Filosofía

¿La gente de izquierdas es menos feliz? Objeciones y respuestas a Miguel Ángel Quintana Paz

Miguel Antón Moreno responde a unas reflexiones del filósofo y periodista sobre la mayor felicidad de la gente conservadora que «la gente es infeliz en general, tanto si es de izquierdas o de derechas, porque la felicidad es, de todas las tareas posibles, la más difícil que nos haya podido ser encomendada».

/ por Miguel Antón Moreno /

Hace unas semanas el filósofo y periodista Miguel Ángel Quintana Paz nos proponía un debate interesante: ¿hay una correlación entre la felicidad y la ideología de la gente? La respuesta que nos daba es que sí, que las personas de derechas son, por lo general, más felices.

Según Aristóteles, la política es la forma en que los seres humanos administramos nuestra naturaleza social, para alcanzar de la forma más justa y de la mejor manera posible los fines que nos son más propios. El tipo de comunidad más perfecta sería entonces aquella donde pudiera tener lugar la consecución de la autosuficiencia y la felicidad. Para ello es imprescindible, nos dice Aristóteles, el perfecto uso de la virtud, algo que no depende sencillamente de la elección de cada individuo: «que todos aspiran a vivir bien y a la felicidad es evidente, pero estas cosas unos tienen la posibilidad de alcanzarlas, y otros no, a causa de la suerte o de la naturaleza, pues el vivir bien requiere cierto bagaje de bienes» (Política, VII).

También señala Aristóteles en el mismo libro que «el ocio parece contener en sí mismo el placer, la felicidad y la vida dichosa», y que «la felicidad sin virtud no puede existir», puesto que «se necesita tiempo libre para el nacimiento de la virtud y para las actividades políticas». Y es que sin tiempo libre para el ocio, difícilmente podrá uno preocuparse por la política y los asuntos públicos, algo imprescindible según Aristóteles para llevar una buena vida y no ser un idiota. A no ser, claro, que pretendamos inútilmente sumarle horas al día durmiendo poco e incrementando nuestros niveles de cortisol, lo que sumado al glutamato de la comida basura, por no disponer de tiempo para cocinar como Dios manda, hará que acabemos comprando muchos más boletos para el accidente cardiovascular que para la Lotería de Navidad. La caída del 11% en lotería de este año demuestra que ya muchos no tienen ni tiempo ni ganas ni dinero para comprar ni tan si quiera un poco de ilusión.

Ante la falta de tiempo y por tanto de ocio, parece que nos vemos abocados a condensar en un mismo momento lo que en principio estaba separado. La sátira política de izquierdas que criticaba en su artículo Miguel Ángel Quintana Paz podría explicarse como una solución al problema del tiempo, puesto que, como en general la gente no dispone del suficiente como para leer y contrastar la prensa y después disfrutar de unas risas con los hermanos Marx, parece más factible para la mayoría acudir al 2×1 que proporcionan algunas revistas o canales de televisión. Otra cosa distinta es que el rigor sea un fantasma, o que el humor que allí encontramos no nos haga ni pizca de gracia y nos deje más serios que en un velatorio porque nos parezca muy malo (algo con lo que yo mismo seguramente también estaría de acuerdo).

En cualquier caso, como ya nos enseñó Cervantes (que no el pobre don Quijote), el humor es siempre una forma saludable de enfrentar los problemas de la vida, incluso si hablamos en términos psicológicos o científicos, como cree que hay que hablar Quintana Paz. Aunque como bien sabrá el autor, la batalla de la psicología por erigirse como ciencia es todavía hoy de lo más encarnizada (cf. «Estatuto científico de la psicología», Mente y Cerebro, 2005). Si la gente de izquierdas acude en general a la información a través del humor, como él sugiere, entonces parece razonable pensar que la actitud hacia los problemas que se les presentan, al menos en su vertiente política, es mucho más positiva y estará cargada de más deportividad, como la que según Ortega demostró Cervantes en su cautiverio escribiendo el Quijote.

Todo el argumentario de Quintana Paz incide en la importancia de tener de nuestra parte a la ciencia, algo que sin duda parece más que razonable. Ahora bien, al menos desde que el filósofo de la ciencia Norwood R. Hanson publicó en 1958 su obra Patrones de descubrimiento, sabemos que ante un mismo objeto de estudio pueden darse distintas observaciones dependiendo de quién observe. La llamada observación condicionada supone un cuestionamiento de la objetividad y hace que el estudio de campo no dependa solamente de la capacidad sensorial, sino de una carga teórica previa, distinta en cada sujeto, que es precisamente lo que permite la interpretación y que además no está libre de tener inclinaciones ideológicas. La interpretación y construcción científica dependerá por tanto de la diversa organización de la información que se percibe y de los datos que se observan. Por supuesto esto es algo que él sabe bien, ya que en su artículo pone de manifiesto las discriminaciones que han tenido los estudios y papers académicos llevados a cabo por psicólogos conservadores. El estudio científico de esa supuesta discriminación, aunque muy interesante, tampoco puede escapar del condicionamiento observacional. Ser conscientes de todo esto es especialmente valioso si no queremos hacer de la ciencia un fundamentalismo.

