Diario de Tierra Santa

Diario de Tierra Santa (5): Oh, Jerusalén

Pablo Batalla Cueto retoma su 'Diario de Tierra Santa', en el que relata lo visto durante un viaje de diez días a Israel y Palestina, con la crónica de un día cuya mañana transcurrió en Nazaret y su tarde en Jerusalén y cuyas distintas vivencias utiliza como pretexto para adentrarse en la historia de las iglesias católicas orientales, la biografía de Raquel la Poetisa o la conquista israelí de Jerusalén Este.

Diario de Tierra Santa /5
Lunes, 11 de marzo de 2019

Oh, Jerusalén

/por Pablo Batalla Cueto/

Todo el mundo tiene dos ciudades: la suya y Jerusalén. Lo dijo una vez Teddy Kollek, alcalde laborista de la ciudad entre 1963 y 1993. Y yo tengo para mí que tenía razón. No en vano estoy aquí de nuevo. Como viajero, procuro no repetir destinos: el mundo, me digo, es demasiado grande, y la vida demasiado corta, como para revisitar lo ya visitado. Pero no lo he cumplido con Jerusalén. Estuve aquí ya cuatro días en 2009 —vine durante mi Erasmus en Chipre con un grupo grande de españoles con los que allá coincidí y un italiano de Nápoles— y aquí me encuentro de nuevo. Y durante estos diez años, siempre que me preguntaban o me preguntaba a mí mismo qué cuatro o cinco viajes tenía más ganas de hacer, siempre incluía Tierra Santa entre ellos. Pero no era en realidad Tierra Santa lo que quería revisitar. En aquel corto viaje de cuatro días, también habíamos visitado, utilizando Jerusalén como base, Belén, Jericó, Masada y el mar Muerto. Y todos esos lugares me habían gustado mucho, pero podría haber renunciado sin mayor problema a visitarlos de nuevo. No: lo que yo quería, lo que llegaba a encharcarme el alma de una ansiedad extraña, era regresar a Jerusalén. Sobre el porqué, nada sé decir. No soy religioso y Jerusalén, observada con el criterio desapasionado de un extraterrestre que descendiera a la Tierra, no es una ciudad más bella que, por ejemplo, Roma. Sin embargo, las ganas que yo pueda tener de volver a Roma —ciudad que visité en 2004 durante un viaje de estudios de mi instituto, y adonde no he vuelto— nada tienen que ver con la, ya digo, ansia poderosa que ha llegado a acometerme de regresar a Jerusalén. Algo tiene esta ciudad que no es de este mundo; algo de lo que las palabras humanas no alcanzan a dar cuenta.

«Oh Jerusalén, que exhalas fragancia de profetas,/ el camino más corto entre el cielo y la tierra…», escribía Nizar Qabbani, uno de los grandes poetas árabes contemporáneos. Pero no es eso; no al menos para mí. Si me paro a pensarlo, la Jerusalén a la que yo he anhelado regresar no tiene en realidad nada de celeste. No fue una epifanía espiritual lo que a mí me acometió aquí en 2009. Cuando, durante estos diez años, me ensimismaba en el recuerdo de la ciudad, todo lo que asaltaba mi memoria formaba parte del más riguroso orden sensorial: se trataba de visiones, olores, sabores, tactos y sonidos concretos y mensurables y que podría enumerar pormenorizadamente. Pero si lo reflexiono me doy cuenta de que, puestos juntos, tales estímulos concretos y mensurables dan lugar a algo que no lo es ya; a algo así como una sensorialidad tan vasta, tan abrumadora, tan maremótica, que revienta los diques del mundo de la materia y se desparrama por las comarcas de lo espiritual. Jerusalén no es divina, sino fieramente humana; un maelstrom voraz que absorbiera todo lo sensible y lo regurgitara fundido en un solo coágulo de humana sublimidad. Ése es, creo, el hechizo de Jerusalén: que todo —todo lo humano— existe aquí, y existe en su versión más depurada. Visitar Jerusalén es adentrarse en el corazón palpitante de la humanidad. Es Jerusalén una ciudad de la emoción; es, más todavía, su capital. No hay hueco en ella para la razón: todo en ella es agitación de pasiones. No hay pecados capitales como los que Jerusalén le hace cometer a uno.

Jerusalén no hace mejores a sus habitantes, ni a sus peregrinos. La patrística cristiana no distinguía en vano, al contrario que la teología judía, la Jerusalén terrenal de la celestial: en la primera, al menos hoy, no hay mezquindad humana que no encuentre su asiento. El zoco está repleto de timadores; las seis confesiones cristianas que se reparten y se disputan el control de la iglesia del Santo Sepulcro se han liado a puñetazos varias veces dentro del templo; los feligreses se empujan y dan codazos para besar la Piedra de la Unción y otros tótemes; musulmanes han escupido y tirado piedras desde la Explanada de las Mezquitas a los judíos que rezaban en el Muro de las Lamentaciones, situado justo debajo; en el propio Muro, los judíos ultraortodoxos y los reformistas también se dan de palos literales en ocasiones por cuestiones como la separación ritual entre hombres y mujeres y toda la ciudad está tomada por militares a fin de prevenir los estallidos, antes constantes, de violencia interreligiosa y política.

Jerusalén —parafraseando una famosa cita de Azaña sobre la libertad y la felicidad— no hace mejores a los hombres; los hace, sencillamente, hombres. Pero en ello radica su embrujo. Por la física sabemos que el encuentro de los opuestos genera las energías más poderosas de la naturaleza: el electrón y el positrón chocan y generan la luz; la nube caliente se topa con la corriente marina fría y desagua la lluvia. Es una cosa así lo de Jerusalén:  el tropiezo abrupto de lo sagrado con lo profano provoca una inefable deflagración tras cuyo humo adivinamos la silueta de una escurridiza verdad antropológica. «La visión de Jerusalén es la historia del mundo; es más, es la historia del cielo y de la tierra», escribió Disraeli, y ya en el siglo X había dejado escrito el geógrafo jerosolimitano Al-Muqaddasi que Jerusalén era un cáliz de oro lleno de escorpiones.

Aquí, en fin, nos encontramos hoy; alojados en un pequeño hotel de la calle David donde pernoctaremos la semana que nos queda de viaje. Cuatro días más además de éste dedicaremos a visitar con calma Jerusalén; los otros dos a, desde aquí, recorrer en sendos tours guiados los atractivos principales de Cisjordania y el entorno del mar Muerto. Hoy le hemos dado ya un buen bocado a la ciudad acercándonos los respectivos santuarios principales de las tres religiones que comparten la ciudad: la Explanada de las Mezquitas, el Muro de las Lamentaciones y el Santo Sepulcro. Pero la crónica del día debe comenzar, pues él comenzó allá, en Nazaret, donde nos despertamos y madrugamos para visitar, antes de tomar el autobús a Jerusalén, algunos hitos de la ciudad que nos faltaban: la Mezquita Blanca, la basílica ortodoxa griega de la Anunciación y la llamada iglesia-sinagoga.

