El runrún interior

El runrún interior: un dietario (2)

Pablo Batalla Cueto escribe en su dietario sobre la resurrección de un minúsculo animal que había permanecido 24.000 años congelado en el permafrost siberiano, el debate sobre los indultos a los líderes independentistas catalanes presos o un comentario de José María Lassalle sobre el antiliberalismo del neoliberalismo, entre otras cuestiones.

/ por Pablo Batalla Cueto /

El runrún interior: un dietario (1)

Martes, 8/6/2021. Leído en Twitter, a Ariana Harwicz: «Joseph Roth era alcohólico, caótico, Stefan Zweig era metódico, riguroso, a lo Thomas Mann. Pero era Roth el que le corregía el exceso en el estilo a Zweig. Y era Zweig el que intentaba frenar el alcoholismo de Roth para evitar que se matara. Pero fue Zweig el que se mató».

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Hay un cierto tipo de persona de origen acomodado que, por la razón que sea, se avergüenza de él y, en consecuencia, adopta un radicalismo de izquierda ruidoso, pero, en el fondo, muy vacuo; una mera pose sin riesgo. Los hijos de auténticos obreros suelen ser (hay de todo, por supuesto) de talante más moderado, más comedido, y también menos proclives a maximalismos, porque saben que, a diferencia de aquellos, a quienes ese origen familiar del que reniegan siempre les proporcionará, pese a todo, una vigorosa red de seguridad, sí se la juegan. Ese pijerío arrepentido es absolutamente nocivo para cualquier proyecto de izquierda. Precisamente debido a su origen acomodado, atesora de manera típica una serie de habilidades sociales que le facilitan hacerse con los mandos del barco: desde que nace, al pijo se le enseña a hablar, a liderar, a adueñarse de las situaciones. Y en los proyectos de izquierda, que eso suceda conduce muchas veces a que la organización entera acabe contaminada de esas neuras personales de desclasado con ansia de matar al padre. La gente acomodada también dispone de más tiempo libre para militar, y eso facilita aún más la apropiación. El currante agotado por jornadas de trabajo draconianas no tiene el cuerpo ni la cabeza para asambleas eternas ni conspiraciones palaciegas. Para más inri, hay otro proceso típico por el cual a esos cuadros directivos de origen acomodado se les pasa, con el tiempo, el afoguín revolucionario juvenil y se reconducen hacia sus verdaderos intereses de clase, pero, negándose a reconocerlo, porfían en permanecer en la izquierda y en liderarla y arrastran a la organización al problema contrario: la hipermoderación. Pijos en la izquierda: no tiene por qué no haberlos; no todos son así. Pero siempre hay que tener cuidado con ellos. Desconfiar.

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Eva Tovar cuenta en Twitter que su sobrino de siete años le ha escrito una carta a sus abuelos, los padres de Eva, que fallecieron el año pasado. Ha dejado unas galletas en un cuenco para la abuela y unas aceitunas en otro para el abuelo, y la carta dice: «Abuelo y abuela, espero que estéis muy bien. Quiero que me dibujes cómo es el infinito para saber que estais bien. Y tanbien quiero saber si soys dioses». Qué hermosa esa idea de que los abuelos fallecidos estén en «el infinito». Es socorrida para hablar con delicadeza de la muerte con un niño y es, de hecho, escrupulosamente cierta: las partículas de lo que fuimos no desaparecen con nuestra muerte (la energía no se crea ni se destruye), sino que se disgregan y se dispersan por el cosmos. Polvo fueron, en polvo se convierten, y se deslíen en la eternidad. Las personas a las que quisimos forman hoy parte verdadera de las nubes del cielo y las hojas de los árboles y las olas de la mar.

