Narrativa

De la sátira y sus disfraces

Alianza publica un puñado de textos de Jonathan Swift anotados y traducidos por Begoña Gárate Ayastuy; una excelente oportunidad para ahondar en la obra mñas desconocida del gran satírico irlandés.

/ una reseña de Manuel F. Labrada /

Quizás no exista un género literario que precise tanto del disfraz como la sátira. A la conveniencia de endulzar o disimular el aguijón de su crítica se suma la necesidad de surtirla de variedad, así como el afán de potenciar su efecto humorístico mediante el contraste que media entre su contenido y el molde en que se vierte. Así lo vamos a ver en el puñado de textos de Jonathan Swift (1667-1745) que integran Una humilde propuesta… y otros escritos; prologados, anotados y traducidos para Alianza editorial por Begoña Gárate Ayastuy. Los textos, cuidadosamente escogidos, nos ofrecen una excelente oportunidad para ahondar en la obra más desconocida ―aunque no menos interesante― del gran satírico irlandés, uno de los prosistas más eminentes de la lengua inglesa (el mejor después de Shakespeare, según Harold Bloom). Si en los Viajes de Gulliver Swift disfrazaba la sátira política bajo la apariencia de un libro de viajes fantásticos (el disfraz era tan bueno que la historia ha llegado a considerarse, en muchas ocasiones, literatura infantil), en la recopilación de Begoña Gárate el disfraz adopta formas tan variadas como serias y respetables: propuestas, instrucciones, cartas, proyectos, reflexiones… El ejemplo más extremo lo constituye Una humilde propuesta: descarada parodia de esos arbitrios o memoriales que durante los siglos XVI y XVII algunos particulares dirigían a la Hacienda o al rey, y donde señalaban tanto los principales males del reino como las medidas conducentes a su arreglo. Tal es el prestigioso disfraz bajo el que Jonathan Swift nos va a presentar algunas de sus sátiras más mordaces.

Una humilde propuesta (1729) es, ciertamente, la sátira más celebrada de las que recoge el libro. Su largo título descriptivo (que tiene por objeto evitar que los hijos de los pobres [de Irlanda] sean una carga para sus padres o para el país, y hacer que redunden en beneficio de la comunidad) abunda en ese carácter de parodia memorialista que acabamos de señalar, como también lo refrenda su desarrollo de gran pormenor y estructura por apartados. Tanto orden y oficiosidad contrastan con el desatino de pretender solucionar el problema de los niños pobres mediante la antropofagia, es decir, convirtiendo a los infantes irlandeses en «manjar» para «caballeros distinguidos». Quizás no haya otro texto de Swift que supere a este en su crítica social, en su sarcasmo llevado al extremo, impregnado de un humor negrísimo e ilustrado con imágenes de espeluznante sadismo. No duda el autor en proponer, incluso, desollar a los niños, «con cuya piel, debidamente tratada, se podrán hacer formidables guantes para señoras y botas de verano para caballeros elegantes». Aunque claramente ficticia, la sugerencia resulta particularmente siniestra contemplada desde nuestra perspectiva histórica. El texto, cuya propuesta solo se aplicaría a los niños irlandeses, tiene como telón de fondo la discriminación que sufrían las clases populares, imputable a la prepotencia de Inglaterra: «un país que estaría deseoso de comerse nuestra nación entera sin sal alguna». Así se constata en esa repetida alusión irónica a los peligros papistas que su propuesta contribuiría también a neutralizar. A estas ventajas económicas y religiosas, Swift añade también las sociales, pues su medida favorecería los matrimonios. Incrementar la población mediante el estímulo al matrimonio fue una estrategia observada en muchas monarquías de la época (así lo reglamentó en España, en 1623, la Junta de Reformación impulsada por el conde-duque de Olivares). El colmo del sarcasmo se alcanza cuando el autor alude después a otras posibles reformas, mucho más razonables y necesarias, pero a las que tilda de poco viables.

El texto más extenso de los recopilados, y uno de los que hace gala de una mayor inventiva, es el titulado Instrucciones a los sirvientes (1731): una completísima enciclopedia de las faenas que los sirvientes pueden hacer a sus patronos. El texto, dividido en dos grandes apartados, recoge instrucciones tanto de índole general como particular. Las primeras, de carácter más reivindicativo, constituyen un extenso repertorio de fraudes, trucos y excusas con los que embaucar a los señores; las segundas, particularizadas en los diferentes empleos (mayordomo, cocinera, mozo de cuadra, camarera, institutriz…), configuran un inventario de las suciedades, torpezas, rivalidades y malas voluntades propias de cada especialidad. Aunque es cierto que algunas pullas van ―como de rebote― contra los amos, me parece que los sirvientes son los que salen peor parados de la sátira, salvo que la incompetencia o la guarrería («friega los platos con tu propia orina, para ahorrar sal a tu amo») puedan considerarse armas válidas en una «lucha de clases». No sé quién leería con mayor indignación estas páginas, si los señores o los sirvientes; pues, si bien es cierto que a los segundos se les instruye en una verdadera guerra de guerrillas contra los primeros, no por ello se les deja de presuponer las más ruines disposiciones. Descontadas las evidentes exageraciones del texto, Instrucciones a los sirvientes tiene la suficiente riqueza de detalle como para constituir un estimable documento histórico de la servidumbre. No cabe duda de que toda sátira tiene su punto de exageración, y que todo buen lector sabe reconocerla (y descontarla) como ingrediente fundamental del juego literario que el género exige; y quizás por ello Swift asegura, unas páginas más adelante, que «es tan difícil hacer una buena sátira de un hombre de distinguidos vicios como un buen panegírico de un hombre de distinguidas virtudes». Es decir, faltaría espacio para desplegar esa hipérbole extremada que ―reconozcámoslo― tanto nos seduce y nos divierte en la sátira.

