El runrún interior

El runrún interior (59)

Pablo Batalla Cueto registra en su dietario pensamientos propios y notas de libros leídos y cosas vistas en Internet, escribiendo sobre una inquietante variante del evangelismo estadounidense o una reflexión de Philip Zimbardo sobre la 'banalidad del heroísmo'.

/ por Pablo Batalla Cueto /

El runrún interior (58)

Martes, 12/7/2022. Nicolás Gómez Dávila: «El hombre es más capaz de actos heroicos que de gestos decentes».

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Dice Novalis que la filosofía es, en realidad, una nostalgia; el deseo de sentirse en todas partes en casa.


Miércoles, 13/7/2022. El affaire Ferreras desata un debate sobre si tertulianos de izquierda como Antonio Maestre deberían dejar de ir a Al rojo vivo, y en general a cualquier espacio televisivo conducido por algún ser execrable. Hay quien defiende esa posibilidad apelando al «dormir con la conciencia tranquila». ¿Mi opinión? Hay motivos razonables para ir y para no ir a las tertulias. ¿Para ir? No privarse de aprovechar el inmenso altavoz que es la televisión para amplificar mensajes que tienen mucho más difícil llegar a las masas de otro modo; aprender del Podemos que obtuvo resultados inéditos para la izquierda española mediante una cuidadosa guerra de guerrillas mediática cuyo primer paso fue que Pablo Iglesias acudiera, en 2013, a las tertulias de Intereconomía («Es un gusto cruzar las líneas enemigas y charlar en territorio comanche»); volver contra el amo las armas del amo. Juan Álvarez dice que no solo no hay que dejar de ir, sino «ir más que nunca, denunciar allí y que sean ellos los que te echen», en tanto «es ahora y no antes cuando se está en una posición de fuerza». También se puede no ir argumentando con solvencia que, como decía Audre Lorde, las armas del amo no destruyen la casa del amo. Pero ese «dormir con la conciencia tranquila», ese cuidar el jardín de la pureza individual, no es un motivo válido. Si no se va, que sea porque un cálculo frío de beneficios e inconvenientes para la causa haya salido a devolver. La tradición cristiana que la izquierda nominalmente laica tiene metida hasta lo más hondo de los tuétanos es excelsa en muchas cosas, pero pardiez que esta cultura martirial y penitencial no es una de ellas. Menos Concilio de Trento y más La enfermedad infantil del «izquierdismo» en el comunismo nos hacía falta.

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En la playa de San Lorenzo, adonde he venido a pegarme un baño, una ola arrastra hasta unos metros de mí, mientras estoy sentado en la arena, un pequeño pececito que se queda boqueando en la arena. Tras unos segundos de duda en los que sopeso si merece la pena levantarse de la tumbona y esforzarse para salvar una vida tan microscópica, me levanto, me acerco, lo agarro por la cola y lo echo de vuelta al agua. De vuelta en la tumbona, hago memoria: ¿es esta la primera vez que salvo una vida? Más tarde, durante el resto del día, y de una manera extraña y medio obsesiva, no dejo de pensar en ello, y sobre todo en el pez. ¿Volvería a arrastrarlo otra ola? ¿Encontraría de nuevo a alguien que lo devolviera al mar? ¿Moriría de otra manera, devorado por un pez más grande, capturado por las redes de un pesquero, etcétera? ¿Dónde nació? ¿Hace cuánto? ¿Cómo ha sido su vida? ¿Qué vieron sus ojillos, qué pensamientos pensaron sus meninges infinitesimales en aquel momento en que se vio agonizar fuera del elemento nutricio; qué cuando una salvación brusca e incomprensible dio en concederle una segunda oportunidad?


Jueves, 14/7/2022.  Titular de una entrevista a Ana Obregón: «Pedí más dinero para el cáncer, pero a los partidos solo les preocupa robar y el sillón. Eso sí, el más preparado es Feijóo». Me recuerda a Bertín Osborne con lo de su hijo con parálisis cerebral. Millonarios neolibrerales a los que, de pronto, les golpea una desgracia médica y se vuelven antipáticamente estatistas de eso, pero solo de eso. Máximo respeto y compasión por su dolor: no hay ser humano que no lo merezca cuando se le muere un hijo. Pero toca las narices.

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Me gusta esto que comenta Paco Ignacio Taibo II, en una entrevista en Público: «Cuando me preguntan «¿tú qué eres?», la respuesta depende del día de la semana: ¿filolibertario, guevarista, socialista cristiano, budista de ultraizquierda, comunista libertario? Lo que soy es hijo de la Primera Internacional, cuando Marx y Bakunin marchaban juntos».


Viernes, 15/7/2022. Publica Juan Carlos Girauta un libro titulado Sentimentales, ofendidos, mediocres y agresivos: radiografía de la nueva sociedad. Se presenta como «un análisis profundo, como nadie podría hacerlo, sobre la involución de las nuevas generaciones». Tiene gracia ese título que, pretendiendo describir a otros, caracteriza milimétricamente al autor y a sus conmilitones, una generación de ofendidos agresivos, sentimentales a paladas, y mediocres hasta decir basta. Toda acusación, dijo alguien, es una confesión. Los psicólogos hablan de la proyección: atribuir a otros tus propios defectos. Uno entiende que envejecer sea duro y que no siempre sea fácil hacerlo con dignidad, pero convertir un old man yells at cloud, las voces del viejo cascarrabias que grita a los chavales, en todo un libro escrito, corregido, maquetado y encuadernado pasa de la categoría de disculpable traspié.

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Leo estas declaraciones sorprendentes de Joe Biden en Jerusalém Este: «El origen de mi familia es irlandés, y tenemos una larga historia que no difiere en lo esencial de la del pueblo palestino, con Gran Bretaña y su actitud hacia los católicos irlandeses durante cuatrocientos años». Esto de encalabrinar a los dos aliados más fieles de Estados Unidos en una sola frase tiene mérito.

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Hannah Arendt acuñó como es conocido aquello de la banalidad del mal, pero el psicólogo estadounidense Philip Zimbardo —nos cuenta hoy Edgar Straehle—, célebre por sus trabajos sobre psicología social y quien concibió el célebre experimento de la cárcel de Stanford, nos pidió que no nos olvidáramos de que también existe una banalidad del heroísmo: la de «los muchos hombres y mujeres corrientes que responden con heroísmo a la llamada del deber. Saben que esa llamada suena para ellos. Es la llamada a defender lo mejor de la naturaleza humana, a superar la poderosa fuerza de la Situación y del Sistema, a reafirmar con firmeza la dignidad del ser humano frente a la maldad».

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Leo con horror sobre una exitosa variante del evangelismo nacida en Estados Unidos y que se da en llamar dominionismo. Gente con un plan: adquirir poder poco a poco a través de lo que llaman planting, consistente en comprar iglesias pequeñas para convertirlas en franquicias desde las que expandir su doctrina; un modus operandi muy similar al del wahabismo en el mundo islámico. En sus actos, en los que organizan un siniestro juramento de lealtad, hablan de las Siete Montañas: religión, familia, educación, gobierno, medios, artes y negocios. Su meta es ascenderlas todas; controlar cada una de esas cosas. Y por cierto que, de momento, no van mal encaminados. Su ámbito de actuación es internacional: tres de ellos viajaron a Uganda para convencer a las autoridades del país de instaurar la pena de muerte para los homosexuales. Tiempos oscuros y perturbadores los nuestros.

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Se dice a veces, con cierta ligereza, que el atentado que acabó con la vida de Carrero Blanco trajo la democracia a España a eliminar a su principal obstáculo. Hoy escucho en la Semana Negra a Paco Acosta —sindicalista de Comisiones Obreras, uno de los condenados en el célebre Proceso 1001— apuntar una hipótesis sugerente en sentido contrario, en la que nunca había pensado. El asesinato —opina Paco— cerró caminos rupturistas para la democracia viniente al eclipsar la fuerza y el prestigio enormes que había adquirido en torno al 1001 un movimiento obrero vigoroso pero pacífico, y consolidar una imagen violenta, parcial o potencialmente violenta al menos, de la oposición antifranquista. Reforzó de ese modo un relato de raigambre franquista, clave para la legitimación de la Transición: el de la España cainita, el todos fuimos culpables y los peligros guerracivilistas que implicaba un proceso rupturista.Apoyados en él, los aperturistas del régimen pudieron presentarse como el término medio idóneo entre la violencia del búnker y la de la oposición. No sé si me convence, pero, desde luego, no me suena mal.


Sábado, 16/7/2022. Comparte Arsenio Cuenca este interesante fragmento del Discours sur le colonialisme de Aimé Césaire, de 1955:

«Sí, valdría la pena estudiar, clínicamente, con detalle, las formas de actuar de Hitler y del hitlerismo, y revelarle al muy distinguido, muy humanista, muy cristiano burgués del siglo XX, que lleva consigo un Hitler y que lo ignora, que Hitler lo habita, que Hitler es su demonio, que, si lo vitupera, es por falta de lógica, y que en el fondo lo que no le perdona a Hitler no es el crimen en sí, el crimen contra el hombre, no es la humillación del hombre en sí, sino el crimen contra el hombre blanco, es la humillación del hombre blanco, y haber aplicado en Europa procedimientos colonialistas que hasta ahora solo concernían a los árabes de Argelia, a los coolies de la India y a los negros de África».

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Publica hoy Jordi Évole una columna en la que le hace a Ferreras un pellizco de monja: dice que echa en falta algo de autocrítica por su parte, pero que LaSexta es una cadena valiosa e importante y lo ha sido también gracias a él. Pienso que esto de que una indignidad pueda corregirse con «autocrítica» viene a ser la refacción laica de la de que el pecado puede lavarse confesándolo. Lo que nos enseñó el existencialismo es que no hay redención: lo hecho, lo roto, lo manchadoo, hecho queda, queda roto, manchado permanece. Por supuesto, reconocer el error siempre será mejor que no hacerlo. Pero lo único que vale es no volver a cometerlo y transformarse sin esperar el premio del perdón, ni hacer de ello un espectáculo, aceptando que el rencor de los damnificados puede ser definitivo y tiene todo el derecho a serlo.


Domingo, 17/7/2022. Termino Maoísmo: una historia global, de Julia Lovell. Su último capítulo versa sobre la curiosa y poliédrica rehabilitación de la figura de Mao en la China de los últimos treinta años, desde la equívoca remaoización impulsada a nivel oficial por Xi Jinping hasta la reivindicación del Gran Timonel por disidentes neomaoístas diversos a los que cuesta trabajo reprimir, pues ¿cómo castigar a quienes no impugnan los fundamentos del régimen, sino que reivindican a su padre, sus textos fundacionales? «No se podía acallar con facilidad a los neomaoístas», explica Lovell, «ya que ellos mismos se habían autodesignado como los perros guardianes del legado de Mao y del Partido Comunista Chino, prestos a olfatear la “propaganda contraria al partido”. Una arremetida total contra los neomaoístas se arriesgaba a provocar alegatos de que el actual Partido Comunista Chino había traicionado a Mao». Tema curioso, este de la disidencia que no extrae su energía de la heterodoxia, sino de una afirmación vigorosa de la ortodoxia. Me recuerdan estos apuros del PCCh a los de Fernando VII con las milicias ultrarrealistas que lo acusaban de blando tras el regreso del absolutismo en 1823. ¿Cómo atizar en nombre del absolutismo a quienes defienden el absolutismo?

Habla también Lovell de la conversión de Mao en un negocio en la China consumista:

«[En los años noventa,] Mao comenzó a infiltrarse en el culto popular y el consumo masivo, y muy a menudo en una combinación de ambos. Los taxistas ponían colgantes con su imagen en el espejo retrovisor, mientras circulaban historias que decían que de ese modo estaban protegidos contra las lesiones o la muerte en accidentes de tráfico. En torno a 1994, una aldea de Hunan lo trataba como un dios en su propio templo personal (se había encargado crear su icono a un escultor experto en esculturas budistas); el templo acogía a entre 40.000 y 50.000 devotos cada día, antes de que fuera cerrado por el partido en el verano de 1995 por «alentar la superstición». Los devotos mareados por su propia idolatría comenzaron a descubrir perfiles semejantes al de Mao en las montañas de China. Ya en los años sesenta y setenta, época en que tanto escaseaban los consumidores de lo que fuera, el culto a Mao se había manifestado en “objetos transicionales” de diversa excentricidad: el Libro rojo, insignias de Mao, réplicas en cera de mangos que Mao había obsequiado a los Guardias Rojos sedientos. Después de que China se convirtiera en la fábrica del mundo tras la muerte de Mao, esas posibilidades materiales se multiplicaron: Mao engalanaba amuletos, colgantes, tapas de plástico de los buscapersonas…, como el símbolo de estatus imprescindible en la nueva China de los años noventa, abierta al mundo.

Hacia finales de esa década, surgieron los primeros restaurantes nostálgicos de Mao en ciudades como Pekín, con nombres como Servir al Pueblo o Echando Pestes. Cuando comencé a visitar China en 1997, me divertía ver la parejita de encendedores musicales que se podían adquirir en puestos callejeros urbanos: uno, con la imagen de Mao que hacía sonar “El Oriente es rojo”; el otro, con la de Deng, haciendo sonar “Für Elise”. Los turistas que entraban en la tienda de baratijas de David Tang, conocida como Shanghái Tang, se abalanzaban sobre versiones contemporáneas de despertadores de la Revolución Cultural en que el minutero era un Guardia Rojo blandiendo el Libro rojo. Un experto en negocios y pariente lejano de Mao, Tang Ruiren, tuvo la idea de abrir un Restaurante de la Familia Mao en una colina vecina a la antigua casa de campo de Mao en Shaoshan. La experiencia de cenar allí incluía una insignia de Mao en cuanto el comensal llegaba al lugar y una presión constante para que ordenara “los platos preferidos del presidente Mao”, que eran por casualidad los platos más caros del menú. Mao se estaba convirtiendo en un gran negocio».


Lunes, 18/7/2022. Martin Amis: «Solo en la adolescencia empezamos a oír los primeros rumores de la propia muerte, rumores que seguirán siendo vagos hasta la irrefutable confirmación de la madurez, cuando el mirar hacia el final del camino se convierte en algo constante».

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El otro día falleció en Madrid un barrendero de sesenta años, de nombre José Antonio González, debido a la ola de calor. Hoy publica El País un sobrecogedor reportaje en el que se recogen declaraciones de su hijo: «Estoy convencido de que él no paró de limpiar esa calle hasta que se desmayó. Pensaría que no le iban a renovar y estaba dándolo todo con tal de demostrar que valía». González tenía un contrato de un mes. El periodista cuenta también esto que parte el alma y resume el tardocapitalismo: «Hace unas horas, ha vuelto a encender el ordenador de su padre. En el historial de Google se ha encontrado una búsqueda muy reciente: “Qué hacer ante un golpe de calor”».

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El negacionista, esa criatura de nuestro tiempo. Toneladas de estadísticas contantes y sonantes indican que hay un cambio climático en marcha desbocada, pero José Luis se acuerda de que el verano del setenta y nueve, que recuerda perfectamente porque fue en el que tocó su primera teta, hizo mucha calor, así que… jaque mate.

El runrún interior (60)


Pablo Batalla Cueto (Gijón, 1987) es licenciado en historia y máster en gestión del patrimonio histórico-artístico por la Universidad de Salamanca, pero ha venido desempeñándose como periodista y corrector de estilo. Ha sido o es colaborador de los periódicos y revistas Asturias24, La Voz de Asturias, Atlántica XXII, NevilleCrítica.cl, La Soga, Nortes, LaU, La Marea, CTXT y Público; dirige desde 2013 A Quemarropa, periódico oficial de la Semana Negra de Gijón, y desde 2018 es coordinador de EL CUADERNO. Ha publicado los libros Si cantara el gallo rojo: biografía social de Jesús Montes Estrada, ‘Churruca’ (2017), La virtud en la montaña: vindicación de un alpinismo lento, ilustrado y anticapitalista (2019) y Los nuevos odres del nacionalismo español (2021).

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