Política

¿De dónde viene la ultraderecha? Algunas cuestiones de fondo

Un artículo de Manuel García Fonseca, 'el Polesu' a partir de la lectura de la obra de Hannah Arendt.

¿De dónde viene la ultraderecha? Algunas cuestiones de fondo

/por Manuel García Fonseca, el Polesu/

¿Cómo se entiende que en Europa, a pesar de las crisis económicas y el retroceso en todos los logros sociales de un siglo, sectores populares sigan votando a la derecha; que se justifique y se vote a partidos totalmente corruptos; que en Polonia, Hungría, Austria o Italia domine o incluso gobierne la ultraderecha? ¿Cómo se explica esta falta de conciencia crítica, o simplemente de pensamiento? Son diversos los factores que concurren a ello y en primer lugar éste: el pensar, y más el reflexionar, es muy trabajoso. Si además hay toda una inmensa estructura ideológica que piensa por nosotros, más difícil todavía es tener conciencia.

Un concepto revelador quizás sea el de masas. En la sociedad europea se está dando un proceso de desintegración y masificación que vuelve pertinentes las reflexiones de fondo sobre la pérdida de lazos sociales y comunitarios en nuestra sociedad que hacía Hannah Arendt en Los orígenes del totalitarismo. Me parece que algunas de las características que dieron lugar a los totalitarismos se siguen dando hoy. Arendt describía a las masas como «personas que bien por su puro número, bien por su indiferencia, o por ambos motivos, no pueden ser integradas en ninguna organización basada en el interés común, en los partidos políticos, en los gobiernos municipales o en las organizaciones profesionales o sindicatos».

Las masas aparecen allá donde se difuminan el sentimiento de clase o cualquier tipo de lazo comunitario. La masificación implica no participación; gobiernos de minorías, autoritarios y, en los casos extremos, totalitarios. El nazismo y el estalinismo se basaron en una masificación llevada al máximo de la despersonalización de manera consciente y programada: personas apolíticas que se sitúan al margen y en contra del sistema de partidos y que creen que la historia se mueve por leyes naturales, no por el esfuerzo de las personas y del poder de la razón.

La ideología del capitalismo consumista actual produce masificación, y la crisis actual incorpora sentimiento de aversión a las instituciones y los partidos. ¿Significa esto que hay mayor base para los totalitarismos que para cambios democráticos y sociales? Parece claro que la crisis actual produce tendencias fascistas, y puede ser utilizada por los poderes oscuros para provocar una nueva guerra mundial o nuevos conflictos territoriales que oculten la lucha de clases internacional.

Lo hemos dicho ya: la pérdida del sentimiento de pertenencia a una clase, a un grupo social con intereses comunes, es la raíz de la conversión en masa, o en populacho. La masificación, el hombre masa, se deriva de la desestructuración de las clases y las organizaciones sociales y políticas, y esta es una base para las dictaduras, y el totalitarismo transita hacia la siguiente fase: el populacho, que conduce al hombre masa la pérdida de todo valor social y personal y menosprecia la individualidad y aun la vida. Escribía Arendt que esta pérdida del sentido de clase,

la única estratificación social y política de las naciones-Estado europeas, fue ciertamente uno de los acontecimientos más dramáticos de la reciente historia alemana, y tan favorable al nazismo como la ausencia de estratificación social en la inmensa población rural rusa (este gran cuerpo flácido, desprovisto de educación política, casi inaccesible a las ideas capaces de ennoblecer la acción) lo fue para el triunfo de los bolcheviques.

Escribía también la filósofa alemana que «el estatus social resulta decisivo para la participación del individuo en la política […] el carácter apolítico de las poblaciones de la nación-Estado surgió a la luz cuando se quebró el sistema de clases, llevándose consigo todo el tejido de hilos visibles e invisibles que ligan al pueblo con el cuerpo político. La ruptura del sistema de clases significaba automáticamente la ruptura del sistema de partidos». Sigue siendo así, y en la crisis actual crea una masa insatisfecha de los partidos y del statu quo y promueve movimientos antisistema por la derecha y/o por la izquierda. Me llama la atención, en relación con esto, la identificación que se da en la sociedad actual con los equipos de fútbol, que va más allá de la pertenencia a una iglesia. Quizás sea la forma actual de buscar un sucedáneo a la falta de comunidad y a la terrible soledad actual de la gente. Una anécdota: en el escaparate de una tienda de deportes de Gijón, entre otras prendas, hay una camiseta con la siguiente inscripción: «El fútbol es nuestra religión; el Sporting nuestra Iglesia».