Comenzamos por la mezquita, a la que se nos permite asomarnos (no es así en todas las mezquitas) y donde me resulta curioso un panel electrónico que he visto ya en otras mezquitas de otros países. En él se anuncian los horarios de las cinco oraciones diarias del islam, que varía cada día en función de la posición del Sol; y lo que me resulta curioso es el contraste entre lo moderno y lo antiquísimo que ese panel allí colocado y anunciando lo que anuncia representa; el uso religioso de avances tecnológicos que se consiguieron, de alguna manera, negando a Dios; o si no negándolo, al menos descreyendo de su temor o tratando de desentrañar y de arrebatarle los arcanos de su Creación.

La mezquita data de principios del siglo XIX y el jeque que auspicio su construcción, Sheikh Abdullah al-Fahoum, escogió el color blanco con el ánimo de simbolizar una nueva era de pureza, luz y paz entre las distintas fes que convivían en Nazaret. Hoy en día —leemos—, llega a alojar a más de dos mil personas en el sermón del viernes.

Visitada rápidamente la mezquita, nos encaminamos a la basílica ortodoxa de la Anunciación. Hay en efecto en Nazaret una basílica católica de la Anunciación y otra ortodoxa separadas por unos seiscientos cincuenta metros, lo que se explica porque la Iglesia ortodoxa tiene su propia tradición al respecto de dónde y cómo ocurrió la anunciación a María por el arcángel Gabriel de que era la elegida para portar en su vientre y dar a luz al hijo de Dios. Al decir de los ortodoxos, María no recibió el anuncio en su casa, como cree el catolicismo, sino mientras sacaba agua del único manantial de la ciudad. En uno de los evangelios apócrifos, el de Santiago, se dice de ella que «tomó la jarra y salió a sacar agua, y he aquí que una voz dijo: “Dios te salve, María, llena eres de gracia, bendita tú eres entre todas las mujeres”». Y encima de ese manantial erigieron los ortodoxos su basílica. Pequeño, tenue, modesto, se lo ve manar al fondo de una cámara subterránea repleta de monedas que los feligreses le arrojan, a veces acompañando el óbolo de una notita de papel con sus deseos inscritos.

A mí, nuevamente, me gusta más el templo ortodoxo que el católico; su horror vacui de iconos hieráticos, candelas trémulas e incensarios bamboleantes. Vemos a una pareja provecta leer de un atril y a un turista despitado —o quizás se lo hiciera— por tratar de franquear el iconostasio, la pantalla de madera cubierta de iconos que oculta la zona de los templos ortodoxos reservada al clero. Un monje se asoma a ver qué sucede.

En el exterior del templo, como en la basílica católica, también hay incrustados en las paredes varios murales de la Virgen María representada según el uso y costumbre de las varias naciones ortodoxas. Hay una María ucraniana, otra rumana, otra griega… Y fuera ya del recinto del templo se encuentra el Pozo de María, una fuente moderna que, construida en 1967 y reformada en 2000, pretende recrear aquélla en la que la Madre de Dios pudo extraer el agua que brotaba del interior de la montaña. Al lado (lo sagrado y lo profano), un tenderete vende zumo recién exprimido de naranja o granada bajo la marca «Santa Maria juice».

La iglesia es, con todo, pequeña, y la visita rápida. Y tenemos ganas de encaminarnos hacia Jerusalén, así que no nos detenemos a visitar —la entrada, además, nos parece demasiado cara— otro atractivo nazarí, de curiosa historia que pese a todo merece la pena consignar aquí. Es ésta: en 1993, Elias y Martina, dueños de una tienda de la plaza del Pozo de María, al lado mismo de la iglesia ortodoxa, descubrieron durante una reforma del local que, debajo del mismo, habían permanecido ocultos los restos de las termas romanas de Nazaret. Fueron excavados, y hoy pueden visitarse, siendo su principal atractivo el —dicen— más bello hipocausto (túnel de calefacción de los baños) de todo Oriente Medio.

La cosa debe de merecer mucho la pena, pero Jerusalén nos llama y nos atrae con su voz sortilégica. Nos apresuramos, en consecuencia, a trasladarnos al último hito nazarí que deseamos visitar: la iglesia-sinagoga, situada no muy lejos, en el corazón del casco antiguo.

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De camino hacia allá, vemos, en un largo muro del casco antiguo nazarí, un mural que nos llama la atención. Conmemora la Nakba, nombre que Palestina da a la deportación forzosa, tras la independencia israelí, de centenares de miles de palestinos a los que se expulsó de sus tierras. «On the day of the Palestinian Nakba on May 15 1948, more than 780.000 Palestinians were forced out of their homes and land, more than 500 villages were destroyed by Zionist forces, more than 50 civilian massacres were comitted, more than 15.000 martyrs [were killed]», explica el mural, que parece reciente, en inglés y, al lado, en árabe. Lo acompañan varios dibujos y, entre ellos, uno de una masa de esquemáticas cabezas oscuras sosteniendo pancartas con leyendas en árabe.

Vemos también, al atravesar el casco antiguo, carteles electorales que no habíamos encontrado hasta ahora en nuestro viaje, en los que predominan los colores verde y naranja y aparece un hombre de gafas representado. Como sospechamos y rápidamente averiguamos, se trata de los de una coalición de sendos partidos árabes: Balad, cuyo color corporativo es el naranja, y la Lista Árabe Unida, cuyo color es el verde. El hombre de gafas al que nosotros vemos representado en los carteles que nos encontramos es Mtanes Shehadeh, el líder de Balad; un economista nazarí de confesión cristiana y cuarenta y siete años. Balad, su partido, fue fundado —leemos— en 1995 por un grupo de jóvenes intelectuales árabes liderado por Azmi Bishara, aboga por un Israel binacional y declara luchar «por transformar el Estado de Israel en una democracia para todos sus ciudadanos, independientemente de su identidad nacional o étnica». En cuanto a la otra pata de la coalición, la Lista Árabe Unida, su fundación se remonta a 1996, pero su nombre remite al de otra plataforma similar que existió a finales de los setenta y principios de los ochenta. Por lo que también leemos, la intención inicial era conformar una coalición aún más amplia que integrara también a Ta’al, otro partido árabe, y Hadash, el antiguo partido comunista, en una así llamada Lista Conjunta, pero la cosa acabó por no fructificar y a las elecciones de abril van a concurrir por separado la coalición Balad-LAU y la Ta’al-Hadash, de la que también vemos algunos carteles cuyos colores son el amarillo y el morado. La política israelí es un proceloso rompecabezas, pero, por lo que creemos entender, toda esta atomización tiene que ver con la heterogeneidad del movimiento en defensa de la minoría árabe, donde hay sectores conservadores y progresistas, religiosos y laicos, partidarios de una solución de dos Estados o de uno, a los que es comprensiblemente difícil poner de acuerdo aun en el más modesto programa de mínimos.

