Creación

Bienvenido, señor Popovic

Recién aparecida su trilogía 'La bailarina del Bar Azul' (Trea, 2020, traducción de Ramón García), primera publicación en español del escritor croata Edo Popovic, nos complace presentar a nuestros lectores un relato extraído de su ácido volumen 'Tattoogeschichten', aún inédito en castellano.

/ un relato de Edo Popovic / ilustraciones de Igor Hofbauer / traducción de Ramón García /

«¿Tiene alguna preferencia en particular, que desee tengamos en cuenta, por lo que a su alojamiento se refiere?», preguntaba en su carta la mujer del comité organizador del festival de Literatura.

Respondí: «Sí. Quiero que me espere en mi cuarto una becaria irrevocablemente menor de treinta y no mayor de cuarenta».

En realidad, era una televisión lo que me esperaba. En la pantalla se leía: «Bienvenido, Sr. Popovic». También había un ventilador. Zumbaba como el perforador de un dentista en la distancia.

Por lo demás, un teatro era el marco en el que se desarrollaba el festival. Mi intervención estaba prevista para la segunda noche. Me senté a una mesa sobre la tribuna y leí. Miré al público. Jóvenes, sobre todo. Algunos gritaron mientras leía. No entendí el qué y mascullé un par de maldiciones para mí. Al menos nos comunicábamos los unos con los otros: hasta ahí todo perfecto.

Tras la lectura se acercó a mí una mujer en el vestíbulo. Fumaba. Inspiraba el humo con gesto apresurado, y lo expiraba con gesto no menos apresurado. Le temblaban las manos. Parpadeaba en sus ojos inquietos una especie de delirio. Delirio y desventura.

«Hola», dijo.

«Hola», dije.

«¿Quieres beber algo con nosotros?» preguntó proyectando la mirada hacia alguien a mi espalda.

«¿Con vosotros?». Miré a mi alrededor.

«Mi amigo espera fuera», dijo.

«Okay», dije.

Se colocó el cigarrillo entre los labios y me tendió la mano.

«Clara», dijo.

Era una mano fría y húmeda.

Fuera esperaba un individuo joven. Uno de esos tipos que en la calle le hubiera pasado a uno totalmente inadvertido. Uno de esos tipos camaleónicos, capaces de fundirse con cualquier trasfondo. Ahora estaba ahí, fundiéndose con la gigantesca fachada del teatro. Clara no se dignó en presentarnos. Parecía una costumbre local, como los eructos en Japón. Nos pusimos en marcha. «Eres uno de los invitados del festival y un poco de cortesía no va a matarte. Sé educado con la gente del lugar, charla con ellos, muestra que no eres ningún gilipollas arrogante, ya sabes a qué me refiero».

De manera que nos pusimos en marcha. En la calle soplaba un viento fuerte. El tipo era de Siberia, del Báltico o de algún lugar comparable por esos pagos. Las calles estaban a reventar de gente. Revoloteaban por acá y por allá. Parecían propulsados por un combustible de gran potencia y parecían tener una meta. No tenía ni idea de adónde nos dirigíamos. Tampoco es que me interesase. A mí no me propulsaba nada. La noche no inyectaba ninguna energía en mis músculos. En este sentido mi tanque estaba vacío. Pero para eso estaba ahí Clara. Se arremolinaba contra mí y me arrastraba consigo. El tipo caminaba a remolque, detrás de nosotros.

Clara llevaba una chaqueta corta y unos vaqueros que apenas le llegaban a la cadera. Entre el dobladillo de los pantalones y los de la chaqueta era visible un anillo de piel lisa y tersa, con una barriguita abovedada y unas caderas peleonas. Cuando en alguna ocasión pasa a vuestro lado una mujer vestida de esta guisa y os atrae hacia ella, uno piensa: Jesús, esta pava debe estar congelándose… En cualquier caso, eso es lo que pensé yo, que Clara iba a coger un resfriado de aúpa, los riñones, los pulmones y sabe dios qué más. No parecía preocuparle en absoluto.

«¿Qué te parece esto?», preguntó.

«Frío», dije.

«Breslau es una ciudad bonita», dijo.

«¿No te resulta fría?» pregunté.

«¿Por qué iba a resultarme fría?»

Atravesamos un parque, y a continuación un puente. En el agua se adensaba la oscuridad. Después atravesamos otro par de calles, y finalmente ahí estábamos. Entramos en un bar. Decorado con muebles de segunda mano, las paredes empapeladas con viejos carteles y pósteres, velas sobre mesas tambaleantes, el bar le tiraba a uno de la manga y gritaba: «¡relájate! ¡siéntete a gusto!».

Odio estos lugares.

«¿Te gusta el bar?», preguntó Klara.

«No está mal», dije.

«El mejor de la ciudad, somos clientes habituales», dijo.

