El runrún interior

El runrún interior: un dietario (1)

Pablo Batalla Cueto inicia un dietario de notas de longitud variable, con pensamientos, subrayados de libros, recuerdos e impresiones de cosas vistas o noticias leídas.

/ por Pablo Batalla Cueto /

Martes, 1/6/2021. Me gustan, siempre me han gustado, los heterodoxos, pero no soporto a los provocadores, y cada vez los soporto menos.

*

Un extracto de Margarit en una reseña de Alcorta, muy en sintonía con una de las polémicas del momento:

Vivir fue respirar tras la bufanda,
mientras iba encendiéndose la estufa,

muy de mañana.
Hubo una libertad para los niños,
nos la daba el que todo
fuera difícil para los mayores.

*

Decimos en Asturias, y es un proverbio sabio, que «tanta culpa tien el que mata como’l que tien pola pata». Colinda semióticamente con ese otro alemán de que, si en una mesa hay un nazi y uno que no es nazi, en esa mesa hay dos nazis.

*

Me acuerdo estos días de La mente cautiva, de Czesław Miłosz, un libro que me encargaron reseñar en El Cuaderno cuando salió y que me impresionó vivamente. Miłosz identificaba en él los mecanismos que conducen a los intelectuales a trabajar para la tiranía (en aquel caso, la estalinista): miedo, candidez, oportunismo, vanidad, mediocridad premiada… Sería interesante releerlo.


Miércoles, 2/6/2021: Le he cogido el gusto a seleccionar al azar uno de los libros de poesía de la vasta biblioteca de Á. y hojearlo rápidamente en busca de algún poema breve que me impresione de manera instantánea. Hoy encuentro éste de Vicente Gaos:

La carne, el espíritu.
Es todo lo mismo.

Con igual lujuria
 te acuestas, escribes…

Quieres adueñarte,
 de golpe, del mundo.

Y te quedas solo,
con viento en las manos.

*

El examen de historia de España de las EBAU de Murcia de este año pide al alumno rellenar huecos como éste: «En el año 711 d. C., un ejército beréber al frente de Tariq derrotó a las huestes visigodas del rey […] y, con ello, se inició la conquista islámica de la península ibérica»; «En el año 1492 d. C., el rey […], último sultán nazarí de Granada, entrega las llaves de la Alhambra a los Reyes Católicos». Rellenar huequecitos con nombres de reyes; la historia jibarizada a memorización de un santoral. Parecerá anecdótico, pero es una barbaridad; una más de la revolución reaccionaria que lo devasta todo, y que sabe bien que las humanidades verdaderas son sus enemigas.


Jueves, 3/6/2021. Carlos Sahagún, «Navega aún»:

Quebrado espejo donde contempláramos,
como en un río sometido al viento,
el rostro amargo de la libertad,
tú sabes ya sin duda
que en la corriente adversa, deslizándose
entre la pesadumbre de estos años vacíos,
navega aún su imagen abolida
y algunos,
contra toda evidencia desolada,
seguimos siendo a vida o muerte,
oh ciega servidumbre, sus vasallos.

*

En casi todos los casos, quienes claman contra la posmodernidad claman, en realidad, contra la modernidad, y lo que llaman modernidad es la parte de premodernidad con la que la modernidad transigió después de asumir que no todo lo sólido podía desvanecerse en el aire. «¡La posmodernidad está disolviendo todas nuestras certezas!», claman. Pero la modernidad empezó con Robespierre diciendo: «A partir de ahora, octubre se llamará vendimiario,  y la Semana Santa será la Fiesta de la Naturaleza. Y ¿qué disparate es éste de que las semanas tengan siete días?». Marx no lamenta que todo lo sólido se desvanezca en el aire: lo alaba, lo agradece.