El Estado de Israel, por supuesto, anima en lo que puede estas divisiones, preocupado por la posibilidad, confirmada en 2015, de un partido árabe unificado que se convierta en la tercera formación política del país. Y cuando el dividir para vencer no tiene éxito, saca a pasear la artillería jurídica: por lo que también leemos, el Comité Electoral acaba de descalificar de la concurrencia electoral a la alianza Balad-LAU acogiéndose a la negativa de la coalición a reconocer Israel como un Estado judío. La coalición podrá recurrir la decisión al Tribunal Supremo y es probable que la vea anulada por esa institución que se ha convertido en un baluarte democrático en el cada vez más teocrático Israel, pero basta esa descalificación inicial para mostrar la escasa disposición del establishment político israelí de llevar a la práctica la afirmación propagandística, repetida solícitamente por los corifeos internacionales del sionismo, de que en el Estado de Israel la minoría árabe goza de idénticos derechos y oportunidades que la judía. Nunca ha sido cierto más que sobre el papel, del que bien sabido es que todo lo aguanta.

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La iglesia-sinagoga se nos muestra un pequeño templo cristiano situado en el corazón el casco viejo nazarí y al que se accede por unas escaleras que descienden alrededor de un metro y medio por debajo del nivel del suelo. Según la tradición cristiana —y de ahí su nombre—, está construido sobre las ruinas de la antigua sinagoga de Nazaret, donde Jesús habría estudiado y orado y, según Mateo 13, Marcos 6 y Lucas 4, pronunció un famoso sermón basado en Isaías 61 en el que se proclamó a sí mismo Mesías. Ello enfureció —cuentan las Escrituras— a sus oyentes, que lo arrastraron a un acantilado para arrojarlo por él, pero de quienes pudo escapar. El templo es sencillo pero hermoso; o por mejor decir, hermoso justamente por sencillo: una sobria nave de sillares vistos con un pequeño altar y un icono. Lo controlan los melquitas griegos, una de las veintitrés iglesias católicas orientales que, desgajadas del mundo ortodoxo o incrustadas en él y manteniendo liturgias y tradiciones teológicas singulares y sus propios jerarca y sínodo, pasaron sin embargo en un momento dado —o nunca dejaron de hacerlo— a rendir obediencia al papa de Roma a cambio de que éste les permitiera conservar sus tradiciones, lo que en el caso de los melquitas sucedió en 1729, bajo Benedicto XIII. En la iglesia-sinagoga, esa obediencia queda claramente indicada por la bandera vaticana —blanca y amarilla como símbolo del oro y la plata de las llaves de san Pedro— que cuelga de la puerta del templo. La iglesia melquita tiene hoy alrededor de un millón y medio de fieles, y su líder ostenta el ampuloso título que sigue: patriarca de la ciudad de Antioquía, de Cilicia, Siria, Iberia [la Iberia georgiana], Arabia, Mesopotamia, Pentápolis, Etiopía y todo el Egipto y el Oriente entero, Padre de los Padres, Pastor de los Pastores, Obispo de los Obispos, el décimo-tercero de los Santos Apóstoles. El actual es Gregorio III.

Es curiosa la historia de estas iglesias sui iuris, avanzadillas del Vaticano en los dominios celosos de la ortodoxia. Las supervisa una Congregación para las Iglesias Orientales creada en 1862 por Pío IX y de ellas dejó aprobado el Concilio Vaticano II, a través del documento Orientalum Ecclesiarum, que gozaran de igualdad total con el rito latino. En esencia, este catolicismo oriental se reparte entre cinco grandes tradiciones rituales: la alejandrina (a la que se adscriben las iglesias copta y etíope), la antioquena (de la que forman parte las iglesias malankar, maronita y siria), la armenia, la caldea o siro-oriental (que agrupa a las iglesias caldea y malabar) y la constantinopolitana o bizantina, que comprende a la mayor parte de estas iglesias: la albanesa, la bielorrusa, la búlgara, la checa, la croata, la eslovaca, la griega, la húngara, la ítalo-albanesa, la rumana, la rusa, la rutena, la ucraniana… y también la melquita.

Los fieles de estas iglesias quedan fuera de las jurisdicciones de los obispos latinos excepto en aquellos casos en los que no dispongan de una jurisdicción propia y, de la misma manera, los católicos latinos están fuera de las jurisdicciones de los obispos orientales excepto en Eritrea, donde no existe jerarquía latina, en las eparquías (las diócesis orientales) del norte de Etiopía, en las diócesis siro-malabares fuera del estado de Kerala en la India y en algunas parroquias de las eparquías ítalo-albanesas bizantinas de Italia. En el Orientalum Ecclesiarum se explica y se proclama que «de acuerdo con la Divina Providencia que ha venido sobre las varias iglesias fundadas por los apóstoles y sus sucesores en varios lugares, éstas, durante el transcurso del tiempo, han formado comuniones fortalecidas por un vínculo orgánico. Aunque la unidad de la fe y la unidad de la divinamente establecida Iglesia Universal permanece intacta, esas comuniones tienen sus propias formas, sus propios ritos litúrgicos y sus propias herencias teológicas y espirituales […] Esa diversidad de iglesias locales dirigidas en una maravillosa unidad prueba la catolicidad de la unidad de la Iglesia».

La historia de esta unidad no está exenta, con todo, de tensiones: así, según leemos, en el caso concreto de los melquitas, la aprobación del dogma de la infalibilidad papal en el siglo XIX provocó un episodio de tirantez con Roma, pero fue superado al aprobar la iglesia melquita el documento con el añadido de la fórmula «todos los derechos, privilegios y prerrogativas de los patriarcas de las iglesias orientales serán respetados». Un poco como el «se acata, pero no se cumple» con el que las colonias españolas en América admitían la jurisdicción peninsular pero porfiaban en regirse por sus propias leyes formales o informales.

La iglesia-sinagoga nos gusta, ya digo. Ya he dejado escrito por dos veces en este diario que me fascina de los templos ortodoxos su horror vacui, pero también me agradan mucho estos templos extremadamente sencillos: en España, las capillitas que uno se encuentra, consagradas a un santo o a una virgen, en los más insospechados rincones rurales, limitadas, como una catedral de campaña o una cabina telefónica de la fe, a nada más que una imagen y casi el espacio justo para que un devoto se arrodille. No alcanzo bien a explicarlo, pero encuentro en ellas algo que como impugna una impostura que siempre les encuentro, aun disfrutándolos, a los templos grandiosos. Algo he barruntado que tiene que ver con que las catedrales y las grandes basílicas solieron ser financiadas por grandes aristócratas y otros opulentos paganinis que aspiraban de esa manera a perpetuar sus nombres, y estas capillas, en cambio, las fue erigiendo el pueblo trabajador, sin más pretensiones que honrar modestamente a sus dioses. De ellas me agrada también que a las figuras veneradas en ellos suele acabar conociéndoselas por cariñosos diminutivos: pienso, por ejemplo, en la Santina de Covadonga, la Santuca cántabra de Áliva o la Virgencita de la Sierra de la localidad gaditana de Algodonales. Me despiertan una simpatía espontánea y no sé si prepolítica esas fes que arrodillan al feligrés ante dioses más pequeños que él y no sólo ante dioses vastos; la idea de un dios al que cuidar y no sólo por el cual ser cuidado.