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En Siberia, un minúsculo animal pluricelular llamado rotífero que había permanecido veinticuatro mil años congelado en el permafrost ha resucitado, y hasta se ha reproducido. Se está estudiado esa sopa biológica para ver cómo se comportan los animalitos antediluvianos en ella preservados por eones de hielo que ahora, cambio climático mediante, se derriten. Algunos nemátodos han resucitado a su vez después de treinta mil años. Siempre que oigo decir eso de que los seres humanos somos «la cumbre de la escala evolutiva» pienso en estos bichejos, o en los tardígrados, otros seres infinitesimales capaces de sobrevivir a cualquier circunstancia extrema, suspendiendo sus constantes vitales hasta poder reanudarlas. Trazamos una jerarquía en la que nosotros ocupábamos la cúspide, y los demás animales, un lugar más o menos bajo en función de cuánto o cuán poco se parecían a nosotros. Pero ¿quién es más cumbre? ¿El animal que ha construido la catedral de Chartres y ha lanzado sondas que han viajado hasta Plutón, o el capaz de sobrevivir treinta milenios agazapado en el hielo? A la vista del meteorito, ¿quién querría ser tiranosaurio pudiendo ser cucaracha?

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No vivimos peor que nuestros padres: vivimos peor de lo que nuestros padres (no nuestros padres: su época) nos prometieron. Es un matiz importante, contemplar o no contemplar el cual genera dos luchas distintas: retomar la utopía de nuestros padres (y eso fue el 15-M) o convertir en una utopía el mundo de nuestros padres. Progreso y reacción.


Miércoles, 9/6/2021. Descubro que, en esta fiebre revivalística que nos acomete (y pienso en la reunión de Friends, la continuación de Padres forzosos, la adicción del pop a su propio pasado que Simon Reynolds desgrana en su espléndido ensayo Retromanía…), se ha hecho también una continuación de Punky Brewster (con muy mala crítica) con la siguiente premisa: «Punky, que atraviesa un momento complicado de su vida, decide volver al lugar en que fue feliz durante su niñez». El Zeitgeist.

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José María Castrillón, en entrevista con Ada Soriano en El Cuaderno: «¿Recuerdas cuando la palabra relato prometía unos instantes de intensa imaginación y no un argumentario político falaz? ¿O escenario, la fascinación por el sentido inmediato y vibrante de la interpretación y no la estadística de un horizonte electoral? ¿O humanismo, la aventura más formidable por descubrir la dignidad y la capacidad del ser humano y no el término acuñado por una entidad bancaria para publicitar que al teléfono te atenderá un empleado y no una aplicación informática? Nos están deformando las palabras con un manoseo indecente. Cuando durante fechas próximas escuchaba invocar la palabra libertad a propósito de horarios y transportes, pensaba en el poema “Libertad” de Paul Éluard lanzado por aviones aliados para animar a la resistencia francesa».

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Veo una comparativa de seis mapas de Alabama que muestran hasta qué punto puede ser longue la longue durée de Braudel; hondas las raíces de los acontecimientos históricos. En el primer mapa, los sedimentos cretácicos, hace cien millones de años: una estrecha franja que atraviesa el estado de lado a lado. En el segundo, las praderas fértiles: la misma estrecha franja. En el tercero, el tamaño de las granjas: las más grandes están en esa franja. En el cuarto, la población esclava en 1860: más numerosa en esa franja. En el quinto, la población negra en 2010: más numerosa en esa franja. En el sexto, los resultados de las elecciones de 2020: esa franja vota a los demócratas; el resto del estado, a los republicanos.


Jueves, 10/6/2021. Leo en M, el hijo del siglo, la monumental y documentadísima novela de Antonio Scurati, que, después del rotundo descalabro de los fascistas en las elecciones de 1919, los socialistas organizaron un funeral burlesco de Mussolini por las calles de Milán. «¡Aquí está el cadáver de Mussolini!», gritaban.

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Hay canciones que nos recuerdan a una o varias personas que, a su vez, nos recuerdan a nosotros escuchándolas: una novia que uno tuvo y con quien esa canción era nuestra canción, unos amigos para quienes fue el himno de sus borracheras adolescentes, etcétera. Pero hay canciones que nos recuerdan a una persona que no lo sabe. Y es curiosa esa banda sonora inadvertida que puede acompañarlo a uno sin constancia de ello.

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«Dios está muy alto e Ílich [Lenin] muy lejos», dice un campesino en El mito bolchevique, de Alexander Berkman, que veo citar a Rafa Valdés en Facebook. Un lejano dios en la cúspide del tiempo y una deidad lejana en el centro del espacio. «¿Ese Lenin va a ser el nuevo zar, entonces?», pregunta un labriego en Doctor Zhivago. Todo había cambiado para que todo siguiera igual.