*

Pienso en el concepto de gente sencilla a raíz de una enganchada tuitera de Santiago Gerchunoff, que lo critica, con otro que lo alaba. Me acuerdo de mi abuela, persona a todas luces sencilla (fue campesina, modista y ama de casa), y lo fascinantemente nada sencillas que eran su religiosidad, su moralidad… Era, por ejemplo, una persona orgullosa de haberse mantenido virgen hasta el matrimonio, pero se alegraba de que ya no fuera un imperativo para las mujeres de hoy. Era, también, cristiana de misa diaria, y fue catequista muchos años, pero tenía un punto anticlerical muy curioso: decía que un cura no era nadie para decirle cómo vivir y rechazaba aquellos dogmas que no le convencían. En el tiempo en el que todavía era habitual abstenerse del consumo de carne durante la Cuaresma, mis abuelos la comían. Mi abuelo también era muy creyente; había pasado, de hecho, por el seminario. Pero decía que bastante fame habían pasado ya y que su infancia posbélica y famélica convalidaba todas las cuaresmas. Su madre compraba una boroña, se la daba a sus cinco hijos y no apartaba ni un trozo para sí: comía tan solo lo que sus hijos dejaban, y si no dejaban ni una miga, no comía.

Pero no me parece que mis abuelos fueran excepcional en esto de ser gente sencilla compleja. Hoy convivo en una pequeña aldea de sesenta habitantes entre gente sencilla y me parece que de ninguno de mis convecinos podría hacerse una semblanza apresurada. Todos tienen, y las evidencian a poco que se les conoce, sus capas, sus contradicciones, sus laberintos interiores. Y, por supuesto, cada uno es de su padre y de su madre en cuanto a ideología, moralidad, etcétera. Los hay de izquierdas y de derechas, de moral abierta y cerrada, cristianos y ateos. Tenemos hasta algún antivacunas, de quien los otros se burlan. Las discusiones en el bar son tremendas a veces. Al final ensalza a la gente sencilla y la sencillez supuesta de los pueblos gente que no ha conocido un pueblo ni a gente sencilla sino superficialmente, o es incapaz de verla sin filtrarla por el tamiz de sus prejuicios.


Viernes, 4/6/2021. Leo que el marqués de Sade decía que «nuestras religiones, nuestros hábitos y costumbres pueden fácilmente y, de hecho, por fuerza han de confundirnos, mientras que ciertamente la voz de la Naturaleza no nos llevará nunca por el camino equivocado». Pienso que la modernidad es un río doble y paralelo, un Tigris-Éufrates, que nace entonces y del que uno es este deseo de liberar completamente a las fuerzas de la Naturaleza, y el otro, la promesa coetánea de someterla y regularizarla. El falo de Sade y el metro patrón.

*

No estoy seguro de qué opino de estos párrafos del final de Dominio: una nueva historia del cristianismo, de Tom Holland, un libro cuya tesis es que Occidente es cristiano hasta en lo no cristiano o anticristiano, pero me han parecido muy sugerentes.

El primero:

«Charlie Hebdo se definía con orgullo como «laïc, alegre y ateo». Con sus escabrosas sátiras de papas y sacerdotes, reivindicaba lo que, durante más de doscientos años, había sido un tipo típicamente francés de anticlericalismo. Sus raíces, empero, se remontaban a mucho antes de la Revolución francesa. Cuando los dibujantes del Charlie Hebdo se burlaban de Cristo, la Virgen o los santos, tendían a emplear unas obscenidades que debían muy poco a Voltaire. Su auténtica línea genealógica tenía su origen en una generación más escandalosa de iconoclastas. Durante los primeros tiempos de la Reforma, los juerguistas se habían divertido profanando ídolos: tiraban estatuas de la Virgen al río como si fuera una bruja, colocaban orejas de burro a una imagen de san Francisco o desfilaban con un crucifijo por burdeles, baños y tabernas. Pisotear la superstición era reivindicar la luz, y estar iluminado era, a su vez, reivindicar el estatus de uno como parte del pueblo de Dios: los laicus. Así pues, los periodistas del Charlie Hebdo eran doblemente laïc. La tradición sobre la que se basaban —de sátira, blasfemia y provocación— no constituía una negación de la historia cristiana, sino su propia esencia».