«Capisco», dije.

«¿Capisco?», frunció el entrecejo. «No comprendo».

«Significa: entiendo, comprendo».

«Ah», dijo.

Pidieron cerveza. El tipo, además, un vodka. Yo pedí un agua sin gas.

«¿No te apetece una cerveza?». Me miró incrédula.

«No», dije.

«Si no te apetece cerveza, toma un vodka —dijo—. La Zubrowka es fenomenal».

«No bebo alcohol», dije.

«¿No bebes alcohol?»

«No».

«Venga ya —dijo—. Todos los escritores beben».

«Yo no. No bebo».

Soltó una risilla. Me molestó. Todo esto me estaba empezando a poner de los nervios. Para empezar ¿qué se me había perdido ahí, con estos? ¿Por qué no había vuelto al hotel? ¿Pensaste que te la ibas a tirar?

No, no lo había pensado. ¿Por qué iba a pensarlo? La mujer se acercó a mí, temblorosa, nerviosa…, algo así no tiene por qué ser necesariamente el prólogo a una seducción. En realidad, pensé que tal vez perteneciese a una organización de la juventud católica —de ahí sus tics histéricos— y que pronto pasaría, en el mejor de los casos, a ofrecerme su opinión sobre el estilo de mis relatos. Aunque, estadísticamente hablando, en toda ciudad hay al menos una o dos que sueñan con tirarse a un tipo como yo. Pero aquí no era el caso. Por supuesto que no. Además, desde hace tiempo llevo impreso en la frente: ¡ACABADO! ¡EN LA MIERDA! ¡FUERA DE USO!

El tipo dijo algo. Clara le respondió. El tipo me miró. Era una mirada tranquila, aguanosa, ausente. A continuación, volvió a consagrarse a su vodka y a su cerveza. Bebió y se ensimismó. Yo ya no le interesaba. Empezó a gustarme.

«Cuéntame algo», dijo Clara.

«¿El qué?».

«Algo interesante. Seguro que tu vida es interesante».

La cosa se ponía más interesante. Mi papel, pues, debía ser el de una especie de robot parlante. Una gramola repleta de relatos interesantes. Y ese era el motivo por el que me había invitado. Para que le hablase. Soy un payaso de mierda dentro de un antro, en el país del Papa.

«Mi vida es una mala follá», dije.

Se rió. Follar aquí es a menudo una palabra mágica. Un mantra para calentar el ánimo. También el público se había reído, cada vez que había dicho follar, pija, o polla. Ya es hora de que prescinda de este vocabulario en mis relatos. ¿Para qué lo necesito? El tipo se sobresaltó en cuanto escuchó la palabra. Miró a Clara. Ella le dijo algo. El volvió la cabeza hacia mí y murmuró algo.

«Dice que estudia silvicultura», dijo Clara.

«Fantástico», dije, devolviéndole un gesto de reconocimiento.

El también asintió.

«No eres muy hablador», dije.

Miró a Klara. Se lo tradujo.

Hizo un gesto reflexivo.

«Mis pensamientos, respondió en inglés, y mis palabras, distan muchos los unos de las otras».

«Conozco esa sensación», dije.

«A veces pienso mucho tiempo en algo —dije— y cuando al fin encuentro las palabras adecuadas, me parece de pronto que son insignificantes».

Sus palabras tenían sentido.

«Además aún no he bebido lo suficiente —dijo—. El vodka me suelta la lengua».

Bebió un trago y lo enjuagó con cerveza.

«¿No es una combinación peligrosa, vodka y cerveza?».

«Beber vodka sin cerveza significa tirar el dinero por la ventana», dijo.

Me gustó eso.

«Eres sabio», dije.

«Un proverbio ruso», dijo.

«Sí, los rusos saben algo sobre eso», dije.

«¿De verdad no bebes?». Me miró directamente a los ojos.

«No».

«No tienes pinta de abstemio», dijo.

«¿De verdad? ¿Y cómo llegaste a esa conclusión?»

«Tus ojos y tu mirada me dicen que tú bebes».

«Mienten —dije—. Ya no bebo».

«¿Problemas?».

«Me harté», dije.

«Comprendo», dijo.

Y a continuación nos sumergimos en nuestro propio silencio. Pero Clara no se rendía.

«Si, como dices, tu vida no es interesante, al menos sí debes conocer a mucha gente interesante», dijo.

«Los tipos interesantes siempre me han parecido unos plastas».

«¿Te aburre la gente interesante?».

«Sí».

«Esa frase no tiene ningún sentido».

«No pretendo que tenga sentido», dije irritado.

Se hizo un poco a un lado, con la cabeza de través.

«¿Por qué estás nervioso?».

«No estoy nervioso».

«Ya sé —dijo ella—, te molesta que hable serbio».