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Leo en un libro que estoy corrigiendo para Trea que el alza de la agresividad señorial desde el segundo tercio del siglo XI obligó a los payeses catalanes a proteger sus reservas alimentarias, y comenzaron a trasladar sus cosechas, sus bodegas y su instrumental agrario a la sacraria más próxima. A veces, incluso sus casas (y me acuerdo de las iglesias fortificadas que conocí en Rumanía). La sacraria era un espacio de paz delimitado solemnemente por el obispo en torno a una iglesia: inicialmente, treinta pasos de radio en torno al templo, pensados para proteger el propio templo, la vicaría y el cementerio. Su violación implicaba el anatema para sus autores. Riera i Melis, el autor del libro, escribe que «tumbas y toneles, putrefacciones y fermentaciones, muerte y vida, tristeza y alegría se imbricaban apretadamente a la sombra de la iglesia». En este mundo nuestro, pienso, ya no existen espacios así. La violencia señorial de la edad contemporánea, y esa es la característica fundamental de la edad contemporánea, no respeta sagrario alguno; no hay iglesia contra la que la guerra moderna no dispare si el enemigo se parapeta en ella. Dostoyevski hizo clamar aterrorizado a uno de sus personajes, en Los hermanos Karamazov, que si Dios dejaba de existir, todo pasaría a estar permitido. Y tenía razón.

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Leo a amigos de derechas —y a alguno de teórica izquierda— decir que «no se puede indultar a golpistas». Y me parece que tiene gracia que no pueda indultar a golpistas un sistema político cuya piedra fundacional es un indulto masivo a golpistas. No solo su piedra fundacional: también su «espíritu», ensalzado y predicado desde entonces con machaconería y desplegado en panegíricos consuetudinarios a la amnistía, el perdón, la reconciliación, el pasar página. Que lo que valió para el Carnicero de Málaga no valga para Oriol Junqueras es algo así como el padre que fuma y regaña a su hijo por fumar. Yo no me cuento entre quienes creen que los líderes del Procés no debían ser juzgados y condenados. Cometieron delitos graves. No el de rebelión, pero creo que sí el de sedición y, al menos, el de malversación de fondos. Y, así como estoy convencido de que en un punto u otro convendrá indultarlos, puedo ser persuadido de que es temprano todavía para hacerlo. Pero habrá que hacerlo más temprano que tarde, y lo que no puede ser es predicar el agua o el vino según convenga. Un régimen que hubiera nacido rompiendo radicalmente con el anterior, organizando unos Juicios de Núremberg contra sus criminales, estaría más legitimado para ser implacable ahora con Junqueras y Puigdemont. Podría deliberarse el grado de implacabilidad, pero no la legitimidad de la posición favorable a la dureza. Pero el régimen que nació, no ya indultando al, sino siendo presidido por el, Carnicero de Málaga, y ha hecho de ello una diaria pedagogía, no puede no indultar a Junqueras. No sin que toda esa cháchara cotidiana sobre el valor del perdón político quede convertida en papel mojado; acreditada definitivamente como hipócrita.

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Dos niñas asesinadas por su padre para enterrar en vida a su madre. Ha aparecido el cadáver de una en el fondo del mar, dentro de una bolsa de deporte, con un ancla dentro. Se me corta la digestión mientras lo escribo. La civilización es un sarcófago grueso sobre el Chernóbil dantesco de la condición humana, con grietas por las que a veces sigue escapándose el mal absoluto. Confieso pensar en la pena de muerte. Si no estoy a favor, y no lo estoy, es solo por la posibilidad, siquiera remota, del error judicial, no porque me parezca inmoral per se. No lo fue ahorcar a Adolf Eichmann. Sí estoy a favor de una cadena perpetua muy restringida, que castigue crímenes como éste que carecen de reinserción posible. Para quien amarra a su propia hija pequeña a un ancla y la arroja al océano, y como decía Gustavo Bueno —que en esto, y en pocas cosas más, pero en esta sí, tenía razón—, la única reinserción creíble sería el suicidio. (Antena 3 retransmite el traslado de la bolsa con el cadáver. Buitres carroñeros, víboras que las víboras odiaran, piedras que el cardo seco mordería escupiendo. Qué asco tan inmenso.)