El segundo:

«Que en las grandes batallas de la guerra cultural estadounidense luchaban cristianos contra aquellos que se habían emancipado de la cristiandad era una noción que ambos bandos tenían interés en promover, pero no por ello dejaba de ser solo un mito. En realidad, los evangélicos y los progresistas habían nacido de la misma matriz. Si quienes se oponían al aborto eran los herederos de Macrina, que había recorrido los basureros de Capadocia en busca de bebés que rescatar, quienes se enfrentaban a ellos se inspiraban en una creencia que también tenía unas raíces profundamente cristianas: que el cuerpo de una mujer era suyo y, como tal, todos los hombres debían respetarlo. Los que apoyaban el matrimonio gay estaban tan influidos por el entusiasmo de la iglesia por la fidelidad monógama como aquellos que lo criticaban lo estaban por las condenas bíblicas sobre los hombres que se acostaban con hombres. Puede que instalar aseos transgénero parezca una afrenta al Señor, que creó al hombre y a la mujer; pero negarse a tratar bien a los perseguidos era ofender la más fundamental de las enseñanzas de Cristo. En un país saturado de creencias cristianas como Estados Unidos, no había forma de escapar a su influencia, ni siquiera para aquellos que imaginaban haberlo hecho. Las guerras culturales estadounidenses eran menos una guerra contra el cristianismo que una guerra civil entre facciones cristianas».

Aquí Holland también es fino:

«Puede que los dictadores comunistas fueran igual de criminales que los fascistas, pero —debido a que el comunismo era una expresión de preocupación por las masas oprimidas— hoy no parecen tan diabólicos a la gente. La muestra de lo cristiana que sigue siendo nuestra sociedad es que el asesinato en masa provocado por el racismo todavía se considera algo mucho más aborrecible que el asesinato en masa provocado por la ambición de llevar a las masas a un paraíso sin clases sociales».

*

Alejandro Roxán ha publicado en Twitter una preciosa foto de finales de los setenta su abuelo, pastor trashumante de la montaña de León, cruzando con su rebaño de ovejas merinas el puente de Pedrosa del Rey, hoy bajo las aguas del pantano de Riaño. Yo trato de imaginarme, y no soy capaz, lo que tuvo que ser, para la gente de aquellos pueblos, ver esfumarse de golpe ese puente, esas casonas, la ribera del río, y lo intangible: el paisaje tras la ventana, los itinerarios cotidianos, la sombra invisible de los ancestros. Todo tu mundo, puf, desaparecido. Y todo él. Un bombardeo deja restos, media tapia en pie, una torre de iglesia que resiste milagrosamente, el trazo de las calles, el río que sigue fluyendo. Del valle de Riaño no quedó nada. Ni un sillar, ni un olor, ni el río. Tabula rasa. Hay una canción de La Ronda de Boltaña, Habanera triste, que he conocido estos días y va sobre eso: «Quién me iba a decir a mí,/ que soñaba con el mar,/ que en un maldito pantano, ay, ay, ay,/ mi casa iba a naufragar». Para que luego digan que la modernidad era un mundo de certezas. (Me recomiendan Distintas maneras de mirar el agua, de Julio Llamazares. Es imperdonable que todavía no haya leído a Julio Llamazares.)


Sábado, 5/6/2021. Hemos venido, con I. y mis padres, a la aldea natal de mi abuela. Hacía algunos años que no pasaba por aquí, y me emociona un poco visitar los escenarios de mi niñez. Una maleza grosera ha devorado la antigua huerta, donde, de niño, correteaba entre las hileras de la plantación de fabes, rebuscaba y abría sus vainas, me maravillaba del tamaño de las calabazas o me sentaba en un pequeño banco que mi abuelo había tallado y dispuesto para mí entre dos árboles. Está, en cambio, primorosa —mucho más de lo que lo estaba entonces— la casona con molino en la que nacieron mi abuela y sus hermanos, que se vendió cuando yo tenía seis años, y de la que recuerdo el olor de la harina recién molida, el cosquilleo frío en las manos introducidas entre los granos de maíz y verlos caer por la tolva, la galería del horru y el meandro del río que circundaba la casa por su parte trasera, formando una lengua plana de tierra donde mis bisabuelos tenían un banco en el que pienso siempre cuando topo la expresión latina del locus amoenus. La compraron unos arqueólogos que la reformaron con muy buen gusto, manteniendo su identidad y la galería, pero reemplazando por maderas nobles el maderamen apolillado, por muros lisos y relucientes las tapias toscas, pintando, retejando. Me gusta. Pero esa casona viva y de postal es la casona de mis recuerdos exactamente tan poco como la antigua huerta comida por la maleza es la huerta de mi memoria. El abandono destruye tanto como la repristinación. En ambos casos, algo que estuvo y ya no está; el escozor de la herida de un miembro amputado del que siguen adivinándose contornos fantasmales.