Al salir de la iglesia-sinagoga, presenciamos una escena que se nos hace, ella también, bonita y entrañable: la del hombre que, apostado a la entrada del templo, vigila el cajón de los donativos parlotear animadamente con una pareja de turistas occidentales, diríamos que italianos. Charlan, parece, sobre la fe. «What do you believe in?», captamos que pregunta el portero al hombre; éste le responde que en la caridad, en el mensaje de paz de Jesús, en el amor al prójimo… pero no en Dios; y el portero —un hombre menudo, moreno, de bigote— reacciona entonces con una carcajada fresca, jovial.

Iglesia-sinagoga de Nazaret

Nos encaminamos ya entonces a la marquesina en la que el omnisciente Google nos indica que ha de detenerse el próximo autobús que, en combinación con otro al que habremos de hacer transbordo a unos quince kilómetros de Nazaret, nos puede trasladar a la Ciudad Santa. En Nazaret no hay estación de autobuses, sino decenas de líneas que se detienen aquí y allá y que uno puede combinar de distintas maneras para llegar al destino deseado. A Jerusalén sólo parten autobuses directos muy temprano por la mañana, y si uno no los toma, la cosa es articular varias combinaciones posibles de dos, tres y hasta cuatro líneas que los locales, claro, conocen bien, pero que inevitablemente resultan un ininteligible galimatías para los forasteros. Nosotros, ya digo, nos encomendamos a san Google, que ofrece una aplicación que dictamina en una fracción de segundo las mejores opciones disponibles desde la ubicación en la que uno se encuentra en ese momento, calculando incluso el tiempo que tomará caminar desde tal lugar hasta la parada de autobús en cuestión. Ello es fascinante y pavoroso a la vez. «Orwell no predijo que las cámaras las compraríamos nosotros», escribió no recuerdo quién. Sea como sea, a nosotros esa app benemérita nos ahorra mucho tiempo.

La mejor opción que nuestro asesor algorítmico nos propone es tomar un autobús hasta una así llamada Alonim Junction que resulta ser una marquesina ubicada en el arcén de una desolada autopista, sin más civilización cercana que un centro comercial en el que descuella el logo de un McDonald’s. De camino, hemos pasado —nos lo ha anunciado la señal marrón de los hitos patrimoniales— por una «Historic Nahalal Police Station» de la que hemos averiguado que, construida por los británicos en 1936 con el objetivo de controlar aquel punto estratégico en la frontera entre Nazaret y Yagur, asistió sin embargo, comandada por el sargento filosionista Yitzhak Shvili, a la Haganá en numerosas operaciones durante los años del Mandato.

Marquesina de la Alonim Junction

Permanecemos una media hora en la marquesina, esperando por un autobús que llega a tiempo y que se dirige, directamente ya, a Jerusalén. Lo pilota un chófer cuya cabina está decorada con dos grandes banderines del Barça, lo que me conduce a una extrañeza que he experimentado ya en otras ocasiones y otros viajes en los que también me he topado con esta desconcertante afición desaforada que el universo mundo tiene para con la Liga española de fútbol. En una ocasión, en Chipre, conocí a un autobusero grecochipriota del Sporting; del Sporting de Gijón, mi equipo, del que yo soy solamente porque no tengo más remedio, y del que aquel tipo se sabía la alineación del momento de carrerilla (bien es cierto que estábamos en Primera entonces, y que no nos iba del todo mal). También me he ido topando en mis viajes con que, cuando la gente nos pregunta de qué parte de España somos, a nadie le dice nada que seamos de Asturias, que es lo que solemos responder, pero todo el mundo sabe de la existencia de Gijón, lo que a nada más se debe que a esos años del Sporting en Primera.

Lo del autobusero esportinguista no deja de ser una extravagancia, claro. Pero sí que más o menos todo el mundo es del Barça o del Madrid por esos mundos procelosos, y yo puedo encontrarle sentido a una afición estética de los futboleros mundiales hacia una buena liga como la española, pero no se lo encuentro a esa adscripción pasional al club de una ciudad o aun de un país en los que la mayor parte de las veces ni siquiera se ha estado ni se va a estar; a esa deslocalización futbolística por la cual los grandes clubes pasan a convertirse en otros más de los señores del aire de los que habla Javier Echeverría refiriéndose principalmente a Google, Amazon, etcétera: grandes multinacionales desenraizadas de todo vínculo geográfico o nacional, trascendedoras de fronteras, contextos culturales y legislaciones y convertidas en señores de un nuevo feudalismo no ya terrestre, sino aéreo. Es un mundo extraño, éste.

El trayecto a Jerusalén no es especialmente bonito, y lo dedicamos a, aprovechando el wifi del autobús —para acceder al cual se nos hace entrar en la página web de la compañía de transporte Egged, con versiones en hebreo, ruso e inglés pero no en árabe—, buscar información en Internet sobre un personaje femenino que, por serlo (el panteón y el martirologio del sionismo son por lo demás eminentemente masculinos), nos ha llamado la atención en el billete rojo de 20 shekels, que retrata a la, para nosotros, misteriosa y sugestiva mujer con ojos profundos, oscuros, abismáticos, y el gesto serio.

Se trata —descubrimos— de Raquel la Poetisa. Y esto es lo que leemos: Raquel, nacida en Sarátov (Rusia) en 1890 y residente más tarde en Ucrania, viajó a Palestina a los 19 años con una de sus hermanas, Shoshana, y decidió, junto con ella, quedarse a vivir en Tierra Santa. Las dos hermanas aprendieron hebreo escuchando a los niños de las guarderías y se instalaron como trabajadoras agrícolas en Rehovot. Raquel, más tarde, se mudó a Kvutzat Kinneret, a orillas del mar de Galilea, nuevamente para trabajar en una granja, y allí conoció a su gran amor: Zalman Rubashov, quien más tarde se convertiría, llamado ahora Zalman Shazar, en el tercer presidente de Israel. En 1913 se traslada a Toulouse para aprender agronomía y diseño con el propósito de aplicar esos conocimientos al trabajo en Palestina, pero la sorprende la primera guerra mundial, que le impide regresar a Tierra Santa, y en consecuencia regresa a Rusia, donde es maestra de niños judíos refugiados y contrae tuberculosis. Años duros, pero en 1919, terminada la guerra, consigue regresar por fin a Israel. Trabaja entonces por breve tiempo en el kibutz Degania, pero la enfermedad se le agrava, y ante el peligro de contagiar a sus compañeros, se ve obligada a abandonarlo, pasando a vivir en el número 64 de la calle de los Profetas de Jerusalén y más tarde en Tel Aviv, donde falleció en 1931.