«Me da exactamente igual», dije.

«He estudiado lengua serbia», dijo.

«Formidable», dije.

«He oído que los croatas no soportan a los serbios».

«Los croatas no soportan a nadie».

Se rió.

«En cualquier caso entiendo bastante, pero me expreso muy mal».

«Te expresas bien, por lo general ocurre lo contrario».

«Eso no lo entiendo», dijo.

«No tiene importancia», dije.

Dos músicos irrumpieron en el escenario. Una mujer rolliza con un vestido rojo y un tipo con una guitarra. La mujer dijo algo; a continuación, empezó a cantar. Una balada. Probablemente algo sobre la muerte del ser amado, sobre enfermedades incurables o algo por el estilo. En cualquier caso, el típico y putrefacto estándar eslavo, sobre el cual uno puede emborracharse y aullar, y al final acaba todo en una escabechina.

Aquí no parecía que todo fuese a acabar así. La gente silbaba, interrumpía a gritos, reía, pero no había ni sombra de hostilidad en el ambiente. Obviamente la cantante rolliza estaba acostumbrada, se limitó a reír y siguió cantando. Clara se calmó. Se bebió su tercera o cuarta cerveza. Yo me había ensimismado, para sumergirme en mis propios pensamientos. También el silvicultor dormitaba. Cuando terminó la música, suspiró.

«Yo creo en el amor», dijo ella.

«Por supuesto que crees en eso», dije.

«En algo tienen que creer las personas».

«Depende», dije.

«El amor es como el viento, dijo. No puedes verlo, pero cuando te atrapa te arrastra como una hoja seca».

«¿Un proverbio ruso?».

«No, dijo soñadoramente, es mío. Pero dime, ¿en qué crees tú?».

«En todo un poco».

«¿Quieres follarte a mi amiga?», preguntó el silvicultor, como si las palabras cayesen desde un cielo despejado.

«¿Tu amiga?».

«Sí, mi amiga».

Reflexioné un momento en la oferta.

«No lo sé», dije al fin.

«Es buena», dijo él.

«Te creo».

«Piénsatelo», dijo, señalando a Klara.

«Gilipollas —dijo ella—. No le escuches».

Se giró hacia el tipo, y le fulminó con un chaparrón de chirriantes y furiosas admoniciones. Él ni se inmutó.

«¿Y entonces?». Me miró directo a los ojos.

«Gracias por la oferta, pero no la voy a aceptar», dije.

«¿No te gusta ella?».

«Habla demasiado», dije.

Él se rió, satisfecho. Clara se sonrojó.

«Cierto, habla demasiado —dijo él—. Es su principal defecto. No puede parar de hablar. Siempre tiene algo que decir. No mira, no escucha, no siente, no piensa, lo único que hace es cotorrear». Inclinó la cabeza en mi dirección, mientras hablaba.

Le hizo un gesto al camarero desde nuestra mesa. Pidieron otra ronda de cerveza, más vodka para el silvicultor. Yo no pedí nada. Es absurdo beber cinco botellas de agua mineral, ¿no? Ni siquiera es posible beber dos. Es completamente idiota. Nos concedemos una botella de agua mineral e, inmediatamente, para casa.

«¿Sabes por qué te ha invitado?», preguntó el silvicultor.

«Ni idea».

«¿Ni idea?».

«No».

«Para darme celos».

«Cierra el pico», le dijo ella.

«Sí —dijo él—, te ha invitado para que yo me sienta celoso».

Clara farfulló algo en polaco. El silvicultor no se dejó aturullar.

«Ayer por la noche se las arregló para que una se acercase a mí», dijo.

Clara resopló.

«Está pirada», dijo, señalando con la cabeza en dirección a Clara.

«Y este se fue con ella al hotel —dijo Clara—. Y ¿te fijaste? Ni siquiera parecía una mujer».

«¿Quién?», pregunté.

«Ach, esa poeta inglesa», dijo resabiada.

Entendía a Clara. En el festival estaba esta mujer…, cierto, guapa, fea, estos son conceptos relativos, no es fácil establecer la línea divisoria, pero esta mujer… para una así hacen falta realmente agallas. El tipo empezaba a sorprenderme cada vez más.

«Y lo mejor del caso es que no solo se fue con ella porque fuese extranjera y poeta. Estaba convencido de que era algo… especial», dijo Clara.

«Le vacié el minibar, me bebí todo lo que había en él —dijo el silvicultor—, y no me acuerdo de qué ocurrió a continuación».

«Pero a pesar de todo yo le quiero —dijo Clara—, contra eso no puedo hacer nada. Es así de sencillo».

«Llévatela —dijo el silvicultor, cansado—. Te doy permiso. Nos lo hemos ganado yo, tú y ella. Ve tranquilamente con él», dijo mirando a Clara.