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Tomo, para publicarla en Twitter, una foto de la estela encastrada en la iglesia. Fue hallada en 1925 y dice: «[Du]lovi/o? Tabaliaeno / Luggo/ni Argan/ticaeni /haec mon(umenta) / possierunt». Los Luggoni Arganticaeni ofrecían «este monumento» al dios Dulovio Tabalieno. Me pregunto cuáles eran sus poderes y qué rituales se desplegaban aquí, antes de plantarse la cruz de Cristo en esta campa a la que mi abuela, de niña, venía a rebuscar gemas con sus amigas, en el lugar en que los milicianos —a quienes mi bisabuelo Daniel, alcalde republicano de la aldea, pero muy creyente, había tratado, en vano, de detener— habían quemado los santos.

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Por la tarde visitamos el pueblo de mi familia paterna. Subimos a ver la casa en la que nacieron mi padre y sus hermanos: aunque ya vivían en Gijón, mi abuela vino a parir acá a sus cuatro hijos. Su madre, mi bisabuela, viuda con tres hijas y menos de treinta años de un marido pescador muerto de cáncer en 1935, y de la que siempre he escuchado que trabajó como una burra, recogía ocle en la playa, y, entre toda otra porción de empleos innumerables que no recuerdo, era también la curiosa que ponía inyecciones, y partera. En aquella casa vivió toda su vida y murió en el año noventa y tres. No sola, sino con tía Rosa, una segunda madre de mi padre, una tercera abuela para mí, mujer maremótica, torbellínica, de alegría explosiva y sofocantes abrazos, que subía y bajaba en tacones las cuestas del pueblo, nos llenaba la mesa de tabletas de chocolate, dónuts y otros dulces, y nos deslizaba dos mil pesetas en un bolsillo cuando nuestros padres no miraban, o ella creía que no miraban.

La casa era pequeña y muy húmeda. Las sábanas de las camas se palpaban, a veces, tan mojadas como si las hubieran sumergido en agua. Tenía un pequeño aseo sin bañera: tía Rosa se ablucía en una fuente cercana o subía a ducharse a casa de una sobrina. Recuerdo la puerta de dos hojas con tarabica, el suelo de madera desgastada y crujiente, las paredes encaladas, las orlas de la Fundación Revillagigedo de mi padre y mi tío, un viejo calendario de varios años atrás, que tía Rosa mantenía colgado porque traía una imagen de la Santina de Covadonga, de la que era muy devota; y una vieja tele de la que tengo el recuerdo de haber conocido en ella el atentado de Omagh, el más cruento del conflicto norirlandés, perpetrado por el IRA Auténtico en 1998, que mi tía dijera que había que fusilar a estos etarras, y mi padre le dijese que eso nos pondría a su altura, y que de todos modos estos no eran nuestros etarras, sino etarras de otro sitio.

Estuvimos un rato delante de la casa, que ahora habita un camarero del bar de la prima de mi padre que la heredó y reformó. Misma sensación de una ausencia lacerante, creo que compartida por mis padres. La casa contigua, a la que mi tía bajaba, y a veces me llevaba, a jugar al bingo con sus amigas, no se cae a pedazos porque unas pilastras metálicas sostienen los muros agrietados. Tempus fugit. Se hace un breve silencio que rompo diciendo que a ver si se va a asomar el camarero y a preguntarnos qué puñetas hacemos contemplando sus calzoncillos, colgados en un tendal bajo la ventana en que güelita Angela y tía Rosa se sentaban a coser y ponían inyecciones (tía Rosa heredó de su madre lo de ser la curiosa) en otro tiempo distinto a este.

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En casa de mi hermana, I. agarra el mando y, jugando con él, enciende la televisión. La autonómica asturiana está emitiendo un documental danés sobre un tetrapléjico aficionado a las carreras de tractores. Forma parte, por alguna razón, de una sección llamada Asturias Semanal.