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Tras el suicidio de Robin Williams, se citó mucho una frase suya, que me impresionó vivamente: «Everyone you meet is fighting a battle you know nothing about. Be kind. Always». En castellano: «Cada persona con la que te encuentras libra una batalla de la que no sabes nada. Sé amable. Siempre». Desde entonces, me acuerdo de ella con bastante frecuencia.


Viernes, 11/6/2021. Porfían algunos en subrayar que el parricida de Tenerife «no era un padre, porque un padre no mata a sus hijos». Añagazas sofistas y falacias del auténtico escocés para salvar la sacrosanta institución de la familia. Pues es que, sí: este hombre era el padre de esas criaturas. Para ellas, la familia no fue, como sí para otros entre los que me cuento, un refugio, sino un patíbulo. Y por eso, porque la familia puede ser una cárcel, una cámara de tortura o un patíbulo, algunos nos ponemos muy en guardia cuando escuchamos según qué panegíricos familistas.

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Carga María Sánchez en Twitter, y me parece un resumen magnífico, contra dos relatos simplificados de la vida en los medios rurales que se hacen en nuestros días: «O Puerto Hurraco, o la cabaña de Walden». El medio rural real no es ni lo uno, ni lo otro.


Sábado, 12/6/2021. Está uno tentado, cuando lee a José Maria Lassalle, a quien hoy entrevista eldiario.es, de decir «he aquí a un auténtico liberal», pero probablemente sería como cuando los periódicos del Maligno agarran a un José Luis Corcuera, un Joaquín Leguina o un Paco Vázquez y dicen «he aquí a un auténtico socialista». Si el enemigo te aplaude, es que en el fondo eres uno de los suyos. Tal vez Lassalle sea uno de los nuestros y, alabándolo, no alabemos a un adversario, sino a nosotros mismos. En cualquier caso, he aquí un liberal interesante y estimable:

«El neoliberalismo, que nace de la revolución conservadora que protagonizan Ronald Reagan y Margaret Thatcher […] no es un pensamiento liberal en su sentido estricto. Todo lo contrario. Es el enemigo del liberalismo. Y ha ido desplazándole en los imaginarios, en la capacidad para hegemonizar el discurso en las democracias occidentales. Pero el neoliberalismo es una ideología que implica un análisis del individuo a partir de una interpretación estrictamente económica, lo cual supone dejar fuera todos los aspectos morales y éticos que acompañan al sentimiento liberal y que encarnan la idea del ser humano como un agente moral. Rechazan al Estado y lo consideran como un enemigo de la sociedad civil, cuando el pensamiento liberal ha defendido siempre que no puede haber mercado, sociedad civil o iniciativa individual si no es en el marco regulador de un Estado y una legalidad que garantice los derechos, establezca obligaciones y garantice un equilibrio entre la libertad y la igualdad».

Dice también Lassalle esto con respecto a la libertad de Isabel Díaz Ayuso et alii: «No estamos hablando de libertad, sino de otra cosa, lo que Locke llamaba una mera y sencilla licencia para hacer lo que uno quiera. Eso nos coloca más en un plano de embrutecimiento moral que de excelencia cívica».

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El neoliberalismo —se me ocurre— es al liberalismo lo que el yihadismo al islam: la toma de un acervo rico, complejo, contradictorio a veces, y su conversión en el sota, caballo y rey de un credo simple y guerrero. En ambos casos, la operación se acomete pervirtiendo algunos dogmas centrales y descartando directamente otros. El yihadismo hace una reinterpretación estrechamente belicista de la idea polisémica de yihad, que significa «esfuerzo», y cuya acepción privilegiada en los textos clásicos es, no la guerra santa, sino el esfuerzo intelectual. El neoliberalismo, a su vez, admite y celebra el rentismo y los monopolios, demonios por excelencia de los viejos liberales. Se me ocurre que el neoliberalismo y el yihadismo también se parecen en la apología de la incompasión que comparten. El islam medieval se extendió respetando a las religiones autóctonas de los lugares que conquistaba: les imponía un impuesto especial, pero les permitía desplegar sus ritos en libertad y conservar sus instituciones. El yihadismo, en cambio, tortura y asesina a los infieles e incluso perpetra el tabú de ensañarse con los cadáveres. En cuanto al liberalismo, la fuerza motriz intelectual de Adam Smith y demás padres fundadores era el deseo sincero de proporcionar felicidad y bienestar a todos los seres humanos, que creeían que el egoísmo virtuoso procuraría contraintuitivamente. Pero el neoliberal es aporófobo: desprecia abiertamente al menesteroso, a quien restriega que se merece su suerte.


