Entrevistas

Ramón Bascuñana, artesano del relato

Ada Soriano entrevista al poeta alicantino, que acaba de publicar 'Todas las familias infelices' y 'El dueño del fracaso'

Ramón Bascuñana: «Cuando no escribo es como si fuera un vegetal inerte»

/ una entrevista de Ada Soriano /

No resulta fácil entrevistar a un escritor tan prolífico como Ramón Bascuñana (Alicante, 1963), autor de un buen número de libros de poesía y dos de relatos, además de articulista consumado, capaz de hablar con igual solvencia tanto de cine, como de poesía, arte o política. No resulta fácil porque es difícilmente abarcable su dilatada trayectoria literaria. Llevaba tiempo queriendo entrevistarlo y decidí hacerlo cuando leí Todas las familias infelices (Ediciones Chamán, 2019) creyendo que era su último libro; pero al terminar la lectura del mismo supe que ese mismo año había salido de la imprenta El dueño del fracaso (Ediciones El Desvelo, 2019, Premio Internacional de Poesía Gerardo Diego del Gobierno de Cantabria).

He decidido destacar en esta entrevista el segundo libro de relatos de Bascuñana porque me ha sobrecogido y porque creo que su faceta narrativa es menos conocida que la poética; pero, como verá el lector, abordo en mis preguntas otras cuestiones relativas a la intensa y extensa obra del entrevistado. Todas las familias infelices es la suma de 19 relatos galardonados en su mayoría con premios relevantes. Y es que Ramón Bascuñana es un verdadero artesano del relato, en el mejor sentido de la palabra.

Nuestro autor ha ideado en esta obra dos secciones: Todas infelices e Infelices todas. Y digo ideado porque en ningún momento se aprecia una división, sino un enlazamiento. Me llama la atención esa sutil circularidad tanto en la composición de sus libros de relatos como en los de poesía. Con un lenguaje claro e irónico, no exento de un melancólico lirismo, el autor explora en los territorios de diversas familias que se deslizan bajo el cielo: «Los días del pasado, amor, madre amadísima, los plácidos y perturbadores días del pasado, los gozosos y placenteros días del ayer, como niños anhelantes nos reciben con los brazos abiertos y el corazón en la mano». «¿Recuerdas aquellos luminosos días del pasado sin una sola nube que nublase el cielo alegre de la felicidad familiar? ¿Te acuerdas, amor mío?».

Ramón, ¿cómo nació la idea de reunir en un volumen los 19 relatos que componen Todas las familias infelices? ¿Se podría considerar como una continuidad de tu libro anterior, es decir, Lectores compulsivos?

En cierto modo sí hay continuidad ,y en cierto modo no. Hace muchos años que publiqué Lectores compulsivos en la editorial Aguaclara, allá por 2011, y desde entonces he ganado diversos premios de relatos, algunos bastante importantes, como La Felguera o el Gerald Brenan. Un día, ordenándolos, descubrí que, a pesar de que algunos eran muy antiguos, entre ellos existían vínculos, nexos y conexiones, ya que casi todos giraban en torno a la familia como núcleo de conflicto; como unidad básica de los traumas sociales y personales, y decidí reunirlos y, al mismo tiempo, rescatar varios relatos de mi libro anterior que consideraba que estaban en la órbita de estos últimos relatos y añadir un par de inéditos, que consideraba improbable que fuesen a premiarme nunca por su temática. Hay un salto estilístico con respecto a Lectores c ompulsivos, por mi fuerte tendencia aquí a trabajar con el monólogo interior, pero como se detecta por los relatos que incluyo del libro anterior, ya entonces estaba ensayando esta técnica que me permite introducirme en la psicología de los personajes. Luego le propuse a la editorial Chamán publicar alguno de mis libros de poemas inéditos o este libro de relatos, y optaron por los relatos.

¿Por qué infelices todas, precisamente en un libro que dedicas a tu familia?

La dedicatoria es obvia e ineludible: ¿a quién dedicar un libro de relatos sobre familias infelices sino a la tuya propia, aunque no lo sea? Es verdad que hay ciertos rasgos de algunos personajes o ciertas situaciones vividas que afloran en los relatos, pero sería un error identificar a mi familia real con las familias que aparecen retratadas en mis cuentos, aunque mi familia sea el abono natural sobre el que germinan los relatos.

Declaraste en una ocasión que tu poesía «tiene un alto grado biográfico». ¿Ocurre lo mismo en tus relatos?