El poder procura que las personas no se sientan miembros de una clase; de un grupo de intereses comunes (de ahí la actual propaganda de considerarnos a todos clases medias…). La aparición de un fenómeno gigantesco de masificación fue ya prevista a comienzos del siglo XIX. Se buscaba cohesionar a las clases con el sentimiento nacional, y cuando se consiguió la desestructuración de las clases sociales, la atomización de los individuos, se potenció el ultranacionalismo: «Las masas —escribe Arendt— surgieron de una sociedad muy atomizada cuya estructura competitiva y cuya concomitante soledad sólo habían sido refrenadas por la pertenencia a una clase. La característica principal del hombre-masa no es la brutalidad y el atraso, sino su falta de relaciones sociales normales […] era sólo natural que estas masas, en el primer momento de desamparo de su nueva experiencia, tendieran hacia un nacionalismo especialmente violento».

Más Arendt: «La alianza entre el capital y el populacho se encuentra en la génesis de toda política imperial consecuente». El populacho «no puede ser identificado con la clase obrera industrial, ni con el pueblo en su conjunto, sino que estaba compuesto de los desechos de todas las clases».

Más que un desecho —diría yo—, el populacho es un subproducto de la sociedad burguesa, es decir, algo directamente ligado a su necesidad de expansión y dominio. De ahí que la burguesía aprecie e incluso admire al populacho, que tiene el comportamiento amoral que conviene a la burguesía pero que ésta cínicamente disimula. Para Arendt, existe «una admiración constantemente creciente de la alta sociedad hacia el hampa, admiración que se extiende en su continuo y paulatino repliegue […] ante todas las cuestiones de moralidad».

En el populacho se da el nuevo tipo de hombre occidental que Hobbes consideraba el adecuado para la sociedad burguesa, que debiera desprenderse de toda consideración moral, humanista. Esta exclusión en principio de toda comunidad es la raíz del racismo. Arendt: «Si ya no resulta válida la idea de la humanidad (de la igualdad humana), cuyo símbolo más concluyente es el origen común de la especie humana, entonces nada es más plausible que una teoría de las razas, predestinadas por naturaleza a la guerra entre sí hasta llegar a desaparecer de la faz de la tierra». Concluye la filósofa afirmando que «el racismo puede, desde luego, llevar a la ruina al mundo occidental y, qué duda cabe, al conjunto de la civilización humana […] porque la raza no es el origen de los pueblos, sino su declive; no es el nacimiento natural del hombre, sino su muerte antinatural».

Arendt escribió esto hace más de sesenta años. Antonio Machado señaló las dos Españas, una de las cuales ha de helarte el corazón. Umberto Eco nos alertaba recientemente de que el Ur-Fascismo puede volver con las apariencias más inocentes. Nuestro deber es desenmascararlo y apuntar con el índice sobre cada una de sus formas nuevas, cada día, en cada parte del mundo.


Manuel García Fonseca, conocido como el Polesu (Pola de Siero [Asturias], 1939) es un histórico militante comunista asturiano. Estudió filosofía y teología y se licenció en sociología por el Instituto de Ciencias Sociales de París y por la Universidad Complutense de Madrid. Fue cura, pero abandonó el sacerdocio a finales de los sesenta, en la misma época en la que comenzó a militar en el clandestino PCE tras una primera implicación política en la Juventud Obrera Católica. Trabajó algunos años como sociólogo de Cáritas y posteriormente como profesor de secundaria de filosofía. Fue viceconsejero de Transporte en el primer ente preautonómico asturiano, el primer director de la Universidad Popular de Gijón, diputado autonómico por el PCE entre 1983 y 1986, nacional por Izquierda Unida entre 1986 y 1995 y posteriormente de nuevo diputado autonómico. Entre 2003 y 2007 se implicó en la Consejería de Bienestar Social del Principado de Asturias, dirigida por Laura González. Actualmente, sigue implicado en diversas causas políticas y sociales.

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