Domingo, 13/6/2021. Leo en Los antimodernos, de Antoine Compagnon, que Barthes declaraba en 1971 su deseo de situarse «en la retaguardia de la vanguardia», y lo explicaba así: «Ser de vanguardia significa saber lo que está muerto; ser de retaguardia significa amarlo todavía». Me he puesto a leer con cierta avidez —y la lectura de este libro forma parte de ello— sobre la contrarrevolución; sobre cómo la contrarrevolución es ella misma una revolución y se relaciona con la revolución contra la cual reacciona oponiéndosele, pero también imitándola. Aplastar a un enemigo que nos fascina y ante el cual nos automodelamos como un negativo exacto. Chateaubriand, leo también en Los antimodernos, decía: «Yo era a la vez un hombre del pasado y un insurrecto». Y este otro párrafo me hace acordarme de Pío Moa o Federico Jiménez Losantos:

«Teóricos de la Revolución, acostumbrados a sus razonamientos, los contrarrevolucionarios —o la mayoría de ellos, o los más interesantes— son hijos de la Ilustración, y a menudo incluso de antiguos revolucionarios. Chateaubriand había visitado Ermenonville antes de 1789 y participado en la primera revolución nobiliaria, en Bretaña, en la primavera de 1789; en su Ensayo sobre las revoluciones (1797), admitía que la Revolución tenía muchas cosas buenas, reconocía lo que le debía a la Ilustración, y eximía a Rousseau de cualquier responsabilidad por sus veleidades terroristas. Bajo la Restauración, para los carlistas pasaba por un jacobino, y por un ultra para los liberales; incluso bajo la monarquía de Julio su oposición fue a la vez, paradójicamente, legitimista y liberal; «se dejó deslumbrar muy a menudo por las ilusiones de su época», lamentará Barbey d’Aurevilly. Burke, un whig, tomó partido por los colonos americanos contra la Corona. De Maistre, antiguo francmasón, siguió siendo hasta el final un enemigo del despotismo. E incluso Bonald, el alcalde de Millau en 1789, vivió las primicias de la Revolución en la piel de un liberal. Baudelaire, en febrero de 1848, pedía que se fusilara al general Aupick, su suegro, mientras que Paulhan, convertido en conservador, recordaba que había empezado su carrera como terrorista. El auténtico contrarrevolucionario ha conocido la embriaguez de la Revolución».


Lunes, 14/6/2021. Grecia pide la intervención de la UEFA contra la camiseta de la selección de Macedonia del Norte en la Eurocopa por la presencia de las siglas MKD (Macedonia) en lugar de unas que reflejen su nombre actual. Ser más brasas que Grecia con el temita del nombre de Macedonia debería ser un refrán. Nunca he entendido esta inquina delirante y absurda, que condujo a que el nombre oficial del país fuese, durante años, Antigua República Yugoslava de Macedonia. Grecia la justifica con base en la preocupación de que una Macedonia que se llame así apele a ello para justificar reivindicaciones irredentistas sobre la Macedonia griega: así como acudir sulfurado a la oficina de patentes y reclamar la de Alejandro Magno y el Sol de Vergina (que Macedonia tuvo que apear de su primera bandera como país independiente). Pero me desconcierta esa creencia en el poder taumatúrgico de la onomástica estatal. Cuesta bastante imaginarse un Napoleón o un Hitler (nor)macedonio alzándose en Skopje para reivindicar la anexión de media Grecia para el pequeño y depauperado país, pero, aun si fuera imaginable, ¿cómo diantres se espera que enfríe las calderas del nacionalismo expansivo que el país se llame tal o cual? ¿No las recalentará, en realidad, más aún? Puestos a presentar a Grecia como un enemigo perverso, mefistofélico, ¿no es muy fácilmente presentable como la prueba definitiva de su perversidad el hecho de que nos robe nuestro propio nombre?

