Poéticas

Javier Sánchez Menéndez, epitafios del superviviente

El poeta y crítico José Luis Morante realiza en la antología 'También vivir precisa de epitafio', que Carlos Alcorta reseña aquí, un recorrido por la obra poética del autor gaditano Javier Sánchez Menéndez, que ha consolidado una escritura dedicada a desvelar las metáforas de la vida.

Javier Sánchez Menéndez, epitafios del superviviente

/una reseña de Carlos Alcorta/

Javier Sánchez Menéndez

Javier Sánchez Menéndez (Puerto Real, 1964) comenzó su andadura poética a una edad temprana, algo no infrecuente en este género. Su primer libro, Motivos —del que se recogen varios poemas en este volumen—, data de 1983, es decir, cuando el autor contaba diecinueve años. Desde entonces hasta el pasado año, fecha en la que se cierra la presente antología, ha publicado, en lo que a poesía se refiere (Javier Sánchez Menéndez mantiene abierto un ciclo reflexivo en prosa agrupado bajo el título Fábula, del que ha publicado ya seis entregas) once títulos.

Esta antología, preparada por el poeta y crítico José Luis Morante (1956), autor que ha realizado ediciones de poetas como Joan Margarit, Luis García Montero o Eloy Sánchez Rosillo, abarca este extenso periodo creativo y ofrece una muestra suficientemente representativa de cada uno de los libros, lo que nos permite asistir a la evolución creativa de un poeta que comenzó a publicar en el momento de ebullición de lo que se ha llamado poesía de la experiencia (recordemos que en 1982 uno de sus máximos representantes, Luis García Montero, obtuvo el premio Adonáis con un libro que se convertiría en paradigma de dicha estética, Un jardín extranjero). Coinciden pues los intereses estéticos de Sánchez Menéndez con los de un importante sector de la poesía española de la época («El jardín entre la niebla de la mañana/ parece algo más que un jardín/ porque estás tú/ que no eres una sombra,/ no emerges de los árboles/ ni de los rascacielos», escribe en un poema de ese libro inicial). Morante tacha de germinal este primer libro, algo perfectamente comprensible si nos atenemos a la edad en la que fue escrito, pero germinal también en el sentido de que en él se adelantan muchos de los motivos y las técnicas formales de Javier Sánchez Menéndez, que iremos viendo a lo largo de estas líneas.

Derrota y muerte de los héroes (1988), su segundo libro, presenta algunas novedades con respecto de ese primer libro circunscrito al rótulo de la experiencia. Aunque sin caer en los excesos de la poesía novísima, en este libro parece haber una intención de volver la vista a una estética que, si bien tuvo sus momentos álgidos en décadas anteriores, los sesenta y los setenta, no ha perdido del todo su vigencia. El culturalismo está muy presente en los poemas de esta segunda entrega, valga como ejemplo el poema titulado «En Galia Narbonense».

En los siguientes libros, sin embargo, Javier Sánchez Menéndez regresa a una a sus preceptos primigenios, a una indagación acerca de la realidad con un lenguaje directo, sencillo, anecdótico, que discursea sobre lo íntimo y lo histórico, y a un ritmo más atento a los dictados de la métrica tradicional que al vuelo sincopado de la cadencia respiratoria. Un poema como el titulado «El País» nos lo demuestra: «No me importan los censos, las estadísticas,/ las batallas sangrientas en el Oriente Medio / los satélites rusos, las visitas reales,/ no me importa el pasado/ porque en el ayer ya estamos,/ cuando miro hacia el sol y compruebo/ que dirige su marcha a la vertiente oeste/ de tu casa». Una sutil ironía, no siempre discernible en una primera lectura, caracteriza muchos de los poemas de esta serie: «Abel siempre me dice que no sabe cuándo hablo de veras o de broma…». En este libro se encuentra además uno de los mejores, desde mi punto de vista, poemas escritos por Javier Sánchez Menéndez, «Variación de Moguer», un emotivo viaje a la infancia —«mejor mi adolescencia»— en el que alternan el presente y el pasado, la devoción infantil con la sensualidad de la madurez desde la que se escribe.

Del mismo año 1991 es Introducción y detalles, un libro denso y cargado de ironía, con implícitas referencias textuales que contribuyen a consolidar una poética personal que ya ha dejado de titubear y de experimentar con diferentes estéticas; Javier Sánchez Menéndez ha encontrado su voz: «Acusado en otro tiempo de polémico y confesional,/ me he limitado a escribir versos, a asentar la cabeza en los inconvenientes/ y a negar toda duda sobre mi condición/ de hombre cualquiera». Vienen después otros libros que inciden en lo anecdótico como argamasa de una reflexión que se va volviendo por momentos menos gozosa, más desengañada, quizá porque «se paga la idea de agradecer/ la vida a cada instante». No carece de lógica este tono desencantado. La experiencia vital enseña a no dejarse guiar por un optimismo exacerbado ni por los efluvios de un enamoramiento que suele tener fecha de caducidad. Vamos leyendo como testigos privilegiados ese itinerario vital en libros como La muerte oculta (1996), Una aproximación al desconcierto (2011) o Mediodía en Kensignton Park (2015), un libro, este último, de poemas en prosa en los que predominan las reflexiones identitaria y metapoética, de forma más o menos intensa presentes en toda su poesía.