Ella calló. Miraba su jarra de cerveza. El silvicultor apartó la mirada de Clara y miró hacia la barra. Era hora de irse. Yo me fui. Ni siquiera desviaron la mirada hacia mí.

El bar del hotel todavía estaba abierto. Me senté a la barra y pedí té con menta. Al otro extremo de la barra estaba sentado un tipo gordo. Se balanceaba hacia delante y hacia atrás y murmuraba algo sobre su jarra de cerveza. Algún conjuro secreto de bebedor.

Un poco más cerca estaba sentada una mujer. Era bonita. La miré. No pude apartar la mirada de ella. Algo se repentizaba en su rostro. Su piel irradiaba algo, una especie de brillo, un resplandor juvenil: algo parecido al aire caliente sobre el asfalto, que en sus arrugas se hacía sensual. Tenía muchas arrugas: en la frente, bajo los ojos, alrededor de los labios, arrugas profundas, marcadas. Fumé, y contemplé su rostro batallado. Ya no había ninguna oportunidad en él para la juventud, ya no. De pronto se volvió hacia mí y me miró.

«¿Cree en el amor?», pregunté.

«¿Cómo dice?».

«Que sí crees en el amor».

Abrió los ojos de par en par y a continuación resopló. Estalló en una carcajada profunda, en una risa clara estriada de lágrimas centelleantes. Hacía mucho tiempo que no escuchaba una risa así.

«Mira chatín —dijo, mientras se enjuagaba una lágrima del rostro—, por cien euros yo me creo durante una hora todo lo que tú quieras que yo crea».

«Otra vez será», dije.

«No sabes lo que te pierdes», dijo.

«Por supuesto que lo sé —dije—. Vuelve a intentarlo con aquél», señalé hacia el gordo.

«Ese ya no sirve para nada», dijo.

Pagué el té y volví a mi habitación. Encendí el televisor. «Bienvenido, Sr. Popovic». Fumé y zapeé con el remoto. Me detuve en una cadena alemana. Una rubia sobre una balsa de goma con rebordes de gumotex se desnudaba bajo una cascada. Sacudía el trasero y se chupaba los labios. Un poco más tarde, otra rubia repitió los mismos gestos sobre una pista de tartán. Estaba tendida entre los bloques de salida y se apretaba las tetas, parecía disfrutarlo. Después, publicidad: SEXO en directo. Chica busca chico. Placeres prohibidos. Házmelo. Córrete, aaay, inmediatamente: 3,63 euros por minuto.

¿Cuatro euros por un minuto de calentón al teléfono?

Sin duda abajo, en el bar, saldría mucho más barato. Apagué la televisión y llamé.

«Lo siento —dijo el camarero—. La señora acaba de salir con otro caballero. Pero puedo buscarle a otra».

«Gracias, no es preciso».

Volví, me desvestí y me acosté. Miré la silueta de la televisión en la oscuridad y escuché el zumbido del ventilador. El sueño se arrastró como un ladrón sobre las baldosas. Esperé a que irrumpiera en mi cama.


Edo Popovic, nacido en 1957 en Livno (Bosnia), se trasladó con su familia a Zagreb en 1968. Fue cofundador de la revista literaria Quorum, una de las más importantes e influyentes de la antigua Yugoslavia, y del Festival de Literatura Alternativas (FAK). Su primer libro, Ponocni Boogie (1987), le consagró como maestro del relato corto y se convirtió en un libro de culto generacional. Entre 1991 y 1995 trabajó como corresponsal de guerra y destacó por la objetividad de sus reportajes sobre la guerra civil yugoslava, conflicto también abordado en los relatos de San zutih zmija (El sueño de las serpientes amarillas), publicado el año 2000. En 2003, su novela Izlaz Zagreb Jug fue saludada con entusiasmo por la crítica literaria croata y alemana y no tardó en ser publicada también al inglés. Otras obras destacadas suyas son Igraci (2006), publicada en español con el título La bailarina del Bar Azul y que reúne la trilogía de novelas cortas Concierto para tequila y valium, La bailarina del Bar Azul y Damas, chicos, cretinos, escoria; la novela autobiográfica Oci (2007), la ficción distópica Lomljenje vjetra (2012) y el ácido volumen de relatos y poemas Tetoviraneprice (2011). Su obra goza de gran consideración en Alemania y buena parte de ella ha sido traducida también al inglés.

Acerca de El Cuaderno

Desde El Cuaderno se atiende al más amplio abanico de propuestas culturales (literatura, géneros de no ficción, artes plásticas, fotografía, música, cine, teatro, cómic), combinado la cobertura del ámbito asturiano con la del universal, tanto hispánico como de otras culturas: un planteamiento ecléctico atento a la calidad y por encima de las tendencias estéticas.

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