Eso, por la parte de la vida. Sobre la obra, leemos que consiste en un conjunto de hermosos poemas característicamente breves y sencillos. Influenciada por el imagismo francés y el acmeísmo ruso —y particularmente por Anna Ajmátova, su gran representante—, del que tomó la búsqueda explícita de la claridad, la precisión, la concisión y la economía del lenguaje, Raquel escribía sobre la nostalgia, la pérdida, el destino, la dificultad de la vida, la muerte, la soledad, la distancia del amado, la frustración por aspiraciones irrealizadas como la de no poder tener un hijo propio. También sobre el trabajo de los pioneros. Ambientaba sus poemas casi siempre en una arcádica Tierra de Israel y a veces se identificaba a sí misma de manera explícita con su tocaya bíblica Raquel o con Michal, la esposa del rey David. También escribió algunos poemas irónicos e incluso cómicos. Y hoy es apreciadísima en Israel: según leemos también, no hay día en que no se la oiga en la radio de Israel, bien a través del recitado de alguno de sus poemas, bien en una de las numerosísimas versiones musicales de los mismos.

¿Poemas como cuáles? Rastreamos la Red en busca de alguno traducido al español y encontramos estos «dos poemas desolados de Raquel Bluvstein» (tal era su nombre completo):

JONATÁN

«He probado un poco de miel… Heme aquí: moriré» (I Samuel 14, 43)

A través de un velo de distancias, una delicada figura,
un joven muchacho vestido de grandeza,
leal, no abandonó al amigo en la adversidad,
y en la batalla no retrocedió.

¿Tienes que morir, Jonatán? ¡Qué triste
es el sendero del hombre en este enfurecido mundo!
Todos tenemos que pagar con la vida
el poco de miel que hemos probado.

*

A LA MEMORIA DE SH. F.

Más de una vez, en el verano, al declinar el día,
a la luz apagada del ocaso,
me iba a ti y largos ratos
escuchaba la voz de tu cantar:
«Pequeña y pobre es mi morada
y en ella vivo solitario…».

Ese recuerdo brilla y vive en mí,
ese silencio, la ternura
y la triste dulzura que tu cantar
sabía verter sobre el alma.
«Pequeña y pobre es mi morada
y en ella vivo solitario…».

Y a veces me parece, al declinar el día,
cuando domina en mí la melancolía de las sombras,
que aún como antes llega a mi oído
aquella candorosa melodía:
«Pequeña y pobre es mi morada
y en ella vivo solitario…».

Bonitos poemas, en efecto.

El resto del viaje, yo lo entretengo en continuar la lectura del libro que he traído al viaje: Jerusalén: la biografía, de Simon Sebag Montefiore; una obra voluminosa publicada y hermosamente editada por Crítica y que relata con maestría toda la historia de la ciudad. En este momento, me encuentro justamente en la parte en la que Montefiore relata la construcción de la Cúpula de la Roca, la majestuosa mezquita de techos dorados que domina el antiguo Monte del Templo y que es otro de mis más poderosos motivos para anhelar regresar a Jerusalén. No pude visitarla en 2009 porque no recuerdo qué incidente entre israelíes y palestinos movió a las autoridades a impedir su visita a los no musulmanes, lo que sucede con relativa frecuencia, y tuve que conformarme entonces con contemplarla de lejos, desde las alturas del Barrio Judío y el Monte de los Olivos. Esta vez no se me puede escapar.

Detengo la lectura en el que el paisaje comienza ya a revelar la cercanía de la Ciudad Santa. La autopista asciende, levemente serpenteante, por entre colinas boscosas y el poblamiento se va haciendo cada vez más tupido hasta compactarse completamente. Es por la ciudad nueva que entramos; no vemos la vieja desde el autobús, pero algo de la magia de esta urbe singular palpita ya en la piedra blanca y luminosa con la que todo está construido. Jerusalén tiene hasta en sus zonas más anodinas del color de Dios. La piedra de Jerusalén, que de tan característica como es así se llama, es un conjunto de variedades blancas, amarillo y rosa crema de caliza dolomítica que se extrae desde hace milenios de los montes de Judea. La más apreciada de esas variedades es la llamada meleke, «real»: en ella se construyó, por ejemplo, el Muro de las Lamentaciones.

El autobús nos deja en la abarrotada estación central, repleta de tiendas de toda clase y de casas de comidas, en una de las cuales nos compramos sendos falafel. Afuera, tomamos el tren ligero de —por el momento— línea única que, inaugurado en 2011,  atraviesa la ciudad desde el monte Herzl hasta ‘Heil Ha-Avir (y para el que tuvo que construirse un puente colgante que se le encargó al ínclito Santiago Calatrava, a quien en esta santa casa conocemos como Calatrava te la Clava). Nosotros recorremos la parte central de la línea, que recorre de cabo a rabo la calle —más bien una avenida— de Jaffa hasta la puerta del mismo nombre, una de las ocho monumentales que, abiertas por Suleimán el Magnífico en las venerables murallas jerosolimitanas, dan acceso al casco antiguo. La de Jaffa es una y la principal junto con la de Damasco: de ella partía la carretera que comunicaba Jerusalén con esa ciudad mediterránea. Son las otras la puerta de los Leones o de san Esteban (el santo fue martirizado, según la tradición, no muy lejos de ella); la de Sión, la puerta Dung, la de Herodes o de las Flores, la Nueva y la Dorada, de la Misericordia o del Este, que lleva varios siglos sellada a la espera del milagro del advenimiento del Mesías.

Aquí estamos por fin; a las puertas de la vieja Sión; del centro del mundo; de una ciudad que fue —dejó escrito Amos Oz— «destruida, reconstruida, destruida y vuelta a construir» y es «una vieja ninfómana que exprime hasta el agotamiento antes de desembarazarse con un gran bostezo, una viuda negra que devora a su pareja mientras la está penetrando». El Talmud de Babilonia advierte de que «aquel que no haya visto Jerusalén en su esplendor no ha visto una ciudad deseable en su vida». Tiene razón. Y no vamos a ser nosotros quienes desoigan esa advertencia.

Lo primero que hacemos es apresurarnos a encontrar nuestro hotel a fin de descargarnos de equipaje y quedar libres para callejear. No tardamos en encontrarlo con la asistencia de un amable ciudadano, un hombre mayor de bigote, que vence, algo molesto («I only want to help you!»), nuestra desconfianza tras ofrecerse a ayudarnos al vernos consultar un mapa. Su enorme gentileza acaba por hacer avergonzarnos de nuestro rechazo inicial, pero son ya muchos años de viajes en los que nos costó deshacernos de ayudantes interesados que finalmente sólo querían vendernos algo, o directamente fuimos estafados. En una ocasión, en Marruecos, un tipo que nos ayudó a guiarnos por la laberíntica medina de Tetuán nos terminó conminando a visitar su tienda y, aprovechándose infamemente de nuestra disposición a agradecerle la ayuda de algún modo, nos encasquetó unas especias que ya en España descubriríamos que eran una especie de polvo de tiza de colores. Desde entonces, recelamos cervalmente de cualesquiera personas que en los viajes nos abordan, y a veces eso nos hace ser injustos. El turismo de masas deshumaniza de muchas maneras, y ésa es una.