Sí y no. Mi poesía bebe más directamente de mis experiencias, pues la poesía es un estado de ánimo y conecta con las emociones. La transferencia es inmediata, aunque a veces el autor necesita desdoblarse o buscar un doble; un impostor que le suplante para poder contar la emoción sin que la emoción lo desborde y se convierta en poesía cursi y fácil. Mis relatos sí que pueden partir de alguna situación biográfica real, por ejemplo «Vacaciones», que trata sobre el regreso de unos niños desde el sur de Francia a la España de los años setenta, que es biográfico, pero luego gran parte de la historia es inventada. Lo que busco expresar es ese sentimiento de desarraigo de los personajes, la posibilidad de haber tenido otra vida en otro país, si el padre no hubiera sido tan tirano, el problema de la inmigración entonces… La biografía está, pero transmutada en literatura deja de serlo.

En varios pasajes de Todas las familias infelices rindes homenaje a poetas, ya sea nombrándolos en momentos muy concretos en los distintos entramados, ya sea a modo de título o subtítulo, como es el caso del célebre poema de Pavese: Vendrá la muerte y tendrá tus ojos.

No sé si es una virtud o un defecto, pero reconozco que lo de trufar algunos relatos de citas intercaladas, ya sea de poetas o de escritores que admiro, es un rasgo de estilo. Algunas veces las citas son más obvias que otras. Algunas veces son más pertinentes que otras. Algunos relatos no existirían si no fuera por las citas, por ejemplo «Hipótesis de la felicidad». Casi todos mis personajes son lectores, o sea, personas que viven más la vida a través de la literatura y las historias que leen que a través de la propia vida, ya sea porque la vida que tienen no les gusta y no la pueden ni asumir ni cambiar y deciden evadirse, bien porque la vida, como una apisonadora, les pasa por encima y solo les queda el vano consuelo de la lectura, de vivir vidas ajenas. De vivir a través de la literatura.

El relato con el que cierras el libro, «Tercamente aprendiendo a no sentirnos solos», título extraído de un verso de Gil de Biedma, poeta muy presente en tu obra, está dotado de un ritmo trepidante, y advierto una acusada denuncia social.

Siempre me he considerado un escritor de emociones y sentimientos y me he negado muchas veces a tratar temas sociales en mis poemas, aunque en mi poemario 6seis6 haya un intento de poesía social a mi manera, pues la poesía social tiende a caer en el blanco y negro sin matices y en la denuncia directa sin cortapisas y considero que la poesía, aunque sea de denuncia social, debe ser primero poesía y luego otra cosa y nunca panfleto. En la narrativa, y por eso la escribo, trato temas que no trataría en poesía y por lo tanto me puedo permitir meter el dedo en la llaga sobre temas sociales, pero siempre que el envoltorio tenga un alto grado de estilización y la crítica y la denuncia sean pertinentes y se acoplen al relato y a la psicología de los personajes.

Coincide que en 2019 se publica tu poemario El dueño del fracaso: «El vaso de agua descansa sobre la mesa./ Su quietud simboliza/ la quietud de mi alma/ en un tiempo tranquilo de derrotas./ De pequeñas derrotas cotidianas».¿Mediante el sentimiento de fracaso se conecta mejor con la realidad?

Bueno, yo soy un escritor con una visión pesimista de la realidad, o por mejor matizar, con una visión pesimista del ser humano. El ser humano se mueve entre el egoísmo y el miedo, y casi siempre entre el fracaso y la derrota. A pesar de los falsos espejismos que la vida nos coloca en el camino para que no veamos la nada a la que estamos abocados. No hay más que fijarse en esta pandemia que nos azota. Mucha gente pensaba que saldríamos de ella mejores, más sabios y más solidarios, pero seguimos siendo igual de egoístas, hedonistas e individualistas. Aunque el eslogan diga que la vida es de los triunfadores, la vida se empeña en recordarnos que la mayoría de los seres humanos son fracasados que viven vidas mediocres sublimadas a través de esos pequeños instantes de felicidad que son la excusa para creer que tu vida merece la pena y no acabar rebelándote o suicidándote. Pensemos en Camus y en Cioran.

¿Qué crees que podría aliviar al ser humano de la sensación de infelicidad y de fracaso?