El segundo texto más extenso de la recopilación, Carta de consejo a un joven poeta, junto con una propuesta para fomentar la poesía en el reino [Irlanda], amplía la sátira al terreno literario, a la vez que vuelve a presentarla, aunque solo en parte, bajo la forma de un disparatado memorial. Las víctimas de la sátira son ahora los poetas («rimadores»); y los consejos ofrecidos al joven vate, una excusa para hacer escarnio de la poesía irlandesa, que el autor desprecia tanto por su falta de originalidad como por su servidumbre a la rima. Swift contrapone a los «rimadores» con los poetas verdaderos (como Milton, uno de los pocos que merecen su aprecio); como también poesía y conocimiento, dos magnitudes que juzga incompatibles: «muchos son demasiado sabios como para ser poetas y otros son demasiado poetas como para ser sabios». Swift extiende su crítica también al uso rutinario de las fuentes e imaginería antiguas, tanto bíblicas como grecolatinas, que los poetas utilizan en su provecho sin apenas entenderlas («tu misión no consiste en robarles, sino en mejorar a partir de ellos»). La ignorancia de los poetas se ve agravada además, según Swift, por todos aquellos instrumentos filológicos que favorecen una erudición superficial, como los índices, extractos y resúmenes que algunos editores añadían a los libros. Por otra parte, las medidas de carácter general que propone para «fomentar la poesía en el reino» no representan sino una segunda oleada de descalificaciones contra los poetas, a los que propone recluir en una misma calle, a fin de canalizar sus «vapores poéticos» mediante un «sistema de alcantarillado». Tanto en este como en otros textos, Swift fortalece su sátira estableciendo ingeniosas e inesperadas relaciones entre dominios muy alejados, cuyo contraste dispara la comicidad. Así, los poetas son comparados con los zapateros, cuyo bagaje de hormas para el calzado se corresponde con el repetido muestrario de figuras retóricas y rimas que utilizan los primeros. También los libros dotados de un detallado índice final se asemejan, según Swift, a un «buhonero del norte», obligado a llevar a las espaldas todas sus baratijas.

Entre los textos recogidos por Begoña Gárate distinguimos un conjunto de cuatro que comparten similar brevedad. Tres de ellos están compuestos además de aforismos, máximas o reflexiones. Puntos de vista sobre diversas cuestiones es el más extenso de ellos, y el único que conserva ese tono satírico tan característico de Swift. Forjado como una retahíla de breves anotaciones ―medio centenar, algunas muy conocidas y glosadas―, tiene en la religión, los vicios y costumbres de la sociedad, la literatura o la política, sus principales motivos de reflexión. Puntos de vista en torno a la religión constituye un texto complementario al anterior, así como un paréntesis en el sostenido tono satírico del libro (Swift nos confiesa en sus páginas su condición de clérigo): un repertorio de quince breves meditaciones, de tono invariablemente serio y, en ocasiones, imbuidas de un hondo pesimismo. Propósitos para cuando llegue a viejo (escrito en 1699, cuando el autor tenía treinta y nueve años) es un breve compendio de principios de conducta conducentes a evitar los defectos que suelen atribuirse, con mayor o menor fundamento, a los ancianos: enamorarse de jóvenes, repetir las mismas historias, despreciar las costumbres modernas, descuidar la higiene personal, etcétera. Desprovista ya de aforismos o máximas, Reflexión en torno a una escoba (1710) es una brevísima estampa satírica en la que Swift establece una cruel comparativa entre el deterioro de una escoba y el devenir del hombre en la sociedad. Si el bueno de Pascal veía al ser humano como un junco endeble pero pensante, Swift tan solo lo contempla como una mala escoba que se va desgastando y ensuciando con el transcurrir de los años y que termina arrojada al fuego. Al parecer (según nos informa Begoña Gárate), el autor tuvo la audacia de introducir su lectura en uno de los sermones que diera como capellán al servicio de Lord Berkeley.

