Entrevistas

Entrevista a Mickaël Correia

Pablo Batalla Cueto entrevista al autor de 'Una historia popular del fútbol', un libro que salta «de Río de Janeiro a Soweto, pasando por Barcelona, Dakar, París o El Cairo»; «de las favelas brasileñas a las townships sudafricanas, de la plaza Tahrir a Marassi o al East-End»; «de la Inglaterra victoriana a la Palestina ocupada, del graderío del Camp Nou a la Primavera Árabe, o de la Argelia colonial al Hamburgo más combativo», para transmitirnos que «hay vida más allá del fútbol de los negocios».

Mickaël Correia: «Muchas veces queremos que el fútbol sea mejor que la sociedad, pero no puede serlo. Es un espejo».

/una entrevista de Pablo Batalla Cueto/

Otro fútbol ha sido siempre posible frente aquél que, infamemente contaminado de los peores valores del capitalismo neoliberal, y en otro tiempo de cosmovisiones fascistas o autoritarias en general, viene queriendo nublar nuestros sentidos con humo de opio desde hace un siglo y medio, y Mickaël Correia lo demuestra con maestría en Una historia popular del fútbol, espléndido libro traducido al español y publicado por el sello asturiano Hoja de Lata. «El fútbol mundializado […] refleja con más claridad que nunca los extravíos del capitalismo desenfrenado», nos dice el autor francés en la introducción de esta obra que después se demora en saltar, tal como enumera Carles Viñas en su prólogo, «de Río de Janeiro a Soweto, pasando por Barcelona, Dakar, París o El Cairo»; «de las favelas brasileñas a las townships sudafricanas, de la plaza Tahrir a Marassi o al East-End»; «de la Inglaterra victoriana a la Palestina ocupada, del graderío del Camp Nou a la Primavera Árabe, o de la Argelia colonial al Hamburgo más combativo», para transmitirnos que «hay vida más allá del fútbol de los negocios». Correia podría decir, parafraseando al heroico Salvador Allende del último discurso en Radio Magallanes, que el fútbol es nuestro, y lo hacen los pueblos. Y en esta entrevista que se celebra en la librería Cambalache de Oviedo antes de una presentación, desgrana para nosotros algunos de los puntos más interesantes de su libro.

Quisiera comentar diversos aspectos que me han interesado de su libro, y en primer lugar, los interesantísimos pasajes dedicados al fútbol femenino. Usted cuenta que llegó a alcanzar una enorme popularidad en los años veinte y que su expansión sólo se detuvo y se arruinó como consecuencia de una brutal ofensiva de las federaciones e instituciones balompédicas masculinas. Es una historia sorprendente y muy desconocida.

Sí, y el capítulo en el que hablo de esa cuestión fue quizá el más difícil de escribir para mí, porque era muy complicado encontrar fuentes. Las propias instituciones del fútbol han procurado ocultarla o, como decimos en francés, esconderla debajo del tapete. Pero sí: en los años veinte, sobre todo en Inglaterra, llegaron a disputarse partidos femeninos ante cincuenta mil personas. Había equipos enormemente famosos y talentosos como las Dick Kerr’s Ladies. El origen de este auge estaba en la primera guerra mundial: los hombres que trabajaban en las fábricas se habían ido a hacer la guerra y habían sido reemplazados por mujeres; y los patrones preguntaron a éstas que querían hacer después del trabajo. Ellas dijeron que lo mismo que hacían antes de la guerra sus padres, maridos, hijos, etcétera: jugar al fútbol, y los patrones acogieron bien ese deseo porque no dejaban de ver en ello una herramienta de control social. Estas mujeres hacían jornadas durísimas de hasta doce horas, los patrones tenían miedo de que se pusieran en huelga, y el fútbol era una manera de tenerlas entretenidas. Yo, en mi libro, hablo sobre todo de Inglaterra y de Francia, pero hace poco leí en la revista Panenka que también se fundaron clubes femeninos en España y que llegaron igualmente a ser bastante populares.

Pero después, la guerra se terminó y los hombres regresaron a las fábricas.