Es la de David, como ya he escrito, la calle de nuestro hotel: una calle larga y rectilínea (el antiguo decumanus romano), pero estrecha y escalonada en sentido descendente, que atraviesa el barrio musulmán (el más grande de los cuatro de la ciudad, siendo los otros el cristiano, el judío y el armenio) desde la puerta de Jaffa hasta el barrio cristiano, con sus orillas ocupadas por decenas de tendezuelas colmadas de toda clase de abarrotes. A la calle también se la conoce como zoco árabe, y eso es exactamente, aunque ella, en concreto, está más bien orientada al mercado turístico que al local. Sobre todo, vende souvenirs que reflejan todos los clichés occidentales sobre Oriente: lámparas, babuchas, especias tan dudosas como aquéllas con las que a nosotros nos timaron en Tetuán, etcétera. También menorás, crucifijos, manos de Fátima y las camisetas toscas y pretendidamente graciosas que se ven en todas partes, que aquí, por ejemplo, exhiben el dibujo de un dromedario y la leyenda «desert limosine» o un Sigmund Freud maquillado a la Pink Floyd con el lema «Pink Freud». Vemos asimismo camisetas políticas con banderas palestinas o el rostro de Arafat y otras con el logotipo del Mosad o de las distintas ramas del Ejército israelí. Como esos puestos de casquería militar de los rastros españoles que lo mismo venden cascos o insignias soviéticos que nazis, o esas tiendas de chinos en las que uno puede comprar lo mismo la bandera republicana, que una franquista, que la independentista catalana, no parece que aquí los tenderos árabes distingan el so del arre o a Juana de su hermana a la hora de comerciar. «Si alguien lo puede comprar, yo lo puedo vender» es el lema.

Caminamos rápido y sin detenernos: buscamos el Muro de las Lamentaciones, hacia el que nos encauzamos siguiendo los carteles indicativos que cuelgan de casi cada esquina de la ciudad vieja, indicando la dirección de los principales hitos de referencia: las puertas de Jaffa y Damasco, el Muro, el Santo Sepulcro, la Explanada de las Mezquitas, etcétera. Llegamos así al empinado barrio judío, por el que ascendemos hasta una zona elevada que nos regala de golpe una de las vistas icónicas de la ciudad: el Muro abajo y su amplia plaza delante, con su hormigueo de orantes yendo y viniendo; y encima y enfrente nuestro, la Explanada de las Mezquitas, coronada por la Cúpula de la Roca, deslumbrante y sobrecogedora.

El barrio judío es muy distinto del musulmán, empezando porque todas sus construcciones son de factura muy reciente. Tiene ello que ver con la tormentosa historia del lugar en el que nos encontramos: el barrio judío histórico fue prácticamente demolido en 1948, inmediatamente después de la proclamación de la independencia israelí, por la Legión Árabe de Transjordania, que en aquel momento se hizo con el control de Jerusalén Este, incluido el casco viejo. Inmediatamente después, expulsó a sus dos mil judíos y saqueó y voló la emblemática sinagoga Hurva y todas menos una de las cincuenta y tres casas de culto judío que existían en la ciudad vieja. El comandante jordano que dirigió la operación informó entonces, ufano, a sus superiores de que «por primera vez en mil años no queda un solo judío en el barrio judío. Ni un solo edificio se mantiene intacto. Eso hace que el retorno de los judíos aquí sea imposible». En 1950, el país ya no llamado Transjordania sino Jordania, porque pasaba a poseer territorios a ambos lados del Jordán, se anexionó formalmente Cisjordania y Jerusalén Oriental, dando a todos sus residentes la ciudadanía jordana. Tres años después, el rey Huseín declaró a Jerusalén Este «capital alternativa del reino hachemita» y «parte integral e inseparable del país», lo que reafirmaría en 1960.

Los israelíes no tardaron mucho en cobrarse una venganza no menos destructiva. Lo hizo en 1967, cuando, en el marco de la triunfante guerra de los Seis Días, el Ejército israelí conquistó Gaza, Cisjordania y también la mitad oriental de Jerusalén. El barrio judío fue seguidamente reconstruido y repoblado, pero, con el propósito de abrir delante del Muro la plaza amplia actual y facilitar el acceso a él, destruyó con buldóceres el histórico, y hoy desaparecido, quinto barrio de la ciudad: el marroquí, cuyos habitantes fueron expulsados y de cuya existencia —que entonces consistía en 135 casas, la mezquita Sheikh Eid, construida por Saladino, y la de al-Buraq, la zaouia Bou Medyan y otros edificios— hoy no queda prácticamente ninguna huella. Algunos habitantes se negaron a marcharse hasta que sus casas empezaron a ser derrumbadas, y una anciana murió sepultada bajo los escombros de su casa.

Lugar de incesantes ignominias, éste; y de ignominias muy vivas. Vemos, en el barrio hebreo, numerosas banderas israelíes y pancartas colgando de los balcones, que advierten por ejemplo de que «Being pro-Israel means being pro-all of Israel (including Jerusalem, Judea and Samaria!)». El sionismo radical llama Judea y Samaria a Cisjordania, considerándola una más de las regiones de Israel; y la referencia a Jerusalén tiene que ver con el final de la historia que hemos comenzado a relatar antes. Trece años después de la anexión, en 1980, el Estado de Israel promulgó una ley de Jerusalén que declaraba que «Jerusalén, completa y unida, es la capital de Israel» y a la que la comunidad internacional, ciñéndose a los acuerdos vigentes sobre la partición de la Palestina británica en dos Estados con capital respectiva en Jerusalén Oeste y Jerusalén Este, no le reconoció la validez. El Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas condenó la ley un mes después de su promulgación con la única abstención de Estados Unidos, e inmediatamente después casi todos los países del mundo trasladaron en aquel momento sus embajadas a Tel Aviv. En Jerusalén, hoy, sólo hay tres embajadas internacionales: la guatemalteca, la paraguaya… y la estadounidense, que también se trasladó entonces a Tel Aviv, pero que Donald Trump, incorregible incendiario y leal amigo del infame Netanyahu, acaba de reubicar de nuevo en Jerusalén, despertando vastas iras en una zona en la que cualquier chispa puede hacer estallar una pajarraca de mil demonios. Amos Oz decía que debían trasladarse todas y cada una de las piedras de los Santos Lugares a Escandinavia y no devolverlas hasta que todos hubieran aprendido a vivir juntos en Jerusalén. No sería mala solución.

Procurando abstraernos de estas cuestiones, nosotros nos dejamos embrujar por la extraña magia del Muro, que siendo nada más que eso, un muro —el muro exterior del segundo Templo, del que es el único resto que quedó en pie tras la meticulosa demolición acometida por los romanos—, desprende la sugestión de todos los lugares sacros. ¿Seré capaz de describir cabalmente éste? Puedo comenzar por su pura materialidad; por dar cuenta de sus elementos mensurables: un muro alto, de grandes y rugosos sillares con los intersticios repletos de notitas de papel que la gente escribe e introduce allá confiando en la tradición popular judía según la cual Yavé escucha allí las plegarias de sus fieles más que en ningún otro sitio. Hay dos zonas separadas por un biombo no muy alto; una para hombres y otra, más pequeña, para mujeres. Al entrar en la zona masculina, se toma una kipá de tela de un cajón para cubrirse la cabeza, tal como yo ya tuve que hacer en las tumbas de los profetas en Tiberíades. Los orantes rezan y hacen sus cosas de manera anárquica, desordenada, sin un protocolo claro. Algunos rezan de pie y otros sentados en sillas de plástico o una especie de atriles también a disposición del visitante; algunos solos, otros en grupo; los hay que mecen el rezo y los hay que oran quietos, y todos se entrecruzan y se mezclan, indiferentes, con los turistas que pasean, hacen todas las fotos que quieren o acarician las piedras. Y todo es de una desconcertante simplicidad: un muro, Dios, y eso es todo.