La sátira disfrazada de arbitrio reaparece en el texto titulado Un proyecto serio y útil para construir un hospital de incurables, en provecho universal de todos los súbditos de Su Majestad (1733). El laudable empeño filantrópico que parece inspirar el proyecto se desinfla rápidamente cuando descubrimos que la nómina de incurables que Swift pretende recluir en su hospital incluye casi la mitad de habitantes de la Gran Bretaña: un amplísimo censo que va desde los «imbéciles incurables» (con sus diferentes profesiones y ejemplos) a los «escritorzuelos incurables»; de los gruñones y bribones ―igualmente incurables― a los «incurablemente vanidosos»…, y así hasta otras diez mil posibles categorías que el autor confiesa que debe «omitir por necesidad, pues, de otro modo, haría este ensayo del tamaño de un tomo». La sátira de Swift alcanza en este virulento texto sus más altas cotas de mordacidad, diseccionando casi al completo la sociedad de su tiempo: abogados, jueces, eclesiásticos, médicos, escritores, petimetres, viudas ricas, jóvenes derrochadores, usureros, prestamistas, periodistas… Una verdadera prueba de cargo que sustentaría su extendida fama de misántropo. En consonancia con su pretendido carácter de memorial serio, Swift concluye el texto ofreciéndonos un detallado estudio económico de la viabilidad del proyecto, tanto de sus gastos de funcionamiento como de sus posibles fuentes de financiación: una vuelta de tuerca más al sarcasmo.

El último texto recogido por Begoña Gárate, Carta a una jovencísima dama a propósito de su matrimonio, muestra un perfil diferente al de los escritos anteriores. En vano pretenderíamos hallar entre sus páginas burlas a la institución matrimonial (para un satírico actual, el caso sería harto diferente). Si descontamos los inevitables prejuicios machistas de la época y la misoginia propia de Swift («aun sintiendo tan poco respeto por las mujeres en general», llega a decir), poco queda del matrimonio que el autor pueda convertir en diana de su sátira. Aunque hay mucho sentido común en algunos de los consejos, su tono paternalista y la insufrible aureola de superioridad con la que son dictados (quizás no mayores que los presumibles en un clérigo de la época) disuenan mucho en nuestros oídos modernos. La mayoría de los defectos atribuidos a las féminas no son sino la consecuencia de su condición marginada. El resto, al menos en la opinión de Swift, son compartidos universalmente. O dicho de otra manera: bajo la desencantada mirada del autor, los vicios comunes son tan numerosos que pocos pueden quedar como exclusivos de las mujeres. Sencillez y modestia en el vestir, conveniencia de escoger y limitar las amistades, trato adecuado con los subordinados y con el marido, selección de lecturas apropiadas a su nuevo estado, etcétera, son algunos de los consejos dados a la joven recién casada. Instrucciones nada útiles ―sobra quizás decirlo― para el lector actual, pero que al menos le brindarán un testimonio nada disimulado de los prejuicios de la época, así como de la situación tan poco envidiable que soportaban las mujeres. Quizás lo más divertido del texto radique en la posibilidad de contemplar cómo los brotes de sarcasmo ―al parecer, irreprimibles― amenazan a cada paso con subvertir el tono serio y mesurado de un texto supuestamente pastoral.


Extractos del libro

«Los hombres estarían tan orgullosos de sus mujeres durante el periodo de embarazo como lo están ahora de sus yeguas y vacas preñadas o de las cerdas cuando están a punto de parir, y no se atreverían a pegarles o darles patadas (práctica tan habitual) por miedo a causarles un aborto.»

«Nunca acudáis hasta ser llamados tres o cuatro veces, pues nadie sino los perros acuden al primer silbido, y cuando el amo grita “¿quién anda ahí?”, ningún sirviente está obligado a acudir, pues “¿quién anda ahí?” no es el nombre de nadie.»

«Los viejos y los cometas han sido venerados por la misma razón: sus largas barbas y su pretensión de predecir los acontecimientos.»

«Si un poeta ha tenido la suerte de producir algo, especialmente del género dramático, con razonable acogida por parte del público, debería ser enviado de inmediato al hospital, pues la vanidad incurable es siempre consecuencia de un pequeño éxito. En el caso de que sus creaciones hayan sido mal acogidas, admitámosle como un incurable escritor de tres al cuarto.»


Una humilde propuesta… y otros escritos
Jonathan Swift
Alianza, 2023
160 páginas
13,50 €

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Manuel Fernández Labrada es doctor en filología hispánica. Ha colaborado con la Universidad de Granada en el estudio y edición del Teatro completo de Mira de Amescua. Es autor de diversos trabajos de investigación sobre literatura española del Siglo de Oro. Entre sus últimos libros de narrativa publicados figuran: Elrefugio (2014), La mano de nieve (2015), Ciervos en África (Trea, 2018) y Al brillar un relámpago escribimos (Trea, 2022). También escribe en su blog de literatura, Saltus Altus (http://saltusaltus.com).

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