Diarios de cuarentena

Notas de Jordi Doce para una cuarentena (22, 23 y 24)

Nuevas páginas del diario de cuarentena de Jordi Doce, que escribe sobre el picoteo de las abubillas, el sobresalto de un timbre que suena o el clasismo de una conocida escritora de izquierda.

Lunes, 13 de abril. Ahora la vida social —salvando los saludos entre paseadores de perros y alguna charla fugaz con los tenderos— es lo que sucede entre calle y ventana. Ayer, por ejemplo, en el tramo de Bailén que mira a la estatua de Sor Juana Inés de la Cruz: una mujer limpiando las ventanas del salón; un viejo con un cigarrillo en la mano y la cara vuelta hacia su derecha, en dirección a la librería Aleph, no sé si buscando alguna patrulla en el horizonte… La mañana, luminosa y primaveral, ponía de su parte para que todos se asomaran y se dejaran ver. Luego, ya en una terraza palaciega de Pintor Rosales, un joven padre pedaleando con fuerza en su bicicleta estática; llevaba puesto un maillot de colores fluorescentes y un casco negro, puntiagudo, que inclinaba hacia el suelo como si estuviera haciendo una contrarreloj. Sus dos hijos, muy pequeños, no paraban de correr y dar vueltas por la terraza.

Gracias a sus contactos con las farmacias del barrio —adquiridos duramente mucho antes del encierro—, Marta ha conseguido mascarillas nuevas. Son de las que tienen forma de pico de pato, parece que más efectivas. Desde luego, permiten respirar mejor y sin ahogo, pero las gafas se me siguen empañando como antes. Si me las quito, veo borroso y desenfocado. Si me las pongo, veo nublado. Sé que en todo esto se esconde una metáfora de algún tipo, pero hoy realmente no es el día.

«Después de tantos años, he recuperado aquel frenesí de liquidarme una novela en dos días, en uno si es corta. ¡Qué gusto! Aunque podría hacerlo incluso mejor si el estado de confinamiento no me hubiera privado de mi bien más precioso, el más valioso de mis patrimonios: mi asistenta». He tenido que leer estas líneas un par de veces para asegurarme de que no eran irónicas. Creo que no lo son. Pertenecen al artículo de Almudena Grandes en El País Semanal de ayer. Un lector cándido diría, como poco, que a la autora le ha traicionado el subconsciente. O tal vez es que la falta de frenos, de una mínima vigilancia de uno mismo, deriva pura y llanamente en necedad. Que una autoproclamada escritora de izquierdas hable de su empleada del hogar en términos de propiedad y la cosifique con ese desparpajo me deja sin habla. No quiero ni pensar qué pasaría si esto lo hubiera escrito una columnista de un medio conservador. Todo el párrafo es un perfecto desastre, incluido el posesivo final. Malena es nombre de tango, te llamaré Viernes, a cada edad su Lulú, pero «mi asistenta» mejor que quede en el anonimato.

Para quitarme el mal sabor de boca, esta frase de la escritora inglesa Jeanette Winterson que recuerdo haber citado ya otras veces: «Los libros siguen siendo una bolsa de aire en una barca que ha volcado». Antes era una metáfora hermosa, sugerente, una hipótesis de la imaginación que yo percibía como cierta. Ahora, en cambio, me golpea con la fuerza de una representación.

El Ayuntamiento ha decidido reemprender los trabajos en Bailén, calle arriba. La tarde empieza con un estruendo como de cajas de metal, un traqueteo pendenciero, y al asomarme por el balcón veo el cuello de jirafa de la perforadora, palas mecánicas y una breve nube de polvo cada vez que el émbolo negro taladra la tierra. No los echaba de menos. Creo que tampoco los pájaros que siguen por aquí tratando de hacerse entender. Pero habrá que alegrarse, supongo. Habíamos olvidado que la normalidad también era esto.

Martes, 14 de abril. Esta mañana he visto una pareja de abubillas picoteando con gracia en la ladera que lleva, escalera arriba, al Templo de Debod (y que sigue cerrado a los transeúntes). Es la primera vez que las veo en este flanco del parque, tan pegado al paso del tráfico y al ruido de las obras vecinas. O tengo el ojo entrenado sin saberlo o ellas se han vuelto más atrevidas. La línea ligeramente curvada que dibujan su largo pico negro y su penacho erguido me ha hecho pensar en el casco del ciclista inmóvil que vi pedaleando en su terraza hace dos días. Pero aquí no hay contrarreloj que valga. Solo vuelo y hambre.

