Sin categoría

Sobre el amor

Reflexiones de Natalia Robles.

/ por Natalia Robles Mures /

Instrucciones: Este tipo de texto surge de conversaciones, reflexión, lecturas y algo de práctica y solo pretende que sigamos preguntándonos por qué y concretando cómo se mueve el corazón que tenemos en el cerebro. La cuestión es inabarcable en poco espacio.

Hay ejercicios que se practican humanamente de forma casi inevitable. Sucede por ejemplo con el habla, con la música y también con el amor. La práctica del amor es internacional y no se esquiva. Tremendamente manoseada esta cuestión, no deja, ni dejará de ser, asunto en el que sigamos invirtiendo tiempo, a pesar de cambios del estado de cosas en el mundo. Y digo «cuestión manoseada», no solo en lo literario y poético y en las cosas relativas a las palabras (como señalaba hace poco Antonio Monterrubio en un artículo publicado en El Cuaderno): hablo también de «manoseo», por uso, en lo que a reflexión, pensamiento y práctica se refiere.

Vivimos rodeadas del intento de alcanzar el estado amoroso perfecto. Cualquier persona puede notarlo sin restricción. Tenemos múltiples referencias que se presentan mediante un amplio abanico. Podemos partir de las múltiples manifestaciones artísticas, hasta pasar por ver La isla de las tentaciones o First dates. Cualquiera en algún momento de su vida vivió o habló de esta cuestión. Puede que alguna vez haya existido alguien que nunca se enamorara de otro alguien (que nunca se enamorara con nadie sí que parece más sencillo que ocurriera). Difícil de determinar esto, pero, en cualquier caso, esto del amor es humano (digamos casi) sin excepción. Quizás no podamos explicar muy bien qué es de forma concreta, pero sí sabemos cuándo nos pasa y nadie puede discutirnos que nos encontramos en ese estado cuando lo estamos. Por supuesto, hay distintos tipos de amores. Tenemos establecido que no se ama igual a una hija, a un equipo de fútbol, a una manifestación humana artística o al país de una. Pero cuando decimos amor, el que se nos viene de primeras es el que pretendemos, por evolución y liberación social, que ya no sea romántico. Sobre este último es sobre el que escribo.

Lo de pensarlo

Somos muchas las personas que pretendemos una mejoría de las circunstancias de vida de la mayoría. Un tener acceso a desarrollar una vida digna. Un cambio en las relaciones de producción que nos salve de este estado en que nos encontramos, que nos hace odiar cada día de la semana. Ya sabemos que, en realidad, no odiamos los lunes ni ningún otro día con nombre. Que odiamos el capitalismo porque este consigue que no nos desarrollemos con plenitud. Sobre esta cuestión de las relaciones de poder en lo relativo al trabajo y al tiempo libre, tenemos experiencias y teorías que intentan encaminarnos hacia un nuevo paradigma de sociedad en el que todos y todas nos encontremos más cómodas y en el que el mundo pueda salvarse. Hemos hablado mucho de esto. Llevamos siglos teorizando sobre este ámbito relacional y tenemos claves que pueden servirnos de guía. Lo que sucede es que a veces, en esos intentos de análisis o teorías científicas de futuros posibles, se escapa que el ser humano seguirá siéndolo con todas las consecuencias. A veces obviamos el factor humano, o lo dejamos un poco de lado, al hacer sesudos análisis materialistas. El factor de imperfección rotunda. Y hay un tipo de relaciones, como son por ejemplo las que acompañan amor, que van a seguir trayéndonos quebraderos de cabeza.

A lo largo de la historia, los grandes filósofos han tratado de pensar en esto del amor y lo que se ha conseguido, a lo sumo, ha sido concretar aspectos descriptivos. Pero todo pensamiento se queda corto a la hora de controlar los designios químicos, o físicos, o psicológicos de esta cosa que nos atrapa y a la que no sabemos dar aún una fórmula precisa para evitar los males que también nos acarrea. Como decimos, es cierto que a lo largo de la historia muchísimos pensadores le han dado vueltas a esta cuestión. La mayoría, al menos, por intentar explicárselo. Otra gran parte, sobre todo desde el feminismo, también ha buscado transformarlo.

Sabemos de esta cuestión por Platón (que hasta se hizo con un amor con su nombre), por Aristóteles (más relacionado con el concepto de belleza), por Stendhal (parece ser que por lo mal que se le dio practicarlo).

También nos habla Ortega (ante todo por desmentir a Stendhal) y clasifica al amor como fuerza centrífuga. Es interesante esta cuestión para diferenciarlo de otro tipo de sentimientos relativos al ego, que serían más centrípetos. La fuerza centrífuga del amor nos hace entregarnos, nos damos hacia fuera, casi sin tener cuidado por la persona propia.

Como decíamos, el feminismo ha logrado desentrañar parte de las oscuridades de este fenómeno. En una relación material desigual de partida, cualquier otro tipo de relación que se establezca sobre aquella ya está viciada. Aquí sí que hemos avanzado en la teoría y en la práctica. Las mujeres hemos progresado en intentar sabernos plenas, pero, en esa búsqueda de la libertad, sucede que a veces confundimos y también hemos adquirido malas formas masculinas. Por supuesto, nunca hay que dejar de señalar, al menos por ahora, que los hombres han seguido ejerciendo opresión porque el patriarcado aún no ha dejado de sucederse.

Hace algunos días, estaba releyendo un librito muy divertido titulado Sobre el amor, de Gabriel Mejía Abad. Este libro no es más que un juego literario en el que al discurso de Lenin Sobre el Estado se le cambia esta última palabra titular por aquella otra. Solo ese cambio provoca un texto que, con más o menos sentido, va hablando sobre el amor libre frente a la propiedad privada, el amor burgués y otro tipo de conceptos quizás inexistentes, pero que mueven a reflexión.

