Mirar al retrovisor

El Valle de los Caídos, Teruel y el patrimonio común

El Valle de los Caídos, dice Joan Santacana, es una pirámide de Keops moderna en la que el faraón Franco se quiso enterrar rodeado de sus cadáveres.

Mirar al retrovisor

El Valle de los Caídos, Teruel y el patrimonio común

/por Joan Santacana/

El patrimonio que las personas a veces heredamos, al igual que el que heredan los pueblos, no siempre es posible elegirlo. Hay veces que estos patrimonios son ricos, herencias notables que ennoblecen al que las recibe: es el caso de las grandes pinacotecas del mundo, como el Prado, el Louvre o la National Gallery of Art. Pero también hay herencias malas, enfermedades hereditarias, herencias que jamás hubiéramos deseado. Una de estas herencias nuestras, uno de los patrimonios que nadie hubiera querido heredar, es, por ejemplo, Mauthausen-Gusen para los alemanes o el Valle de los Caídos para nosotros. Mauthausen fue un campo de concentración y exterminio hasta 1945, pero en 1970 se convirtió en un museo-memorial. Fueron los antiguos prisioneros, supervivientes del campo, los que escribieron el relato actual. ¿Imaginan que en el relato se hubiera invitado a participar a  alguno de los jerarcas nazis? No: no lo podemos imaginar, porque este campo es hoy un monumento que da voz a las víctimas. ¿Y el Valle de los Caídos? ¿Qué es este extraño lugar? ¿Quiénes construyeron el relato que allí se cuenta?

El Valle de los Caídos, lugar de peregrinación del fascismo español durante más de medio siglo, no es un monumento cualquiera: excavado en la roca, con una cruz de piedra, su altura es semejante a la de las pirámides egipcias, y fue en sus buenos tiempos el gran escenario de la glorificación de la Cruzada. Levantado a fuerza de golpes por prisioneros republicanos, fue nuestro particular campo de concentración. No fue el único, pero sí uno de los más duros. Al igual que las pirámides, también el monumento alojó cadáveres; pero todos los cadáveres alojados allá cumplieron el deber de acompañar al faraón en su última morada. Cadáveres de los compañeros de combate del faraón, pero también los despojos de los vencidos.

Las honras fúnebres de aquel faraón moderno del siglo XX se perpetuaron durante décadas en este templo funerario. Allí, como en los templos funerarios egipcios, una comunidad sacerdotal, sagrada, ha rezado durante décadas por el eterno descanso del dios viviente.

¿Cómo cambiar su destino? ¿Cómo conseguir que este monumento al fascio español tenga otro destino? De la misma forma que es imposible separar la pirámide de Keops del faraón que le dio nombre, es imposible separar este Valle del faraón que acogió en su seno. Nadie conseguirá sepultar su memoria. Otros faraones modernos, más poderosos que el nuestro, perdieron sus pirámides; Hitler no pudo conservar para él y para los jerarcas de su banda ningún mausoleo. ¡Pero Hitler no quiso un mausoleo para cuando muriera! Su Reich tenia que durar mil años y confiaba en la gloria imperecedera alcanzada en vida. Su doctrina quedó fijada en un libro, Mi lucha, pero nuestro faraón era ágrafo; no escribió nunca ningún libro. Y sin embargo, su mausoleo ha sobrevivido más que el de sus grandes mentores. ¡Así es la historia! Impredecible.

Pero la más formidable idea del faraón español fue unir su memoria y su monumento a un colegio sacerdotal que cada día canta sus laudes y maitines, oficia el sagrado ritual e invoca al mismísimo Dios. De esta forma, el faraón seguirá vivo; el faraón seguirá rigiendo desde el mundo de las Tinieblas este reino suyo; miles de corazones le alabarán y esperaran su retorno a la tierra que fue regada por tantos millones de litros de sangre inocente. Aquel holocausto sigue clamando al cielo; sus victimas sacrificadas siguen en las cunetas, en los parapetos en donde fueron fusilados, en los cruces de caminos en donde los inmolaron…