Sí, y puesto que la guerra había provocado millones de muertos, a las mujeres pasó a exigírseles que regresaran a casa a reproducirse, lo que se consideró que era incompatible con jugar al fútbol. Entonces se desató una campaña de prensa tremenda para transmitir que el fútbol era peligroso para las mujeres; que dañaba su aparato reproductor y demás. Pero también era una cuestión económica: las federaciones tenían miedo de que se produjera una competición entre el fútbol femenino y el masculino que acabara eclipsando éste, y en consecuencia colaboraron activamente en esta estrategia de ahogar el fútbol femenino.

Y lo consiguieron.

Sí, sí. Acabaron prácticamente con el fútbol femenino, que no empezó a recuperarse hasta los años setenta. Ahora vuelve a hacerse bastante popular, y ya se producen incluso huelgas como la que recientemente ha tenido lugar en España para exigir la igualdad salarial. Pero es un crecimiento complicado el del fútbol femenino, porque el fútbol es un mundo muy fuertemente masculinizado; sus valores, desde sus mismos orígenes, son muy viriles; muy vinculados a ideas de autoridad, de competitividad, de rudeza, etcétera, tradicionalmente asociadas a los hombres. Incluso el fútbol obrero ha sido así, porque la cultura obrera está igualmente muy vinculada a la identidad masculina. Es muy difícil transformar todo eso. Pero sí: el fútbol femenino, pese a todo, no deja de crecer, y eso es muy de celebrar. Pienso que, en el siglo XXI, el fútbol femenino puede representar dos cosas: por un lado, un nuevo mercado para la FIFA. Lo hemos visto con la Copa del Mundo de fútbol femenino de este año en Francia: ha sido muy seguida. Puede ser eso y, por otro lado, una especie de laboratorio para otro fútbol posible; un fútbol más popular, más familiar, con menos especuladores.

Ya empieza a haber incluso estrellas mediáticas del fútbol femenino: la estadounidense Megan Rapinoe, por ejemplo, quien posee además una imagen muy llamativa y muy mercantilizable.

Sí, pero mira: a pocos jugadores masculinos escucharás pronunciarse sobre política, pero Megan Rapinoe se ha convertido en una figura anti-Trump en Estados Unidos y en una adalid de los derechos LGTB. Habla muy bien ante la prensa, además. En Francia también tenemos jugadoras como Eugénie Le Sommer que se han convertido en heroínas para las niñas pequeñas. Hay muchas jugadoras abiertamente homosexuales, además, algo que con el fútbol masculino no sucede porque nadie quiere hablar de ello; y eso contribuye mucho a la visibilización de las lesbianas en la esfera pública.

De su libro también es muy interesante la parte en la que alude a la época de los fascismos y a de qué maneras ayudó el fútbol al combate antifascista. Cuenta por ejemplo la historia de Matthias Sindelar, una estrella de la selección austríaca —se lo conocía como el Mozart del fútbol— que, tras el Anschluss, se negó a facilitar, como se les había pedido, el triunfo de la alemana en un partido que se organizó para celebrar la anexión de Austria. Marcó uno de los dos goles con los que Austria ganó a Alemania y se convirtió en una estrella antifascista.

Ésa es una historia muy bonita, sí, sí.

Recientemente, Pepe Reina, portero suplente de la selección española que ganó el Mundial en 2010, ha transmitido sutilmente que va a votar a Vox, el partido ultraderechista español. Y yo me pregunto si podría existir hoy un Sindelar; si el fútbol de élite ha cambiado tanto como para que esas figuras sean ya inimaginables, no siéndolo en cambio un futbolista abiertamente fascista como Reina.