Perdona la franqueza (2015) es en palabras de Morante «un muestrario breve que emplea como formato monocorde el versículo […] Así acentúa el modo reflexivo. Nos hallamos ante una poesía de pensamiento que incide en la visión de lo real de modo fragmentario. El poeta se abre a la sugerencia y la hondura, desarticula el trayecto lineal y deja constancia del paso existencial de un sujeto cambiante en el ahora y en los territorios calmos de la evocación», o lo que es lo mismo, Sánchez Menéndez simultanea lugares y tiempos y sufre las transformaciones propias de un hombre comprometido con la realidad que le ha tocado vivir. En sus poemas lo biográfico siempre ha gozado de una preeminencia voluntaria, incluso cuando se asocia con la indagación lingüística.

El baile del diablo, publicado el pasado año, es su entrega más reciente. El poeta se mira en el espejo de la página con crudeza, sin asomo de conmiseración: «Llevas toda la vida dando saltos/ vestido de impostor, falso saludo/ de la mano blanda sin mirar a los ojos, y a solas con el mundo renaces/ con el mundo». El diablo no es un ser maligno, provee de conocimiento, un conocimiento que alimenta la experiencia, que forma una especie de escudo contra las contingencias del vivir.

Como toda antología que se precie, También vivir precisa de epitafio se culmina con algunos poemas de un libro futuro. La muestra resulta insuficiente para aventurar hacia dónde camina la nueva poesía de Javier Sánchez Menéndez, pero hay versos significativos que nos hacen presagiar un descreimiento, un escepticismo más acusado aún que el que veíamos en muchos poema de sus últimos libros: «No queda nada. Ya nada permanece./ El poema, el verso, la palabras,/ todo viaja hacia la falsedad». La construcción del personaje que el lenguaje propicia parece desmoronarse ante el peso de la realidad, lo que no deja de ser un buen motivo (Motivos se titula su primera entrega poética) para continuar escribiendo.


Selección de poemas

Lezama versus Goethe

En la atención viajamos dentro.
Sol, ojo, fuerza.
Contemplar, atender y entender.
Nada se manifiesta si no somos mortales.

Belleza

La realidad no es bella.
La verdad no es bella.
La naturaleza no es bella.

No debe morir lo bello,
debe cambiarse.

Carrusel

Vivo con todo lo que sobra de lo ajeno,
de aquella claridad desconcertante,
de la luz miserable en las mañanas,
de los afanes propios, de la música
infeliz de una muñeca
girando para sí,
girando para todos.

Vivo, tan solo vivo.

Nada

Se han marchado los pájaros,
las nubes, el olor a carmín
de aquellos labios,
el humo del cigarro entre los dedos,
la música de Wagner y su oficio.

No queda nada. Ya nada permanece.
El poema, el verso, la palabra,
todo viaja hacia la falsedad.

Hoy vuelves a decir,
como queriendo decir algo:
estamos en el inicio de la nada.


También vivir precisa de epitafio. Antología poética (1983-2017)
Javier Sánchez Menéndez
Edición de José Luis Morante
Albacete: Chamán, 2018
198 páginas
15€


Carlos Alcorta (Torrelavega [Cantabria], 1959) es poeta y crítico. Ha publicado, entre otros, los libros Condiciones de vida (1992), Cuestiones personales (1997), Compás de espera (2001), Trama (2003), Corriente subterránea (2003), Sutura (2007), Sol de resurrección (2009), Vistas y panoramas (2013) y la antología Ejes cardinales: poemas escogidos, 1997-2012 (2014). Ha sido galardonado con premios como el Ángel González o Hermanos Argensola, así como el accésit del premio Fray Luis de León o el del premio Ciudad de Salamanca. Ejerce la crítica literaria y artística en diferentes revistas, como Clarín, Arte y Parte, Turia, Paraíso o Vallejo&Co. Ha colaborado con textos para catálogos de artistas como Juan Manuel Puente, Marcelo Fuentes, Rafael Cidoncha o Chema Madoz. Actualmente es corresponsable de las actividades del Aula Poética José Luis Hidalgo y de las Veladas Poéticas de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo de Santander. Mantiene un blog de traducción y crítica: carlosalcorta.wordpress.com.

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