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Guillermo Fernández en Twitter: «Hay una izquierda para quien todo el mundo es potencialmente reformista, y hay una derecha para la que cualquiera es potencialmente felón. Y con esa cantimplora se sube al monte».

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Sergio del Molino defiende con altanería su España vacía frente al España vaciada que se acuñó para enfatizar que el vaciamiento de la España interior y rural no fue un proceso natural, sino uno deliberado, conseguido por métodos que incluyeron toda una producción cultural destinada a la estigmatización cruel del aldeano (aquel Paco Martínez Soria y su boina y su botijo, protagonizando divertidos enredos en el Madrid del desarrollismo). Estoy esencialmente de acuerdo, pero, pese a todo, hay algo en el España vaciada que no me acaba de satisfacer completamente. Si España vacía ocluye —por decirlo en los términos acuñados por Everett Lee en los años sesenta— los factores push (los de expulsión) del éxodo rural, España vaciada escamotea, me parece, los pull (los de seducción). Y los factores pull fueron importantes.

Abandonar el pueblo fue para mucha gente (mujeres, sobre todo) no una dolorosa imposición, sino un anhelo que nunca se arrepintieron de realizar. Fue el caso de mi abuela L., no sé hasta qué punto representativo, pero que leer al antropólogo Adolfo García Martínez, experto en el campo asturiano, me confirmó como no marginal. Ella no recordaba su infancia y su juventud aldeanas (en una aldea bucólica y preciosa) con ningún cariño. Las asociaba a trabajo durísimo, un control social asfixiante y un machismo terrible, y siguió sintiendo hasta el final de sus días la ciudad a la que se trasladó a vivir (una ciudad pequeñita, eso sí) como una liberación. García Martínez cuenta cómo las primeras y más interesadas en abandonar los pueblos en la época del éxodo rural eran justamente las mujeres. Pero cierto comunitarismo retrotópico, que mira el pasado del medio rural con las gafas doradas del in Arcadia ego, tiende hoy a olvidarlo. García Martínez me lo explicaba así en una entrevista que le hice hace unos años:

«En los años sesenta, esas mujeres a las que llamaban la nuera, la nueva o incluso la otra empezaron a ver, a través de la televisión, los periódicos, el turismo, los emigrantes que volvían, etcétera, que había más mundo y otras formas de vivir, y como ellas ya estaban casificadas hicieron la revolución a través de sus hijas, a las que mentalizaron para que se fueran del campo, rompiendo así con aquella estructura familiar. Cuando esas hijas se hicieron mayores fue cuando la mujer rural asturiana votó con los pies, y se fue del campo».

La España vaciada debe llenarse, es deseable que se llene, pero que se llene, no de lo que fue, sino de una idea nueva de comunidad rural, que no olvide, y no olvidándolos no incurra, en los aspectos oscuros de la antigua. De hecho, allá donde se va llenando, la España vaciada se llena así: de gente que huye de la despersonalización y el frenesí desquiciante de las ciudades modernas y recupera en el agro un sentido perdido de comunidad, pero preservando espacios de intimidad e individualidad que antaño estaban vedados a la gente del campo. Traba lazos de afecto e intercambio con sus vecinos, participa con goce en las actividades del procomún, etcétera, y se generan dinámicas comunitarias muy bonitas y saludables. Pero esa comunidad nunca llega a ser la orgánica y centralizada de antaño. Y es así como debe ser.

El runrún interior: un dietario (3)


Pablo Batalla Cueto (Gijón, 1987) es licenciado en historia y máster en gestión del patrimonio histórico-artístico por la Universidad de Salamanca, pero ha venido desempeñándose como periodista y corrector de estilo. Ha sido o es colaborador de los periódicos y revistas Asturias24, La Voz de Asturias, Atlántica XXII, NevilleCrítica.cl, La Soga, Nortes y LaU; dirige desde 2013 A Quemarropa, periódico oficial de la Semana Negra de Gijón, y desde 2018 es coordinador de EL CUADERNO. Ha publicado los libros Si cantara el gallo rojo: biografía social de Jesús Montes Estrada, ‘Churruca’ (2017) y La virtud en la montaña: vindicación de un alpinismo lento, ilustrado y anticapitalista (2019).

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