El timbre suena tan poco estos días que cada vez que lo hace nos sobresaltamos. Pero esta vez es José Luis, el portero, que viene a devolverme la taza de café que se llevó ayer. En realidad, la devolución es la señal que me permite ofrecerle otro café, que él acepta con toda confianza. Y así, con estos sobreentendidos, van pasando los días. Charlamos un rato desde lados opuestos de la cocina, él con su mascarilla y sus guantes, yo guardando la distancia, pero sin remilgos. Al fin y al cabo, es él quien se encarga de limpiar y desinfectar el portal cada día. El sentido de la responsabilidad, que los dos mantenemos por igual, compite con mi temor a parecer grosero. Cuando se va, de nuevo con su taza, el olor a café reciente subraya el del jabón líquido.

Empecé el confinamiento leyendo la «correspondencia privada» de Jaime Salinas. Algo abrumado por los cotilleos y el exceso de introspección crítica, me pasé a Yuval Noah Harari y su Sapiens, que tenía por leer desde hace tiempo. Pasado el hechizo inicial —los capítulos sobre la prehistoria y el neolítico siguen siendo los mejores—, salté a Bitter fame, la biografía de Sylvia Plath que la poeta Anne Stevenson publicó en 1989. En este caso, se trataba de una relectura, pero había tantas cosas que había olvidado o que recordaba de otra manera que fue como si lo leyera por primera vez. Entonces se me coló La abundancia de Annie Dillard, una selección de sus «ensayos narrativos», así reza el subtítulo, que compré de tapadillo y por capricho en la librería Aleph, que sigue abierta como quiosco (lo vi en el escaparate y conecté el nombre de Dillard con The writing life, un libro de apuntes y reflexiones sobre la escritura francamente delicioso que devoré en un viaje en avión, ya no sé cuándo; en España lo publicó Fuentetaja). De pronto me vi con cuatro o cinco libros abiertos o empezados, pero incapaz de terminar ninguno. Por no hablar de los artículos on-line y los libros de poesía que andan por toda la casa y de los que picoteo según el humor: Guillermo Sucre, Valerio Magrelli, David Huerta… Una auténtica jungla de palabras que me aturde y casi no me deja respirar. Así que decido colocarlos en una pila y terminar su lectura uno a uno. Empezaré con Salinas: ya es hora de retomar sus vivencias del Madrid de la transición y así poner coto a este batiburrillo. Pero, espera, al despejar la mesa me saltan de nuevo los Cuadernos de Cioran, que compré en la Alberti justo antes del encierro y que había planeado dejar para el verano. ¿Y si este fuera el momento?

La página de Facebook de The Paris Review me acerca un fragmento de la entrevista que le hicieron a Mark Strand en 1998. Palabras que no podrían ir más a propósito: «Convivimos con el misterio, pero no nos gusta esa sensación. Creo que deberíamos habituarnos a ello. Sentimos que debemos conocer el sentido de las cosas, estar por encima de esto o de aquello. La verdad es que ser tan competente en la vida no me parece particularmente humano. Es una actitud que está muy lejos de la poesía». Y así es, en efecto. O me lo parece, al menos, en estos días en los que solo cabe esperar, ser pacientes y asumir, con humildad, que sabemos muy poco de lo que se nos viene encima. Imposible dominar o estar por encima de nada. Lo que no quita para que sigamos alerta, expectantes, cuidando de no dar pasos en falso. Ese desvelo.

Miércoles, 15 de abril. Más citas. Estos versos, por ejemplo, de un breve poema de Yeats («Versos escritos con abatimiento») que traduje hace casi veinte años, allá por el 2003, y que acabo de encontrar en una vieja libreta: «Salvo este sol amargo nada tengo;/ desterrada y ausente la heroica madre luna,/ ahora que he cumplido los cincuenta/ he de sobrellevar este sol apocado». ¿Premonición?