Yo pienso que muchas veces queremos que el fútbol sea mejor que la sociedad, pero que no puede serlo. El fútbol siempre es un reflejo de la sociedad. El primer sindicato de futbolistas nació en Manchester en 1907: el contexto lo favorecía, porque Manchester era la gran capital del sindicalismo británico. Todos los trabajadores se sindicaban y los futbolistas vieron normal hacerlo a su vez. Más tarde hemos tenido jugadores como Sócrates y todos aquellos futbolistas políticos de los setenta y ochenta, pero es que el contexto de la época también lo favorecía: la juventud de aquel tiempo estaba muy politizada, conocía a Marx y había aspiraciones muy generalizadas a una sociedad más democrática y más libre de las que el fútbol también se impregnó. Ahora vivimos en una sociedad neoliberal, individualista, y los jugadores son así porque todo es así. El modelo hoy es Cristiano Ronaldo, alguien que se parece al patrón de una empresa: trabaja mucho pero es ultraindividualista y tiene un ego gigantesco. Los jugadores de moda hoy son espejos de la sociedad tal como lo fueron los de otras épocas. Pero siempre hay pequeñas disidencias. Por ejemplo, acabamos de ver al portero del Manchester City, Claudio Bravo, que es chileno y miembro de la selección nacional chilena, declararse a favor del movimiento social que está sacudiendo el país en este momento. Y el año pasado, Deniz Naki, un juador kurdo del Sankt Pauli, se puso en huelga de hambre para apoyar la lucha del Kurdistán, en contra de la invasión turca de Siria. El fútbol, ya digo, es un espejo de la sociedad.

Johan Cruyff boicoteó el Mundial de Argentina de 1978 en protesta por los crímenes de la dictadura de allá, pero hoy nadie boicotea el Mundial de Catar o el de Rusia.

Bueno, esa historia de Cruyff es un mito, ¿eh? Parece ser que fue su mujer la que le dijo que no fuera porque había una historia con una chica. Pero sí, a mí me gustaría mucho que algún jugador boicoteara el Mundial de Catar o hubiera boicoteado el de Rusia. En el fútbol femenino sí sucede, por cierto: otra gran estrella, la noruega Ada Hegeberg, ganadora del Balón de Oro, renunció a ir al Mundial de Francia en protesta por la desigualdad entre los futbolistas masculinos y las femeninas de su país. Fue un gesto maravilloso, y para mí lo sería que algún jugador masculino decidiera no ir a Catar, cuyo mundial es un escándalo a todos los niveles, incluso al ecológico.

La FIFA cada vez parece más sujeta a esta clase de corrupción; a que países despóticos compren sin mayor problema la celebración de los mundiales.

Ahora todo el mundo habla de eso; no es ningún secreto que tanto el mundial de Rusia como el de Catar se concedieron así. Está claro que el fútbol es un deporte muy, muy corrompido, cuyas instituciones funcionan de una manera muy opaca, sin democracia.

También es inimaginable hoy algo como la democracia corinthiana, aquel maravilloso sistema de organización horizontal puesto en práctica por el Corinthians de Sócrates en los ochenta.

Sí, y fíjate: la democracia corinthiana funcionaba muy bien; produjo victorias deportivas que el Corinthians no lograba desde veinte años atrás. Hoy en Francia, en la federación de fútbol, cuarenta grandes clubes profesionales suman el cuarenta por ciento de los votos y detrás hay quince mil pequeños clubes que suman el resto del voto. Podría organizarse un sistema más horizontal, un club, un voto o un hombre, un voto; algo con más transparencia e igualdad. Y cada club, lo mismo. Aquí, en España, hay clubes en los que los socios votan. Y no votan por cosas muy importantes, pero al menos eligen al presidente y otras cuestiones. Hay muchos ejemplos de que una organización democrática puede funcionar muy bien, y creo que los hinchas quisieran que se adoptara. Antes decía que el fútbol es un espejo de la sociedad, y lo es también en esto. En los últimos años ha habido grandes movimientos sociales en demanda de más democracia: el 15-M en España, Nuit Debout en Francia, las primaveras árabes en 2011 y hasta ahora… Y los hinchas también quieren más democracia; quieren ser un actor del fútbol tal como lo son el jugador o el presidente de un club de fútbol. Si no hay aficionados, no hay fútbol.

Sócrates Brasileiro Sampaio de Souza Vieira de Oliveira, inspirador de la ‘democracia corinthiana’.

En el libro cita a un aficionado del FC Barcelona que decía que el público del Camp Nou ha cambiado completamente; que ya no conocía a nadie de los que cada dos semanas se sentaban a su lado en el estadio, lleno de gente nueva que varía constantemente; turistas extranjeros muchas veces, que pagan una entrada altísima por ver un partido como una experiencia turística más. La vinculación física, expresa, de los grandes clubes con sus ciudades y barrios de origen se ha ido rompiendo.

El gran ejemplo de ello es el Manchester City, que es una franquicia internacional como McDonald’s o cualquier otra: tiene un club en Nueva York, otro en Melbourne otro en Yokohama… Los grandes clubes ya no quieren aficionados: quieren consumidores que vayan al estadio a ver un espectáculo tranquilo con una cerveza sin alcohol a diez euros en la mano y después se compren una camiseta de ochenta. Está sucediendo en los estadios lo mismo que en nuestras grandes ciudades: eso que se llama gentrificación y también lo que Alan Bryman llama disneyficación. Todo se va pareciendo más y más a un parque temático, y desde luego también los estadios. Todo está muy limpio, muy aséptico, y durante el Mundial de Rusia vimos por primera vez sonar música automáticamente en cuanto se marcaba un gol; algo que parece diseñado ex profeso para quebrar las emociones que provoca un gol. Mira, el pasado mes de mayo estuve en Barcelona, y fui al Camp Nou. Me ofrecieron la experiencia Camp Nou: compras un billete, ves un partido y luego pasas por el museo y la tienda. Tienen también un gran restaurante en el que siempre hay gente famosa. Un parque temático, ya digo. Puedes estar ahí durante un día entero, y es carísimo.

Y el hincha pobre del club de toda la vida es expulsado del estadio y debe ver los partidos en el bar.

Sí, ha habido una ruptura social que nos ha conducido a un escenario a la americana: los ricos pueden ver el fútbol en el estadio y los pobres en el bar o en su casa con la televisión de pago. Pero es que incluso en los estadios ya empieza a haber zonas VIP en las que se puede beber alcohol, pero beber está prohibido en el resto del campo. Es de una violencia social tremenda.

Piensa uno en los estamentos del Antiguo Régimen: leyes distintas para castas distintas.

Sí, sí. Si eres rico, puedes ver el partido viendo champán en el palco, pero los pobres se quedan abajo. Dos regímenes jurídicos diferentes para dos poblaciones diferentes.

Por otro lado, cada vez más un pequeño grupo de clubes lo gana todo, y ya se habla incluso de crear una superliga europea con un conjunto de clubes fijo, sin ascensos, ni descensos.

Sí, un poco lo mismo que la NBA; una liga cerrada. También se habla ya de que algunos goles valgan dos o tres puntos para espectacularizar más el juego: que cuando uno marque un gol desde cuarenta metros valga doble, por ejemplo.

Y eso significará primar la acción individual sobre el juego colectivo; el lance osado de un jugador concreto frente a la coordinación de todo el equipo a través del pase.

En general, se está individualizando mucho el fútbol. Por ejemplo, hasta hace dos años, los clásicos Madrid-Barcelona ya no se presentaban como tales, no era Real Madrid frente a Barcelona, sino Cristiano Ronaldo contra Messi, Mourinho contra Guardiola… Y la prensa deportiva pone al día siguiente notas individuales a los jugadores: tal jugador, 9 puntos sobre 10, tal otro sólo 5… Ahora mismo es muy raro que se hable del colectivo; del juego colectivo. Pero es más fácil vender eso, el último gol de la gran estrella, a un público que no sabe mucho de fútbol. Se ve igualmente en Francia con el PSG: hace ya un mes que, en la primera división francesa, el PSG tiene diez puntos más que el segundo, y cuando la gente va a ver un partido del PSG, no va a ver un partido, pues todo el mundo sabe que ya está ganado de antemano, sino que va a ver los goles de Mbappé y Neymar.

En el libro cita una bonita frase de Éric Cantona: «¿Mi mejor gol? Fue un pase».

Hoy sería una cosa alucinante que alguien dijera eso.

También es cada vez más inimaginable algo como lo que significó el Nottingham Forest en los años setenta: el equipo modesto —pero modesto de verdad, no un modesto comprado y financiado por un jeque— que sube de Segunda a Primera, gana la liga, juega la Champions y la gana. Esa épica ya es sencillamente imposible.

Sí. Desde la ley Bosman de 1997, con el mercado internacional liberado, el equipo que tiene más dinero puede comprar los más grandes jugadores y garantizarse el triunfo. Pero el fútbol sigue necesitando ese mito del modesto. No sé si sucede lo mismo en España, pero en Francia, en la Copa, siempre hay un pequeño equipo que llega lejos. Y decir que existe igualdad en el fútbol es una mentira, pero necesitamos creer en ella.

Es la gran falacia del liberalismo; de la igualdad sólo nominal que caracteriza al liberalismo: todo puede pasar en teoría, pero no todo puede pasar en la práctica.

La gran mentira intelectual del liberalismo, sí. Pero mira, siempre hay cosas que no funcionan. El PSG tiene muchísimo dinero, pero once jugadores sobre un campo no hacen un equipo. Hay un espíritu de cooperación, de equipo, una filosofía de club, que en el PSG no existe, porque son todo grandes individualidades, y que hace que el PSG pueda ganar la liga francesa, pero no esté llegando lejos en la Champions League.

Otro ejemplo es lo mucho que tardó el Chelsea en ganar la Champions desde que lo adquirió el magnate ruso Román Abramóvich. La lluvia de billetes no basta por sí sola para convertir a un club en ganador.

Hay cosas que no se compran, sí. A nivel de club y a nivel de individuo. Con el cuerpo no se puede mentir. El hijo de Gadafi, Al-Saadi Gadafi, estaba empeñado en jugar al fútbol y contrató a Ben Johnson como entrenador personal, a Maradona como asesor y a Carlos Salvador Bilardo como entrenador de la selección de Libia, a la que por supuesto se autoseleccionó para participar; y luego su padre pagó no sé cuántos millones de dólares para que jugara en Italia, en el Perugia, el Udinese y la Sampdoria. Pero en el terreno de juego era ridículo; era muy malo, y no había dinero en el mundo que pudiera hacer que dejara de serlo.

Del libro también es interesante su exposición sobre cómo el nacionalismo y la derivación enloquecida del nacionalismo que es el fascismo utilizaron y utilizan el fútbol. Cita una frase certerísima de Hobsbawm: «La comunidad imaginaria de millones de personas es más real cuando se reduce a once jugadores de los que se conocen los nombres».

El nacionalismo entendió muy pronto la potencia del fútbol, sí. También Stalin. Tanto el fascismo como para el comunismo soviético vieron en el fútbol una buena manera de escenificar el cuerpo; el cuerpo nuevo fascista, el cuerpo nuevo soviético o el cuerpo nuevo ario en el caso de Hitler. Y también un elemento de movilización muy fuerte. Cuando, en 1934, Mussolini, durante la final del Mundial de Italia, no puso el himno de Italia, sino el fascista, aquello tuvo una resonancia tremenda; y del mismo modo, tres meses antes de la Copa del Mundo del año pasado en Rusia, Putin estaba bombardeando Siria en ayuda de un dictador como Bashar al-Ásad y provocando un escándalo humanitario, pero tras el Mundial, lo que se comentaba sobre Rusia es que la organización de la competición había sido perfecta, con mucha seguridad y un buen espectáculo. Todos los regímenes autoritarios saben que el fútbol es un buen mecanismo para promover su régimen y su poder.

Pero también los sistemas democráticos utilizan el fútbol. A mí, la frase de Hobsbawm que le comentaba antes me trajo a la memoria cierta cobertura periodística peculiar que vimos en España después de la victoria de nuestra selección en el Mundial de Sudáfrica: una serie de despliegues especiales en los pueblos frecuentemente pequeños de los que procedían los futbolistas campeones; la Fuentealbilla de Iniesta, el Camas de Sergio Ramos, la Tuilla de David Villa, el Arguineguín de Silva, etcétera. La idea de un equipo de once aldeanos procedentes de todos los rincones del país y unidos en torno a un objetivo común se utilizó mucho en un momento en que ya arreciaba el conflicto catalán.

Claro, el fútbol es un factor de unidad. En Francia, cuando ganamos el Mundial de 1998, se explotó también mucho la imagen de lo que se llamó la Francia black-blanc-beur: negra, blanca y mora. La selección era una expresión de la diversidad francesa; de cómo todos, fuéramos blancos, negros o árabes, hacíamos parte de una misma nación.

Y lo era mucho más que, por ejemplo, la Asamblea Nacional francesa, cuyos diputados son muy mayoritariamente blancos.