En El problema del amor, Errico Malatesta afirmaba rotundamente eso que apuntábamos más arriba de que, a pesar de que el ser humano intenta mejorar sus condiciones de vida y sabe de qué forma puede alcanzar mejoría material, «no tenemos ninguna solución para remediar los males que provienen del amor». El misterio de la reciprocidad obligatoria, independientemente de contratos verbales de respeto y de diversas formas de pareja, es incontrolable. Se apunta en este texto que el amor es una de las actividades humanas en la que más tiempo de vida gastamos. La humanidad entera lo ejerce de alguna forma. Por él se han derramado ríos de tinta, de pintura, de piedra, de tiempo y de lágrimas. Si hablamos de amor, es inevitable tener en cuenta sus derivados, la cuestión de la reciprocidad que apuntaba Malatesta. Así, el dolor que puede infringirnos el que no haya correspondencia en el sentimiento llega hasta el punto de cantar «ojalá por lo menos que me lleve la muerte para no verte tanto, para no verte siempre». Esta dualidad es la cuestión. El amor puede ser tan devastador como reconfortante.

Lo de ejercerlo

Ahora pensemos sobre algunos de los aspectos que surgen al practicar eso del amor. Empecemos, por ejemplo, por el sentimiento de posesión. La pertenencia de alguien o a alguien. Puede que el sentimiento de posesión sea la mayor tergiversación del amor, pero lo cierto es que se asume rotundamente y mayoritariamente este ser del otro o de la otra. Es a la vez, ese atarse, motivo de evitar el amor en estos días y motivo de seguir reproduciendo celos e inseguridades cuando se da. El miedo al compromiso puede que surja de esta consideración de pertenecer o tener pertenencia. Vivimos organizados por convenciones sociales y esta es una de las convicciones estrella. Quizás sea que sí es criminal la pasión de poseer a una persona. Pero no solo por ejercerse esa posesión, sino por pretenderla siquiera. Malatesta nos habla de que pretendemos la libertad, pero la libertad es un acto individual, no así el amor. Poseer a alguien lo anula de libertad. Si se hace a alguien pertenencia, deja de pertenecerse a sí. Y de aquí a la traición por desposesión momentánea. Pensamos que la mayor afrenta es una traición de pareja. Pero también sucede que cuando no estamos atados a nadie podemos andar teniendo relaciones sexuales (que son otro tipo de de amor, aunque quizás más propio y breve) con un número indeterminado de personas. Por otra parte, no podemos pensar que, en la lealtad de compartir nuestra vida con alguien, esas noches, o días, o momentos puedan darse sin que se produzca ese sentimiento de alta traición. Y quizás sea que inventamos etiquetas de policosas para no asumir que el respeto y la lealtad son otra historia y que también tenemos que revisar los parámetros en los que los tenemos estancados.

También hay nuevos desarrollos en las cosas de amores. En estos tiempos han surgido herramientas que pueden ser facilitadoras o terribles. Con las redes sociales sucede que tenemos nuevas formas para la búsqueda del amor o para infligir más dolor. Tenemos posibilidades mundiales de encontrar amante, pero también la posibilidad ilimitada de comunicarnos nos ha dado, por ejemplo, el arma del ghosting. Crueldad y terror psicológico máximo. Hacer insignificante a quien nos ama. Hacerlo nadie. Hacerlo nada.

Hay dos comportamientos más que anoté. Muchas veces pasa que mostrar aprecio abiertamente causa en el receptor un gran rechazo. Y otra cuestión curiosa, es que ese rechazo, engancha. Es como si existiera una cierta predisposición al dolor, para infringirlo o padecerlo, en nombre de la cosa amatoria.

Y apunté también que el amor es creador de idiomas. Esto no es un problema, pero es llamativo dentro de las características de creatividad que otorga. En cada pareja hay un lenguaje que nace con esa pareja y se extingue con la misma. El lenguaje con menos hablantes en el mundo es el de cada dos amantes. En forma y fondo. Benedetti escribió una vez «ellos hablan y por lo visto las palabras/ se quedan conmovidas a mirarlos/ ya que a mí no me llegan ni siquiera los ecos». Basta el susurro. Pero también hay invención de palabras o cambio de significado de otras. El código es íntimo. Y nunca sobrevive más allá de esos humanos que lo practican o lo practicaron.

Conclusiones no definitivas

El amor permanecerá como aspiración, pero debemos desvincularlo de la perfección, aceptarlo así y mejorarlo en lo que se pueda porque, como característica puramente humana, permanecerá defectuosa. Porque no hay ciencia material que lo controle aunque se soporte, en parte, en química y materia. Porque no es una cualidad que dependa de una sola persona. La revisión y el cambio de los comportamientos pueden aliviar su mal ejercicio, aunque nunca podremos librarlo del dolor. La dualidad del amor será eterna. El amor es imperfecto porque los seres humanos somos imperfectos. Lo perfecto no existe porque lo perfecto no es humano. Pero sí existimos todos y todas nosotras y, hasta que estemos, también existirá el amor. La cosa está en que cuando consigamos deshacernos de las cadenas de opresión materiales, no sucederá una humanidad aséptica. Porque somos el animal de sentir desde el arte, la poesía y el amor. Porque somos la humanidad del pan y las rosas. Y porque las rosas también deberían siempre tener espinas.


Natalia Robles Mures, oriunda de Conil de la Frontera, donde ha sido delegada de Cultura, es licenciada en historia del arte, máster de formación para el profesorado y titulada en canto lírico. Colaboró durante algunos años con la revista digital El Tercer Puente.

0 comments on “Sobre el amor

Deja un comentario

A %d blogueros les gusta esto: