Poéticas

La poesía de David Huerta

Álvaro Valverde reseña la antología 'El desprendimiento', del poeta mexicano: poesía vital, falta de prejuicios y caracterizada por su tono electrizante, por la corriente de entusiasmo febril que la galvaniza.

/ una reseña de Álvaro Valverde /

No vamos a descubrir a estas alturas la importancia de la lírica mexicana en el panorama de la poesía escrita en español. Y eso desde Sor Juana Inés de la Cruz, que no es poco. Anterior a ella, incluso, podemos mencionar a Pedro de Trejo, un emigrante placentino que, condenado a galeras, desapareció para siempre en el mar.

David Huerta, hijo de Mireya Bravo («a ella le debo una porción cardinal de lo que pueda yo valer») y del «formidable» poeta Efraín Huerta (me temo que en todas sus biografías se consigna este dato, aunque acaso lo más exacto sería decir, a la vista de sus respectivos recorridos poéticos, que don Efraín fue el padre de David), nació en Ciudad de México en 1949 y es un eslabón fundamental de esa cadena literaria que, insisto, no se limita al espacio geográfico mexicano, sino al casi infinito de los Territorios de La Mancha, por decirlo con Carlos Fuentes.

En una «semblanza en primera persona» que abre el libro del que vamos a hablar, ha confesado: «Me debo al sistema de educación pública de mi país».

Poeta adscrito a la generación de los 40 o del movimiento estudiantil-popular de 1968 («la tragedia mexicana conocida como la Matanza de Tlatelolco […] marcó, a partir de entonces, toda mi vida»), editor, ensayista y traductor, estudió filosofía, letras inglesas y españolas en la UNAM, pero confiesa, con «timidez» y «sin arrogancia», que no tiene título universitario. «No me avergüenzo de esa carencia, pero tampoco la proclamo», añade. Eso no le ha impedido ser secretario de redacción de La Gaceta del FCE, miembro del consejo editorial de Letras Libres y director de Periódico de Poesía, así como colaborador de numerosos periódicos y revistas, y en la actualidad firma una columna en el diario El Universal titulada «Libros y otras cosas». Esa ha sido, reconoce, su verdadera universidad. En cuanto a su «vocación de escritura», arranca en la infancia (fue, dice, un «lector ávido, desordenado, curioso») y se consolida en la primera adolescencia, al toparse con el poema de Lorca «La canción del jinete».

Estuvo becado por el Centro Mexicano de Escritores, la Fundación Guggenheim y el Sistema de apoyos a la creación y a proyectos culturales (Fonca).

Entre otros, ha obtenido los premios Carlos Pellicer, Xavier Villaurrutia, Nacional de Ciencias y Artes y el de Excelencia en las Letras José Emilio Pacheco. En 2019 le otorgan, por unanimidad, el Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances, de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (México), por el «ímpetu, la ambición y la fraterna inteligencia» de su trayectoria poética. También posee la medalla Mártires de Tlatelolco.

Huerta ha coordinado talleres literarios en la Universidad Nacional Autónoma de México, el Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA) y el ISSSTE, y ha sido profesor de literatura en cursos de la Fundación Octavio Paz y de la Fundación para las Letras Mexicanas. Es docente universitario: desde 2005, en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM).

Aunque su poesía forma parte de Las ínsulas extrañas: antología de poesía en lengua española (1950-2000) y aquí, en España, publicó en 2013 (en la barcelonesa Ediciones de la Rosa Cúbica) Los grandes almacenes: poemas en prosa (en colaboración con el pintor Frederic Amat), como explica muy bien Jordi Doce, «es difícil encontrar un caso análogo, en el que la excelencia de la obra goza de un reconocimiento crítico en su país de origen que apenas ha trascendido fuera de sus fronteras». Con esta afirmación inicia Doce el amplio y riguroso ensayo «Hay una llama viva» que precede a los poemas que conforman la antología El desprendimiento, de la que es coeditor junto a Huerta, y que tiene como fin inmediato dar a conocer como es debido una obra capital de las letras hispánicas. En una colección, cabe añadir, de referencia.

No se me ocurre mejor introducción a su mundo poético que la lectura de esas treinta y cuatro páginas. Todas las claves quedan expresadas ahí y a ellas nos vamos a remitir sin ambages ni ocultamientos.   

Veinticuatro son los libros de los que se recogen poemas, además de seis inéditos (dos de ellos «testimoniales»), insertos en las secciones «Inéditos» y «Apéndice», donde el lector encontrará el discurso de aceptación del premio FIL. Su obra completa la publicó FCE en 2013 bajo el título La mancha en el espejo: poesía 1972-2011. Ocupa dos gruesos volúmenes con un total de 1100 páginas.  

Su escritura, opina Doce, se define «por su vitalidad y falta de prejuicios». Por su «tono casi electrizante», una «corriente de entusiasmo febril que la galvaniza en todas sus manifestaciones».

El título obedece a motivos relacionados con las distintas acepciones del diccionario a propósito de la palabra desprendimiento. A la tercera, sobre todo: «largueza, desinterés, generosidad». Porque «la vitalidad de Huerta está ligada a un sentimiento de gratitud y a la noción de poesía como arte colectivo, apoyado en una tradición que a su vez genera una comunidad de espíritus afines». «Formar parte, saberse parte, de un gremio ilustre».

Huerta usó el concepto «matiz de desprendimiento» en un texto de El ovillo y la brisa (2018).

«El poema es algo que se desgaja del mundo para poder cumplirse, pleno, autónomo y así consumar su «ser-poema»», dice Doce, que añade: «ese desgajamiento se lleva una huella o rastro material del mundo, un resto orgánico, que tiene un cuerpo». Hay todo un vocabulario relacionado con esa idea que «atraviesa el libro de principio a fin». Como cosa o cosas: «Huerta es quizá el único poeta de nuestro idioma que ha conseguido despojar a esa palabra de toda vaguedad y darle el formidable equipaje semántico del thing inglés».

Se refiere después a galería de espejos y a pañuelo de sinestesia (en el poema «Esquina violeta»), a una «noción del mundo como texto: todo es legible, todo existe en forma de palabras o está al alcance de la combinatoria verbal del poeta». De Michael Tournier toma Huerta el término logosfera que vendría resumirse en que «todo es lenguaje, todo es un texto que podemos leer y descifrar». Según Doce, la «razón» de Incurable, su libro más emblemático, sería «celebrar el poder creador, demiúrgico de la palabra».

Toma a continuación unas frases de Julio Trujillo, de su reseña «La tinta en el espejo», para concluir que estamos ante una «escritura exuberante, tocada por el asombro de la imagen y el don para descomponer hasta en sus más finas hebras los objetos de la curiosidad y el deseo». Si bien Huerta ha explicado en más de una ocasión que está «muy lejos» de sentirse parte «del movimiento llamado neobarroco», no hay duda sobre su condición de poeta barroco. De «lector barroco», precisa Doce. Sobre todo en la primera parte de su obra (de cuando era un maldito devastado «por el alcohol y las turbulencias», dice en un verso), que llega hasta su libro Historia (1990) y de la que forma parte una de sus entregas fundamentales: Incurable (1987), «un hito evidente, un antes y un después en la obra de su autor y en la poesía mexicana contemporánea».

El citado Trujillo sostiene que «uno solo de sus libros e incluso uno solo de sus poemas exige de sus lectores la máxima concentración posible para poder apreciar la capilaridad, el poder alusivo, la intertextualidad y la concentrada imaginería que ofrece». Y de eso da fe cualquiera que se acerque hasta esta poesía que «procede por acumulación, por superposición de capas que se contradicen o desmienten parcialmente […], pero también por enumeración […], un inventario movido por la pasión libresca, erudita, que a veces baraja con libertad datos históricos o temporales y que otras es la excusa perfecta para liberar un surtidor de imágenes alusivas». Huerta, concluye Doce, «es un poeta —sobra decirlo— tocado por el duende de la analogía».

Su obra es «un ejercicio de largueza —de «desprendimiento»—». Por su «incapacidad para el estancamiento», conviene seguir el consejo de Medina Portillo: «Hay que aprender a leer a David Huerta una y otra vez según van apareciendo sus nuevos títulos».

Más allá de las enseñanzas de este prólogo ejemplar, el lector ha de enfrentarse a los poemas. Poemas, por cierto, de los siguientes libros: El jardín de la luz (1972), Cuaderno de noviembre (1976), Huellas del civilizado (1977), Versión (1978), El espejo del cuerpo (1980), Incurable (1987), Historia (1990), Los objetos están más cerca de lo que aparentan (1990), Lápices de antes (1994), La sombra de los perros (1996), La música de lo que pasa (1997), Homenaje a la línea recta (2001), Los cuadernos de la mierda (2001), El azul en la flama (2002), Hacia la superficie (2002), La olla (2003), La calle blanca (2006), Canciones de la vida común (2008), Filo de sombra (2011), Tres poemas (2016), After Auden (2018), El ovillo y la brisa (2018), Los instrumentos de la pasión (2019) y El cristal en la playa (2019).

Poemas que, reunidos, dedica su mujer, la escritora Verónica Murguía, «el amor de mi vida» y que llevan delante un epígrafe de Eliot, de una carta a Conrad Aiken: «Resulta interesante cortarse en pedazos de vez en cuando, y esperar a ver si los fragmentos germinarán».

Ya dijimos antes que Incurable, además de señalar un hito, marca un cambio de ciclo. O, por expresarlo mejor, es final (culminación) de uno e inicio de otro. Lo resume bien el prologuista (que dedica a su análisis varias páginas): «No se sale indemne de un empeño como Incurable». Es su libro más importante y «su estorbo mayor para una comprensión cabal de su obra». Todo lo que vino después, seguimos a Doce, no deja de ser una revisión o una impugnación de esa obra. De las cuatrocientas páginas que ocupa —en apretados versículos de una inspiración desbordante—, Huerta selecciona veinte para esta antología (lo único que elige personalmente, además de los fragmentos versiculares de Cuaderno de noviembre). Es suficiente para comprobar el alcance de la apuesta. El lector valiente puede acercarse al original que, según Domínguez Michael, puede leerse de tres maneras distintas. «Hijo tardío de la modernidad» (al que muchos siguen imitando), poema telquelista con «vocación totalizadora», logra «hacer de su fracaso un monumento» (Medina Portillo dixit), que es, puntualiza Doce, «empresa barroca». Ese «largo poema-río-novela», «ese periplo circular» («el gusto por la circularidad» caracteriza esta poesía), «puede leerse como una serie de ritos de paso».

Tras esa primera etapa caracterizada por su «insaciabilidad» (Trujillo dixit), donde la poesía de Huerta transita (salvo en su primer libro, deliciosamente modernista, el de poemas como «Residencia» y «Las versiones del agua»), desde un «sesgo nocturno, de interior», a través de un «impulso autodestructivo» y alcohólico («en medio de la sombra acezante del alcohol»), en forma de «autorretrato oblicuo» y mediante potentes imágenes, llega el momento de la serenidad. Incurable termina con este versículo: «Tendré que decir lo que tenga que decir —o callarme». Optó por lo primero. Sin remedio. Es un «ser de palabra», que diría Valverde. Su nuevo lema, según Doce, se resumiría en este verso de «Lustro» (uno de sus poemas fundamentales): «Desvelado y sobrio, entregado al amor». Una nueva «poética de la salud y la abstinencia» que cristaliza en una «escritura más diáfana, volcada hacia el afuera, vencida del lado del entusiasmo y los afectos simples» pero que nunca pierde de vista «su infatigable capacidad para renovarse», ni ese fondo de angustia (angst) que no cesa, ni el poder de la imaginación.

Sin desmerecer el ejercicio titánico de Incurable y de otras obras de ese ciclo sorprendente que en realidad termina, ya se anotó, con la publicación de Historia (1990), la que uno prefiere. Es menos abrumadora, diría. Por cierto, el grueso del florilegio está compuesto por poemas de este segundo periodo. Con todo, no hace falta puntualizar que la poesía de  Huerta es un todo y que estas divisiones no dejan de tener un tono didáctico.

De su etapa juvenil podemos destacar los abigarrados versículos de Cuaderno de noviembre, que uno relaciona, salvadas todas las distancias, con los de Gamoneda. Poemas como «Detalles», «Ana y el mar» (sobre el «amor negado», en el idílico paraje de la costa amalfitana), «Nueve años después» (en cursiva, sobre la Matanza de Tlatelolco, esa irremediable obsesión), «Trece intenciones contra el amor trivial» («mi yo turbio», «Pero quién quiere culpas»), «Prosa de la montaña 2» («Ahora estamos juntos y la vida es enorme»), «El desayuno y la cena» (otro poema amoroso, una tradición que renueva).

De lo que viene después, mucho es lo destacable. Más allá de lo juguetón y experimental, que nunca falta (así, After Auden). O de sus trabajos con artistas, como Homenaje a la línea recta, en colaboración con Gunther Gerzso, y Los cuadernos de la mierda, con Francisco Toledo.

Poemas como «Búho», «Melodrama», «Horno», «Plegaria», «La música de lo que pasa», «La mesa de Esculapio», «Canción de la inquietud», «Ceniza que cae», «Cosas en la muerte» (ejemplo de poema enumerativo, lo mismo que «Dones de abril», de inequívoca filiación borgeana), «La muralla de Adriano» (de aires cavafianos), «Sólo contigo», «El intruso» («Siempre he sido un intruso»), «Identidades», «Otro gallo» (donde homenajea a Deltoro, Velarde, Lowell, Cavafis y Pessoa, poetas de su estirpe), «El desierto», «Pájaros» (un delicioso poema), «Descender» (de su libro La calle blanca, muy barroco de nuevo), «Juan Rulfo», «La mano de mi madre» («Soy el hijo de una muerta»), «Belleza», «Perro de Goya», «The Child is Father of the Man» (en forma de diálogo, una técnica que usa a menudo: «Niño que fui», «Soy tú», «Soy tu repetición», «William Wordsworth afirma que eres mi padre»), «Cae la noche», «Testamento», el irónico «Oda al páncreas», etcétera.

Los inéditos puede que pertenezcan a un libro anunciado: El viento en el andén.

Ya dije que en el «Apéndice» se incluían dos poemas testimoniales, por no decir políticos. Uno, «Contra el muro», vuelve sobre la carnicería de la Plaza del Zócalo. El otro, «Ayotzinapa: México» denuncia la compleja y peligrosa realidad de su tierra, en este caso localizada en Oaxaca: «Este es el país de las fosas», «Este es el país de las mujeres martirizadas»…

Mención aparte merecen una serie de poemas donde Huerta reflexiona sobre la poesía; la propia, sobre todo. En «Antes de escribir un texto confesional», «Sharp as a razor blade» (sí, la poesía debe ser «afilada como una hoja de afeitar»), «Cómo haría», «Declaración de antipoesía», «Una sombra», «Hablo» o «Un lugar habitable». También «Ted Hughes» y «Hacia Wallace Stevens» son metapoéticos. «La poesía tiene la forma/ de la grieta en el muro», escribe.

El discurso de aceptación del premio FIL se centró en la pregunta «¿Cuál es el mejor poema del mundo?». Su respuesta: «la mente humana». A la que aplica un verso de su maestro Góngora: «Siempre murada, pero siempre abierta». ¿Y su autor? Nosotros, en clara defensa de la fraternidad. «El corazón de mi quehacer es la poesía», declara, algo que sus lectores, antiguos o nuevos, no dejamos de celebrar.


Cinco poemas de David Huerta

Lustro

Retrocede la sombra cinco años después,
lenta en su líquida pestilencia como una criatura
de la noche, el espanto, la desesperación.
Retroceden el miedo, la corrupción de un lazo
más delicado y poderoso que la vida que destruye;
retroceden sus mínimos garfios de visibilidad
y derrame, sus precisos asedios y su esfinge gota a gota.

Hace cinco años me incliné por última vez
hacia los ateridos umbrales del trasmundo
y retrocedí asimismo, mientras el vaso recorría
la mano que lo empuñaba. De ese recipiente
salía un anillo de terso, hiriente fuego.

Un vaso nada más bordeaba el instante
anterior al paso que yo no daba
como si no fueran mis dedos los que lo sostenían
sino el cristal el que se hubiese apoderado de mí,
de mis entrañas laceradas, de mis ojos irritados.
Mi amigo se acercó y le di ese vaso. Cinco años
han pasado. Estoy aquí, ahora, escribiendo esto,
mirando la noche en derredor,
desvelado y sobrio, entregado al amor,
lento en el mundo raudo,
ráfaga de materia ensimismada.

Entrecruzados

Cae la sombra, leo, entre la palabra y el acto,
la fe se mete en un laberinto, la piedad
se entrecruza con la ira. Un hombre atraviesa la calle
y su destino se decide en un parpadeo del semáforo,
causalidades remolinean, la inmanencia chisporrotea,
las aritméticas del instante chocan con el clima cambiante.
¿Con qué pie nos hemos levantado de la cama?
Entrecruzados momentos, caedizos minutos
para cada proferimiento, cada conducta.
El tiempo se desdobla y se enreda.
Boquiabiertos, ojiabiertos, avanzamos
y retrocedemos a la vez. El Hic et Nunc es pura electricidad.
Duramos en la punta de un cortocircuito.

Declaración de antipoesía

Ya no quiero escribir acerca de la ciudad-tendida-a-mis-pies
ni de una clase de luz que nada más yo puedo percibir y entender.
Preferiría hacer versos donde los rechinidos y las crepitaciones
que me circundan algunas noches, no demasiadas
–ruidos y sombras cuyo significado ignoro–,
tengan un lugar y les den a los lectores
esa sensación de inquietud semejante
a la de sueños inolvidables por razones ignotas. Quisiera
un poco de claridad en el misterio y un poco de misterio
en el paso de una palabra a otra. Estoy cansado de la vanilocuencia
y de la trascendencia de tantos poemas que no me convencen,
me irritan, me dejan exhausto de pompa y de mensajes
–como D. H. Lawrence estaba cansado
de las mujeres que fingen un amor que no sienten y exigen,
con estridencia, una reciprocidad, acaso igualmente fingida.
Sin embargo, ¿qué haré cuando la ciudad se tienda a mis pies
y la inunde una luz de ultramundo? Haré a un lado esa imagen
y me concentraré en otras cosas: ese gesto perdido que tenía
un aroma de salvación, la giración de ciertas moscas, el silbido
de los comerciantes callejeros. No sé si podré. Pero no saberlo
me da un gran sentimiento de alivio lleno de contradicciones.

Antes de decir cualquiera de las grandes palabras

Ya se sabe: primero tenemos que ponernos de acuerdo
en cuáles son, pero convengamos en que existen:

se escuchan con todo su peso y gravedad
por la Perspectiva Nievski, en el murmullo de Raskolnikov,

y Cortázar se burla de ellas a cada rato
y las aligera, las despeina, las reconcilia

con el resto del vocabulario, para que puedan rozarse
sin daño con las demás y libertad no lastime demasiado

con su tonelaje de mármol griego
y su tufillo existencialista y su indudable grandeza trágica

a tenedor, a janitor, a bibelot –aunque esta última
es sospechosa de grandeza por culpa de Mallarmé,

también están las cortas y decisivas, sí, no, ahora, nunca,
la turbia amor, la limpia muerte, la zarandeada poesía,

otras que son como el arte por el arte, sándalo,
por ejemplo, y algunas como desoxirribonucleico, telescópica

y de indudable elegancia científica, de una manera vaga
e intensa y laberíntica, al mismo tiempo, conectada

con esa otra, vida, y están las combinaciones, claro,

tu boca, esta carta, docenas de objetos verbales
que sólo tienen importancia por razones inexplicables,

pronunciadas en la noche o el día, dichas

o guardadas en el silencio, en la red aterciopelada
de la memoria, en la fortaleza transparente y enérgica

del olvido, ese cuerpo o tejido del que también
están hechas las grandes palabras, el tiempo, tantas cosas.

El intruso

Agarrado de las luces y del viento, circulo
por todos los salones de la buena sociedad
y nadie alcanza a reconocerme porque
salgo a través de las ventanas antes de que lleguen
a examinar mi rostro, que está cubierto
de escarificaciones rituales.

Una vez encontré en un salón de artesonados
decadentes y altísimos a una muchacha
de ojos verdes y grandes pechos,
delgada y atlética, no muy inteligente,
detrás de una fuente neoclásica. Creo que era
el jardín de una casona en Provincetown.
La prendí por los cabellos y conseguí
que me contara su vida y me hablara
de haute cuisine. Yo ya no sabía dónde meterme.

Siempre he sido un intruso. No tengo modales
pero suelo fornicar con una avidez irresistible
y eso me allega amantes formidables, de altos peinados
e inagotables tarjetas de crédito color platino.

Las mujeres me utilizan y se van. Los hombres
me miran con desconfianza y tratan de hacer amistad,
midiéndome de arriba abajo con altanería.
Los niños me admiran y suelen seguirme
por los corredores de los castillos y las embajadas.

Los ancianos científicos me examinan con curiosidad
y dictaminan que no hay en mí nada anormal
pero que el brillo de mis ojos revela
un talante jaspeado de paranoia.

Tengo ante mí un libro francés decimonónico.
No sé si voy a terminar de leerlo. No me gusta leer
pero me lo recomendó una mujer
de la que creo que estoy enamorado.
No es que me importen demasiado el amor
ni el libro, pero algo hay que hacer.

Yo puedo decirles que ser un intruso
es arduo y desalentador, a la larga.
He perdido montones de palabras y ríos
de energía de esa manera: es decir, sólo siendo un intruso.
Estoy cansado y deseo retirarme.
Pero ningún lugar del mundo y de los salones
tendría para mí un rincón que yo pudiera tomar
con naturalidad –y la arrogancia de los pobres
me desazona y me deprime, así que no haré nada
por ese lado. Retirarme, tan sólo, sí: ¿pero a dónde?

Es lo que estoy buscando en el libro francés
que me prestó esa mujer. No encuentro nada y busco
detrás de las páginas como si allí pudiera brillar de pronto
el prometido paraíso de mi retiro.

Estoy cansado. Me refugiaré en el sueño. Pesadillas o no,
es posible que en esa manera flotante
y desapegada de estar en el mundo
encuentre mi vía de salvación. No quiero entrometerme más.
He sido un intruso, un entrometido. La paz sea conmigo.


El desprendimiento: antología poética (1972-2020)
David Huerta
Galaxia Gutenberg, 2021
432 páginas
24€

Álvaro Valverde (Plasencia, 1959) es autor de libros de poesía como Las aguas detenidas, Una oculta razón (Premio Loewe), A debida distancia, Ensayando círculos, Mecánica terrestre, Desde fuera, Más allá, Tánger y El cuarto del siroco (los cinco últimos en la colección Nuevos Textos Sagrados, de Tusquets) o Plasencias (De la Luna Libros). Sus poemas están incluidos en numerosas antologías y han sido traducidos a distintos idiomas. También es autor de dos novelas: Las murallas del mundo y Alguien que no existe; un libro de artículos, El lector invisible, y otro de viajes, Lejos de aquí. La editorial La Isla de Siltolá publicó, en edición de Jordi Doce, la antología Un centro fugitivo; y la Editora Regional de Extremadura, Álvaro Valverde. Poemas (1985-2015), con dibujos de Esteban Navarro.

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