Domingo, 6/6/2021. El capitalismo tardío y sus escenas. Las cámaras de la galería Two Art de Murcia, leo, han captado a un hombre masturbándose delante del escaparate donde se encuentra una escultura hiperrealista de Marc Sijian: una mujer joven arrodillada, vestida de negro, los ojos cerrados, un gesto de inspirar y las manos en las ingles, representada en un gesto equívoco, que puede ser el de los pródromos del placer sexual autoinfligido o el de respirar hondo y tratar de calmarse después una crisis de ansiedad. Más tarde leo que expertos en ciberseguridad advierten de que unos robots sexuales hiperrealistas que han salido al mercado podrían ser hackeados y programados para asesinar a sus dueños. Aunque la mona se vista de seda, mona se queda. Por debajo de la asombrosa sofisticación hipertecnológica que caracteriza nuestro tiempo, seguimos siendo primates rijosos y violentos.

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Alguien comenta en Twitter para afearle a Noelia Vera, de Podemos, que se haya comprado un chalé con piscina que Marcelino Camacho vivió toda su vida en un piso de sesenta metros cuadrados de Carabanchel sin ascensor. Yo comento a mi vez que en Gijón me han contado que, cuando viajaba por España para participar en algún acto, Comisiones Obreras le ofrecía una buena habitación de hotel, pero él siempre declinaba y seguía quedándose en casas de camaradas, como en los tiempos de clandestinidad. Mo pienso que haya que volverse demasiado locos con dónde viven los líderes de la izquierda, mientras aquello no sobrepase un determinado nivel de desfachatez. No confundo la izquierda con el franciscanismo, y los alardes muy ruidosos de modestia me desagradan casi tanto como la vida regalada. Pero sí que creo muy necesario realzar y promover como modelo aquellas vidas austeras; la sobriedad sencilla y sincera de Camacho o Julio Anguita. No haría una exigencia terminante de ello, pero vivir como aquellos a quienes se representa es, sin duda, mejor que no hacerlo.


Lunes, 7/6/2021. Leo que se ha muerto, a los 98 años, el último liberador vivo de Auschwitz, un soldado soviético llamado David Dushman. «Salieron tambaleándose, se sentaron y se acostaron entre los muertos. Terrible. Les tiramos toda nuestra comida enlatada e inmediatamente pasamos a cazar a los fascistas», rememoraba. Era judío. Se apaga poco a poco lo que los yanquis llaman la Greatest Generation. Y en la oscuridad consiguiente, renacen inadvertidamente los monstruos que derrotaron.

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Hoy escribe Xandru Fernández en su columna de CTXT que la vida del campesino «no es una égloga virgiliana, no está ahí para que gocemos de su contemplación o de su valor instrumental como conservador de un entorno natural que […] las ciudades necesitan proteger como Ultima Thule de sus maltrechas utopías». Palabras sabias.

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Leo que el matrimonio turco formado por Kristina Öztürk, de 23 años, y su marido, Galip, han sido padres de veinte bebés en poco más de un año, por medio de vientres de alquiler. El turboconsumismo y su voracidad insaciable llega ya al mundo, de por sí ignominioso, de la gestación subrogada. Extractivismo uterino.

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Me gustan todas las flores de la primavera de esta comarca, pero le tengo especial aprecio a la belleza sencilla, la beldad proletaria, de dos germinaciones concretas: la de las celedonias que prosperan silvestremente aquí y allá, acomodadas a las bases de los muros y las orillas de los caminos, y la de las berzas.

El runrún interior: un dietario (2)


Pablo Batalla Cueto (Gijón, 1987) es licenciado en historia y máster en gestión del patrimonio histórico-artístico por la Universidad de Salamanca, pero ha venido desempeñándose como periodista y corrector de estilo. Ha sido o es colaborador de los periódicos y revistas Asturias24, La Voz de Asturias, Atlántica XXII, NevilleCrítica.cl, La Soga, Nortes y LaU; dirige desde 2013 A Quemarropa, periódico oficial de la Semana Negra de Gijón, y desde 2018 es coordinador de EL CUADERNO. Ha publicado los libros Si cantara el gallo rojo: biografía social de Jesús Montes Estrada, ‘Churruca’ (2017) y La virtud en la montaña: vindicación de un alpinismo lento, ilustrado y anticapitalista (2019).

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