No, no cambiaremos el destino de este monumento: ni aunque lo saqueáramos y lo derribáramos hasta los cimientos acabaríamos con su simbolismo. Lo único que podemos hacer es unir al monumento las voces de los que murieron en su construcción; los clamores de los miles de seres humanos desparecidos; la inmensa lista de los que tuvieron que exiliarse y atravesar el desierto para sobrevivir. Qué distinto sería este Valle de la Muerte si junto con los cantos de la comunidad sacerdotal se oyeran también los lamentos de los torturados, de los humillados, de los enmudecidos, de los masacrados, de las mujeres violadas y silenciadas. Uno de aquellos miles de prisioneros de guerra republicanos que trabajaron en la construcción de la pirámide de Franco, Tario Rubio, cuando a sus ochenta y siete años, en 2007, le preguntaron qué haría con el Valle de los Caídos, contestó: «Despojarlo de esculturas religiosas. Dejar los símbolos franquistas, pero explicando cómo se construyó todo eso, como nuestro Mauthausen. Y sacar a Franco y José Antonio, que sus familias los entierren donde quieran».

Nosotros, la generación que sobrevivimos a aquel reino de terror y aquellos que no lo vivieron, tenemos el deber de construir nuestro propio monumento: un monumento que sea el memorial de los que se quedaron sin voz, de los que con su sangre fertilizaron la tierra que les dio sepultura.

Pero este monumento, el de los ciudadanos libres, no debería levantarse sobre ningún cadáver ilustre; no debería ser la tumba de ningún faraón moderno. El conflicto bélico que dio origen a tanta desolación, que permitió que emergieran generales victoriosos y caudillos invictos, dejó también huellas imborrables en infinidad de pueblos y ciudades. Tuvimos en España el triste honor de ser el primer país de Europa cuyas ciudades fueron victimas de bombardeos aéreos; fuimos el primer país de Europa en donde se ensayaron las sangrientas tácticas guerreras que poco después asolaron el continente; en este país, los bombardeos aéreos sobre ciudades pacificas nos forzaron a inventar los servicios de urgencias en los hospitales y la gente empezó a construir, antes que nadie en el viejo continente, refugios antiaéreos. Y de todas las ciudades capitales de provincia martirizadas por rojos y azules hay una que sobresale por encima de las demás: es Teruel, en Aragón. Allí se extendieron los campos de sangre de los que tanto escribió Max Aub; allí la gente, la buena gente, la pobre gente de una capital pequeña, provinciana, pacifica y tranquila sufrió las bombas de ambos bandos. Teruel fue un auténtico Valle de los Caídos; un valle de la muerte sin paliativos. Es en Teruel en donde nuestra generación desagradecida debería levantar el memorial del Holocausto español, para que las generaciones futuras tuvieran otro relato distinto del del Valle de los Caídos construido en Cuelgamuros. Allí, bajo la cruz gigantesca levantada por el faraón español, tan sólo se cantan los loores a un relato; sólo hay el relato de una parte; en el Mauthausen español, el relato lo hicieron los vigilantes del campo, no las víctimas. ¡Ahora nos falta todavía el otro relato!


Joan Santacana Mestre (Calafell, 1948) es arqueólogo, especialista en museografía y patrimonio y una referencia fundamental en el campo de la museografía didáctica e interactiva. Fue miembro fundador del grupo Historia 13-16 de investigación sobre didáctica de la historia, y su obra científica y divulgativa comprende más de seiscientas publicaciones. Entre sus trabajos como arqueólogo destacan los llevados a cabo en el yacimiento fenicio de Aldovesta y la ciudadela ibérica y el castillo de la Santa Cruz de Calafell. En el campo de la museología, es responsable de numerosos proyectos de intervención a museos, centros de interpretación, conjuntos patrimoniales y yacimientos arqueológicos. Entre ellos destaca el proyecto museológico del Museo de Historia de Cataluña, que fue considerado un ejemplo paradigmático de museología didáctica.

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