Hace días que no veo a los gatos en el patio interior. Supongo que la mezcla de lluvia y frío los tiene confinados, también a ellos, en la trasera del hotel, con sus mil grietas y recovecos. Aunque la tarde del domingo hubo sol en abundancia y tampoco así comparecieron… Los tímidos intervalos de luz que complican el cielo y ponen una gota de color en las fachadas no son suficientes para que salgan de su escondite. Solo uno, esta mañana —un gato negro, canijo, que se movía con lentitud de sueño—, se aventuró para explorar el tejado de uralita del garaje, o más bien su perímetro, como si temiera que tanta lluvia fuera a disolver su territorio de caza. Iba por el borde como un equilibrista en el alambre. Un poco como el día, que no acaba de decidirse: sol, lluvia, nubes de tormenta o bien todo lo contrario.

Releo con admiración la última entrega de Los cuadernos pálidos de Tomás Sánchez Santiago. Siempre me conmueve la manera en que sus estampas, sus vislumbres, combinan el asombro y la minucia. Una escritura tranquila, natural, que pasa el dedo por las texturas del mundo y ensaya la ironía o la justa indignación casi en defensa propia. Todo sin aspavientos, sin alardes. Como si solo la observación piadosa del mundo pudiera conjugar los verbos de la imaginación…

Como vivimos en una gráfica, cada día nos despertamos con una nueva cifra oficial de muertos. Y los titulares se afanan en mirar el dato con buenos ojos, subrayando que la cifra se reduce lenta pero tenazmente, que incluso en los casos de repunte ocasional la tendencia es favorable. Pero siguen siendo entre 500 y 600 muertos diarios —hoy, en concreto, 523—, todos con su vida, sus recuerdos, sus trabajos, su tripulación de amigos y de familia, todos de pronto desaparecidos, metidos en bolsas negras en una morgue improvisada, sin nadie que los despida. Solo las esquelas y obituarios de algunos fallecidos ilustres —esas lápidas de tinta que llenan varias páginas de los periódicos— dan una idea fiel o concreta de la pérdida. Cuesta escapar de la red de seguridad de los números. Por más que desciendan, siguen siendo cifras tan grandes que anestesian la pena. Me recuerdan aquel viejo poema de Zbigniew Herbert, «Don Cogito lee el periódico» (lo leí por primera vez en la edición de Hiperión de 1993), donde el poeta polaco comparaba «la noticia de la matanza de 120 soldados/ en primera página» con la «información justo al lado/ de un crimen espectacular/ con retrato del asesino incluido». Don Cogito, que podría ser cualquiera de nosotros, se ve tomando el periódico y buscando con avidez la noticia del crimen, recreándose en los detalles —muchos de ellos morbosos—, poniéndose en el lugar del criminal o de sus víctimas. En cambio, la información sobre la guerra solo le causa indiferencia. En la traducción de Xaverio Ballester:

a los 120 caídos
es inútil buscar en un mapa

la excesiva lejanía
los oculta como si fuera una jungla
no estimulan la imaginación
son demasiados
la cifra cero al final
los transforma en una abstracción
un tema para meditar:
la aritmética de la compasión.

Don Cogito está inmunizado contra el dolor. Es posible que también nosotros lo estemos, en mayor o menor medida. Todo en nuestra forma de pasar los días conspira para que pasemos de puntillas por los espacios-tiempos del sufrimiento: la aritmética de la compasión nos tiene cariño y quiere saldar a nuestro favor. Pero el sufrimiento, como el agua, siempre termina por filtrarse: en los sueños, en los instantes de vacío o de aburrimiento, en esa «hora violeta» de la que habló Eliot y que ahora combatimos con aplausos y música barata (las horas, lo sabemos, tienen sus trampillas secretas por las que podemos caer sin aviso). Es un rumor de fondo que no deja de sonar, aunque a veces no lo oigamos, como el tráfico. No lo hacemos por precaución, porque no queremos sentirnos abrumados por el dolor ajeno, pero está. Quinientos veintitrés. Son 63 más que todas las palabras de esta entrada.

Segunda tormenta de la semana, más copiosa aún que la de ayer. Y a la misma hora —media tarde—, que es la hora en que reviso estas notas. Un telón de agua prieta que inunda los desagües y desbrava las hojas primerizas. La primavera toca a rebato.

[EN PORTADA: Tormenta en Madrid]


Jordi Doce (Gijón, 1967) es poeta, crítico y traductor. Sus libros más recientes son La puerta verde. Lecturas de poesía angloamericana (Saltadera, 2019) y la antología En la rueda de las apariciones: poemas 1990-2019 (Ars Poética, 2020). Coordina la colección de poesía de la editorial Galaxia Gutenberg.

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