Exacto. Pero mira, no podemos olvidar que tres años después de aquel triunfo multicultural, Jean-Marie Le Pen alcanzó la segunda vuelta de las presidenciales, que disputó contra Jacques Chirac. Aquella imagen de cordialidad multicultural había sido un espejismo; la misma nación que había celebrado aquel triunfo mostraba ahora que seguía existiendo un racismo increíble. Por eso cuando ganamos la Copa del Mundo del año pasado ya no se habló mucho de eso. Había muchos negros en el equipo, pero el discurso público fue: «son franceses como nosotros», y basta. Rápidamente pasamos a hablar de otra cosa.

Es interesante el capítulo que dedica a cómo el Spartak de Moscú se convirtió, en tiempo de Stalin, en un cierto refugio para la disidencia.

Ser del Spartak era una manera sutil de protestar contra el régimen, sí, porque era el equipo obrero de los suburbios de Moscú y el único que no estaba directamente vinculado al Estado, sino que había sido fundado por una sociedad deportiva independiente. El Dinamo, en cambio, era el club de la NKVD, el departamento de seguridad del Estado; y gritar en el campo contra ellos era una manera de gritar contra los apparatchiki del Estado mismo; una pequeña manera de decir no. Aquí en España, sucedía algo parecido durante el franquismo con el Barcelona y el Madrid y ahora mismo se ve en África del Norte: en países como Egipto, el estadio es un lugar donde se puede criticar al régimen autoritario. Es verdad que eso no tiene por qué ir exactamente en contra del régimen autoritario: el estadio puede funcionar como un exutorio en el que la gente libere sus tensiones y del que salga tranquila, de tal manera que no dé problemas. Pero justamente en Egipto vimos, y también lo cuento en el libro, que los campos de fútbol, y concretamente las curvas ultra de los dos grandes clubes del país, Al-Ahly y Zamalek, fueron una especie de laboratorio de la contestación política. Los aficionados jóvenes al fútbol estuvieron en primera línea de la manifestación y la cultura ultra, que es una cultura del secreto, del anonimato, de la solidaridad entre miembros, fue muy útil para el movimiento social. Hoy pasa lo mismo en Argelia, y el himno del movimiento social de allá proviene también de los estadios. Es decir, ese exutorio bien puede acabar volviéndose en contra de los regímenes que lo permiten.

La cuestión es que, del mismo modo que en una dictadura el fútbol puede ser refugio de la disidencia democrática, en una democracia el fútbol no es refugio de la disidencia fascista.

Puede ser las dos cosas, sí. Yo sé que el contexto español es muy particular en ese sentido con respecto al de otros países, porque la mayor parte de los grupos ultra están vinculados a la extrema derecha. En Francia tenemos algún grupo que lo está, como los ultras del Olympique de Lyon, pero la mayor parte de ellos son apolíticos y hay alguno de ultras de izquierda, como el del Girondins de Burdeos y el del Olympique de Marsella.

A mí, de hecho, me sorprendió por ese motivo la visión positiva que usted transmite del mundo ultra, que aquí en España está connotado muy negativamente.

Lo que yo quería era mostrar la historia del fenómeno; de dónde viene. Viene de los barrios populares ingleses; de la juventud obrera que quería hacer comunidad en un momento en que el sentido de lo comunitario estaba disgregándose debido a la ofensiva neoliberal. Después se basculó hacia la violencia. Pero yo también quería mostrar que, por ejemplo, en Italia el fenómeno está directamente vinculado al movimiento social y resistente de los años sesenta y setenta. Los grupos de extrema izquierda de aquellos años trasladaron al mundo ultra sus prácticas de anonimato y su cultura del secreto solidario entre miembros. Hay muchas conexiones: hablar con un altavoz, como se hace en las curvas ultra, es una cosa típica de las manifestaciones; y los mismos nombres de los grupos (comando, brigada, etcétera) remiten también a aquel mundo. Y al revés, parece que, por ejemplo, el lema ACAB, «All Cops Are Bastards», viene del mundo hooligan de los años setenta y se fue popularizando después. Al principio, por cierto, entre los ultras había muchas mujeres, pero luego fueron desapareciendo, dando lugar a un mundo muy masculino, muy viril. La ultraderecha, es cierto, ha sido muy hábil en el juego con dos conceptos muy peligrosos ya entonces vinculados al mundo ultra, que son el de la identidad y el del territorio. Una identidad puede ser colectiva, social y abierta o puede ser muy cerrada sobre sí misma, un territorio lo mismo; y una grada puede ser también un espacio abierto e inclusivo, y debería serlo, o un espacio cerrado y, por lo tanto, una metáfora del Estado que la ultraderecha quiere, hermético a los extraños y a los extranjeros. Ahora tenemos un racismo tremendo en estos ámbitos: lo vimos hace poco con Ballotelli. Hay curvas enteras, como la de la AS Roma, que antes eran de izquierda y ahora son de derecha o de extrema derecha. Y creo que la izquierda no planteó demasiada batalla: consideraba que el fútbol no era una cosa muy importante, se fue y le dejó el terreno libre a los neonazis.