Nada, pero la vida ya se encarga de ponernos los suficientes anzuelos, espejismos y trampas para que seamos felicidad al cien por cien durante nuestro paso por este valle de lágrimas. Nos educan para la libertad, se supone, pero yo últimamente solo detecto que se educa para anular la capacidad de crítica, para que no pensemos por nosotros mismos, para que se acepte que el sistema social es el que es sin meditar un poco más allá de eso. Eres como los demás, si no destacas. Tienes que acabar tus estudios, encontrar un trabajo, comprarte un coche, un piso, casarte, integrarte en el sistema, tener hijos que perpetúen el sistema y sean devorados por él, y todo está tasado y todo tiene un precio que debemos pagar, por y para sobrevivir en el maremágnum de la mediocridad más acrisolada. Por eso no se cultiva ni se valora la cultura, y si es posible se la veja y se la arrincona, porque permite que los seres humanos sean libres y piensen por sí mismos y se alejen de la escala de valores que el capitalismo atroz que nos gobierna nos impone. Le educación y la cultura nos liberan, pero si el Gobierno y el capitalismo que gobierna al Gobierno la controlan, entonces estamos abocados al fracaso como sociedad.

Quiero resaltar, a modo de pregunta, dos versos de tu libro Impostura, galardonado en 2006 con el Premio Marina Romero. «¿Mienten los poetas/ cuando escriben?».

La respuesta sería sí y no. Creo que la poesía es un acto impúdico, un desnudarse delante de unos desconocidos para mostrar no las heridas y cicatrices del cuerpo sino las del alma. Uno puede subirse al escenario y despojarse de la ropa para mostrar el dolor de las heridas en un estriptis que tiene mucho de abrirse en canal uno mismo. O puede subirse al escenario disfrazado de bufón, payaso, reina de las nieves o príncipe azul, y desde esa impostura mostrar sus cicatrices. ¿Cuál de las dos posturas es la más adecuada? No lo sé, cada poeta elige la suya. Yo al principio elegí una voz culturalista desde la que poder explicar mi verdad, sin mostrarme demasiado. Con los años, he ido variando la dosis de verdad y mentira que muestro en mis poemas, y cada vez mi voz se ha ido depurando más, despojándose de aditamentos, volviéndose una voz interior más pura. Una voz donde casi no hay distancia entre el poeta y el que escribe los poemas. De todas formas, siempre he dicho en las entrevistas que el poeta debe mentir en cierta manera para poder decir su verdad. La verdad y el dolor sin distancia interpuesta, sin un grado de impostura y elaboración, no son poesía, sino más bien una purga del corazón, un desahogo. Y los desahogos tienen poco que ver con la verdadera literatura.

Me decías antes de que en tu poemario 6seis6 hay un «intento de poesía social». En efecto, dejas constancia de tu sentir con el dolor ajeno. Me ha llamado la atención este verso: «porque estamos inmunizados contra las cifras».¿La poesía debe actuar sobre el sufrimiento individual y los males del mundo?

6seis6 es una anomalía en mi producción poética. Un paréntesis o un desvío del camino. De repente sentí la necesidad de escribir una poesía casi directa, aunque la parte culturalista sigue latente en la selección de algunos temas de los poemas. Yo que siempre he escrito desde mí y sobre mí, empecé a escribir poemas largos sobre el mundo que me rodea; un mundo que no me gusta, que nunca me ha gustado, porque uno siempre escribe contra el mundo que le rodea, ya que, si nos sintiésemos perfectamente integrados en la realidad social, nos dedicaríamos a vivir la vida sin pensarla. En ese poemario pasé de hablar de mí frente al mundo a hablar del mundo frente a mí. Pasé de una visión interna a una visión externa. El resultado son poemas más descarnados, más directos, y donde apenas existe distancia entre el yo poético y la realidad social, entre el sufrimiento individual y los males del mundo.

Una de las características de tu obra literaria es la versatilidad. Por ejemplo, tu escritura poética ha abarcado distintas tendencias: el culturalismo y el culto a la belleza en Quedan las palabras, la pulsión existencial de tu libro Hasta ya no más nunca, el lenguaje surrealista y discursivo de Donde nunca ya nadie, la poesía de corte confesional, muy próximo a la poesía de la experiencia, como ocurre en Retrato de poeta con familia al fondo, y la poesía cívico-social en 6seis6. Formalmente, dominas tanto el verso libre en todas sus modalidades como el verso medido o clásico.