¿Cuál es, entonces, el encantamiento que este lugar no deja de ejercer? Tal vez justo ése, concluyo: el contraste —nuevamente el contraste entre dos deflagradores opuestos— entre la expectación con que uno lo visita y su extrema simplicidad. Barrunto también —y aquí me lanzo sin red; quizá esté diciendo una barbaridad psiquiátrica que el buen Francisco Abad me tendrá que reconvenir— que nuestro cerebro tiende a una suerte de estandarización de los estados de ánimo, y maneja un puñado relativamente pequeño de patrones anímicos de los que, según el caso y el contexto, selecciona uno u otro. Cuando visitamos los santuarios ajenos, y dando igual si se trata de una iglesia, que de una mezquita, que de un templo budista o hindú, el cerebro implementa uno de esos patrones prefabricados; una así como mezcla de cautela, esmerada discreción, curiosidad, atención, sensación de intrusión y leve temor o cuidadosa intuición de las, para el lego, fronteras invisibles de la profanación. Y ese patrón suele ser, de hecho, igualmente apto para cualquiera de esos templos. En el Muro, sin embargo, uno se topa de pronto con que todas esas cautelas son superfluas, pero el cerebro, que también tiende a la economía del esfuerzo, se lava las manos: ya ha seleccionado un patrón anímico para esa situación y no se va a levantar de la silla para rebuscar otro en sus anaqueles. Así pues, uno visita el Muro sin relajar esa tensión de los sentidos ni ese circunspecto escrutarlo todo; algo así como quien, pensando que iba a escalar una montaña peligrosa, de pronto se topara con una tenue colina, pero, pese a todo, imprimiera a cada paso la alerta que hubiera puesto al ascenso por los riscos previstos y tomara conciencia de briznas de hierba y recodos del camino a los que no tendría por qué atender. O como respirar pensando. De tal modo, uno se fija, en el Muro, en anodinias que le pasarían desapercibidas en otro santuario más trufado de estímulos sublimes y sacrilegios posibles: en el ángulo recto que el suelo y el Muro forman, en las desportilladuras de los atriles de madera, en las formas de las rugosidades de los sillares, en las pequeñas malezas que crecen en algunas junturas. Y cuando ya se ha escaneado toda esa escueta materialidad —lo que no tarda en hacerse, porque la cosa no da para más—, la inercia de los sentidos, que en una catedral seguirían acopiando microsíndromes de Stendhal enredados de las bóvedas, los frescos, las nervaduras y los retablos, pasa a dirigir su voracidad frustrada sobre uno mismo. El visitante se visita, por así decir, a sí mismo, en sí mismo encontrando una parte inconsútil más del santuario.

Recuerdo haber leído, hace tiempo, sobre un experimento que se llevó a cabo creo  que en Estados Unidos, consistente en introducir a un voluntario en una cámara de privación sensorial tan perfecta que hacía a aquél llegar a escuchar el ruido de su propia sangre recorriendo sus venas. Pues algo así es lo del Muro a lo que, paupérrimamente, trato de aproximarme, pero en su versión espiritual: una privación de estímulos del espíritu tan total que hace buscarlos y encontrarlos dentro de uno mismo y llegar a escucharse el murmullo del alma, éste sí, totalmente inefable. No se trata o no tiene por qué tratarse —en mí, al menos, no se trató— de una epifanía religiosa. No, nada que ver. Salí del Muro tan ateo como entré en él. Pero los ateos también tenemos eso que los franceses llamamos esprit, y ese esprit puede perfectamente verse emulsionado en un locus religioso: no en vano los templos de todas las religiones se construyen, de un modo u otro, con el ánimo de provocar esa emulsión. Buscan el silencio, el sobrecogimiento, la relajación, etcétera; utilizan inciensos, músicas aletargantes, vidrieras estratégicas, etcétera; y en todo ello, trampolines de la trascendencia. Lo asombroso del Muro es cómo consigue eso mismo con irreductible minimalismo y sin habérselo propuesto, pues el Muro no fue construido ex profeso sino el resultado de una destrucción de la que fue resto casual, contingente. Dios —dice el psicólogo cristiano James Redfield— nos habla a través de la intuición y de las casualidades.

En un momento dado, oímos desde el Muro la llamada del muecín, proveniente probablemente de la mezquita de al-Aqsa; y me resulta divertida la idea de ser un ateo de cultura católica visitando un santuario judío tocado con una kipá mientras escucho la llamada musulmana a la oración. Si, además, me estuviera haciendo un selfi, como decenas de otros turistas, redondearía la cosa añadiendo a ese bebistrajo de religiones mezcladas la religión contemporánea del yo; el culto narcisista que es el credo más extendido de nuestro tiempo. Veo, también, a un chaval de unos trece años que se acerca al Muro con los nudos del talit asomando debajo de una camiseta del Barça con el nombre de Neymar. Tiempos extraños, éstos.

El día comienza ya a declinar cuando abandonamos el Muro con dirección a otro de los grandes santuarios de la ciudad, el cristiano en este caso: la iglesia del Santo Sepulcro. La idea es, por decirlo en mi lengua materna, asomar el focicu; darse un rápido garbeo por esa iglesia caótica y disparatada, compartida por seis confesiones. Mañana tenemos previsto hacer uno de los afamados tours guiados a pie de la casa Sandeman’s, uno de los cuales yo ya tomé en 2009 y del que guardo el buen recuerdo de un paseo curioso que, además de conducirnos a los grandes hitos de la ciudad, y entre ellos el Santo Sepulcro, nos llevó por recovecos y escondrijos sorprendentes con los que uno no daría por su cuenta.