Otra historia maravillosa que cuenta en su libro es la del origen del regate en Brasil, muy vinculado al profundo racismo de la sociedad brasileña.

Su inventor fue un mestizo llamado Arthur Friedenreich, a quien un día estuvo a punto de atropellar un coche al cruzar la calle, pero que se libró moviendo instintivamente las caderas para evitar el choque. Parece ser que se dijo: «La próxima vez que me ataquen en el campo, voy a hacer lo mismo». Sí, la sociedad brasileña era muy racista, y los defensas blancos atacaban siempre duramente a los atacantes negros porque sabían que el árbitro no pitaría falta. A la siguiente ocasión en que un jugador blanco trató de atacarlo en el campo, Friedenreich huzo aquel gesto y lo sorteó. Y el regate se convirtió así en un símbolo de la condición del colonizado que se enfrenta a la violencia del colonizador sabiendo que, para sobrevivir en la sociedad, es mejor evitarla que confrontarla, pues sabe que la ley está en su contra.

Otra curiosidad que usted cita es que el origen del catenaccio, el estilo ultradefensivo característico del fútbol italiano, está en las tácticas de los partisanos.

Sí, es una táctica de resistencia del débil frente al fuerte: puesto que no tenemos tantos recursos como él, lo que vamos a hacer es concentrar toda nuestra fuerza en un único punto. Se suele pensar que el juego defensivo es de derechas y el ofensivo de izquierdas, pero no tiene por qué ser así.

Alude asimismo en el libro a un proyecto hermoso que, en el clima de Mayo del 68, emprendió en París la revista Le Miroir, que creía que el fútbol debía ser «expresión premonitoria digna de tal nombre», organizó un equipo sobre principios de desprofesionalización y juego ofensivo y creativo y llegó a protagonizar un encierro en la sede de la federación francesa de fútbol. ¿Qué fútbol es hoy esa expresión premonitoria?

Para mí, este fútbol anticorporativista, popular, que forma pequeñas sociedades de accionariado popular. Hablo sobre él en el libro; sobre su origen en Inglaterra y su expansión a otros países. Pero más allá de eso, para mí, la magia del fútbol estriba en que es un juego colectivo en el que uno siempre tiene que atender a los otros, y eso es una buena educación política. Cuando estás con la pelota, tienes que ver dónde están los otros y apoyarte en ellos. Y hay otra lección más. Hacer un gesto bonito, estético, como una bicicleta o cualquier otro, no es rentable, pero en el fútbol se hace igual, porque se entiende que no todo tiene que serlo; que hay una dimensión estética en lo que se hace que va más allá del utilitarismo y productivismo que sufrimos ahora en todas las esferas de nuestra vida. Más colectividad y más estética ya son dos cosas sobre las cuales construir un proyecto más o menos interesante de sociedad.


Pablo Batalla Cueto (Gijón, 1987) es licenciado en historia y máster en gestión del patrimonio histórico-artístico por la Universidad de Salamanca, pero ha venido desempeñándose como periodista y corrector de estilo. Ha sido o es colaborador de los periódicos y revistas Asturias24La Voz de AsturiasAtlántica XXIINevilleCrítica.cl y La Soga; dirige desde 2013 A Quemarropa, periódico oficial de la Semana Negra de Gijón, y desde 2018 es coordinador de EL CUADERNO. En 2017 publicó su primer libro: Si cantara el gallo rojo: biografía social de Jesús Montes Estrada, ‘Churruca’ y actualmente está a punto de publicar el segundo, La virtud en la montaña: vindicación de un alpinismo lento, ilustrado y anticapitalista.

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