La verdad es que siempre he escrito lo que me ha apetecido; lo que me ha dado la gana y como me ha dado la gana. No pertenezco a ningún movimiento ni a ningún grupo poético concreto, no le debo nada a nadie o a casi nadie (hay dos o tres excepciones), no le dejo mis manuscritos a poetas amigos o conocidos o afines para que me digan qué poemas les parecen flojos o mediocres, cuáles debo suprimir, qué versos debo corregir o subsanar. Soy el dios de mis propios fracasos. Asumo mis poemas y mis errores, no todos los poemas están a la misma altura y quizás ninguno sea perfecto, pero la perfección, como escribió alguien, es estéril o procrea monstruos. Yo voy evolucionado de acuerdo con el desarrollo de mi vida y mis lecturas. Leer poesía enriquece tanto como vivir la vida. Escribo en cada momento según mi estado de ánimo. Y me equivoco según mi estado de ánimo. Posiblemente escribo demasiado, pero escribir poesía es mi manera de estar en el mundo y de entender la vida. Cuando no escribo es como si fuese un vegetal inerte. Lo bueno de la poesía es que te permite expresarte de mil formas diferentes y cualquiera de ellas es correcta si dentro de la mentira de su forma encierra una lógica interna y la verdad profunda de la persona que la escribe.

En tu obra también destaca la convivencia de un marcado confesionalismo que nace directamente de la necesidad y la verdad con el simulacro personal cercano a Pessoa y el simbolismo de la máscara y el doble.

La poesía nace en el yo y quizás debería morir en el yo. Para hablar del nosotros ya está el resto de la literatura: la novela, el ensayo, el teatro. La poesía nace o, para mí, debería de nacer de un yo herido, lacerado; un yo que puede confesarse en primera persona, lo cual es peligroso si no se es un poeta extraordinario, o un yo que puede confesarse por persona interpuesta, con un doble poético, con una voz prestada, que miente lo justo y necesario para gritar su verdad. La máscara y el doble, tan de Pessoa y tan de Borges, siempre me han interesado mucho, porque en el fondo la vida es un teatro de la hipocresía y solo los que ajustan la verdad de su rostro al rostro verdadero de su alma pueden tener alguna posibilidad de sobrevivir a los golpes de la vida. Toda máscara nos protege. Todo poema es una media verdad. Toda vida es un fracaso encubierto.

¿Sientes que tu corazón se repone cuando escribes?

No sé si escribir es una cura o un ejercicio en la cuerda floja. El poeta se me antoja un equilibrista. Si se pasa o si no llega puede caer en el ridículo. El poema como desahogo y cura no me sirve, aunque supongo que hay poetas a los que les vale. Cuando se escribe hay que trabajar con una mano en el corazón y la otra en el cerebro y procurar que una mano no sepa lo que hace la otra: solo así se consigue un buen poema; siempre hay una lucha entre el fondo y la forma. Es un combate y como todo combate, el que lo vive, o sea el poeta, suele salir malherido. Si sobrevivir a esas heridas es una cura, pues entonces sí que el poema nos salva y nos reconforta y nos repone. Uno debería aprender de los errores y no volver a intentarlo, pero somos animales de costumbres y volvemos a caer en el error de escribir otro poema, de volver a herirnos en la lucha por expresar lo que no se puede expresar; pues la poesía busca lo inefable y lo inexpresable con el instrumento de la palabra falible. Cuando acaba el poema uno siente alivio, pero siempre será un alivio momentáneo. El descanso del guerrero. Para mí la imagen perfecta del poeta siempre será Sísifo.


Ada Soriano (Orihuela, 1963), dedicada desde temprano a la actividad cultural, fue codirectora de la revista de creación literaria Empireuma y colaboradora de la revista sociocultural La Lucerna. Ha publicado las plaquetas Anúteba (Empireuma, 1987) y Alimentando lluvias (Instituto de Cultura Juan Gil-Albert, 2000), así como los libros de poemas Luna esplendente o sol que no se oculta (Empireuma, 1993), Como abrir una puerta que da al mar (Biblioteca Pública Fernando de Loazes, 2000), Poemas de amor (Fundación Cultural Miguel Hernández, 2010), Principio y fin de la soledad (Cátedra Arzobispo de Loazes, Universidad de Alicante, 2011), Cruzar el cielo (Celesta, 2016) y Dondequiera que vague el día (Ars Poetica, 2018). Asimismo ha publicado No dejemos de hablar, entrevistas a 19 poetas (Polibea, 2019) Ha colaborado en diversas revistas literarias y ha sido incluida en varias antologías.

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