una edición de bolsillo. «¿Alguien ha cantado en condiciones una alabanza del suspiro de alivio?». Lorrie Moore, aquí mismo. Gente como ésa… es una gema por la sutileza de sus revelaciones, rematada como todo buen chiste por un punchline demoledor. Es en esa hostilidad recíproca, entre lo que no queda más remedio que sufrir y lo que es posible contar, donde mejor se mueve la redicha y aun así entrañable Marie Lorena Moore.

Dice la autora que si metes a un montón de gente hambrienta en una habitación probablemente resulte una conversación apasionada acerca del roast beef: eso es exactamente lo que yo pienso de la literatura. Los grandes autores suelen ser pesados con sus temas y obstinarse con ellos como un perro con un hueso de rodilla, en algunos casos hasta alcanzar la autoparodia. Igual que el matrimonio del cuento Rivales ha terminado pareciendo un vodevil, muchos esfuerzos sinceros están condenados a degenerar en farsa con el tiempo y parece que el oficio literario es especialmente vulnerable a esta metástasis. Algunos autores demasiado conscientes de sí mismos terminan amortajándose en celulosa y entrando en bucle autorreferencial, pero esto no pasa con Lorrie Moore: a ella da lo mismo leerla de delante a atrás que de atrás a delante. Quienes la vamos conociendo tenemos en ella, y vuelvo a citarla, «una religión nueva y al mismo tiempo muy antigua». Un árbol joven dentro de uno maduro, descubierto por la gubia lenta y ociosa de la lectura. Por hablar de artes olvidadas, ya que estamos en ello.

Anexo: el pene de Mrs. Moore.

Lo cuento de memoria y me encantaría que alguien me corrigiera: David Foster Wallace utiliza la expresión pechos como artillería por lo menos tres veces entre La escoba del sistema y La broma infinita. La reincidencia agrava un defecto del que casi ningún autor está del todo libre: el de afectar automáticamente su voz narrativa con sus preferencias sexuales. Es demasiado habitual ver personajes femeninos erotizados de forma intempestiva, aunque sus activos sexuales sean irrelevantes para la escena o para el conjunto de la historia, incluso invisibles para el resto del reparto. La cuestión da para un largo debate que tampoco pretendo plantear aquí (mi perspectiva no vale mucho), pero no quería dejar pasar la ocasión de comentar que hay un cuento de Lorrie Moore en el que tiene lugar la siguiente escena. Un hombre y una mujer mantienen una conversación que fluctúa entre la competición y el coqueteo, y después de que el hombre reciba un sonoro revés dialéctico de su interlocutora escribe Moore: «Ahora su pene estaba blando como un melocotón menguante dentro del pantalón».

¡Cómo! El grito provenía de las regiones más superficiales de mi cerebro. Después empecé a considerar el carácter emasculante de la comparación, y finalmente los motivos por los que sentía un desagrado instintivo al encontrar un pene en mi literatura como quien encuentra un pelo en su sopa. Lo cual, por cierto, no me sucedió con los pechos como artillería de Wallace, ninguna de las tres veces, o las que fueran, a pesar de que era consciente de que allí fallaba algo. Mientras el incidente permeaba mis lóbulos y se me iban aclarando los matices del problema, Lorrie Moore se retiraba hacia otros asuntos (narrativamente hablando), consciente como maestra experimentada de que la lección cala más hondo cuando dejas que el aprendiz saque sus propias conclusiones.

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