De mi visita al Santo Sepulcro en 2009, recuerdo fundamentalmente tres cosas. La primera, que cerca de la puerta del templo estaba apostado un alquilador de cruces; de cruces de tamaño real que cedía a tanto la hora para que sus clientes las arrastraran por la Via Dolorosa y sintieran así en carne propia los padecimientos del Nazareno. La segunda, la Piedra de la Unción: una roca plana y alargada de mármol rojizo situada a la entrada del templo y en la que la tradición ubica el preparado del cadáver de Jesucristo con aceites y ungüentos aromáticos antes de envolverlo en el Santo Sudario e introducirlo en el sepulcro; así como la cola tremebunda de feligreses que aguardaban pacientemente el turno de acercarse a ella a besarla y restregar en ella toda clase de objetos. Y la tercera cosa que recuerdo es la historia de la escalera de mano de madera que permanece apoyada de una de las cornisas de la fachada del templo desde mediados del siglo XVIII. Nos la contó entonces el guía del tour Sandeman’s: la escalera se ubica en la zona común del templo y no en una de las correspondientes a cada una de las seis confesiones cristianas rivales que se lo reparten, de tal modo que ningún clérigo de ninguna de ellas puede variar, mover o modificar su emplazamiento sin ponerse de acuerdo con los de las otras iglesias. Nunca lo hay sobre casi nada, tampoco consiguieron que lo hubiera sobre la escalera de marras y en consecuencia se quedó ahí, siendo reemplazada por una nueva cada vez que la anterior se pudre.

Piedra de la Unción

En esta nueva visita, no encuentro al alquilador de cruces, pero la Piedra de la Unción sigue congregando la misma cola de feligreses ansiosos que, cuando la alcanzan, entran en un éxtasis abracadabrante mientras restriegan en ella fotografías, peluches, abalorios y toda otra porción de objetos inopinados. También sigue ahí la escalera: los clérigos griegos, armenios, etíopes, sirios, coptos y franciscanos siguen sin ponerse de acuerdo.

Dentro del abarrotado templo, también es gigantesca la cola que rodea la anástasis; la capilla central que contiene el presunto sepulcro de Jesús. Y el gentío empieza a agobiarnos. Es, además, algo tarde ya, y estamos cansados. Decidimos, en consecuencia, que mañana lo veremos todo con más calma y la mente más despejada y atenta; y que es momento de buscar un sitio bonito para tomar algo. Nos dejamos asesorar entonces, sentados en los escalones de la plaza situada delante de la iglesia, por nuestra guía turística, y ello nos conduce a un vetusto y encantador café marroquí abierto al lado de la puerta de Damasco, que ofrece tanto zumos naturales como sopas y otros tentempiés sencillos. Nos sentamos en su pequeña terraza, y ello nos permite observar con calma el trajín colorista y heteróclito de la calle mientras bebemos un zumo de granada: la gente que está y la que pasa, el vendedor de fresas que pregona a voces su mercancía, la madre árabe que reprende a su hijo, etcétera. Después, nos trasladamos a la propia puerta de Damasco y nos sentamos en uno de los escalones de su parte externa. Atardece, y también allí disfrutamos viendo la vida pasar. Hay grupos de turistas y de locales; jóvenes que fuman y se ríen. A un vendedor ambulante de pan se le cae un bollo del carrito y lo recoge y lo vuelve a colocar entre los limpios, como siguiendo la regla de los tres segundos. Una gata callejera se arrumaca junto a un miembro de un grupo de latinoamericanos, y cuando éste se va, busca nueva compañía en una turista que mira su teléfono móvil, y que, sorprendentemente, lo guarda para acariciarla. A mi lado, una musulmana bisbisea lo que supongo es un rezo antes de subir las escaleras; y en la misma puerta, una pareja de ancianos de apariencia menesterosa vende una especie de perejil gigante.

Una escena del zoco

Cuando el Sol decae del todo, franqueamos de nuevo la puerta de Damasco y nos adentramos otra vez en la ciudad vieja. Y entonces asistimos al pasmoso espectáculo de todas las tendezuelas del zoco cerrándose de golpe y vaciándose de gente casi también de golpe. De pronto, lo que era un hormiguero bullente se transforma en un dédalo de calles vacías, habitadas sólo por gatos que husmean entre la basura.

Optamos por buscar un lugar para cenar y es nuevamente la guía quien nos dirige ahora a un pequeño restaurante libanés en el que cenamos falafel, shawarma y una crema de berenjena. Su interior es curioso: lo decoran una bandera griega, una foto del dueño con el papa Francisco, un gran crucifijo y un icono de aires ortodoxos en el que aparece representado un saint Charbel que despierta mi curiosidad. Más tarde averiguaré que se trata de Chárbel Makhlouf, un asceta maronita libanés del siglo XIX beatificado en 1965 por Pablo VI y canonizado en 1977 por el mismo pontífice, siendo el primer santo oriental reconocido por Roma desde el siglo XIII. Sus hagiografías lo presentan fundamentalmente como un ejemplo de vida consagrada al sacerdocio: «Ser sacerdote, hijo mío, es ser otro Cristo. Para llegar a serlo no hay más que un camino: ¡el del Calvario! Comprométase sin decaimiento. Él lo ayudará», le había dicho, cuentan sus hagiografías, el beato Nemtala el Hardini, su maestro espiritual y profesor de teología; y siguiendo esta consigna, Chárbel abandonó su casa, su familia y su tierra y se entregó a un desprendimiento total, llegnado al punto de rehusar visitar su aldea para celebrar una misa en presencia de su madre, que tampoco pudo asistir a su ordenación sacerdotal. Murió en 1898 en el monasterio maronita de Annaya y allí yacen ahora sus restos incorruptos, de los que se dice que emana —bluergh— un líquido acuoso de sangre como el que también se asegura que emana de la tumba de san Jenaro de Nápoles, san Nicolás de Tolentino y san Pantaleón en el Monasterio de la Encarnación de Madrid. Se asegura también que en 1950, al pasarle un amito por la cara, quedó impreso en ella el rostro de Cristo tal como en el Sudario de Turín. Cuando se lo beatificó, durante la clausura del Concilio Vaticano II, Pablo VI dijo de él: «Un ermitaño de la montaña libanesa está inscrito en el número de los Bienaventurados. Un nuevo miembro de santidad monástica enriquece con su ejemplo y con su intercesión a todo el pueblo cristiano. Él puede hacernos entender, en un mundo fascinado por las comodidades y la riqueza, el gran valor de la pobreza, de la penitencia y del ascetismo, para liberar el alma en su ascensión a Dios».

Nuestra cena es sencilla pero deliciosa; y también un buen colofón a este día intenso. Volvemos al hotel al terminarla, y yo camino con una cita leída en el libro de Montefiore retumbándome en la cabeza, escogida por el autor, junto con otras, para iniciar el capítulo sobre la conquista árabe de la ciudad. Lo dijo Kaab al-Ahbar, un judío yemenita del siglo VII: «Un día en Jerusalén es como mil días, un mes como mil meses, y un año, como mil años. Morir es allí como morir en la primera esfera del paraíso».


Pablo Batalla Cueto (Gijón, Asturias, 1987) es licenciado en historia y máster en gestión del patrimonio histórico-artístico por la Universidad de Salamanca, pero ha venido desempeñándose como periodista y corrector de estilo. Ha sido o es colaborador de los periódicos y revistas Asturias24La Voz de AsturiasAtlántica XXIINevilleCrítica.clLa Soga; dirige desde 2013 A Quemarropa, periódico oficial de la Semana Negra de Gijón, y desde 2018 es coordinador de EL CUADERNO. En 2017 publicó su primer libro: Si cantara el gallo rojo: biografía social de Jesús Montes Estrada, ‘Churruca’.

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