Por otra parte, las explicaciones psicológicas que ofrece el autor, tales como que «los conservadores se fían más de sus propias capacidades», que «tienen mayor autoestima», que «lanzan sobre el mundo una mirada más positiva» o que «contemplan el futuro de forma más optimista», todas estas explicaciones, digo, transitan la delgada línea que separa en algunos casos la psicología de la autoayuda. Desde luego, esa «mirada más positiva» sobre el mundo que menciona Quintana Paz recuerda a la que pueda tener un Paulo Coelho, que sin duda la tendrá viendo el paisaje de los Alpes y el lago Ginebra desde su preciosa mansión suiza.

La cuestión que se le escapa (o no quiere ver) a Quintana Paz es que detrás de esa mirada más positiva existen toda una serie de condiciones materiales que la hacen posible. Recordemos aquel viejo chiste de que el dinero no da la felicidad, pero tampoco supone demasiadas trabas para alcanzarla. En las postrimerías del 2020, ante un escenario de inminente crisis económica a gran escala, está claro que conseguiremos tener una mirada más paulocoelhiana si al mirar la cuenta del banco nos encontramos una cifra lo suficientemente grande como para saber que, en el peor de los casos, podremos vivir con sosiego y que no pasaremos frío en casa en Navidad. Quizás haya que cambiar el BMW por un utilitario, pero el drama no será seguramente el de verte en la situación de tener que comer arroz ocho días a la semana o tener que acostar muy pronto a tus hijos para que no se quejen de que tienen hambre. Esto no parece que vaya a hacernos muy felices. Podríamos imaginar feliz a Sísifo, como sugería Camus, más fácilmente si tuviera en el bolsillo suficiente dinero como para poder sobornar, llegado el caso, a quien lo condenó al sufrimiento perpetuo.

Hacia el final de su artículo, el autor apela al «perenne moralismo» que según él invade la izquierda, y que consiste en una disconformidad constante con absolutamente todo lo que ocurre. De las monsergas, como las llama, asegura que «no son sino síntomas de la infelicidad de quienes las exhiben»”. Sin embargo, la actitud crítica es algo absolutamente independiente de la ideología. G. K. Chesterton, escritor tradicionalista hacia quien espero que Quintana Paz sienta reverencia, escribió en 1910 Lo que está mal en el mundo, un compendio de ensayos en el que puso de manifiesto su disconformidad con la sociedad de su tiempo, y donde encontramos este precioso pasaje:

«La pequeña golfilla de pelo rojo dorado, a la que acabo de ver pasar junto a mi casa, no debe ser afeitada, ni lisiada, ni alterada; su pelo no debe ser cortado como el de un convicto; todos los reinos de la tierra deben ser destrozados y mutilados para servirla a ella. Ella es la imagen humana y sagrada; a su alrededor, la trama social debe oscilar, romperse y caer; los pilares de la sociedad vacilarán y los tejados más antiguos se desplomarán, pero no habrá de dañarse ni un pelo de su cabeza».

La correlación que plantea Quintana Paz en su artículo desde luego es muy interesante, pero habría que recordarle que la correlación no implica necesariamente causalidad. En la página web Spurious Correlations se ve cómo es posible encontrar correlaciones entre casi cualesquiera acontecimientos. A continuación vemos la coincidencia entre el número de ahogamientos y el número de películas en las que aparece Nicholas Cage, o entre el gasto de Estados Unidos en ciencia, espacio y tecnología y los suicidios por estrangulamiento. No es que Nicholas Cage sea precisamente el mejor actor de la historia, pero tampoco es como para lanzarse con piedras al océano.

Si realmente existiera una correlación entre ser de izquierdas y ser menos feliz, desde luego las causas serían muy distintas a las que propone en su artículo. Pero lo que está claro es que un infeliz con recursos al menos tiene la conciencia de poder solucionar algunos de sus problemas. Quizá lo que habría que preguntarse para arrojar luz sobre el asunto es por qué la gente abraza una ideología u otra.

No sin caer en cierto pesimismo, me atrevería a afirmar que la gente es infeliz en general, tanto si es de izquierdas o de derechas, porque la felicidad es, de todas las tareas posibles, la más difícil que nos haya podido ser encomendada. Siendo a la vez, como nos dice Aristóteles, la que nos es más propia. En esta contradicción nos movemos los mortales, a lo que yo sugeriría como propósito de año nuevo, no tratar de ser «un poquito más de derechas», como nos recomendaba el autor, sino tratar de ser en la medida de lo posible un poco más virtuosos. Averiguar en qué consiste esto es ya ponerse en el camino. No sé si así conseguiríamos alcanzar la felicidad, pero al menos sabríamos que caminamos en la buena dirección.

[EN PORTADA: Stańczyk en un baile en la corte de la Reina Bona tras la pérdida de Smolensk, de Jan Matejko (1862)]


Miguel Antón Moreno (Madrid, 1995) es estudiante del doble grado en filosofía e historia, ciencias de la música y tecnología musical en la Universidad Autónoma de Madrid, escritor y músico.

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